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Out

El Despertar de la Primavera y el Aroma del Azahar

La casa en la isla había dejado de ser un refugio temporal para convertirse en un hogar vibrante, lleno de los sonidos que Megumi alguna vez creyó prohibidos para alguien como él. El silencio ya no era una señal de peligro, sino el lienzo sobre el cual Megumi pintaba su nueva existencia. Con Haru asistiendo ahora a la pequeña escuela de la aldea —donde los niños aprendían más sobre las mareas y las estrellas que sobre linajes y deudas—, Megumi se encontró, por primera vez en su vida adulta, con el regalo más extraño y preciado de todos: tiempo para sí mismo.

Al principio, el vacío de las mañanas lo inquietó. Se sentaba en el porche, con las manos ociosas, esperando que alguien le gritara una orden o que el miedo le atenazara el estómago. Pero las órdenes nunca llegaron. En su lugar, llegó la curiosidad.

—¿Qué es esto, Megumi? —preguntó Yuji una tarde, entrando en la cocina y encontrando la mesa cubierta de harina y pasta de judías dulces.

—He estado hablando con la anciana Chiyo —respondió Megumi, con una mancha de azúcar en la mejilla que Yuji encontró adorable—. Me enseñó a hacer *daifuku*. Dice que tengo manos delicadas, ideales para moldear la masa sin romperla.

Yuji probó uno de los dulces, cerrando los ojos mientras el sabor dulce y suave inundaba su paladar.

—Es increíble —dijo Yuji, rodeando la cintura de Megumi con sus brazos—. Tienes un don para esto. Me gusta verte así, con harina en el pelo en lugar de preocupaciones en los ojos.

Poco a poco, Megumi empezó a llenar las horas con actividades que antes le habrían parecido lujos inalcanzables. Aprendió a tejer, pasando las tardes con las otras omegas de la aldea, quienes lo habían aceptado no como un aristócrata caído, sino como un igual que sabía escuchar. Sus dedos, antes acostumbrados a apretar las sábanas por el dolor, ahora se movían con agilidad entre hilos de lana y seda, creando jerséis cálidos para Haru y bufandas resistentes para los largos días de Yuji en el mercado.

Incluso se atrevió con el maquillaje, algo que en Kioto era una máscara de sumisión. Aquí, frente a un pequeño espejo de bronce que Yuji le había comprado, Megumi experimentaba con pigmentos de flores prensadas. No lo hacía para ocultar moretones, sino para resaltar el verde de sus ojos o el arco de sus labios. Cuando Yuji lo veía, no exigía posesión; solo ofrecía una mirada de adoración que hacía que Megumi se sintiera, por fin, hermoso por derecho propio.

Sin embargo, la naturaleza tiene sus propios ciclos, y el cuerpo de un omega no olvida su propósito, por mucho que el alma haya cambiado.

El celo golpeó a Megumi una tarde de finales de primavera, justo cuando los azahares empezaban a perfumar el aire de la isla. No fue como los celos en la mansión Kamo, que eran periodos de terror donde se encerraba a esperar el asalto de Noritoshi. Este celo llegó cargado de una urgencia biológica que Megumi nunca se había permitido sentir plenamente.

—Yuji... —susurró Megumi, apoyado contra el marco de la puerta de la habitación, con la respiración entrecortada y la piel ardiendo.

Yuji, que estaba ordenando unas telas, se detuvo en seco. Su instinto de alfa rugió ante el aroma embriagador que Megumi desprendía: una mezcla de sándalo, lluvia y algo dulce, casi como néctar, que nublaba los sentidos.

—Megumi, tu aroma... —Yuji dejó caer las telas, acercándose con cautela, luchando por mantener el control—. Estás entrando en celo.

—Quédate —pidió Megumi, extendiendo una mano temblorosa—. No te vayas al almacén. No quiero estar solo. Esta vez... quiero que seas tú.

Fue un periodo de tres días que Megumi recordaría siempre como una neblina de calor, piel contra piel y una entrega que no conocía la vergüenza. En la penumbra de la habitación, protegidos por los muros de madera y el respeto de una isla que sabía cuándo dejar a una pareja en paz, Yuji y Megumi se unieron una y otra vez. No hubo violencia, ni exigencias, ni la frialdad del deber. Hubo susurros de amor, caricias que sanaban viejas cicatrices y una pasión que quemaba los últimos restos del pasado de Megumi.

Semanas después, mientras el verano se asentaba sobre Kioto, Megumi sintió el primer cambio. No fue el mareo matutino, sino una extraña pesadez en el pecho y un cansancio que no se iba ni con las siestas más largas.

Se encontraba en el mercado, ayudando a Yuji a organizar un cargamento de suministros, cuando el olor del pescado fresco, que normalmente no le molestaba, le revolvió el estómago de forma violenta. Tuvo que apartarse y apoyarse en un poste de madera, respirando hondo.

—¿Megumi? Estás pálido —dijo Yuji, dejando una caja en el suelo y corriendo a su lado—. ¿Es el calor? Te dije que no debías esforzarte tanto hoy.

Megumi lo miró, y en ese momento, una intuición ancestral se instaló en su mente. Se llevó una mano al vientre, todavía plano bajo el kimono de algodón.

—No es el calor, Yuji —susurró Megumi, con los ojos muy abiertos.

El silencio que siguió fue solo roto por el sonido de las olas y el bullicio lejano de los mercaderes. Yuji procesó las palabras, y su mirada bajó hacia la mano de Megumi.

—¿Quieres decir que...? —Yuji no pudo terminar la frase, su voz quebrándose por la emoción.

—Estoy encinta —confirmó Megumi. Una chispa de miedo cruzó su rostro—. Yuji, no lo planeamos. Apenas estamos empezando a estabilizarnos, y Haru apenas se ha acostumbrado a nuestra vida aquí...

Yuji no lo dejó terminar. Lo levantó en vilo, dándole vueltas en el aire mientras soltaba una carcajada que atrajo la atención de medio mercado.

—¡Es la mejor noticia del mundo! —exclamó Yuji, volviendo a ponerlo en el suelo pero sin soltarlo—. ¡Un bebé, Megumi! Un niño o una niña que nacerá aquí, en libertad. Que nunca sabrá lo que es una deuda o una mansión fría.

—¿No te asusta? —preguntó Megumi, conmovido por la alegría genuina de su alfa—. Haru es... él ya es un niño grande. Esto cambiará todo.

—Me asusta un poco, claro —admitió Yuji, acariciando la mejilla de Megumi con ternura—, pero es un miedo bueno. Es el miedo de querer proteger algo tan precioso. No importa que no fuera planeado, Megumi. Es querido. Desde este mismo instante, es lo más querido del mundo.

Cuando se lo contaron a Haru esa noche, el niño se quedó mirando el vientre de su madre con una mezcla de sospecha y fascinación.

—¿Entonces habrá alguien más pequeño que yo? —preguntó Haru, cruzándose de brazos.

—Sí, Haru —dijo Megumi, sentándolo en su regazo—. Serás el hermano mayor. Tendrás que enseñarle a recoger caracolas y a no tenerle miedo a los truenos.

Haru lo pensó por un momento, y luego asintió con una determinación que recordaba a la de Yuji.

—Está bien. Pero yo seguiré siendo el que mejor sabe usar el trompo que me dio el tío Todo.

Los meses de embarazo fueron radicalmente distintos a los que Megumi vivió con Haru. En Kioto, el embarazo fue una condena de aislamiento, rodeado de médicos que lo trataban como a un animal de cría y un esposo que solo se preocupaba por la salud del "heredero". Aquí, el embarazo fue una celebración comunitaria.

Las omegas de la aldea le traían sopas fortalecedoras y le daban consejos sobre cómo aliviar el dolor de espalda. Todo Aoi, al enterarse de la noticia, casi derriba la puerta de la casa en su entusiasmo.

—¡UN NUEVO MIEMBRO PARA EL CLAN ITADORI! —rugió Todo, entregándole a Megumi una manta de lana tan gruesa que podría haber abrigado a un oso—. ¡Hermano Megumi, has demostrado una vez más que tu espíritu es fértil y poderoso! ¡Yo mismo entrenaré a esta criatura para que sea la envidia de las naciones!

—Por favor, Todo, deja que primero aprenda a gatear —rio Megumi, sintiéndose más amparado que nunca.

Megumi pasó gran parte de su tiempo leyendo libros de poesía y medicina que Yuji le traía de sus viajes a las ciudades más grandes. Escribía en un pequeño diario sus pensamientos, sus miedos y sus esperanzas, liberando las palabras que durante años habían estado atrapadas en su garganta. También se volvió un experto en la costura, confeccionando pequeñas prendas de algodón suave para el bebé que venía en camino. Cada puntada era un acto de amor, una forma de reclamar su maternidad como algo propio y no como una obligación impuesta.

Una tarde de otoño, mientras Megumi cosía sentado en el porche, Yuji se sentó a su lado y le entregó una pequeña caja de madera.

—¿Qué es esto? —preguntó Megumi, abriéndola.

Dentro había un peine nuevo, pero este no era de madera de cerezo. Estaba tallado en hueso de ballena, con incrustaciones de nácar que brillaban como la espuma del mar.

—Lo mandé a hacer con un artesano del sur —dijo Yuji, observando la reacción de Megumi—. El otro peine representaba tu huida, tu valentía para dejar atrás Kioto. Este representa tu nueva vida. Eres el alma de esta casa, Megumi.

Megumi tomó el peine, sintiendo su peso frío pero reconfortante. Miró hacia el jardín, donde Haru jugaba con un pequeño perro que habían adoptado, y luego hacia Yuji, cuyo rostro reflejaba una paz inquebrantable.

—A veces todavía me cuesta creer que esto es real —confesó Megumi—. Que puedo estar sentado aquí, esperando un hijo, sin mirar por encima del hombro esperando un golpe.

—Es real —aseguró Yuji, poniendo su mano sobre el vientre de Megumi, donde el bebé dio una pequeña patada—. Tan real como el mar y el cielo.

—Yuji... —dijo Megumi, mirándolo a los ojos—, gracias por no rendirte conmigo en aquel mercado. Gracias por ver a la persona debajo de las cicatrices.

—No fue difícil —respondió Yuji con una sonrisa—. Solo tuve que seguir la luz que emanabas. Incluso cuando tú no podías verla, yo sabía que estabas destinado a brillar.

El sol comenzó a ponerse, tiñendo el mundo de tonos dorados y purpúreos. Megumi cerró los ojos, respirando el aire salado y el aroma de los dulces que se horneaban en la cocina. El pasado de los Kamo, las deudas de su familia y la sombra de Noritoshi se sentían ahora como un sueño lejano, una historia contada por alguien más en una vida anterior.

Aquí, en la isla, Megumi Fushiguro no era un omega vendido ni una propiedad marcada. Era un tejedor de sueños, un creador de dulces, un lector de libros y, sobre todo, un hombre amado. Mientras acariciaba su vientre, Megumi supo que el niño que crecía dentro de él nunca conocería el invierno de Kioto. Solo conocería la primavera eterna de un hogar construido sobre la libertad y el respeto.

—Te amo, Yuji —susurró Megumi, apoyando la cabeza en el hombro de su alfa.

—Y yo a ti, Megumi. Más que a mi propia vida.

Bajo el cielo estrellado de las islas, la vida seguía su curso, imparable y hermosa. El invierno había quedado atrás, y en su lugar, la primavera de los Itadori florecía con la fuerza de mil azahares, prometiendo un futuro donde el único peso que Megumi tendría que cargar sería el de la felicidad y el amor de su familia.