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Parejas Disparejas

Posesiones Malditas y el Arte de Marcar Territorio

La enfermería del Colegio Técnico de Magia de Tokio solía ser un refugio de paz, pero esa tarde el aire estaba cargado de una tensión que nada tenía que ver con las maldiciones. Shoko Ieiri estaba sentada en su escritorio, revisando unos expedientes con una calma que contrastaba con la agitación de las dos jóvenes que la acompañaban. Nobara Kugisaki caminaba de un lado a otro, con los puños apretados, mientras Maki Zenin limpiaba sus gafas con una fuerza que amenazaba con romper el cristal.

—Es un niño —sentenció Nobara, deteniéndose en seco—. Un niño grande, musculoso y con el cerebro de un hámster en una rueda.

Maki soltó un suspiro pesado y se colocó las gafas, ajustándolas sobre el puente de su nariz.

—Si el tuyo es un niño, el mío es un drama andante —comentó Maki—. Prefiero mil veces que me grite a que se ponga en ese plan de mártir silencioso.

Shoko levantó la vista de sus papeles, una pequeña sonrisa curvando sus labios.

—Parece que el virus de la "posesividad absurda" ha infectado a los tres —dijo Shoko, recostándose en su silla—. Satoru también ha estado actuando de forma... creativa.

Todo había comenzado esa mañana durante el entrenamiento conjunto. Nobara estaba conversando con un hechicero de segundo año de Kioto que había venido de visita. El chico era amable, tal vez demasiado, y Nobara simplemente estaba siendo cortés mientras discutían sobre las mejores tiendas de ropa en Ginza. No había pasado ni cinco minutos cuando Yuji Itadori apareció de la nada.

—¡Nobara! —gritó Yuji, aterrizando entre ella y el visitante con la delicadeza de un meteorito—. ¡Qué coincidencia encontrarte aquí, en este lugar donde entrenamos todos los días!

Antes de que Nobara pudiera procesar la interrupción, Yuji la rodeó con un brazo sobre los hombros, atrayéndola hacia su costado con una fuerza innecesaria.

—¿Quién es tu amigo? —preguntó Yuji, aunque no miraba al chico, sino que mantenía sus ojos fijos en Nobara con una intensidad que rozaba lo posesivo—. ¿Le estabas contando lo de nuestra última misión? ¿Esa en la que te salvé y luego cenamos juntos?

—Itadori, me estás aplastando el pulmón derecho —gruñó Nobara, tratando de zafarse—. Solo estábamos hablando de compras.

—Ah, compras —Yuji asintió, pero en lugar de soltarla, entrelazó sus dedos con los de ella, alzando sus manos unidas frente al chico de Kioto como si fuera un trofeo—. Nobara tiene un gusto excelente. Por eso siempre vamos juntos. A todas partes. Solos. ¿Verdad, Nobara?

Incluso Megumi Fushiguro, que pasaba por allí con un libro en la mano, no se salvó. Cuando se acercó para preguntarle a Nobara si había visto sus llaves, Yuji se interpuso físicamente, abrazando a Nobara por la cintura desde atrás y apoyando la barbilla en su hombro.

—¡Fushiguro! —exclamó Yuji con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Las llaves están en el comedor. Nobara está ocupada ahora mismo... siendo mi novia. Ve a buscarlas tú solo, ¿sí?

Nobara recordó la escena en la enfermería y golpeó la mesa de Shoko con frustración.

—¡Fue humillante! —exclamó—. Me trató como si fuera un peluche de edición limitada. Lo peor es que cuando le reclamé, puso esa cara de cachorro herido y me dijo que "solo quería asegurarse de que todos supieran que soy su persona favorita". ¡Es un idiota!

Maki soltó una risa seca, aunque sin alegría.

—Al menos Itadori es directo. Yuta es... agotador de una manera diferente.

Maki relató lo sucedido un par de horas después. Ella estaba practicando con Inumaki. Toge le había ofrecido una botella de agua y habían intercambiado un par de gestos de camaradería. Yuta, que observaba desde la distancia, no intervino. No saltó, no gritó. Simplemente, su aura cambió.

—Se volvió cortante —explicó Maki—. Cuando terminó el entrenamiento y me acerqué a él, me respondió con monosílabos. "¿Estás bien, Yuta?", le pregunté. "Sí". "¿Quieres ir a comer?". "Como quieras". Estuvo así durante una hora, tratando a todo el mundo con una frialdad gélida, como si de repente se hubiera convertido en un bloque de hielo.

—¿Y luego? —preguntó Nobara, curiosa.

—Luego vino el colapso —Maki rodó los ojos—. Me siguió hasta mi habitación y, antes de que pudiera cerrar la puerta, se deshizo en disculpas. "Maki-san, lo siento mucho, fui un inmaduro, no debí ponerme así solo porque Inumaki-kun te dio agua, soy el peor novio del mundo, por favor no me dejes". Estuvo pidiendo perdón durante veinte minutos seguidos. Es como si sus celos fueran una carga de la que se arrepiente al segundo, pero no puede evitar sentirlos.

Shoko soltó una carcajada, encendiendo un cigarrillo a pesar de las reglas de la enfermería.

—Satoru es el nivel experto en esto —dijo Shoko, exhalando el humo—. Él no se disculpa y ciertamente no se deprime. Él... castiga.

La doctora contó cómo Ijichi había tenido la osadía de traerle un café especial a Shoko esa mañana. Habían estado charlando un momento sobre los presupuestos de la escuela, y Shoko le había dedicado una sonrisa genuina de agradecimiento a la pobre asistente.

Gojo Satoru lo vio todo a través de sus Seis Ojos, incluso desde el otro lado del edificio.

—No me dijo nada a mí —continuó Shoko—. Pero el pobre Ijichi... Satoru lo obligó a conducir hasta Sendai solo para comprar un tipo específico de pastel que "solo vendían hoy", y luego lo hizo regresar en menos de dos horas. Cuando Ijichi volvió, exhausto y al borde de las lágrimas, Satoru le dijo que ya no tenía hambre y lo mandó a lavar el coche.

—Eso es maldad pura —comentó Nobara.

—Lo es —asintió Shoko—. Y después de hacerle la vida imposible al pobre hombre, Satoru entró en mi oficina, cerró la puerta con llave y se transformó en un pulpo.

—¿Un pulpo? —preguntó Maki, arqueando una ceja.

—Mimos, besos, cosquillas —Shoko hizo un gesto de cansancio fingido—. Me envolvió en sus brazos y no me soltó durante una hora. "Shoko-chan, mi café es mejor que el de Ijichi, ¿verdad?", "Shoko-chan, mírame solo a mí". Es un egocéntrico posesivo que disfraza sus celos con una sobredosis de afecto empalagoso para asegurarse de que mi atención vuelva a estar centrada exclusivamente en él.

Justo en ese momento, la puerta de la enfermería se abrió de golpe. Yuji Itadori entró con una bolsa de papel en la mano, su rostro iluminándose al ver a Nobara.

—¡Nobara! Te traje esos bollos de crema que te gustan —dijo Yuji, caminando directamente hacia ella.

Pero antes de entregarle la bolsa, notó que Nobara estaba sentada cerca de la silla de Shoko. Sin mediar palabra, Yuji se sentó en el suelo, justo a los pies de Nobara, y apoyó su cabeza en sus rodillas, rodeando sus piernas con los brazos.

—¿Qué haces, Itadori? —preguntó Nobara, aunque sus manos, por instinto, empezaron a acariciar el cabello rosado del chico.

—Nada —respondió él, mirando de reojo la puerta como si esperara que alguien más entrara—. Solo me aseguro de que estés cómoda. Y de que nadie te robe.

Nobara miró a sus amigas con una expresión que decía: "¿Ven lo que les digo?".

Unos segundos después, Yuta Okkotsu apareció en el umbral. Se veía visiblemente nervioso.

—Maki-san... —susurró Yuta—. Siento interrumpir. Solo quería preguntarte si... si todavía estás enojada por lo de antes. He traído flores, pero me dio vergüenza traerlas aquí, así que las dejé en tu habitación. Lo siento de verdad, fui un idiota por ser tan cortante con Panda y Toge.

Maki suspiró y se levantó, caminando hacia él.

—Yuta, ya te dije que está bien.

—No, no está bien —insistió Yuta, tomando la mano de Maki con una delicadeza extrema—. No tengo derecho a ponerme así. Es solo que... cuando te ríes con otros, a veces me da miedo que te des cuenta de que ellos son más divertidos que yo. Prometo que no volverá a pasar. Al menos no esta semana.

Maki lo miró con una mezcla de ternura y exasperación.

—Ven aquí, tonto —dijo ella, tirando de su brazo para sacarlo al pasillo—. Vamos a caminar antes de que empieces a pedir perdón por el clima también.

Shoko se quedó sola con Nobara y un Yuji que se negaba a soltar sus piernas.

—Falta uno —murmuró Shoko.

Como si hubiera sido invocado por sus palabras, una presencia abrumadora se sintió en el pasillo. Gojo Satoru entró flotando, literalmente, con una sonrisa radiante y los brazos abiertos.

—¡Shoko-chan! —exclamó Gojo, ignorando por completo a Itadori y Nobara—. ¡He terminado con todos los informes! Y he decidido que Ijichi necesita unas vacaciones, así que he cancelado todas sus tareas... para que pueda limpiar los establos de los caballos de Kioto.

Shoko rodó los ojos mientras Gojo se lanzaba sobre el sofá junto a ella, rodeándola con sus largos brazos y hundiendo la cara en su cuello.

—Satoru, tengo trabajo —dijo Shoko, aunque no se movió.

—El trabajo puede esperar —respondió Gojo con voz amortiguada—. Yo no. He pasado tres horas sin que me digas que soy el mejor hechicero del mundo. Además, ese café que te trajo Ijichi olía a desesperación. El mío huele a victoria.

Gojo comenzó a hacerle cosquillas en los costados, provocando que Shoko soltara una risa contenida mientras intentaba apartar las manos del hombre más fuerte del mundo.

—¡Para, Satoru! ¡Es infantil! —exclamó Shoko.

—¡No pararé hasta que admitas que soy tu favorito! —replicó él, llenándole la cara de besos rápidos y ruidosos—. ¡Dilo! ¡Dilo o te cargaré por todo el colegio mientras grito que me amas!

Nobara observaba la escena con una ceja arqueada. Yuji, por su parte, aprovechó la distracción para apretar más su abrazo alrededor de las piernas de Nobara.

—¿Ves, Nobara? —susurró Yuji—. Gojo-sensei sabe lo que hace. Hay que cuidar lo que es de uno.

—¡Que no soy un objeto, Itadori! —le gritó Nobara, aunque no pudo evitar sonreír cuando él le dio un beso suave en la mano.

En la enfermería, el caos de sentimientos era evidente. Los tres hombres, cada uno a su manera, estaban sumergidos en una demostración de celos y posesividad que rozaba lo absurdo. Yuji, como un niño que abraza su juguete favorito para que nadie se lo quite; Yuta, como un joven abrumado por sus propias inseguridades que buscaba redención constante; y Gojo, como un dios caprichoso que reclamaba atención absoluta mediante juegos y mimos.

—Son incorregibles —dijo Shoko, logrando finalmente sentarse derecha mientras Gojo se acurrucaba a su lado como un gato gigante—. Pero supongo que es el precio de estar con los mejores.

—O el precio de no haber corrido cuando tuvimos la oportunidad —añadió Nobara, mirando a Yuji con afecto—. Oye, Itadori, si vas a quedarte ahí, al menos abre los bollos de crema. Tengo hambre.

—¡A la orden! —exclamó Yuji, levantándose con un salto y abriendo la bolsa con entusiasmo.

Gojo levantó la vista, con la venda ligeramente torcida.

—¿Bollos de crema? —preguntó—. Shoko, ¿por qué no tenemos bollos de crema? ¡Iré a comprar diez cajas ahora mismo! ¡Y haré que Ijichi las traiga corriendo!

—¡Deja en paz a Ijichi, Satoru! —gritó Shoko, pero Gojo ya se había desvanecido en un parpadeo azul para cumplir su misión.

Maki y Yuta regresaron a la habitación justo a tiempo para ver a Gojo desaparecer. Yuta todavía sostenía la mano de Maki, y aunque se veía más tranquilo, su mirada seguía fija en ella como si fuera el único punto de luz en un mundo oscuro.

—¿Se ha ido Gojo-sensei? —preguntó Yuta.

—Fue por comida —respondió Shoko—. Siéntense. Parece que esta tarde será una sesión grupal de "aguantar a nuestros novios celosos".

Nobara se acomodó en su silla, aceptando un bollo de manos de Yuji.

—Sabes, Maki —dijo Nobara mientras masticaba—, hace un rato nos estábamos quejando de que eran unos pesados.

—Lo son —afirmó Maki, sentándose junto a Yuta, quien inmediatamente se pegó a su costado—. Son posesivos, inmaduros y a veces dan ganas de lanzarlos por una ventana.

—Pero —añadió Shoko, mirando la puerta por donde Satoru regresaría en cualquier momento con una montaña de dulces y una demanda de atención infinita—, hay algo en la forma en que pierden la cabeza por nosotras que... bueno, hace que este mundo lleno de maldiciones sea un poco más soportable.

Yuji sonrió, rodeando de nuevo a Nobara con sus brazos.

—Es que no es solo que sean geniales —dijo Yuji con una honestidad que desarmó a las tres mujeres—. Es que para nosotros, ustedes son lo único que realmente importa. Si nos ponemos pesados, es porque tenemos miedo de que el mundo se dé cuenta de lo increíbles que son y alguien intente apartarlas de nuestro lado.

El silencio que siguió a las palabras de Yuji fue profundo. Incluso Maki bajó la guardia, permitiendo que Yuta apoyara la cabeza en su hombro.

—Vaya —susurró Nobara—. Itadori ha dicho algo inteligente. Anótenlo en el calendario.

—¡Oye! —protestó Yuji, aunque su risa llenó la habitación.

En ese momento, Gojo regresó con una ráfaga de viento, cargando no diez, sino veinte cajas de dulces de todas las formas y colores.

—¡He vuelto! —anunció—. Y he traído suficiente azúcar para que nadie piense en nada más que en lo dulce que soy. Especialmente tú, Shoko.

Gojo comenzó de nuevo su sesión de mimos, envolviendo a Shoko en un abrazo mientras repartía dulces a los demás. La enfermería, que debía ser un lugar de medicina y seriedad, se convirtió en un nido de afecto desmedido, risas y pequeñas peleas por el espacio personal.

Las tres mujeres se miraron por encima de las cabezas de sus respectivos novios. Sus quejas de hace una hora seguían siendo válidas: eran celosos, eran intensos y eran, sin duda alguna, unos niños grandes. Pero mientras sentían el calor de esos abrazos posesivos y escuchaban las promesas de lealtad absoluta, supieron que no cambiarían esa "posesión maldita" por nada en el mundo.

Porque en un universo donde la muerte acechaba en cada esquina, tener a alguien que te abrazara como si fueras su tesoro más preciado era, quizás, el hechizo de protección más poderoso de todos.

—Está bien —suspiró Nobara, aceptando otro dulce de manos de Yuji—. Pueden quedarse. Pero la próxima vez que Itadori intente marcar territorio con Fushiguro, lo golpearé de verdad.

—Y yo haré que Yuta firme un contrato de "no disculparse por respirar" —añadió Maki.

—Y yo... —Shoko miró a Satoru, quien estaba intentando darle de comer un mochi en la boca—. Yo solo intentaré que Ijichi sobreviva a la semana.

Las risas volvieron a estallar, y bajo la luz del atardecer que teñía la escuela de magia, los seis permanecieron juntos. Unidos por la fuerza, por el deber, pero sobre todo, por ese amor imperfecto, posesivo y profundamente humano que los mantenía cuerdos en medio de la locura.