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Sombras en el Recreo y el Misterio del Almuerzo

El lunes por la mañana llegó con ese olor característico a cera de piso y tiza fresca que inundaba los pasillos de la escuela primaria. Para Megumi, los lunes solían ser días grises, pero ahora tenían un matiz diferente. Mientras caminaba por el pasillo, sujetando con fuerza las correas de su mochila azul, sus ojos verdes buscaban frenéticamente una mancha de color rosa entre la multitud de uniformes idénticos.

No tardó en encontrarlo. Yuji estaba junto a su casillero, tratando de pelearse con una bufanda que parecía tener vida propia. Al ver a Megumi, su rostro se iluminó de una manera que hizo que el estómago del pelinegro diera un vuelco extraño, como si hubiera tragado una mariposa viva.

—¡Megumi! —exclamó Yuji, agitando un brazo con tal entusiasmo que casi golpea a un niño que pasaba por allí—. ¡Mira! Mi abuelo me puso una manzana extra hoy. Dice que es para que crezca fuerte como un luchador.

Megumi se acercó a paso lento, tratando de mantener esa compostura seria que tanto le costaba cuando Yuji le sonreía así.

—Las manzanas no te hacen luchador, Yuji. Solo son fruta —respondió Megumi, aunque sus dedos buscaron instintivamente la manga de la chaqueta de Yuji para estar cerca de él—. Pero... si quieres, podemos compartir mi postre también.

Yuji asintió con vigor y ambos caminaron hacia el salón de clases. Sin embargo, la burbuja de paz no duró mucho. Al entrar, notaron que un grupo de niñas estaba reunido alrededor del pupitre de Yuji. Entre ellas estaba Nobara Kugisaki, una niña de cabello castaño corto y una actitud que intimidaba incluso a los de grados superiores.

—¡Itadori! —dijo Nobara, cruzándose de brazos—. Traje estas pegatinas de flores. Son brillantes. Si me das un poco de tu jugo de uva en el recreo, te daré la del girasol.

Megumi se detuvo en seco. Sintió que el aire se volvía pesado. Sus ojos verdes se entrecerraron mientras observaba cómo Yuji miraba las pegatinas con genuino interés. Eran brillantes, y a Yuji le encantaba todo lo que brillara.

—¿El girasol? —preguntó Yuji, inclinándose para ver mejor—. ¡Es muy bonito!

—Yuji tiene su propio jugo —intervino Megumi, dando un paso al frente y colocándose sutilmente entre Yuji y el grupo de niñas—. No necesita pegatinas.

Nobara arqueó una ceja, mirando a Megumi como si fuera un bicho raro.

—No te pregunté a ti, Fushiguro. Itadori puede decidir solo, ¿verdad?

Yuji miró a Megumi y luego a Nobara. Su mente infantil intentaba procesar la tensión, pero no entendía por qué su "novio" parecía estar a punto de invocar una tormenta eléctrica dentro del aula.

—Bueno... —dudó Yuji—, a Megumi no le gusta que comparta mis cosas con otros si él no está de acuerdo...

—¡Eso es porque somos novios! —soltó Megumi sin pensar, con las mejillas encendiéndose al instante.

El salón se quedó en un silencio sepulcral. Nobara parpadeó tres veces, confundida.

—¿Novios? —repitió ella—. Pero si son dos niños. Los novios son como mi mamá y mi papá, y ellos se dan besos en la boca y se gritan por quién no lavó los platos. Ustedes solo juegan con bloques.

Megumi sintió que su argumento se desmoronaba, pero no retrocedió.

—Es diferente —insistió Megumi, apretando los puños—. Ser novios significa que él es mi equipo. Y en mi equipo no entran pegatinas de flores.

Yuji, sintiendo que Megumi estaba realmente angustiado, tomó la mano del pelinegro. Sus dedos pequeños y cálidos envolvieron los de Megumi, calmando instantáneamente el temblor de sus manos.

—Lo siento, Nobara —dijo Yuji con una sonrisa apenada—. Creo que hoy no quiero pegatinas. Megumi y yo tenemos que hacer cosas de "equipo" en el recreo.

Nobara resopló, dándose la vuelta con un gesto de desdén.

—Como quieran. Son muy raros. ¡Vámonos, chicas!

Cuando se alejaron, Megumi soltó un suspiro tembloroso. Se sentía agotado, como si hubiera peleado contra un monstruo gigante en lugar de una niña con pegatinas.

—¿Gumi? —Yuji lo llamó en voz baja, acercándose a su oído—. ¿Estás bien? Te pusiste muy rojo, como un tomate.

—Estoy bien —mintió Megumi, desviando la mirada—. Solo... no me gusta que te ofrezcan cosas. Yo puedo darte todo lo que necesites.

Yuji ladeó la cabeza, procesando las palabras. No entendía del todo el concepto de "celos", pero entendía que Megumi necesitaba sentirse especial.

—¿Incluso pegatinas? —preguntó Yuji con una chispa de travesura en los ojos.

—Incluso pegatinas —confirmó Megumi con seriedad—. Le pediré a Gojo que me compre las más grandes del mundo.

El resto de la mañana transcurrió entre lecciones de aritmética simple y dibujos de animales. Megumi no le quitó la vista de encima a Yuji ni un segundo. Cada vez que otro niño se acercaba a pedirle un color o a preguntarle algo, Megumi lanzaba una mirada tan gélida que los demás terminaban alejándose por puro instinto de supervivencia infantil.

A la hora del almuerzo, ambos se sentaron en el rincón más alejado del patio, bajo la sombra de un gran roble. El aire era fresco y el sonido de otros niños jugando se sentía como un rumor lejano.

—Megumi —dijo Yuji mientras abría su caja de almuerzo—, ¿qué vamos a hacer cuando seamos grandes?

Megumi, que estaba pelando una mandarina con sumo cuidado para quitarle todas las fibras blancas, se detuvo.

—No sé. Gojo dice que tengo un "potencial increíble", pero creo que solo lo dice para que haga la tarea —respondió Megumi—. ¿Tú qué quieres ser?

—¡Quiero ser bombero! —exclamó Yuji, agitando una salchicha con forma de pulpo—. O tal vez alguien que ayude a la gente. Mi abuelo dice que es importante ayudar a los demás para que, cuando mueras, no estés solo.

Megumi frunció el ceño. La idea de la muerte era algo demasiado grande y oscuro para su mente de seis años, pero la parte de "no estar solo" resonó con fuerza en él.

—No vas a estar solo —dijo Megumi con firmeza, dejando la mandarina de lado—. Yo voy a estar ahí. Aunque seas bombero y tengas que apagar fuegos peligrosos.

Yuji sonrió, pero luego su expresión se volvió un poco más seria, una rareza en él.

—Pero Megumi... si somos novios y nos casamos de grandes, ¿tendremos que vivir en la misma casa?

—Supongo que sí. Los adultos hacen eso.

—¿Y podré tener un perro? —preguntó Yuji con esperanza.

Megumi recordó el dibujo que había hecho el día anterior.

—Tendremos dos —decidió—. Uno negro y uno blanco. Yo los cuidaré cuando tú estés salvando gente.

Yuji soltó una carcajada y se lanzó a abrazar a Megumi. El impacto hizo que ambos cayeran hacia atrás sobre el césped. Megumi soltó un pequeño quejido, pero no intentó apartarlo. El cabello rosa de Yuji le hacía cosquillas en la nariz y olía a champú de frutas y a sol.

—Eres el mejor novio del mundo, Gumi —susurró Yuji contra su hombro.

Megumi sintió que su corazón martilleaba contra sus costillas. Lentamente, rodeó la cintura de Yuji con sus brazos. En ese pequeño universo bajo el roble, no había maldiciones, ni destinos trágicos, ni responsabilidades de clanes antiguos. Solo eran dos niños tratando de entender por qué estar juntos se sentía tan necesario como respirar.

—Yuji... —murmuró Megumi.

—¿Sí?

—¿Me vas a querer siempre? ¿Incluso si me vuelvo un viejo gruñón como dice Gojo?

Yuji se separó un poco para mirarlo a los ojos. Sus ojos claros brillaban con una determinación que parecía ir más allá de su edad.

—¡Claro que sí! Aunque seas muy gruñón y no quieras jugar. Yo te haré reír todos los días. Es una promesa de novios.

Megumi asintió, sintiéndose extrañamente aliviado. Para él, las promesas eran cosas sagradas, hilos invisibles que ataban el mundo para que no se desmoronara.

De repente, una pelota de fútbol rodó hasta ellos, golpeando suavemente la pierna de Megumi. Un grupo de niños de segundo grado se acercó corriendo.

—¡Oigan! ¿Quieren jugar? —preguntó uno de ellos—. Nos falta uno para el equipo rojo. ¡Itadori, tú corres rápido, ven con nosotros!

Yuji se levantó de un salto, sacudiéndose la hierba de los pantalones. La emoción de correr y patear un balón era casi irresistible para su energía inagotable. Miró a los niños y luego miró a Megumi, que seguía sentado en el suelo, observando la pelota con desconfianza.

Megumi sintió que el frío regresaba. Odiaba el fútbol. Odiaba los deportes donde la gente se empujaba y gritaba. Pero, sobre todo, odiaba que esos niños vieran en Yuji lo mismo que él veía: alguien increíble con quien todos querían estar.

—Ve tú —dijo Megumi, tratando de que su voz no sonara triste—. Yo me quedaré aquí leyendo.

Yuji dio un paso hacia los niños, pero se detuvo. Miró la mano de Megumi, que jugueteaba nerviosamente con una brizna de hierba. Recordó lo que habían hablado en el salón sobre ser un "equipo".

—¿Pueden jugar dos? —preguntó Yuji a los niños mayores.

—Bueno... supongo, pero ese chico se ve muy serio —dijo el líder del grupo, señalando a Megumi.

—Él es mi equipo —dijo Yuji con orgullo—. Si él no juega, yo tampoco.

Megumi levantó la vista, sorprendido. Una parte de él quería quedarse en la sombra, pero la mirada de invitación de Yuji era más fuerte que su timidez. Se puso de pie lentamente, sacudiéndose el uniforme.

—Está bien —susurró Megumi—. Jugaré. Pero si me caigo, tú me tienes que ayudar a levantarme.

—¡Hecho! —exclamó Yuji, agarrando la mano de Megumi y tirando de él hacia el campo de juego.

El partido fue un caos de rodillas raspadas y gritos infantiles. Megumi no era muy bueno pateando el balón, y terminó con una mancha de barro en su impecable pantalón azul, pero cada vez que Yuji pasaba a su lado, le dedicaba una sonrisa o un pulgar arriba. Al final, el equipo de Yuji y Megumi perdió por tres goles, pero a Yuji no parecía importarle en absoluto.

Cuando terminó el recreo y caminaban de regreso al salón, ambos estaban despeinados y jadeando.

—Ves, Gumi —dijo Yuji, limpiándose el sudor de la frente con la manga—, jugar con otros no es tan malo si lo hacemos juntos.

Megumi miró su pantalón manchado y luego miró a Yuji, que tenía una ramita de árbol enredada en su cabello rosa.

—Supongo —admitió Megumi—. Pero la próxima vez, quiero que nosotros seamos los que metan los goles.

—¡Sí! Entrenaremos en el parque después de la escuela —propuso Yuji con entusiasmo.

Al entrar al aula, la maestra los miró con una mezcla de ternura y resignación. Eran el retrato de la infancia: sucios, cansados y extrañamente felices. Se sentaron en su pupitre doble, el mismo donde el día anterior habían intercambiado dibujos.

Megumi buscó en su mochila y sacó un pequeño sobre de papel que había preparado esa mañana en casa, con la ayuda (muy a su pesar) de Gojo. Lo deslizó sobre la mesa hacia Yuji.

—¿Qué es esto? —preguntó Yuji, abriéndolo con curiosidad.

Dentro había una hoja de pegatinas. No eran flores, ni eran brillantes. Eran pegatinas de perros pequeños, de diferentes razas, y algunas de tigres diminutos.

—Dijiste que querías pegatinas —murmuró Megumi, fingiendo que le interesaba mucho el libro de texto que tenía delante—. Estas son mejores que las de Nobara.

Yuji soltó un grito de alegría contenido, para que la maestra no lo regañara.

—¡Son increíbles! ¡Mira este tigre, se parece a mí! —Yuji despegó una y, sin dudarlo, la pegó en el dorso de la mano de Megumi—. Ahora tú también tienes un tigre para que te cuide.

Megumi miró la pegatina en su mano. Era ridícula y pequeña, pero sintió que era el tesoro más valioso que jamás había poseído.

—Gracias, Yuji —dijo suavemente.

—De nada, Gumi. Los novios se dan regalos, ¿verdad?

—Sí —asintió Megumi—. Supongo que sí.

Mientras la maestra empezaba a explicar cómo escribir los números del diez al veinte, Megumi y Yuji se mantuvieron cerca, con sus hombros rozándose. No sabían que el mundo exterior era un lugar complicado, que los adultos hablaban de cosas como el destino, la energía maldita o el deber. Para ellos, la vida se reducía a esa pequeña mesa, a la promesa de jugar en el parque y a la seguridad de que, mientras estuvieran juntos, nada malo podía pasar.

Megumi cerró los ojos por un segundo, disfrutando del calor que emanaba de Yuji. No sabía qué era el amor en el sentido que lo explicaban los libros, pero si el amor era querer proteger a alguien de las pegatinas de flores y compartir las mandarinas sin fibras blancas, entonces estaba seguro de que amaba a Yuji Itadori con todo su pequeño y celoso corazón.

Yuji, por su parte, garabateó un pequeño corazón en la esquina del cuaderno de Megumi cuando la maestra no miraba. Un corazón rojo, un poco torcido, pero lleno de la luz de un niño que solo sabía dar felicidad.

—Para siempre, ¿verdad? —susurró Yuji, apenas un aliento.

Megumi apretó su mano bajo la mesa, un gesto que ya se estaba volviendo un hábito necesario.

—Para siempre —respondió Megumi.

Y en ese salón de primer grado, entre el olor a tiza y los sueños infantiles, el tiempo pareció detenerse, permitiéndoles ser simplemente dos niños unidos por un hilo rosa que ni siquiera ellos comprendían del todo, pero que estaban decididos a no soltar jamás.