Out
El Eco de las Olas y el Silencio del Pasado
El aire de la isla, cargado con el aroma persistente de la sal y el jazmín en flor, acarició el rostro de Megumi mientras tendía las sábanas blancas al sol. Sus manos, que alguna vez fueron delicadas y temblorosas en la penumbra de la mansión Kamo, ahora eran seguras y fuertes, marcadas por la vida cotidiana de un hogar que él mismo gestionaba. Megumi ya no vestía sedas pesadas que le impedían respirar; llevaba un yukata de algodón ligero, de un azul profundo, que le permitía moverse con una libertad que todavía, después de casi ocho años, le parecía un milagro.
—¡Mamá! ¡Mira lo que ha traído el tío Todo!
Megumi se giró, una sonrisa automática iluminando su rostro. Haru, que ahora tenía trece años, corría hacia él por el sendero de tierra. Había dejado atrás la niñez para convertirse en un preadolescente espigado. Aunque sus rasgos seguían siendo un recordatorio silencioso de su herencia biológica —la mandíbula firme y el cabello negro azabache—, su expresión era puramente la de un joven criado en libertad. Sus ojos verdes brillaban con una picardía que nunca habría existido en Kioto.
Detrás de él, caminando con la torpeza encantadora de sus cuatro años, venía Shiori. La pequeña alfa era el vivo retrato de Yuji: cabello rosado rebelde, una energía inagotable y una risa que llenaba cada rincón de la casa.
—¡Un pez gigante! —gritó Shiori, tropezando con sus propios pies antes de abrazarse a las piernas de Megumi—. ¡El tío Todo dice que es un monstruo del mar!
—Es un atún, Shiori —corrigió Haru con la suficiencia propia de su edad, aunque no pudo evitar sonreír—. Pero es verdad que es enorme. Yuji está ayudando a llevarlo a la cocina.
Megumi acarició el cabello de su hija y luego puso una mano en el hombro de Haru. El contacto físico, antes una fuente de tensión, ahora era su lenguaje principal.
—Id a lavaros las manos —dijo Megumi—. Si es tan grande como decís, tendremos que preparar un banquete.
Mientras los niños entraban en la casa entre risas y empujones, Yuji apareció por el camino, cargando una parte del cargamento junto a un Todo Aoi que, a pesar de los años, parecía no haber envejecido ni un solo día, manteniendo su volumen muscular y su estruendosa personalidad.
—¡Megumi! —exclamó Yuji, dejando la cesta en el suelo y acercándose para darle un beso rápido en la frente—. La pesca hoy ha sido increíble. Los dioses del mar están de nuestro lado.
—O simplemente habéis tenido suerte —bromeó Megumi, ajustando el cuello del yukata de Yuji—. Entrad. La sopa está casi lista.
La vida de Megumi se había convertido en una sucesión de estos momentos pequeños y preciosos. Ya no era el "omega de porcelana" de una familia aristocrática. Era Megumi Itadori, el alma de esta casa, un hombre que cocinaba, que leía libros de medicina para ayudar en la aldea, y que amaba sin miedo.
La noticia de su "muerte" oficial había llegado hacía tres años, a través de un mercader que traía noticias de la capital. El clan Kamo, tras años de búsquedas infructuosas y un declive político considerable, había declarado finalmente que Megumi Fushiguro y su hijo habían perecido en un naufragio durante su huida. Noritoshi, según decían, se había vuelto un hombre huraño y consumido por el sake, perdiendo influencia ante otras ramas de la familia.
Para Megumi, aquel anuncio fue el funeral de su antigua vida. Al fin, las sombras de Kioto se habían disipado.
—¿En qué piensas, mami? —preguntó Shiori durante la cena, con la cara manchada de arroz.
—En nada, pequeña —respondió Megumi, sirviéndole un poco más de pescado—. Solo en lo afortunado que soy de teneros.
—El tío Todo dice que somos la familia más fuerte de las islas —anunció Haru, mirando a Yuji—. Dice que ningún alfa se atrevería a molestarnos.
Yuji soltó una carcajada y miró a Megumi con una complicidad que los años solo habían fortalecido.
—El tío Todo tiene razón, Haru. Pero no es por los músculos, sino porque nos cuidamos los unos a los otros.
Más tarde, cuando los niños finalmente se durmieron y el silencio regresó a la casa, Megumi y Yuji se sentaron en el porche, observando la luna reflejada en el mar. Yuji rodeó a Megumi con su brazo, atrayéndolo hacia su pecho.
—Hoy estabas pensativo —susurró Yuji—. ¿Son las noticias del continente?
Megumi suspiró, dejando caer su cabeza en el hombro de su alfa.
—Un poco. A veces me cuesta creer que realmente terminó. Que Noritoshi ya no me busca, que para el mundo yo ya no existo.
—Para el mundo que importa, existes más que nunca —dijo Yuji, besando su coronilla—. Eres el centro de todo esto, Megumi. Mira lo que has construido.
—Lo construimos juntos, Yuji —corrigió Megumi—. Yo solo... yo solo aprendí a caminar de nuevo.
—Y lo hiciste con una gracia que me sigue dejando sin aliento.
Megumi cerró los ojos, disfrutando del calor de Yuji. Recordó el peine de madera de cerezo, el primer regalo que recibió en el mercado de Kioto. Todavía lo guardaba en un cofre, no como un recordatorio del dolor, sino como el símbolo del momento en que su vida cambió de rumbo.
—Haru se parece cada vez más a él —dijo Megumi en voz baja, compartiendo un pensamiento que a veces lo inquietaba—. En el físico, al menos.
—Solo en el físico —aseguró Yuji con firmeza—. Su corazón es tuyo, Megumi. Y su espíritu... bueno, tiene un poco de mi terquedad y de la locura de Todo. No hay nada de los Kamo en ese niño, salvo el nombre que ya nadie usa.
—Tienes razón —asintió Megumi, sintiendo cómo la última pizca de ansiedad se disolvía—. A veces olvido que la sangre no es un destino.
—Exacto. El destino es lo que elegimos cada mañana.
Se quedaron en silencio un rato más, escuchando el murmullo del viento entre los árboles. Megumi pensó en todas las omegas que seguían atrapadas en matrimonios como el que él tuvo, en todas las personas vendidas por deudas que no eran suyas. Sentía una gratitud inmensa, pero también una responsabilidad silenciosa. Por eso ayudaba en la aldea, por eso enseñaba a leer a los hijos de los pescadores; quería que su libertad se expandiera, que su hogar fuera un faro.
—¿Sabes qué es lo que más me gusta de ser "un muerto"? —preguntó Megumi con una chispa de humor en la voz.
—¿El qué? —rio Yuji.
—Que nadie espera nada de mí. Puedo ser un desastre cocinando dulces nuevos, puedo pasarme la tarde leyendo poesía bajo el sauce, y nadie va a decir que estoy "manchando el honor de un linaje". Soy simplemente yo.
—Y ese "tú" es mi persona favorita en el mundo entero —respondió Yuji, girándose para mirarlo a los ojos—. Megumi... gracias por elegirme.
—No fue una elección difícil, Yuji —susurró Megumi, acercándose para besarlo—. Eras el único que me miraba como si yo fuera una persona, no un objeto.
El beso fue lento, lleno de la paz que solo dan los años de convivencia y superación. Ya no había la urgencia desesperada de los primeros tiempos, sino una profundidad serena, como el océano que rodeaba su isla.
A la mañana siguiente, Megumi se despertó antes que el resto. Caminó descalzo por la madera pulida de la casa, disfrutando del frío matutino. Se detuvo en la habitación de los niños. Haru dormía con un brazo colgando fuera del futón, roncando levemente, mientras Shiori estaba hecha un ovillo a sus pies, abrazada a un muñeco de trapo que Yuji le había hecho.
Megumi salió al jardín. El sol empezaba a asomar, tiñendo el cielo de tonos rosados y dorados. Se acercó a los arbustos de flores que él mismo había plantado y se tomó un momento para respirar hondo.
Ya no había cadenas. Ya no había deudas.
—Mami... —La voz soñolienta de Shiori llegó desde la puerta. La niña apareció frotándose los ojos—. ¿Ya es hora de desayunar?
Megumi se giró y le tendió los brazos. La pequeña corrió hacia él y Megumi la levantó en vilo, sintiendo su peso sólido y real.
—Casi, pequeña. Vamos a despertar a tu padre y a Haru.
Mientras entraba de nuevo en la casa, Megumi echó una última mirada al horizonte. Kioto era un recuerdo borroso, una sombra en un mapa que ya no le pertenecía. Su lugar estaba aquí, entre el aroma de la madera, las risas de sus hijos y los brazos del alfa que le había devuelto la vida.
—¡Arriba, perezosos! —gritó Megumi, y su propia voz, clara y libre de miedo, fue el sonido más hermoso que escuchó en toda la mañana.
Dentro de la casa, la vida comenzó a bullir. Yuji se quejó cómicamente de que todavía era muy temprano, Haru intentó convencer a Shiori de que él era el jefe de la cocina, y Todo Aoi probablemente ya estaba en camino con alguna otra locura para entretener a los niños.
Megumi Fushiguro había muerto hacía años en un papel oficial en la capital. Pero Megumi Itadori nunca se había sentido tan vivo. En el rincón más alejado del mundo, el omega que fue vendido por una deuda familiar había encontrado el único tesoro que el dinero de los Kamo nunca pudo comprar: una felicidad ordinaria, ruidosa y absoluta.