Out
El Susurro de las Luciérnagas en el Jardín de Sombras
La mansión de la familia Kamo siempre se sentía más fría de lo que dictaba el clima. Sus pasillos eran largos, silenciosos y opresivos, diseñados para que el eco de cualquier paso fuera una advertencia. Para Megumi, caminar por ellos después de su segundo encuentro con Yuji era como caminar sobre brasas invisibles; sentía que el calor que aún irradiaba su mejilla —no por el golpe, sino por el tacto de los dedos del mercadero— era una traición visible para cualquiera que lo mirara.
Noritoshi no estaba. Había partido esa misma tarde hacia una reunión con otros líderes de clanes menores, dejando tras de sí una estela de desdén y exigencias. Megumi aprovechó esa ausencia para refugiarse en su pequeña habitación con Haru. El niño estaba inusualmente tranquilo, sentado sobre el tatami mientras jugaba con la pequeña figura de madera que Yuji le había deslizado discretamente en la mano antes de que se marcharan del mercado.
—Mami, el señor del cabello de flores es divertido —dijo Haru de repente, sin levantar la vista de su juguete—. No gritó. En el mercado nadie gritaba.
Megumi sintió un nudo en la garganta. Se arrodilló junto a su hijo y le acarició el cabello azabache, tan parecido al de su padre, pero con una suavidad que Noritoshi nunca poseería.
—Es un hombre amable, Haru. Pero no debemos hablar de él en casa, ¿recuerdas? Es un secreto nuestro. Como el lugar donde se esconden las luciérnagas en verano.
Haru asintió con solemnidad, sus ojos verdes brillando con esa complicidad infantil que a Megumi le rompía el corazón. A los cinco años, su hijo ya sabía que en esa casa el silencio era la mejor armadura.
—Lo sé. Si papá se entera, se pondrá rojo y hará ruido. No me gusta cuando hace ruido.
Megumi abrazó al pequeño, ocultando su rostro en el hombro del niño. El aroma de Haru, una mezcla de leche y el jabón barato que Megumi usaba para ambos, era lo único que lo mantenía cuerdo. Sin embargo, ahora, ese aroma se mezclaba en su memoria con el rastro de canela y sol de Yuji Itadori. Cerró los ojos y pudo sentir de nuevo la presión de la frente de Yuji contra la suya. Fue un gesto tan extraño, tan carente de la dominación que esperaba de un alfa, que lo hacía sentir mareado.
Pasaron tres días antes de que Megumi tuviera una excusa para volver al mercado. El aceite para las lámparas se estaba agotando y las provisiones de arroz eran escasas. Noritoshi seguía fuera, lo que le daba a Megumi una libertad peligrosa.
Cuando llegó al puesto de Yuji, el mercado estaba en su punto más álgido. El ruido era ensordecedor, pero para Megumi, el mundo se quedó en silencio en el momento en que vio la silueta de Yuji alzando una pesada caja de madera. El alfa vestía un kimono de trabajo sencillo, con las mangas recogidas, revelando unos antebrazos fuertes y marcados por el esfuerzo. Su cabello rosado parecía brillar bajo el sol de la tarde.
Yuji lo vio antes de que Megumi llegara al mostrador. Dejó la caja con un golpe sordo y su rostro se transformó. No fue solo una sonrisa; fue una expresión de alivio puro.
—¡Has vuelto! —exclamó Yuji, saltando sobre el mostrador con una agilidad que hizo que varias omegas cercanas se detuvieran a mirar—. Empezaba a pensar que el ungüento no había funcionado y que habías decidido que este humilde mercadero era demasiado ruidoso para ti.
Megumi sintió que sus mejillas se encendían. Se ajustó el cuello del kimono, aunque hoy no tenía marcas que ocultar.
—El ungüento... funcionó muy bien. Gracias, Itadori-san.
—¡Yuji! —corrigió el alfa, acercándose lo suficiente para que Megumi pudiera oler de nuevo ese aroma a sol de invierno—. Te dije que me llamaras Yuji. ¿Cómo está el pequeño guerrero?
Haru salió de detrás de Megumi y le mostró el juguete de madera.
—Se llama "Tigre" —anunció el niño con orgullo.
Yuji soltó una carcajada vibrante y se puso en cuclillas para estar a la altura del niño.
—Es un nombre excelente para un tigre, Haru. ¿Sabes? Yo también tengo un tigre en casa. Bueno, es un gato gordo que cree que es un tigre, pero no se lo digas a nadie.
Haru rió, un sonido cristalino que Megumi rara vez escuchaba en la mansión Kamo. El omega observó la escena con una mezcla de dicha y terror. Ver a un alfa interactuar con su hijo de esa manera, sin buscar imponer autoridad, sin frialdad, era algo que desafiaba todo lo que Megumi sabía sobre el mundo.
—Vine por aceite y arroz —dijo Megumi, tratando de recuperar su compostura—. No puedo quedarme mucho tiempo.
Yuji se levantó, su expresión volviéndose más seria, más atenta. Notó la forma en que Megumi miraba constantemente por encima del hombro, la forma en que sus dedos jugueteaban con el borde de su manga.
—Claro, entiendo. El deber llama —dijo Yuji, pero su voz era suave—. Pero espera un momento. Tengo algo para ti. No es para la casa, no es para tu esposo. Es para ti.
Yuji se dio la vuelta y buscó debajo del mostrador. Sacó un pequeño paquete envuelto en papel de seda azul pálido. Lo puso en las manos de Megumi. Era ligero, casi etéreo.
—¿Qué es esto? —preguntó Megumi, dudando en abrirlo.
—Ábrelo cuando estés solo —susurró Yuji, inclinándose hacia él—. Es un recordatorio de que, aunque el invierno sea largo, las flores siempre encuentran la manera de brotar.
Megumi guardó el paquete en su manga con manos temblorosas. Pagó por sus suministros —Yuji volvió a cobrarle mucho menos de lo debido, ignorando las protestas del omega— y se preparó para irse. Pero antes de que pudiera dar un paso, Yuji le tomó suavemente la mano por encima del mostrador. No fue un agarre firme, fue una caricia, una pregunta.
—Megumi —dijo Yuji, y su voz tenía una profundidad que hizo vibrar el pecho del omega—, si alguna vez sientes que la oscuridad es demasiada... recuerda que mi puesto siempre está aquí. Y que yo siempre estaré esperando para verte llegar.
Megumi no pudo responder. El corazón le latía con tanta fuerza que temía que Yuji pudiera escucharlo. Solo pudo asentir levemente y alejarse, sintiendo que llevaba un tesoro prohibido en su manga.
Esa noche, el silencio de la mansión Kamo fue interrumpido por el regreso de Noritoshi. Llegó oliendo a sake y al perfume barato de las casas de té de la capital. Su presencia era como una mancha de tinta negra en un lienzo blanco. Megumi lo recibió en la entrada, arrodillado, con la cabeza baja.
—Bienvenido a casa, Noritoshi-sama.
El alfa gruñó algo ininteligible y le arrojó su capa. Megumi la recogió con presteza.
—La cena está lista. ¿Desea que la sirva ahora?
Noritoshi se detuvo y lo miró de arriba abajo. Sus ojos estaban inyectados en sangre y su mandíbula estaba tensa.
—No tengo hambre de comida. Prepárame el baño. Y asegúrate de que el niño no haga ruido. Mi cabeza va a estallar.
—Sí, señor.
Megumi trabajó con la eficiencia de una sombra. Bañó a Haru, lo acostó y le susurró cuentos de bosques lejanos hasta que el pequeño se durmió. Luego, atendió a Noritoshi, soportando sus quejas, sus comentarios mordaces sobre su palidez y su falta de "espíritu". Cuando finalmente el alfa se retiró a sus aposentos, Megumi se quedó solo en la pequeña habitación que servía de almacén y dormitorio secundario.
Fue entonces cuando recordó el paquete de Yuji.
Con dedos temblorosos, deshizo el envoltorio de seda. Dentro encontró un peine de madera de cerezo, tallado a mano con una delicadeza asombrosa. En el mango, había pequeñas flores de ciruelo grabadas, y la madera desprendía un aroma dulce y reconfortante. Junto al peine, había una pequeña nota escrita con una caligrafía enérgica pero cuidada:
"Para el cabello que merece ser tratado con ternura. No dejes que nadie apague tu luz."
Megumi apretó el peine contra su pecho y se dejó caer sobre el tatami. Las lágrimas, que había contenido durante años de matrimonio forzado y abusos silenciosos, finalmente fluyeron. No eran lágrimas de tristeza, o al menos no solo de eso. Eran lágrimas de alguien que acababa de descubrir que todavía era capaz de sentir esperanza.
—¿Por qué? —susurró a la oscuridad—. ¿Por qué ahora?
Durante años, Megumi se había convencido de que su vida era una deuda que nunca terminaría de pagar. Había aceptado los golpes, la indiferencia y la soledad como el precio de la supervivencia de su familia y la seguridad de Haru. Pero Yuji Itadori, con su cabello rosado y su risa fácil, estaba destrozando esa convicción. Yuji lo miraba como si fuera algo valioso, no algo comprado.
Días después, la tensión en la casa alcanzó un punto crítico. Noritoshi había perdido una suma considerable en una apuesta y su frustración se desbordó sobre la persona más fácil de alcanzar.
—¡Te dije que quería el informe de las tierras! —rugió Noritoshi, lanzando una taza de té contra la pared, justo por encima de la cabeza de Megumi—. ¿Es que tu cerebro de omega no puede procesar una orden simple?
—Lo siento, Noritoshi-sama. Estaba en el despacho, pero...
—¡Cállate! —El alfa se levantó y lo agarró por el cabello, tirando de él con fuerza—. Te compré para que fueras útil, no para que pusieras esa cara de mártir todo el día. Me das asco.
Megumi cerró los ojos, esperando el golpe. Pero esta vez, algo fue diferente. El recuerdo del peine de madera de cerezo, el recuerdo de la voz de Yuji diciendo su nombre, actuó como un escudo interno. No se encogió. No pidió perdón con la voz quebrada. Simplemente se quedó allí, con la mirada fija en un punto de la pared, sintiendo una extraña frialdad recorrer sus venas.
—Si tanto asco le doy —dijo Megumi, su voz baja pero firme—, ¿por qué sigue manteniéndome aquí?
Noritoshi se quedó helado. La sorpresa de la respuesta fue tal que soltó el cabello de Megumi. Nadie en esa casa, y mucho menos el omega sumiso que había comprado años atrás, se había atrevido a contestarle.
—¿Qué has dicho? —preguntó Noritoshi, su voz bajando a un susurro peligroso.
—Que ya le he dado un hijo. He saldado la deuda de mi familia. Si soy una carga tan grande, déjeme ir.
La bofetada fue tan fuerte que Megumi salió despedido contra el marco de la puerta. El sabor metálico de la sangre llenó su boca.
—Tú no te vas a ninguna parte —siseó Noritoshi, arrodillándose sobre él y apretando su cuello—. Eres de mi propiedad hasta que yo decida lo contrario. Si vuelves a hablarme así, me aseguraré de que no puedas caminar durante una semana. ¿Entendido?
Megumi no respondió. Solo miró a Noritoshi con esos ojos verdes que ahora, más que nunca, parecían una tormenta en calma. El alfa, perturbado por esa mirada, lo soltó y salió de la habitación, cerrando la puerta con llave desde fuera.
—Te quedarás ahí hasta mañana. A ver si el hambre te devuelve la educación.
Megumi se quedó en la oscuridad. El dolor en su rostro era intenso, pero su mente estaba extrañamente clara. Buscó en su manga y sacó el peine de madera. Lo sostuvo con fuerza, sintiendo las tallas de las flores contra su palma.
"Siempre hay opciones, Megumi."
Las palabras de Yuji resonaron en su mente. Por primera vez, Megumi no pensó en lo que debía hacer, sino en lo que quería hacer. Miró hacia la ventana, por donde la luz de la luna se filtraba tímidamente. Sabía que no podía huir esa noche, no con Haru durmiendo en la habitación contigua y Noritoshi vigilando. Pero el plan comenzó a formarse en su cabeza con la precisión de un mapa estelar.
A la mañana siguiente, cuando Noritoshi abrió la puerta para dejarlo salir, Megumi volvió a ser la sombra silenciosa de siempre. Pero era una fachada. Realizó sus tareas con una rapidez inusual y, en cuanto tuvo la oportunidad, tomó a Haru de la mano.
—Vamos al mercado, Haru. Necesitamos... seda nueva.
El camino al mercado nunca le pareció tan largo. Cada paso era un acto de traición, cada respiración un riesgo. Cuando llegó al puesto de Yuji, el alfa estaba solo, limpiando el mostrador. Al ver a Megumi, Yuji dejó caer el trapo. La marca en el rostro de Megumi era imposible de ocultar esta vez; era un hematoma oscuro que cubría casi toda su mejilla izquierda.
Yuji no dijo nada. No bromeó, no sonrió. Rodeó el mostrador en dos zancadas y tomó el rostro de Megumi entre sus manos con una urgencia desesperada.
—Dime quién fue —dijo Yuji, y su aroma a canela se volvió picante, cargado de una furia de alfa que Megumi nunca había sentido dirigida hacia él, sino a favor de él—. Dime su nombre y te juro por mis antepasados que no volverá a tocarte.
—Yuji, escucha... —Megumi puso sus manos sobre las de Yuji, tratando de calmarlo—. No tengo mucho tiempo. Él me encerró anoche. Si vuelvo tarde, será peor.
—No vas a volver —declaró Yuji, sus ojos brillando con una determinación feroz—. No puedo dejar que vuelvas a ese lugar, Megumi. No después de esto.
—Tengo un hijo, Yuji. No puedo simplemente desaparecer. Él es un Kamo, su padre lo buscará...
Yuji se inclinó y miró a Haru, que observaba la escena con ojos muy abiertos. Luego volvió a mirar a Megumi.
—Tengo amigos en el puerto. Barcos que salen hacia el sur, donde el nombre de los Kamo no significa nada. Puedo conseguirnos un pasaje. A los tres.
Megumi sintió un vuelco en el corazón.
—¿A los tres? ¿Dejarías todo esto por nosotros? Apenas nos conoces...
Yuji soltó una risa corta y sin alegría, pero sus ojos rebosaban ternura.
—Te conozco lo suficiente, Megumi Fushiguro. Conozco la forma en que proteges a tu hijo. Conozco la tristeza en tus ojos y la fuerza que escondes. Este puesto, estas telas... no significan nada comparado con la posibilidad de verte sonreír de verdad. No como un mercadero, sino como un hombre que ama a otro.
Megumi sintió que el mundo se tambaleaba. Era una locura. Era un salto al vacío. Pero cuando miró a Yuji, no vio la incertidumbre de un extraño, sino la seguridad de un hogar.
—Mañana —susurró Megumi—. Mañana por la noche, Noritoshi tiene una cena en el palacio del gobernador. Estará fuera hasta el amanecer.
Yuji asintió, su rostro endureciéndose con la resolución.
—Estaré en el puente del sauce llorón a medianoche. No traigas nada que no puedas cargar. Yo me encargaré del resto.
—Yuji... —Megumi lo llamó cuando ya se estaba dando la vuelta.
—¿Sí?
—Gracias. Por verme.
Yuji le dedicó una última sonrisa, una que prometía todo un futuro.
—Gracias a ti por dejarte encontrar, Megumi.
Esa noche, de regreso en la mansión, Megumi preparó una pequeña bolsa con lo esencial. El peine de madera de cerezo fue lo primero que guardó. Mientras observaba a Haru dormir, el omega sintió que el frío de las paredes de piedra ya no lo afectaba. El invierno seguía allí, pero por primera vez en su vida, Megumi Fushiguro no tenía miedo de las sombras, porque sabía que, al final del camino, el sol de un alfa de cabello rosado lo estaba esperando para quemar sus cadenas.