Otra Oportunidad
El Eco de una Detonación
La noche de Tokio era un océano de luces frías y distantes. Desde la azotea de un edificio de oficinas anónimo, Reze contemplaba el incesante flujo de tráfico, cada par de faros una vida, una historia, un destino del que ella no formaba parte. El aire era fresco, con el olor a asfalto húmedo y a neón. Era el tipo de soledad que antes le habría resultado reconfortante, la soledad del depredador que observa desde las alturas. Ahora, solo se sentía vacía.
Había repetido la escena en su mente mil veces, una película de terror personal en bucle infinito. No la cena en el apartamento de Denji, ni la hostilidad de Nayuta. Eso era nuevo, un problema del presente. No, la película que la atormentaba era más vieja, teñida del rojo de la sangre y el gris del hormigón destrozado.
El callejón. La lluvia. Su mano, convertida en un amasijo de cuchillas y explosivos, atravesando el pecho de Denji.
Recordaba el sonido, un desgarro húmedo y repugnante. Recordaba la expresión en el rostro de él. No fue solo dolor. Fue una traición tan profunda, tan absoluta, que su rostro se había quedado en blanco por la pura incredulidad. Él, que le había ofrecido escapar, que la había esperado en la cafetería, que hasta el último segundo creyó en la chica del festival y no en el arma soviética. Y ella le había pagado arrancándole el corazón.
*«No eras tú. Era por culpa de ella»*, había dicho Denji.
Era una absolución fácil, un bálsamo que él se aplicaba a sí mismo tanto como a ella. Pero era una mentira. Makima había tirado de los hilos, sí. Había dado la orden. Pero la mano había sido la suya. La decisión de priorizar la misión sobre el chico que le enseñó a nadar fue suya. El recuerdo era una espina de metal incrustada en su alma recién recuperada, y supuraba un veneno llamado culpa.
Sabía que él se regeneraría. Era el Hombre Motosierra. La muerte para él era una puerta giratoria. Pero la herida no era solo física. Ella le había hecho daño. Le había mostrado, de la forma más brutal posible, que sus afectos eran armas que podían volverse contra él. Le había enseñado la misma lección que Makima le enseñaría después a una escala mucho mayor. Ella había sido el prólogo de su verdadera pesadilla.
¿Cómo se podía construir un futuro sobre unos cimientos tan podridos? Su sueño de una vida normal con él, su «segunda oportunidad», era una farsa si no podía enfrentarse a la verdad de su primera oportunidad fallida.
Tenía que disculparse.
La idea era tan simple y tan monumentalmente difícil. No era el miedo a su reacción lo que la paralizaba. Era la pregunta que venía después: ¿y luego qué? Una disculpa no borraba la sangre. No reparaba la traición. Decir «lo siento» y luego pretender que todo estaba bien, que podían simplemente retomar donde lo dejaron, era una crueldad. Denji ya había perdido a Aki, a Power. Su vida era un cementerio de afectos. Remover la tierra de su tumba personal solo para plantar una flor marchita de arrepentimiento parecía egoísta.
Pero el pasado no era solo dolor. En ese pasado también estaban ellos. La escuela por la noche, el olor a cloro y a libertad. Los fuegos artificiales privados en el festival, una explosión de belleza solo para ellos dos. El calor de su mano en la suya. Y el beso. El primer beso de ambos. Un momento tan puro que ni siquiera el sabor a sangre y la violencia que vino después habían podido contaminarlo por completo.
No podía dejarlo enterrado. Necesitaba limpiar la herida, aunque el antiséptico escociera. Necesitaba que él supiera que la chica que lo besó y la bomba que lo apuñaló eran la misma persona, y que una de ellas lo lamentaba con cada fibra de su ser.
Su nueva misión, la «Estrategia del Girasol», requería paciencia y sutileza. Pero esta parte, la disculpa, no podía ser sutil. Tenía que ser directa. Un golpe limpio. Pero para darlo, necesitaba una apertura. No podía simplemente llamar a su puerta y soltarlo delante de Nayuta. La niña era un campo de minas andante.
Necesitaba un pretexto para verlo, preferiblemente en un terreno neutral. Y necesitaba seguir con su plan de infiltración. La hostilidad de Nayuta era el mayor obstáculo. Quizás la solución a ambos problemas era la misma.
Reze se levantó. La brisa nocturna agitó su pelo corto. Ya no era un arma esperando órdenes. Era una mujer con un plan. Un plan ridículo, doméstico y completamente ajeno a su entrenamiento.
Iba a comprar un pastel.
***
Al día siguiente, Reze gastó una parte significativa del dinero que le quedaba en una pequeña pastelería de aspecto caro en un barrio elegante. El lugar olía a mantequilla, azúcar y una riqueza que le resultaba completamente extraña. Después de una larga deliberación frente a una vitrina de creaciones perfectas, eligió un pequeño pastel de fresas con nata. Era la imagen misma de la inocencia y la dulzura, un soborno tan descarado que rozaba lo absurdo. Era perfecto para su propósito.
Con la caja de cartón blanco en la mano, se dirigió al barrio de Denji. No fue a su puerta. En su lugar, esperó en un pequeño parque de juegos a un par de calles de su edificio. Era la hora en que Denji debería volver de la escuela con Nayuta. El parque estaba casi vacío, salvo por un par de madres jóvenes empujando columpios. El sol de la tarde filtrándose a través de las hojas de los árboles creaba un mosaico de luces y sombras en el suelo.
Se sentó en un banco, la caja del pastel sobre sus rodillas, y esperó. Se sentía extraña, expuesta. Cada minuto que pasaba, la idea parecía más estúpida. ¿Y si tomaban otra ruta? ¿Y si Denji la veía y simplemente se daba la vuelta?
Entonces los vio aparecer al final de la calle. Denji caminaba con su habitual aire de dejadez, la mochila escolar colgando de un hombro. A su lado, Nayuta iba dando saltitos, agarrada de su mano. Hablaba sin parar sobre algo, gesticulando con la mano libre. Desde la distancia, parecían una estampa de normalidad. Un hermano mayor llevando a su hermana pequeña a casa.
El corazón de Reze empezó a latir con más fuerza. Se preparó. Esta era la segunda escaramuza.
Cuando se acercaron al parque, Nayuta fue la primera en verla. Se detuvo en seco, tirando del brazo de Denji. Su parloteo cesó al instante. Su rostro se transformó, la alegría infantil reemplazada por una máscara de fría sospecha.
Denji siguió su mirada y vio a Reze en el banco. Se detuvo, su expresión una mezcla de sorpresa y aprensión. Por un momento, pareció que iba a hacer exactamente lo que Reze temía: dar media vuelta.
Pero no lo hizo. Con un suspiro apenas audible, reanudó la marcha, arrastrando a una reacia Nayuta hacia el parque.
—Hola —dijo Denji cuando estuvieron a unos metros de distancia. Sonaba como si le estuvieran haciendo una endodoncia.
—Hola, Denji. Nayuta —saludó Reze, su voz más firme de lo que se sentía. Se levantó del banco.
Nayuta no respondió. Se escondió detrás de la pierna de Denji, desde donde la fulminaba con la mirada.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Denji, sus ojos moviéndose con nerviosismo entre Reze y la caja de pastel.
—Estaba por la zona —mintió Reze sin esfuerzo—. Y pensé en vosotros.
Levantó la caja blanca.
—Os he traído algo.
Dio un paso adelante y se agachó, ofreciéndole la caja a Nayuta.
—Es pastel de fresa. Escuché que el zumo de naranja es tu favorito, así que pensé que quizás te gustarían las frutas.
Nayuta la miró, luego al pastel, y de nuevo a ella. La desconfianza luchaba contra la curiosidad en su rostro infantil. El olor dulce que emanaba de la caja era una poderosa arma de persuasión.
—No quiero nada tuyo —murmuró, aunque sus ojos estaban fijos en el lazo de la caja.
—Nayuta, sé educada —dijo Denji, aunque su tono era más de cansancio que de autoridad—. Di gracias.
—No. Podría tener veneno.
Reze casi sonrió. La niña pensaba como una espía.
—No tiene veneno —dijo Reze con calma—. Pero si no lo quieres, supongo que Denji y yo nos lo comeremos todo. Es una pena. Tiene mucha nata.
La mención de la nata fue el golpe de gracia. La determinación de Nayuta flaqueó. Tras un momento de tensa deliberación, extendió una mano diminuta y arrebató la caja de las manos de Reze.
—Me lo quedo para asegurarme de que no es peligroso —declaró con toda la dignidad que pudo reunir—. Lo inspeccionaré. Sola.
Sin esperar respuesta, corrió hacia el otro extremo del parque con su botín, sentándose bajo un tobogán para comenzar su «inspección».
Un silencio incómodo descendió sobre Reze y Denji. El primer obstáculo había sido superado. Ahora venía la parte difícil.
—Así que… ¿pastel de fresa? —dijo Denji, metiendo las manos en los bolsillos.
—A todo el mundo le gusta el pastel de fresa —respondió ella.
—A mí me gusta más el de chocolate.
—Lo tendré en cuenta.
Otro silencio. Reze respiró hondo. Era ahora o nunca.
—Denji.
—¿Sí?
—Necesito hablar contigo. Sobre… sobre lo que pasó. En el callejón.
La expresión de Denji se cerró al instante. Desvió la mirada, centrándola en la figura de Nayuta bajo el tobogán.
—Ah, eso —dijo, con un tono falsamente despreocupado—. No tienes que… Ya te dije que no importa. Era cosa de Makima. Olvídalo.
—No puedo olvidarlo —insistió Reze, su voz bajando a un susurro intenso—. Y no fue solo cosa de Makima. Yo estaba allí. Yo tomé las decisiones.
—Estabas programada. Como un robot. Los robots no toman decisiones.
—No era un robot, Denji. Era… una soldado. Y los soldados siguen órdenes, pero también sienten. Y recuerdan.
Dio un paso más cerca. Él no se apartó, pero todo su cuerpo estaba tenso, como un animal preparándose para un golpe.
—Recuerdo la expresión de tu cara —continuó ella, la voz quebrándose ligeramente—. No era solo… dolor físico. Era… te rompí algo más que las costillas, ¿verdad?
Denji tragó saliva. Sus hombros se encorvaron un poco.
—Sí —admitió finalmente, su voz apenas un murmullo ronco—. Dolió. Mucho.
La simple admisión, desprovista de ira o acusación, fue más devastadora que cualquier grito. Era la verdad desnuda y herida.
—Lo sé —dijo Reze, y las lágrimas que no sabía que estaba conteniendo se asomaron a sus ojos—. Y no hay un solo día desde que desperté que no piense en ello. En cómo pude hacerte eso. Alguien que… alguien que me ofreció flores.
La mención de las flores, su estúpida y hermosa ofrenda, pareció golpearle. Finalmente, la miró. Vio las lágrimas en sus ojos, la culpa grabada en su rostro.
—Lo siento —dijo Reze, y la disculpa salió cruda, rota, sin adornos. No era una estrategia. No era una jugada. Era la confesión de un alma culpable—. Lo siento mucho, Denji. Por intentar matarte. Por romper mi promesa. Por no haber sido la chica que esperabas en la cafetería. Lo siento.
El aire vibró con el peso de esas dos palabras. Denji la observó en silencio durante un largo rato. Su rostro era un lienzo de emociones contradictorias: el recuerdo del dolor, la confusión del presente, el fantasma del afecto pasado.
—Te esperé —dijo él, y la frase la golpeó con la fuerza de un puñetazo—. Durante mucho tiempo. Me bebí como diez cafés. Me dolía el estómago.
—Lo sé. Soy una idiota.
—Sí —coincidió él, sin malicia—. Lo eres.
Se quedaron así, mirándose, el abismo de su pasado abierto entre ellos. La disculpa no lo había cerrado, pero quizás había construido un puente frágil, tembloroso, de un lado al otro.
—Pero… —continuó Denji, y vaciló, buscando las palabras, algo que le costaba horrores—. Supongo que… yo también hice cosas. Con la motosierra. Cosas que no quería hacer.
No era un perdón. No era una absolución. Era… un reconocimiento. Una admisión de que ambos eran monstruos y víctimas a la vez, atrapados en un mundo que los convertía en armas y luego los culpaba por el ruido de los disparos.
—Gracias, Denji —susurró Reze, secándose una lágrima con el dorso de la mano.
Él se encogió de hombros, incómodo con la emoción del momento.
—Da igual. Ya pasó. Además, el pastel se ve bueno.
Era su forma de cambiar de tema, de volver a un terreno seguro y sencillo. Reze lo entendió. Por ahora, era suficiente. Más que suficiente.
Estaba a punto de decir algo más, de intentar una sonrisa, cuando Nayuta volvió corriendo hacia ellos. Tenía la cara y las manos manchadas de nata y rojo fresa. En sus manos ya no estaba la caja, sino un trozo de pastel a medio comer.
—Denji, quiero ir a casa —anunció, ignorando por completo a Reze. Tiró de la manga de su camisa—. Esta señora es aburrida. Ya no quiero estar aquí.
La intrusión fue abrupta, deliberada. Un recordatorio de quién tenía el control ahora.
—Ya vamos, Nayuta. Termínate el pastel —dijo Denji, volviendo a su papel de hermano mayor.
—No quiero más. Es demasiado dulce —declaró la niña, aunque claramente había disfrutado de la mayor parte. Miró a Reze con sus inquietantes ojos amarillos y le tendió el trozo a medio comer—. Tómalo. Ya no lo quiero.
Era un gesto de poder. No le estaba ofreciendo compartir. Le estaba devolviendo las sobras, un regalo despreciado.
La vieja Reze se habría sentido insultada. La nueva Reze, la estratega, vio el movimiento por lo que era: un reconocimiento. Nayuta había aceptado su ofrenda. Había interactuado con ella, aunque fuera de forma hostil. Era un progreso minúsculo, casi invisible, pero era progreso.
Reze tomó el trozo de pastel de la mano de la niña.
—Gracias, Nayuta. No me gusta desperdiciar comida.
Su calma pareció descolocar a la niña de nuevo. Nayuta frunció el ceño y tiró con más fuerza de la manga de Denji.
—¡Vámonos! ¡Ahora! ¡Quiero ver a los perros!
—Vale, vale, ya vamos —cedió Denji. Miró a Reze, una disculpa silenciosa en sus ojos—. Bueno… nos vemos.
—Nos vemos, Denji —dijo ella, y esta vez su sonrisa fue pequeña pero real—. Cuídate.
Observó cómo se alejaban, una figura alta y cansada y una pequeña déspota de pelo oscuro, unidas por un destino inescrutable. Denji no miró hacia atrás.
Reze se quedó sola en el parque que se oscurecía. Miró el trozo de pastel aplastado en su mano. La nata se derretía, pegajosa. Levantó la mano y, sin dudarlo, lamió un poco de la crema de su dedo.
Era empalagosamente dulce. Sabía a una victoria extraña y complicada.
La disculpa no lo había arreglado todo. Ni siquiera había arreglado la mayor parte. El eco de la detonación de su pasado seguiría resonando durante mucho tiempo. Pero ya no era un ruido ensordecedor. Se había convertido en un zumbido de fondo, algo con lo que quizás, con el tiempo, podrían aprender a vivir.
Había expuesto su mayor debilidad, su mayor arrepentimiento, y Denji no la había aniquilado. La había escuchado. La había, a su manera, entendido. Y Nayuta, su pequeño dragón guardián, había aceptado un soborno.
No era la vida normal que había soñado en aquella azotea la primera vez que se sintió libre. Era algo mucho más enrevesado, más agotador y más precario. Pero por primera vez desde que se reencontraron, se sentía real. Tangible. Posible.
Subió la cremallera de su chaqueta. La noche estaba cayendo de verdad, pero Reze ya no sentía el frío. La guerra por su segunda oportunidad se libraría batalla a batalla, pastel a pastel, disculpa a disculpa. Y ella tenía toda la paciencia del mundo. Después de todo, había aprendido de la mejor. La diferencia era que ella no quería controlar el mundo.
Solo quería un pequeño, desordenado y caótico rincón de él. Un rincón que oliera a perros, a ramen instantáneo y, con un poco de suerte, a flores.