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Cartas de Colores y el Jardín Secretos de los Novios
El sol de la mañana se filtraba por las persianas de la casa de los Fushiguro, creando un patrón de rayas en el suelo que Megumi intentaba no pisar mientras caminaba hacia la cocina. Llevaba una hoja de papel arrugada y un estuche lleno de lápices de colores. Su rostro, habitualmente serio, mostraba una determinación que solo aparecía cuando se trataba de Yuji.
En la mesa del comedor, Gojo Satoru estaba sentado con una taza de café en una mano y su teléfono en la otra, luciendo tan despreocupado como siempre. Al ver aparecer a Megumi, bajó sus gafas oscuras solo un poco para observar al niño.
—¡Buenos días, Megumi-chan! —exclamó Gojo con una energía que Megumi consideraba excesiva para esa hora—. ¿Qué te trae por aquí con cara de estar planeando un asalto al banco de caramelos?
Megumi se detuvo frente a él y dejó el papel sobre la mesa. Sus orejas se tiñeron de un rojo suave.
—Necesito... —empezó Megumi, bajando la voz hasta que fue casi un susurro—, necesito escribir algo. Pero hay kanjis que todavía no sé.
Gojo dejó su café, genuinamente intrigado. Se inclinó hacia adelante, apoyando la barbilla en su mano.
—¿Una carta? ¿Para quién? ¿Es para alguna niña de la clase que te dio galletas? —preguntó con una sonrisa burlona.
—No es para una niña —respondió Megumi, frunciendo el ceño—. Es para Yuji. Somos novios, así que tengo que darle una carta. Él me dio una pegatina de tigre ayer.
Gojo tuvo que hacer un esfuerzo monumental para no soltar una carcajada. Ver a Megumi tan solemne sobre su "noviazgo" infantil era lo más tierno que había presenciado en años.
—Ya veo, una cuestión de estado —dijo Gojo, recuperando la compostura—. Está bien, el gran Satoru Gojo te ayudará. ¿Qué quieres decirle a tu caballero de cabello rosa?
Megumi se quedó pensativo, mirando el papel en blanco. Sus sentimientos eran como un ovillo de lana enredado; sabía que estaban ahí, pero no sabía por dónde empezar a tirar del hilo.
—Quiero decirle que... me gusta cuando se ríe. Y que no me importa que me manche el uniforme de barro si es jugando con él. Y que... —Megumi hizo una pausa, apretando el lápiz negro en su mano—, que quiero que siempre sea mi equipo.
Gojo asintió, tomando un bolígrafo.
—Eso es muy profundo, Megumi. Vamos a escribirlo de forma que Itadori-kun quede impresionado. Empecemos por "Querido Yuji".
Mientras Megumi luchaba con los trazos complicados de las palabras que Gojo le dictaba, al otro lado de la ciudad, en una pequeña casa con un jardín algo descuidado pero lleno de vida, Yuji Itadori tenía su propia misión.
Yuji estaba de rodillas en la tierra, justo detrás del cobertizo donde su abuelo guardaba las herramientas. Había descubierto que allí crecían unas flores pequeñas y silvestres, de un color azul intenso que le recordaba a los ojos de Megumi cuando miraba el cielo.
—Si somos novios, tengo que darle flores —se dijo Yuji a sí mismo, hablando con una hormiga que pasaba por allí—. En la televisión, los novios siempre llevan ramos gigantes. Pero mis manos son pequeñas, así que haré un ramo pequeño.
Con mucho cuidado, para no romper los tallos, Yuji empezó a recolectar las flores. No solo eligió las azules; también buscó unas blancas que parecían estrellas diminutas y unas cuantas hojas verdes de trébol. Para Yuji, cada flor representaba algo. La azul era porque Megumi era tranquilo, la blanca porque era limpio y ordenado, y el trébol era para que tuvieran suerte y no los regañara la maestra.
—¡Yuji! ¡Lávate las manos, es hora de ir a la escuela! —gritó su abuelo desde la ventana.
—¡Ya voy, abuelo! —respondió Yuji, escondiendo su pequeño tesoro detrás de su espalda.
Buscó un trozo de cuerda que había guardado en su bolsillo y, con dedos algo torpes por la emoción, ató el ramito. No era perfecto, algunas flores estaban un poco aplastadas y el nudo de la cuerda era demasiado grande, pero para Yuji era la obra de arte más hermosa del mundo.
Cuando ambos llegaron a la escuela esa mañana, la tensión en el aire era palpable, al menos para ellos dos. Megumi llevaba la carta escondida dentro de su libro de matemáticas, temiendo que alguien más la viera y se burlara. Yuji, por su parte, llevaba el ramo envuelto en una servilleta de papel húmeda dentro de su mochila, rezando para que no se marchitara antes del recreo.
Durante la clase de lengua, Megumi no podía dejar de mirar de reojo a Yuji. El pelirrosa parecía estar teniendo dificultades para quedarse quieto en su silla, moviéndose constantemente y mirando el reloj de la pared.
—Fushiguro, ¿puedes leer la siguiente frase? —preguntó la maestra, sacando a Megumi de sus pensamientos.
Megumi se levantó, sintiendo que la carta en su mochila quemaba.
—"El gato salta sobre la mesa" —leyó con voz monótona, aunque su mente estaba a kilómetros de distancia, imaginando la reacción de Yuji al leer sus palabras.
Finalmente, sonó el timbre del recreo. Los niños salieron disparados hacia el patio como si fueran liberados de una prisión, pero Megumi y Yuji se quedaron rezagados a propósito. Esperaron a que el aula estuviera casi vacía.
—Gumi... —llamó Yuji, acercándose a su pupitre con las manos detrás de la espalda.
—¿Qué pasa? —preguntó Megumi, tratando de sonar indiferente mientras su corazón golpeaba con fuerza contra sus costillas.
—Te traje algo. Porque somos novios y porque ayer me defendiste de las pegatinas de Nobara —dijo Yuji, extendiendo las manos de repente.
El pequeño ramo de flores silvestres apareció frente a los ojos de Megumi. Estaban un poco mustias por el calor de la mochila, pero el color azul seguía siendo vibrante.
Megumi se quedó sin habla. Nadie le había dado flores nunca. Gojo le daba dulces o juguetes caros, pero esto era diferente. Eran flores que Yuji había buscado y recogido con sus propias manos.
—Son... son azules —logró decir Megumi, extendiendo una mano temblorosa para tomarlas.
—Como tus ojos cuando estás feliz —añadió Yuji con una sonrisa tan pura que Megumi tuvo que mirar hacia otro lado para que no viera que se le humedecían los ojos.
—Yo también te traje algo —dijo Megumi, sacando el sobre de su libro.
Era un sobre blanco, decorado con dibujos de perros negros en las esquinas que Megumi había hecho con mucho cuidado. Se lo entregó a Yuji como si fuera un documento sagrado.
Yuji abrió el sobre con una delicadeza asombrosa. Sus ojos claros recorrieron los kanjis que Megumi había escrito con la ayuda de Gojo. Sus labios se movían lentamente mientras leía en silencio.
—"Yuji, eres mi mejor equipo. No me gusta cuando otros juegan contigo, pero me gusta cuando tú juegas conmigo. Quiero ser tu novio hasta que seamos viejos. De Megumi" —leyó Yuji en voz alta, terminando con un suspiro de asombro.
—Gojo me ayudó con los kanjis difíciles —explicó Megumi rápidamente, sintiendo que su cara ardía—. Pero las palabras son mías.
Yuji abrazó la carta contra su pecho, cerrando los ojos.
—Es lo más bonito que me han escrito nunca, Gumi. La voy a guardar en mi caja de tesoros, al lado de la medalla de carrera que gané el año pasado.
Se quedaron allí, en medio del aula silenciosa, rodeados por el polvo que bailaba en los rayos de sol. Megumi sostenía las flores como si fueran de cristal, y Yuji sostenía la carta como si fuera un mapa hacia un tesoro.
—¿Gumi? —preguntó Yuji después de un momento.
—¿Sí?
—¿Crees que los novios adultos se sienten así? ¿Como si tuvieran un sol pequeño dentro de la barriga?
Megumi lo pensó. Recordó a las parejas que veía en el parque, tomadas de la mano y riendo.
—No lo sé —respondió con sinceridad—. Pero si no se sienten así, entonces ser novios de niños es mucho mejor.
Yuji soltó una carcajada y asintió.
—¡Tienes razón! Vamos afuera, quiero enseñarle la carta al árbol donde almorzamos.
Salieron al patio tomados de la mano. Megumi llevaba las flores protegidas en el hueco de su brazo. Sin embargo, antes de llegar al roble, se cruzaron con un grupo de niños que jugaban a la pelota. Entre ellos estaba Todo, el niño grande que siempre intentaba llevarse a Yuji.
—¡Eh, Itadori! ¡Mira, encontramos una rana en el estanque! —gritó Todo, señalando hacia la zona húmeda del patio—. ¡Ven rápido antes de que se escape!
Yuji se detuvo, sus ojos brillando por un segundo ante la mención de una rana. Pero entonces sintió el apretón de la mano de Megumi. Miró las flores azules en el brazo de su amigo y recordó la carta que guardaba en su bolsillo.
—No puedo, Todo —dijo Yuji con voz firme—. Estoy ocupado con Megumi.
—¿Ocupado haciendo qué? ¡Es solo una caminata aburrida! —se burló Todo.
Megumi dio un paso adelante, ocultando las flores detrás de él para que los otros niños no se burlaran de ellas. No quería que nadie ensuciara el regalo de Yuji con risas tontas.
—Estamos en una reunión de equipo —declaró Megumi, mirando a Todo con esa intensidad que lo hacía parecer mucho mayor de lo que era—. Es privada.
Todo se encogió de hombros, visiblemente confundido por la seriedad de los dos niños.
—Ustedes son muy raros —dijo antes de salir corriendo hacia el estanque.
Cuando se quedaron solos de nuevo, Yuji miró a Megumi con admiración.
—Eres muy valiente, Gumi. Yo siempre quiero ir a ver las ranas, pero tú sabes qué es lo más importante.
—Lo más importante es que me prometiste que seríamos un equipo —recordó Megumi, aunque por dentro se sentía aliviado de que Yuji no se hubiera ido.
Se sentaron bajo su roble favorito. Megumi sacó una botella de agua de su mochila y, con mucho cuidado, puso las flores dentro para que no se secaran. El sol del mediodía calentaba el ambiente, pero bajo la sombra del árbol se estaba fresco.
—Yuji... —dijo Megumi, mirando la botella con las flores—. ¿Qué vamos a hacer mañana?
—Mañana es sábado —respondió Yuji, recostándose sobre el césped—. Mi abuelo dijo que podías venir a casa a jugar. Podemos construir una fortaleza con las mantas de la sala.
—¿Una fortaleza? —Megumi se imaginó el salón de Yuji transformado en un castillo.
—¡Sí! Y dentro de la fortaleza, solo podrán entrar los que tengan una contraseña secreta.
—¿Cuál será la contraseña? —preguntó Megumi, interesado.
Yuji se inclinó hacia él, como si las paredes de la escuela tuvieran oídos.
—La contraseña será "Corazón de Tigre" —susurró Yuji—. Porque el dibujo de perro que me hiciste ayer parece un tigre si lo miras de lado, y porque mi carta dice que soy tu equipo.
Megumi asintió, conforme con la idea. Le gustaba la idea de estar en una fortaleza con Yuji, lejos del mundo, de los escarabajos, de las ranas y de las pegatinas de Nobara.
—Está bien. Llevaré mis libros de cuentos para leer dentro —dijo Megumi.
—Y yo pediré galletas de chocolate —añadió Yuji.
Se quedaron en silencio un rato, simplemente disfrutando de la compañía del otro. Megumi sacó la carta de Yuji de su mochila —la había vuelto a guardar para que no se ensuciara— y la leyó una vez más. Las letras eran grandes y un poco torcidas, pero cada trazo parecía gritar la alegría de Yuji.
—Oye, Yuji —murmuró Megumi.
—¿Mm?
—Gracias por las flores. Son mejores que cualquier juguete de Gojo.
Yuji se sonrojó, rascándose la mejilla con un dedo.
—No fue nada. Solo quería que supieras que me gusta ser tu novio. Aunque no sepa muy bien qué significa todavía.
—Significa esto —dijo Megumi, señalando el espacio entre ellos—. Significa que no tienes que ir a ver ranas si yo no quiero ir, y que yo escribo cartas aunque no sepa todos los kanjis.
Yuji sonrió, una sonrisa amplia que mostraba el hueco donde le faltaba el diente de leche.
—Entonces me gusta mucho.
Cuando la campana sonó para anunciar el fin del recreo, ambos se levantaron. Megumi llevaba la botella con las flores con un cuidado extremo, como si transportara un tesoro nacional. Al volver al salón, la maestra notó el cambio en el ambiente entre los dos. Parecían más unidos, envueltos en un aura de complicidad que pocos adultos lograban alcanzar.
Al final del día escolar, Gojo Satoru estaba esperando en la puerta, recostado contra su coche deportivo. Al ver a Megumi salir con una botella llena de flores silvestres, sus cejas se elevaron por encima de sus gafas.
—Vaya, vaya —dijo Gojo cuando Megumi se acercó—. Parece que la carta surtió efecto. ¿O es que te has convertido en botánico, Megumi-chan?
Megumi subió al coche sin responder, protegiendo su tesoro.
—Son de Yuji —dijo finalmente, cuando ya estaban en marcha—. Son flores de novios.
Gojo sonrió para sus adentros, mirando por el espejo retrovisor al pequeño niño que sostenía con orgullo un ramo de maleza azul.
—Son muy bonitas, Megumi. Asegúrate de ponerles agua fresca cuando lleguemos a casa.
—Lo sé —respondió Megumi, mirando por la ventana—. Tienen que durar hasta que seamos viejos.
Gojo no tuvo el corazón para decirle que las flores silvestres no duraban tanto. Pero al ver la determinación en los ojos verdes de su pupilo, pensó que tal vez, solo tal vez, en el mundo de Megumi y Yuji, las leyes de la naturaleza no se aplicaban de la misma manera. Porque para ellos, una flor no era solo una planta, y una carta no era solo papel; eran los cimientos de una promesa que apenas comenzaba a florecer bajo el sol de la infancia.