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Parejas Disparejas

San Valentín entre Hechizos, Lujos y Armas Malditas

El aire de febrero en la Escuela Técnica de Magia de Tokio solía ser gélido, un recordatorio constante de que el invierno aún no soltaba su agarre sobre las montañas. Sin embargo, en la enfermería de Shoko Ieiri, la atmósfera era inusualmente cálida. No era solo por la calefacción, sino por la energía vibrante de tres mujeres que, contra todo pronóstico, estaban radiantes.

Nobara Kugisaki estaba sentada sobre una de las camillas, balanceando sus piernas con una energía que amenazaba con romper la estructura metálica. Maki Zenin, apoyada contra la pared, tenía una expresión de satisfacción que rara vez se veía en su rostro endurecido por el entrenamiento. Shoko, sentada en su silla giratoria, sostenía una taza de café humeante mientras una pequeña y misteriosa sonrisa curvaba sus labios.

—Admitámoslo —rompió el silencio Nobara, ajustándose un collar de plata que brillaba bajo la luz fluorescente—, todas esperábamos un desastre. Yo ya tenía preparada una lista de insultos para Itadori por si se le ocurría llevarme a un puesto de albóndigas grasientas.

—Yo pensé que Yuta se desmayaría de los nervios antes de siquiera decir "Feliz San Valentín" —añadió Maki, cruzándose de brazos—. Pero tengo que decir que... se superaron.

—Vaya que lo hicieron —murmuró Shoko, cerrando los ojos por un instante como si reviviera un recuerdo particularmente placentero—. Satoru puede ser un imbécil el noventa por ciento del año, pero cuando decide usar su estatus y su dinero... es difícil de ignorar.

Nobara fue la primera en relatar su día con lujo de detalles. Sus ojos brillaban mientras recordaba la sorpresa que Yuji le había preparado.

—Me llevó a la playa —dijo Nobara, y su voz perdió por un momento su tono mordaz—. Saben cuánto deseaba ir. No era una playa cualquiera; era tranquila, el agua estaba preciosa. Me llevó a un restaurante justo frente al mar. Era caro, de esos donde tienes que usar tres tenedores diferentes, pero lo disfrutamos de verdad. Yuji no dejó de sonreír en todo el rato, incluso cuando se equivocó de copa.

Maki sonrió de lado. Podía imaginar perfectamente a Itadori intentando ser sofisticado y fallando de la manera más encantadora posible.

—Pero lo mejor fue después —continuó Nobara, tocando con las puntas de sus dedos el dije de su collar—. Fuimos de compras. Y no me refiero a mirar escaparates. Ese idiota estuvo ahorrando meses de sus pagas de misiones. Me compró cada prenda que señalé, cada vestido, cada par de zapatos. Al final, cuando ya no podíamos cargar más bolsas, me dio esto. —Señaló el collar de plata donde las iniciales "Y" y "N" estaban grabadas con una elegancia sutil—. Me dijo que quería que siempre tuviera algo que brillara tanto como yo. Casi lloro, chicas. Casi lloro.

—Es un buen chico —concedió Maki—. Tiene un corazón demasiado grande para su propio bien.

—¿Y tú, Maki? —preguntó Shoko, dejando su taza sobre la mesa—. Escuché que Yuta estuvo muy ocupado planeando algo contigo.

Maki soltó una risa corta, recordando el inicio de su jornada.

—Empezamos como siempre —explicó Maki—, con un entrenamiento intenso. Creo que es la única forma en que ambos sabemos comunicarnos de verdad. Pero después de que me pateó el trasero un par de veces, me llevó al cine. Quería ver una película de terror.

—¿Yuta? —Nobara arqueó una ceja—. Pero si él se asusta hasta con su propia sombra cuando está distraído.

—Exacto —dijo Maki con una chispa de diversión en los ojos—. Se pasó la mitad de la película aferrado a mi brazo, saltando con cada grito, pero se negó a irse. Decía que si a mí me gustaba, él la vería hasta el final. Verlo intentar ser valiente mientras temblaba como una hoja fue... extrañamente tierno. Luego fuimos a un buffet exclusivo. Fue divertidísimo. Hubo unos tipos que intentaron colarse en la fila y Yuta, con esa cara de niño bueno que tiene, les lanzó una mirada tan gélida que casi se orinan encima. Nos "peleamos" con la mitad de la gente por la última bandeja de cangrejo. Hacía mucho que no me reía tanto.

Maki se detuvo un momento, y su expresión se volvió más seria, más profunda.

—Al final del día, me llevó al almacén de armas —continuó—. Me regaló una sección completa de armas malditas nuevas para mi inventario. Piezas raras, de grado dos y una de grado uno. Me dijo que sabía que mi fuerza no venía de la energía maldita, sino de mi voluntad, y que quería darme las mejores herramientas para que el mundo nunca volviera a subestimarme.

—Eso es amor de hechiceros en su máxima expresión —comentó Shoko, asintiendo con respeto.

—Fue perfecto —admitió Maki en voz baja—. Realmente perfecto.

Las dos jóvenes se giraron entonces hacia la doctora, cuya expresión de satisfacción era casi contagiosa.

—Bueno, Shoko-san —dijo Nobara, apoyando la barbilla en su mano—, no nos dejes con la duda. Sabemos que Gojo-sensei no conoce el concepto de "moderación".

Shoko soltó un suspiro largo y se acomodó en su silla, dejando que un poco de humo de su cigarrillo (que acababa de encender) llenara el espacio.

—Satoru es un exagerado —comenzó Shoko—, pero tengo que admitir que tiene estilo. Se apareció en mi oficina a primera hora, me cargó al estilo nupcial y, antes de que pudiera protestar, ya estábamos en un jet privado rumbo a Francia.

—¿A Francia? —exclamaron Nobara y Maki al unísono.

—A París, para ser exactos —dijo Shoko con naturalidad—. Desayunamos frente a la Torre Eiffel. Paseamos por las calles, entramos a cada espectáculo de cabaret y teatro que encontramos. Satoru usaba su técnica para que nadie nos molestara, era como si el mundo entero se hubiera detenido solo para nosotros. Regresamos a Japón al mediodía solo porque él quería llevarme a una cena en un restaurante de Ginza que tiene una lista de espera de tres años. Por supuesto, él es un Gojo, así que no hubo lista de espera para nosotros.

—Eso suena a un sueño —susurró Nobara, imaginando el lujo.

—Lo fue —asintió Shoko—. La comida era exquisita, el vino era más viejo que la mayoría de los edificios de esta escuela... pero lo mejor fue el final.

Shoko hizo una pausa deliberada, y un brillo travieso apareció en sus ojos castaños.

—Fuimos a un hotel de cinco estrellas —continuó—. La suite principal. Tenía una vista de todo Tokio iluminado. Y bueno... ocurrió lo que tenía que ocurrir. Fue una noche... intensa. Muy intensa.

Nobara y Maki se inclinaron hacia adelante, esperando más detalles, pero Shoko levantó una mano, deteniéndolas con una sonrisa enigmática.

—No voy a darles detalles —dijo Shoko con una voz cargada de una satisfacción evidente—. Es un tema de adultos. Solo diré que Satoru tiene mucha más resistencia de la que aparenta, y que sus Seis Ojos no son lo único que sabe usar con precisión milimétrica.

Nobara se sonrojó violentamente, mientras Maki desviaba la mirada con una sonrisa incómoda pero divertida.

—¡Shoko-san! —exclamó Nobara—. ¡Eso es trampa!

—Es el privilegio de la edad, pequeña —replicó Shoko, dándole un sorbo a su café—. Pero la conclusión es la misma para las tres: esos idiotas se esforzaron.

—Lo hicieron —asintió Maki—. Es extraño verlos así. Normalmente estamos tan acostumbradas a su torpeza o a su ego que ver este lado... dedicado, es refrescante.

—Nos escucharon —dijo Nobara, recordando la conversación que habían espiado semanas atrás—. Realmente creen que somos las mejores. Y supongo que quisieron estar a la altura de esa creencia.

En ese momento, la puerta de la enfermería se abrió con un estrépito familiar. Yuji Itadori entró primero, cargando una caja de donas de chocolate.

—¡Chicas! —exclamó Yuji con su energía habitual—. ¡Espero que no estén hablando mal de nosotros todavía! ¡Traje postre!

Detrás de él apareció Yuta, quien saludó con una timidez que ya no parecía debilidad, sino una forma de respeto. Se acercó a Maki y, sin decir nada, le puso una mano en el hombro. Ella se inclinó hacia su toque de manera natural.

—Maki-san —susurró Yuta—, Panda dice que llegaron las nuevas fundas para las armas que te regalé. ¿Quieres ir a verlas?

—Claro —respondió Maki, levantándose y dedicándole una mirada suave que solo él recibía.

Finalmente, Gojo Satoru entró flotando, literalmente, con las manos tras la cabeza y una sonrisa de suficiencia que iluminaba toda la habitación.

—¡Shoko-chan! —canturreó Gojo—. He reservado un spa para este fin de semana. Creo que ambos necesitamos recuperarnos de la... actividad física de anoche.

Shoko rodó los ojos, pero no pudo evitar que su sonrisa se ensanchara.

—Eres un exhibicionista, Satoru —dijo ella, levantándose y caminando hacia él.

—Pero soy tu exhibicionista favorito —replicó él, rodeándola con sus brazos y dándole un beso rápido en la coronilla.

Nobara miró a Yuji, quien le ofrecía una dona con una expresión de pura devoción. Ella la tomó y, por una vez, no le gritó por ser ruidoso. En lugar de eso, se acercó a él y apoyó la cabeza en su pecho.

—Oye, Itadori —dijo Nobara—. El collar es bonito.

—Tú eres más bonita, Nobara —respondió él con una honestidad que la hizo sonrojarse de nuevo.

Las tres parejas permanecieron en la enfermería un momento más, compartiendo una paz que era rara en sus vidas de hechiceros. Afuera, el mundo seguía lleno de maldiciones, de dolor y de batallas inminentes. Pero dentro de esas cuatro paredes, el eco de un San Valentín perfecto seguía resonando.

Habían criticado sus defectos, se habían burlado de sus inseguridades y se habían quejado de su falta de tacto. Pero al final del día, mientras se miraban los unos a los otros, las tres mujeres comprendieron que no cambiarían a sus "idiotas" por nada en el mundo. Porque en un mundo donde todo podía terminar en un parpadeo, tener a alguien que cruzara el océano, que venciera sus miedos en un cine o que te regalara el mundo entero en una joya, era el hechizo más poderoso que jamás llegarían a conocer.

—Bueno —dijo Shoko, mientras Gojo empezaba a contar un chiste malo sobre maldiciones y pasteles—, supongo que este año no hay nada que criticar.

—Nada en absoluto —coincidió Maki, apretando la mano de Yuta.

—Excepto que ahora el estándar está muy alto para el próximo año —añadió Nobara con una sonrisa traviesa.

Los chicos se miraron entre sí, compartiendo una mueca de pánico cómico que hizo que las tres mujeres estallaran en carcajadas. El San Valentín de este año había sido una victoria, una tregua dulce en medio de la guerra, y mientras el sol comenzaba a ponerse tras las montañas de Tokio, todos ellos supieron que, pasara lo que pasara, esos recuerdos serían sus escudos más fuertes.

—Feliz San Valentín, idiotas —murmuró Nobara, cerrando los ojos mientras disfrutaba del calor de sus amigos y de la persona que, contra todo pronóstico, se había convertido en su "rosa de hierro".

Y en el silencio que siguió, solo se escuchó el latido rítmico de seis corazones que, por fin, habían encontrado su lugar en el mundo.