Out
El Vuelo de las Golondrinas en la Medianoche
La mansión Kamo respiraba con una pesadez sofocante esa última noche. El aire parecía haberse espesado, cargado con el olor a incienso rancio y la humedad de las paredes de piedra que durante seis años habían sido los límites del mundo de Megumi. Cada crujido de la madera bajo sus pies se sentía como un grito de traición, una advertencia de que las sombras mismas podrían levantarse para denunciarlo ante su dueño.
Noritoshi se había marchado hacía dos horas. Megumi lo había ayudado a vestirse con sus mejores sedas, soportando el roce de sus manos frías mientras ajustaba el obi. El alfa no le había dirigido la palabra, solo una mirada de advertencia que decía claramente que esperaba encontrar la casa en perfecto orden a su regreso. Megumi había inclinado la cabeza, ocultando el brillo de una resolución que Noritoshi jamás habría podido comprender.
Ahora, Megumi estaba de pie en el centro de su pequeña habitación. El pequeño Haru dormía plácidamente, ajeno a que su vida estaba a punto de cambiar para siempre. Megumi observó el rostro de su hijo, tan similar al hombre que lo había roto, y sintió una punzada de duda que le atenazó el estómago. ¿Estaba condenando a Haru a una vida de fugitivo? ¿O lo estaba salvando de convertirse en el monstruo que era su padre?
—No serás como él —susurró Megumi, acariciando la frente del niño—. No dejaré que este lugar te robe el alma.
Se ajustó el pequeño bulto que llevaba a la espalda, asegurándose de que el peine de madera de cerezo estuviera bien protegido entre las ropas. No llevaba joyas, ni dinero de los Kamo. No quería nada que tuviera el rastro de la deuda que lo había vendido. Solo llevaba a su hijo y la esperanza que Yuji le había entregado en un puesto de mercado.
Despertar a Haru fue la parte más difícil. El niño parpadeó, confundido por la oscuridad y la urgencia en los ojos de su madre.
—¿Mami? ¿A dónde vamos? —preguntó con la voz pastosa por el sueño.
—Shh, mi pequeño tigre —susurró Megumi, envolviéndolo en una capa gruesa—. Vamos a dar un paseo largo. Es un juego, ¿recuerdas? Debemos ser tan silenciosos como las sombras.
Haru asintió, reconociendo el juego que solían jugar cuando Noritoshi estaba de mal humor. Megumi lo tomó en brazos, sorprendiéndose de lo poco que pesaba a pesar de sus cinco años. El omega se deslizó por los pasillos, evitando las áreas donde los sirvientes aún podían estar despiertos. La puerta trasera de la cocina chirrió levemente, un sonido que para Megumi sonó como un trueno, pero el silencio de la noche volvió a cerrarse sobre ellos.
Una vez fuera de los muros de la mansión, el aire frío de Kioto golpeó su rostro. No era el frío cortante que solía entumecerlo; era un frío que lo despertaba, que le recordaba que estaba vivo. Corrió por los callejones laterales, evitando las calles principales iluminadas por linternas. Sus pulmones ardían y sus piernas temblaban, pero la imagen de un cabello rosado y una sonrisa cálida lo impulsaba a seguir adelante.
El puente del sauce llorón apareció entre la niebla del río. Era una estructura antigua, cuyas ramas largas y lánguidas rozaban la superficie del agua. En medio del puente, una silueta alta y ancha esperaba.
Megumi se detuvo un momento, el corazón martilleando contra sus costillas. ¿Y si era una trampa? ¿Y si Noritoshi lo había descubierto? Pero entonces, la silueta se movió y el aroma a canela y sol barrió el olor a humedad del río.
—Megumi —la voz de Yuji era un bálsamo.
El alfa dio unos pasos rápidos hacia ellos. No llevaba sus ropas de mercadero, sino un atuendo de viaje oscuro y funcional. Al ver a Megumi cargando a Haru, sus ojos se llenaron de una mezcla de alivio y una adoración tan profunda que Megumi tuvo que apartar la vista.
—Has venido —dijo Yuji, tomando a Haru de los brazos de Megumi para aliviar su carga—. Estaba empezando a volverme loco de preocupación.
—No podía irme sin asegurarme de que él estuviera profundamente dormido —respondió Megumi, tratando de recuperar el aliento.
Yuji acomodó a Haru contra su hombro con una naturalidad asombrosa. El niño, al reconocer al "señor de las flores", se acurrucó contra el cuello del alfa y volvió a cerrar los ojos, confiando instintivamente en ese calor desconocido.
—El carruaje nos espera al otro lado del puente —explicó Yuji, poniendo una mano firme en la espalda de Megumi—. Nos llevará hasta el puerto de Osaka. De allí, saldremos en un barco mercante antes del amanecer.
—Yuji... —Megumi lo detuvo, sus dedos apretando la manga del alfa—. Una vez que crucemos ese puente, no hay vuelta atrás. Si nos atrapan, Noritoshi te matará. No tiene piedad.
Yuji se detuvo y miró a Megumi directamente a los ojos. En la penumbra, sus ojos café brillaban con una luz inquebrantable.
—Que lo intente —dijo Yuji con una calma que heló la sangre de Megumi—. He pasado toda mi vida buscando algo por lo que valiera la pena luchar, Megumi. Algo que fuera real. Lo encontré en ti. No me importa el linaje de los Kamo, ni sus deudas, ni su poder. Solo me importas tú. Y este niño.
Megumi sintió que una lágrima solitaria rodaba por su mejilla. Por primera vez en seis años, no era una lágrima de dolor.
—Entonces, crucemos —susurró.
El viaje hacia Osaka fue un borrón de movimiento y ansiedad. Megumi se mantuvo pegado a la ventana del carruaje, esperando ver las luces de los perseguidores en cada curva del camino. Pero el camino permaneció oscuro. Dentro del carruaje, Yuji mantenía una mano sobre la de Megumi todo el tiempo, transmitiéndole un calor que parecía quemar las últimas cadenas invisibles que lo unían a Kioto.
Cuando llegaron al puerto, el olor a sal y brea inundó sus sentidos. El puerto de Osaka nunca dormía; los estibadores cargaban cajas bajo la luz de grandes antorchas y los marineros gritaban órdenes en dialectos que Megumi apenas entendía.
Yuji los guió hacia un muelle apartado, donde una embarcación de tamaño medio se mecía suavemente sobre las olas. Un hombre mayor, con el rostro curtido por el sol y la sal, los esperaba junto a la pasarela.
—¿Es este el cargamento del que hablaste, Itadori? —preguntó el hombre, mirando a Megumi y al niño con curiosidad.
—Es mi vida, Choso —respondió Yuji con seriedad—. Por favor, dime que estamos listos.
—El viento es favorable —asintió el hombre llamado Choso—. Subid rápido. No queremos que las autoridades hagan preguntas innecesarias a estas horas.
Subir a bordo fue como entrar en otro mundo. La madera crujía bajo sus pies, y el movimiento constante del agua debajo de ellos le daba a Megumi una sensación de inestabilidad que reflejaba su propio estado emocional. Yuji los llevó a un pequeño camarote en la parte inferior. Era estrecho, olía a madera vieja y aceite de lámpara, pero para Megumi, era el palacio más hermoso del mundo porque no tenía cerraduras por fuera.
—Estaréis a salvo aquí —dijo Yuji, dejando a Haru en una de las literas—. Choso es un viejo amigo de mi familia. No hará preguntas y nos llevará hasta las islas del sur. Allí, nadie ha oído hablar de los Kamo.
Megumi se dejó caer en un pequeño banco, sintiendo que toda la adrenalina de la noche lo abandonaba de golpe. Empezó a temblar violentamente.
—¿Megumi? —Yuji se arrodilló frente a él, tomando sus manos temblorosas—. Hey, mírame. Ya pasó. Ya no estás allí.
—Él se dará cuenta —sollozó Megumi, ocultando el rostro en sus manos—. Mañana por la mañana, cuando no estemos... enviará hombres. Nos buscará.
—Que busque —dijo Yuji, su voz vibrando con una fuerza protectora—. Para cuando se dé cuenta, el mar habrá borrado nuestro rastro. Y si algún día nos encuentra, tendrá que pasar por encima de mí. Te lo prometí, Megumi. No dejaré que nadie vuelva a romperte.
Yuji se acercó más, rompiendo la distancia que el protocolo y el miedo habían impuesto entre ellos. Con una lentitud infinita, como si temiera que Megumi se desvaneciera, rodeó al omega con sus brazos. Fue un abrazo diferente a cualquiera que Megumi hubiera experimentado. No había demanda, no había posesión. Era un refugio.
Megumi se aferró al cuerpo sólido y cálido de Yuji, hundiendo el rostro en su cuello. El aroma del alfa era tan fuerte ahora, tan embriagador, que por un momento el omega se permitió olvidar todo lo demás.
—Gracias —susurró Megumi contra su piel—. Gracias por rescatarnos.
—Tú te rescataste a ti mismo, Megumi —respondió Yuji, besando suavemente la sien del omega—. Yo solo sostuve la linterna para que pudieras ver el camino.
Se quedaron así durante lo que parecieron horas, mientras el barco comenzaba a moverse. Megumi sintió la vibración del casco y el cambio en el ritmo de las olas. Estaban navegando. Estaban dejando atrás Kioto, las deudas, los golpes y la sombra de Noritoshi Kamo.
De repente, Haru se movió en la litera y soltó un pequeño quejido. Megumi se separó de Yuji para atender a su hijo, pero el niño no estaba asustado. Se sentó y miró a su alrededor con ojos curiosos.
—¿Mami? ¿Estamos en un pez gigante? —preguntó Haru, notando el balanceo del barco.
Yuji soltó una carcajada que iluminó el pequeño camarote.
—Casi, pequeño tigre. Estamos en un barco. Vamos a un lugar donde siempre hace calor y donde las flores son tan grandes como tu cabeza.
Haru miró a Yuji y luego a Megumi. Vio la marca en la mejilla de su madre, que empezaba a desvanecerse, y luego vio la expresión de paz que Megumi no podía ocultar.
—¿Papá no vendrá? —preguntó el niño en un susurro.
Megumi tomó la mano de su hijo y la apretó con suavidad.
—No, Haru. Papá tiene que quedarse en su casa grande. Nosotros vamos a construir una casa nueva. Solo nosotros.
Haru pareció procesar esto durante un momento y luego, con la lógica simple de un niño, asintió y se volvió hacia Yuji.
—¿Tú también vendrás a la casa nueva, señor de las flores?
Yuji miró a Megumi, pidiendo permiso con la mirada. Megumi le devolvió una sonrisa pequeña, pero real, la primera que nacía desde lo más profundo de su ser en años.
—Si vuestra madre me deja —respondió Yuji—, no hay ningún otro lugar en el mundo donde prefiera estar.
—Puedes venir —decidió Haru, volviéndose a acostar—. Pero tienes que traerme más tigres de madera.
El resto de la noche transcurrió en una bruma de alivio. Yuji insistió en que Megumi descansara, sentándose en el suelo del camarote junto a la litera para vigilar. Megumi se acostó junto a Haru, escuchando el sonido del agua golpeando el casco.
Justo antes de quedarse dormido, Megumi sintió la mano de Yuji rozar la suya sobre la manta.
—Megumi —susurró el alfa en la oscuridad.
—¿Sí?
—Mañana, cuando despiertes, el sol saldrá sobre el océano. Y será el primer día de tu verdadera vida.
Megumi cerró los ojos, apretando el peine de madera en su otra mano. Por primera vez en veinte años, no soñó con deudas, ni con inviernos eternos, ni con manos que golpeaban. Soñó con un jardín de flores de ciruelo donde un niño corría libre y un alfa de cabello rosado lo esperaba con los brazos abiertos.
El barco se alejaba de la costa japonesa, dejando atrás las sombras de Kioto. En la mansión Kamo, Noritoshi regresaría a una casa vacía y fría, descubriendo que la porcelana que creía poseer tenía la fuerza del acero. Pero mientras tanto, sobre las olas negras del mar, Megumi Fushiguro finalmente respiraba. El omega que había sido vendido por piezas finalmente se sentía completo, navegando hacia un amanecer que ya no le pertenecía a nadie más que a él mismo.