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El Eco de los Pasos y el Secreto del Hilo Rojo
El invierno en la escuela primaria de Saitama no era solo una cuestión de temperaturas bajo cero; era una atmósfera que transformaba el patio en un lienzo de color blanco hueso donde los niños, envueltos en abrigos tan gruesos que apenas podían mover los brazos, parecían pequeñas hormigas de colores. Megumi Fushiguro, con su habitual bufanda azul marino cubriéndole hasta la nariz, observaba cómo su aliento formaba nubes de vapor frente a él.
A su lado, Yuji Itadori no parecía notar el frío. Su cabello rosa sobresalía de un gorro de lana que su abuelo le había tejido, y sus mejillas morenas estaban encendidas por un rojo saludable debido a las carreras que acababa de dar. Para Megumi, Yuji era como una estufa humana; estar cerca de él siempre hacía que el invierno fuera un poco menos hostil.
—¡Gumi! —exclamó Yuji, rompiendo el silencio que Megumi tanto apreciaba—. Mira lo que encontré cerca de la entrada.
Yuji abrió sus manos enguantadas para revelar un pequeño trozo de cristal de hielo que tenía una forma vagamente parecida a una estrella. Bajo la luz pálida del sol invernal, el hielo brillaba con destellos azules y plateados.
—Es solo hielo, Yuji —murmuró Megumi, aunque no podía apartar la vista de la fascinación en los ojos de su amigo—. Se va a derretir en cuanto entremos al salón.
—No si lo guardamos en un lugar especial —replicó Yuji con esa lógica infantil inquebrantable—. Mi abuelo dice que las cosas hermosas no mueren si las guardas en la memoria, pero yo quiero guardarla en una caja.
Megumi suspiró, sintiendo ese tirón familiar en el pecho. No sabía por qué, pero cada vez que Yuji hablaba de "guardar" cosas, Megumi sentía la necesidad de asegurarse de que él también estuviera en esa lista de cosas importantes.
—¿Te acuerdas del hilo rojo? —preguntó Megumi de repente, cambiando de tema mientras caminaban hacia el edificio principal para evitar que sus dedos se entumecieran del todo.
Yuji asintió con entusiasmo, haciendo que el pompón de su gorro bailara de un lado a otro.
—¡Claro! El que nos une los meñiques. Aunque sea invisible, yo siempre siento cuando tiras de él, Gumi. Incluso cuando estás enojado porque no quiero terminar la tarea de caligrafía.
Megumi bajó la vista hacia sus propias manos ocultas en los bolsillos. A veces, la idea de ese hilo le causaba ansiedad. ¿Qué pasaría si el hilo se enredaba? ¿Qué pasaría si otros niños, como Todo o Nobara, intentaban cortarlo con sus juegos ruidosos? Su mente de seis años no sabía procesar la palabra "posesividad", pero sentía un nudo helado en el estómago cada vez que alguien más reclamaba la atención de Yuji.
—Hoy en la mañana, Gojo me dijo algo raro —comentó Megumi mientras subían las escaleras—. Dijo que los novios no solo se dan la mano, sino que comparten sus sombras para que nadie se sienta solo en la oscuridad.
Yuji se detuvo en seco en el rellano de la escalera. Sus ojos claros se abrieron de par en par, procesando la información con la intensidad de quien acaba de descubrir un secreto de estado.
—¿Compartir las sombras? —Yuji miró hacia el suelo, donde la luz que entraba por el ventanal proyectaba sus dos siluetas pequeñas sobre el cemento pulido—. ¡Mira, Gumi! Si nos ponemos muy cerca, nuestras sombras se hacen una sola. ¡Parecemos un gigante de dos cabezas!
Yuji se pegó al costado de Megumi, hombro con hombro. En efecto, las sombras en el suelo se fusionaron en una mancha oscura y compacta. Megumi sintió el calor del cuerpo de Yuji a través de las capas de ropa y, por un momento, el ruido del resto de los niños en el pasillo desapareció.
—Así —susurró Megumi—. Así nadie puede saber dónde terminas tú y dónde empiezo yo.
—Me gusta ser un gigante contigo —dijo Yuji, dándole un empujón amistoso—. Así no tendré miedo si las luces se apagan en el gimnasio.
Entraron al salón de clases justo antes de que sonara el timbre. La maestra, una mujer paciente que ya estaba acostumbrada a ver a los dos niños siempre pegados como si compartieran un mismo imán, les indicó que se sentaran para la clase de dibujo.
El tema del día era "Mi familia y mis tesoros". Megumi tomó sus crayones con precisión. Dibujó dos perros grandes, uno negro y uno blanco, que custodiaban una casa pequeña. Pero en la puerta de la casa, dibujó a dos figuras diminutas tomadas de la mano. Una tenía el cabello negro y puntiagudo, y la otra tenía el cabello rosa.
A su lado, Yuji estaba haciendo un desastre maravilloso con el color rojo y el amarillo.
—¿Qué es eso? —preguntó Megumi, señalando la mancha brillante en el papel de Yuji.
—Es un corazón de fuego —explicó Yuji con orgullo—. Y dentro está el hilo rojo que dijiste. Mira, va desde mi corazón hasta tu pupitre.
Megumi sintió que sus mejillas se calentaban. Era una sensación extraña, como si hubiera bebido chocolate demasiado caliente muy rápido.
—Pero el hilo tiene que ser secreto, Yuji. Si todos lo ven, van a querer tocarlo.
—No pueden —dijo Yuji, bajando la voz a un susurro conspirador—. Solo los novios pueden ver el hilo de verdad. Para los demás, solo es un dibujo feo. Pero tú y yo sabemos la verdad.
Durante el recreo, el frío se intensificó, obligando a los niños a quedarse en la biblioteca. Era un lugar silencioso, lleno de estanterías que olían a papel viejo y polvo. Se escondieron en un rincón detrás de la sección de cuentos de hadas, donde nadie pudiera molestarlos.
—Gumi —dijo Yuji, sentándose en el suelo alfombrado—, ¿qué significa ser novios cuando seamos grandes? Mi abuelo dice que las personas grandes se cansan de jugar. Yo no quiero cansarme de jugar contigo.
Megumi se quedó pensativo, acariciando la tapa de un libro sobre lobos y bosques.
—Gojo dice que ser novios es como ser un equipo que nunca se retira —respondió Megumi, tratando de recordar las palabras exactas de su tutor—. Significa que, aunque seas viejo y tengas barba, siempre guardas el mejor asiento para la otra persona.
Yuji se imaginó con una barba blanca y larga, sentado en un banco de parque junto a un Megumi igual de anciano. La imagen le hizo mucha gracia.
—¡Entonces yo te guardaré todos los asientos del mundo! —prometió Yuji—. Y te daré la mitad de mi pan de melón, incluso si ya no tengo dientes para morderlo.
Megumi soltó una pequeña risita, una de esas raras y genuinas que solo Yuji lograba sacarle.
—Eres un tonto, Yuji. Pero está bien. Yo te ayudaré a caminar si te duelen las rodillas.
De repente, la sombra de un niño más grande se proyectó sobre ellos. Era Todo, un alumno de segundo grado que siempre buscaba a Yuji para jugar a las luchas.
—¡Itadori! ¡Deja de estar aquí escondido con el gruñón de Fushiguro! —exclamó Todo con su voz atronadora—. ¡Vamos al patio, el equipo de fútbol necesita un delantero!
Megumi sintió que el nudo de celos volvía a apretarse en su garganta. Sus dedos se cerraron sobre la manga de la chaqueta de Yuji, un gesto casi imperceptible pero cargado de una posesividad infantil y desesperada.
—Estamos ocupados —dijo Megumi con voz gélida.
Yuji miró a Todo y luego miró a Megumi. Vio la tensión en los hombros de su amigo y la forma en que sus ojos verdes brillaban con una mezcla de miedo y desafío. Yuji, a pesar de su corta edad, tenía una intuición emocional muy aguda. Sabía que Megumi lo necesitaba en ese rincón silencioso mucho más de lo que el equipo de fútbol lo necesitaba en el patio.
—Lo siento, Todo —dijo Yuji con una sonrisa amable pero firme—. Hoy mi equipo es solo de dos. Estamos planeando cosas importantes para cuando tengamos barba.
Todo resopló, confundido por la respuesta, pero se encogió de hombros y se fue en busca de otra persona. Megumi soltó aire lentamente, relajando el agarre en la manga de Yuji.
—No tenías que quedarte —susurró Megumi, sintiéndose un poco culpable por su egoísmo.
—Claro que sí —respondió Yuji, acomodándose más cerca de él—. Los gigantes de dos cabezas no pueden separarse así como así. Además, prometimos que cuidaríamos el hilo, ¿no?
Megumi asintió. Sacó de su bolsillo una pequeña pegatina de un perro guardián que había guardado desde la mañana y se la pegó a Yuji en el dorso de la mano.
—Ese es tu escudo —dijo Megumi—. Para que recuerdes que soy tu equipo.
Yuji miró la pegatina como si fuera una medalla al valor. Se inclinó y, imitando lo que había visto en algunas películas que su abuelo miraba por la tarde, le dio un beso rápido a Megumi en la mejilla. Fue un contacto fugaz, frío por el aire del invierno pero cálido por la intención.
—Y este es mi sello —declaró Yuji, poniéndose de pie—. Ahora vamos, la maestra va a empezar a contar cuentos y quiero sentarme junto a ti para que no te asustes con las historias de ogros.
Caminaron de regreso al área común de la biblioteca. Mientras escuchaban la historia de la maestra sobre una princesa que tejía redes de plata, Megumi sintió que su mente se perdía en pensamientos que no lograba articular. No sabía qué era el amor, no sabía qué significaba realmente ser "novios" en el mundo de los adultos, pero sabía que la seguridad que sentía cuando la mano de Yuji rozaba la suya era la única verdad que necesitaba.
Al final del día, cuando las luces de la escuela empezaron a encenderse y los padres llegaban a recoger a sus hijos, Megumi y Yuji se despidieron en la puerta principal.
—¡No olvides el dibujo, Gumi! —gritó Yuji mientras se alejaba hacia el coche de su abuelo—. ¡Ponlo debajo de tu almohada para que nuestras sombras se encuentren en los sueños!
Megumi agitó la mano, viendo cómo la silueta de Yuji se hacía pequeña en la distancia. Gojo Satoru apareció detrás de él, poniéndole una mano en el hombro.
—¿Otra vez despidiéndote de tu príncipe, Megumi-chan? —se burló Gojo con cariño.
—No es un príncipe —respondió Megumi, subiéndose al coche—. Es mi equipo.
Gojo sonrió de lado, arrancando el motor.
—Un equipo muy exclusivo, por lo que veo.
—El mejor —sentenció el niño.
Mientras el coche avanzaba por las calles nevadas, Megumi sacó el dibujo del corazón de fuego y el hilo rojo que Yuji le había dado. Lo dobló con cuidado y lo guardó en el bolsillo interior de su abrigo, justo sobre su corazón. Pensó en las sombras compartidas, en los gigantes de dos cabezas y en la promesa de las barbas blancas.
A esa edad, el mundo era un lugar vasto y a menudo aterrador, lleno de reglas que no entendían y adultos que hablaban idiomas extraños. Pero bajo la bufanda azul y el gorro de lana rosa, existía un universo privado donde el tiempo no importaba y donde una simple pegatina de perro podía ser un escudo impenetrable.
Megumi cerró los ojos y se imaginó el hilo rojo estirándose a través de la ciudad, cruzando semáforos y parques nevados, hasta llegar a la habitación de Yuji. Sintió un pequeño tirón imaginario en su dedo meñique y sonrió para sí mismo en la oscuridad del coche.
—No te sueltes —susurró en un aliento apenas audible.
En algún lugar de la ciudad, Yuji Itadori miraba por la ventana de su cuarto, tocando la pegatina del perro guardián en su mano. Él también sintió ese tirón invisible. Sabía que, mientras Megumi estuviera al otro lado de la cuerda, el invierno nunca sería lo suficientemente frío como para apagar el fuego de su dibujo.
Eran solo dos niños en primero de primaria, pero en la pureza de sus promesas de tiza y sus manos entrelazadas, estaban escribiendo una historia que ni siquiera el paso de los años o las sombras del destino podrían borrar. Porque cuando decides compartir tu sombra con alguien, dejas de tener miedo a la oscuridad para siempre.