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El Calor de la Bufanda Compartida y el Secreto de la Nieve

El invierno en Tokio no era simplemente una estación; para Megumi Fushiguro, era una prueba de resistencia. El aire gélido mordía sus mejillas y el cielo, de un gris plomizo, parecía querer aplastar los tejados de la escuela primaria. Sin embargo, este año el frío no se sentía como un enemigo. Se sentía como una oportunidad.

Bajo el gran alero del edificio principal, donde el viento no soplaba con tanta fuerza, Megumi estaba sentado sobre su mochila, observando cómo los copos de nieve comenzaban a danzar en el aire. No estaba solo. A su lado, pegado como si sus costillas compartieran el mismo latido, estaba Yuji Itadori.

Yuji era una estufa humana. Emitía un calor constante que Megumi buscaba con una desesperación silenciosa. Ese día, Yuji llevaba una chaqueta naranja demasiado abultada que lo hacía parecer un pequeño cachorro de tigre, y una bufanda de lana roja que su abuelo le había tejido.

—Gumi, tienes las orejas azules —dijo Yuji, rompiendo el silencio del recreo—. Si se te congelan, se van a caer como trozos de hielo y tendré que pegarlas con pegamento de barra.

—No se van a caer, Yuji —respondió Megumi, aunque se encogió de hombros para intentar cubrirse un poco más—. Solo tengo frío. Es normal.

Yuji frunció el ceño, una expresión de seriedad absoluta que rara vez aparecía en su rostro siempre alegre. Sin decir una palabra, se despojó de su bufanda roja. Con movimientos rápidos y algo torpes, comenzó a envolverla alrededor del cuello de Megumi, pero no se detuvo ahí. En lugar de dársela por completo, dejó un extremo alrededor de su propio cuello.

—Ahora estamos atrapados —anunció Yuji con una sonrisa triunfal, tirando un poco de la lana para que sus rostros quedaran a escasos centímetros—. Si tú tienes frío, yo te doy mi calor. Es una regla de los novios, lo leí en un manga de mi abuelo.

Megumi sintió que la cara le ardía, y esta vez no era por el viento helado. El olor de Yuji —una mezcla de detergente cítrico y el aroma dulce de los bollos de crema que había desayunado— lo envolvió por completo.

—Es una regla tonta —susurró Megumi, aunque no hizo ningún intento por soltarse. Al contrario, se inclinó un poco más hacia el hombro de Yuji—. Pero gracias.

Se quedaron así un rato, compartiendo la misma prenda de lana, viendo cómo los demás niños corrían por el patio intentando atrapar copos con la lengua. Para Megumi, ese pequeño espacio bajo la bufanda era el único lugar seguro en el mundo. No importaba que Gojo Satoru estuviera en algún lugar comprando dulces caros o que el mundo de los adultos fuera complicado y lleno de sombras. Aquí, con el hilo rojo de la bufanda uniéndolos, todo era sencillo.

—Gumi, cierra los ojos —dijo Yuji de repente.

—¿Para qué?

—Solo ciérralos. Es un regalo de invierno.

Megumi suspiró, pero obedeció. La oscuridad tras sus párpados se sintió cálida. Esperaba sentir una pegatina en la mano o quizás un caramelo, pero lo que recibió fue algo que hizo que su corazón diera un vuelco violento. Sintió un contacto suave, rápido y un poco húmedo en la mejilla, justo cerca de la comisura de sus labios.

Abrió los ojos de golpe. Yuji estaba allí, con las mejillas más rojas que la bufanda y una expresión de travesura pura.

—¡Te robé un beso! —exclamó Yuji, riendo bajito—. Nobara dice que los novios se roban cosas. Y yo no quería robarte tus lápices porque los usas para dibujar perros, así que te robé un beso.

—¡Yuji! —Megumi se cubrió la cara con las manos, sintiendo que sus orejas ahora sí debían de estar ardiendo—. No puedes ir por ahí robando besos. ¿Y si alguien nos ve?

—Que miren —dijo Yuji, encogiéndose de hombros con esa valentía natural que Megumi tanto envidiaba—. Tú eres mi novio. Y los novios se dan regalos. Mira, traje esto también.

Yuji rebuscó en el bolsillo profundo de su chaqueta y sacó una piedra pequeña. No era una piedra común; era un cuarzo blanco que brillaba bajo la luz mortecina del invierno, con una forma vagamente parecida a un corazón, o al menos eso quería creer Yuji.

—La encontré en el parque ayer —explicó Yuji, poniéndola en la palma de la mano de Megumi—. Parece un trozo de nieve que nunca se derrite. Es para que te acuerdes de que, aunque el invierno se acabe, nosotros vamos a seguir juntos.

Megumi cerró el puño sobre la piedra. Estaba fría, pero la intención detrás de ella lo calentaba más que la bufanda.

—Yo no te traje nada —murmuró Megumi, sintiéndose de repente pequeño—. No sabía que hoy era día de regalos.

—No importa, Gumi. Tú me das tu tiempo —Yuji tomó la mano de Megumi, entrelazando sus dedos con firmeza—. Además, me dejas estar pegado a ti aunque siempre digas que soy ruidoso. Ese es el mejor regalo.

El timbre que anunciaba el fin del recreo sonó, pero ninguno de los dos se movió de inmediato. La nieve empezaba a cuajar en el suelo, creando una alfombra blanca que borraba las huellas de los zapatos.

—Yuji —dijo Megumi, tirando un poco de la bufanda compartida—. Prométeme que no vas a dejar de ser ruidoso.

Yuji parpadeó, sorprendido por la petición.

—¿Por qué querría dejar de serlo?

—Porque si dejas de hacer ruido, tendré miedo de que te hayas ido a jugar con los demás —confesó Megumi en un susurro, bajando la vista hacia sus pies—. A veces pienso que te vas a cansar de que yo sea tan... así.

Yuji soltó una carcajada que espantó a un par de gorriones que buscaban migas cerca de ellos. Sin soltar la mano de Megumi, se levantó y lo obligó a ponerse de pie también.

—Eres tonto, Gumi —dijo Yuji mientras empezaban a caminar hacia el salón, todavía unidos por la bufanda roja—. No me voy a cansar nunca. Eres mi equipo. Y los equipos no se deshacen porque uno sea silencioso y el otro ruidoso. Es como el arroz y el curry, ¿entiendes? Por separado están bien, pero juntos son lo mejor de la cafetería.

Entraron al pasillo de la escuela, donde el calor de la calefacción los golpeó de lleno. Tuvieron que desenredarse de la bufanda antes de que la maestra los viera, pero Yuji no soltó la mano de Megumi hasta que llegaron a la puerta del aula.

Durante la clase de ciencias, Megumi no podía dejar de tocar la piedra en su bolsillo. Miraba de reojo a Yuji, que estaba intentando (y fallando) no quedarse dormido sobre su libro de texto. El cabello rosa de Yuji sobresalía en todas direcciones, y Megumi sintió un impulso extraño de estirar la mano y acariciarlo.

Cuando la clase terminó y llegó la hora de irse a casa, el patio estaba completamente blanco. Gojo Satoru estaba esperando en la puerta, agitando una mano con entusiasmo excesivo, luciendo una bufanda de seda que seguramente costaba más que todo el mobiliario de la escuela.

—¡Megumi-chan! ¡Mira cuánta nieve! —gritó Gojo—. ¡Podemos ir a comprar helado para celebrar que hace frío!

Megumi rodó los ojos, pero antes de caminar hacia su tutor, sintió que Yuji lo detenía por el brazo.

—¡Espera, Gumi! —Yuji se acercó rápidamente y, aprovechando que Gojo estaba distraído intentando hacerse un selfie con un perro que pasaba, le dio un beso rápido en la punta de la nariz—. Mañana traeré chocolate caliente en un termo. ¡No te enfermes!

Yuji salió corriendo hacia el coche de su abuelo, saltando sobre los charcos congelados con una energía inagotable. Megumi se quedó allí, estático, tocándose la nariz con la punta de los dedos.

—¿Qué fue eso, Megumi? —preguntó Gojo, apareciendo detrás de él con una sonrisa burlona—. ¿Itadori-kun te dio un "ataque de energía"?

—Cállate, Gojo —respondió Megumi, subiéndose al coche rápidamente para ocultar su sonrisa—. Solo estábamos despidiéndonos. Es lo que hacen los novios.

Gojo arrancó el coche, riendo entre dientes.

—Ya veo. Pues parece que tu "novio" tiene muy buena puntería.

Mientras el coche avanzaba por las calles nevadas, Megumi miró por la ventana. En el cristal empañado, dibujó con el dedo la silueta de un perro y, a su lado, un corazón pequeño y algo torcido.

El invierno solía ser una estación de finales, de árboles desnudos y días cortos. Pero para Megumi Fushiguro, mientras tuviera una bufanda roja que compartir y una piedra que parecía nieve eterna, el invierno era simplemente el escenario de su historia con Yuji. Una historia que no necesitaba entender el amor de los adultos, porque se explicaba perfectamente con un beso robado en la mejilla y el calor de una mano que prometía no soltarse jamás.

Al llegar a casa, Megumi sacó la piedra de su bolsillo y la colocó en su mesilla de noche, justo al lado de su dibujo de los perros guardianes. Se acostó y cerró los ojos, sintiendo todavía el eco del beso de Yuji en su nariz. No sabía qué pasaría cuando crecieran, ni si las sombras del mundo se volverían demasiado pesadas. Pero esa noche, bajo el arrullo de la nieve cayendo contra el cristal, Megumi se quedó dormido sabiendo que, pasara lo que pasara, mañana por la mañana habría un niño de cabello rosa esperándolo con un termo de chocolate y un corazón lleno de ruido solo para él.