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Pasión

Instinto de Presa, Hambre de Depredador

La mansión Arlert era demasiado silenciosa para el gusto de Hazami. El carruaje se detuvo y, tras un intercambio de palabras gélidas, los sirvientes los guiaron hasta la alcoba matrimonial. Era una habitación amplia, iluminada por el fuego de la chimenea y el resplandor de las velas de cera de abeja. El aroma a lavanda y madera de cedro inundaba el lugar.

Hazami se cruzó de brazos, su cola de leopardo negro latigando el aire con violencia. Se sentía como una fiera enjaulada. Miró a Armin, quien se estaba quitando el saco de boda con una calma que le ponía los pelos de punta. Sus orejas de conejo, blancas y esponjosas, daban pequeños espasmos, pero su rostro no mostraba el terror que ella esperaba.

—Ni lo pienses, Arlert —soltó Hazami, señalándolo con un dedo—. Me casé contigo por un error legal, pero no pienso dejar que un conejo me toque. Te quedarás en ese sofá o en el suelo, me da igual.

Armin terminó de desabrocharse los puños de la camisa y la miró de reojo. Sus ojos azules, usualmente suaves, tenían un brillo extraño bajo la luz del fuego.

—Hazami, ambos sabemos cómo son las leyes de la nobleza —dijo él, caminando lentamente hacia ella—. Si el matrimonio no se consuma esta noche, el contrato puede ser invalidado por "incapacidad del cónyuge". Y si eso pasa, tu hermano pierde las tierras. ¿De verdad quieres arriesgar la fortuna de los Ackerman por un poco de orgullo?

—¡Es que eres un conejo! —exclamó ella, retrocediendo un paso—. ¡Yo soy una leopardo! ¡Se supone que yo debería estar cazándote, no... no haciendo eso!

Armin soltó una risita seca, una que Hazami nunca le había escuchado. Se acercó lo suficiente para que ella pudiera oler el aroma a hierbabuena de su aliento.

—Los conejos tenemos mala fama de ser asustadizos —susurró Armin, acortando la distancia hasta que sus pechos casi se tocaban—. Pero hay algo que la gente olvida sobre nuestra naturaleza, Hazami. Somos animales de resistencia. Y cuando se trata de apareamiento... no tenemos límite.

Antes de que Hazami pudiera procesar la amenaza, Armin la tomó por la cintura con una fuerza sorprendente. No era la fuerza bruta de un lobo como Eren, sino un agarre firme y decidido. La besó con una urgencia que le robó el aliento, una lengua experta que invadió su boca sin pedir permiso.

—¡Mmmgh! —Hazami intentó empujarlo, pero sus manos se perdieron en el suave cabello rubio de él. Su instinto de leopardo debería haberla impulsado a morderlo, pero un calor desconocido empezó a florecer en su vientre.

Armin se separó apenas unos milímetros, jadeando.

—Vas a ser mía, Hazami. Voy a llenarte tanto que no vas a poder caminar mañana —le susurró al oído, y su voz ya no era la del chico tímido de la biblioteca. Era oscura, sucia, dominante.

Él la empujó hacia la cama de doseles. Hazami cayó sobre las sábanas de seda y, antes de que pudiera levantarse, Armin ya estaba sobre ella, deshaciéndose de su ropa con una velocidad asombrosa. Cuando ella vio la magnitud de lo que el "tímido conejo" escondía entre las piernas, sus ojos violetas casi se salen de sus órbitas.

—¡Espera! ¡Eso no cabe ahí! ¡Armin, detente! —gritó ella, aunque su cola de leopardo se enroscaba involuntariamente en la pierna de él.

—Cállate y abre las piernas, gatita —gruñó Armin.

Sin más preámbulos, Armin se posicionó y se hundió en ella de un solo golpe.

—¡¡AHHHH!! ¡Maldito conejo... ahhh! —Hazami arqueó la espalda, sus uñas clavándose en los hombros de Armin—. ¡Duele... duele mucho, idiota!

—Solo al principio —dijo Armin, empezando a moverse con un ritmo frenético, casi inhumano—. Estás tan apretada... Dios, Hazami, te voy a deshacer.

El ritmo de los conejos era legendario por una razón. Armin no se detenía a tomar aire. Sus embestidas eran rápidas, constantes y profundas. Hazami, que nunca había tenido relaciones, sentía que su cuerpo estaba siendo invadido por una fuerza de la naturaleza.

—¡Ah, ah, ah! ¡Armin, más despacio! —gemía Hazami, su cabeza golpeando contra la cabecera de madera—. ¡Me vas a romper! ¡Ahhh, sí... ahí!

—¿Te gusta así, verdad? —preguntó Armin, aumentando la velocidad—. Tan fría que te creías, y ahora estás aquí abajo gimiendo por un conejo. Mírate, estás empapada por mí.

—¡Cállate! ¡Ahhh... mmmgh... sigue! —Hazami ya no podía fingir desinterés. Sus instintos felinos se rindieron ante la persistencia de la presa.

La primera ronda terminó con un grito ahogado de Hazami mientras Armin se corría dentro de ella con una fuerza que la hizo temblar. Ella pensó que eso sería todo, que él se quedaría dormido como cualquier hombre. Pero Armin ni siquiera se salió de ella.

—¿Ya terminaste? —preguntó ella, jadeando, con los ojos cerrados.

—¿Terminar? —Armin soltó una carcajada ronca—. Hazami, apenas estoy calentando.

Y volvió a empezar.

Pasaron las horas. El reloj de la sala marcó la medianoche, luego la una, las dos, las tres. Hazami había perdido la cuenta de cuántas veces habían cambiado de posición. Armin la había tomado de espaldas, con ella aferrada a las sábanas mientras él le jalaba las orejas de leopardo hacia atrás; la había sentado sobre él, obligándola a cabalgar hasta que sus piernas no pudieron más; la había inmovilizado contra la pared mientras susurraba obscenidades sobre lo mucho que le gustaba verla marcada por él.

—¡Ahhh! ¡No puedo más! ¡Armin, por favor! —lloriqueaba Hazami, con las mejillas bañadas en lágrimas de placer y sudor—. ¡Ya van como diez veces! ¡Para!

—¿Diez? Qué poco me conoces, esposa mía —dijo Armin, dándole una nalgada fuerte que dejó la marca de su mano en la piel blanca de ella—. Vamos por la quince. Y no voy a parar hasta que tu vientre esté pesado con mi semilla.

—¡Eres un animal! —gritó ella, entregándose a un nuevo orgasmo que le hizo ver estrellas.

—Lo soy. Y tú eres mi territorio —respondió él, embistiéndola con una ferocidad renovada—. Eres una perra muy ruidosa para ser una Ackerman, ¿sabías? Me encanta cómo gritas mi nombre cuando te la meto hasta el fondo.

—¡Ah, ah, Armin! ¡Sí, lléname! ¡Hazme tuya otra vez! —Hazami ya estaba delirando. Su orgullo de depredadora había sido completamente destruido.

Cada vez que Armin llegaba al clímax, lo hacía dentro de ella, sin retirar ni un centímetro. Hazami sentía el líquido caliente inundarla una y otra vez. Se sentía llena, rebosante. Cuando él se movía, el sonido del fluido entre sus cuerpos era una melodía sucia que llenaba la habitación.

—Mírate —dijo Armin cerca del amanecer, obligándola a mirar hacia abajo mientras la penetraba desde atrás—. Estás goteando por los muslos. Todo es mío. Estás marcada por un conejo de arriba a abajo.

Hazami solo podía emitir sonidos incoherentes. Sus cuerdas vocales estaban destrozadas de tanto gritar.

—Mmmgh... ahhh... ya... no... más... —balbuceó ella, aunque sus caderas seguían buscando el contacto con él por puro instinto.

—Una más —sentenció Armin, girándola para quedar cara a cara—. Esta es por el contrato.

Esta vez, Armin fue más lento, pero mucho más profundo, buscando cada rincón de su interior. Hazami sentía que él estaba intentando tocar su alma a través de su sexo. Cuando él finalmente se corrió por enésima vez, ambos colapsaron en un nudo de extremidades, orejas y colas entrelazadas.

El silencio volvió a la habitación, interrumpido solo por sus respiraciones entrecortadas. Hazami sentía que su cuerpo pesaba una tonelada. El semen de Armin se deslizaba por sus piernas, manchando las sábanas de seda que ahora estaban arrugadas y empapadas.

Hazami intentó mover una pierna, pero un calambre la hizo sisear.

—Te dije que los conejos teníamos energía —susurró Armin, depositando un beso tierno en su hombro, volviendo a su tono de voz habitual, aunque con un toque de suficiencia.

Hazami giró la cabeza para mirarlo. Sus ojos violetas estaban nublados.

—Te odio —logró decir, aunque su cola de leopardo se envolvió cariñosamente alrededor de la cintura de Armin.

—Claro que sí —sonrió él, acomodándose para dormir—. Pero mañana no vas a poder ni levantarte para ir a ver a Levi. Tendré que decirle que te dejé... indispuesta.

—Si abres la boca, te mato —amenazó ella sin fuerza.

—No podrías ni aunque quisieras. Estás demasiado ocupada tratando de procesar todo lo que te metí —dijo el rubio con una malicia que la hizo sonrojar hasta las orejas.

Hazami cerró los ojos, sintiéndose derrotada y extrañamente satisfecha. Había subestimado al "conejo". Resultaba que el herbívoro era, en realidad, un devorador insaciable en la intimidad. Mientras el sol empezaba a asomarse por la ventana, Hazami se quedó dormida, pensando que, tal vez, ese matrimonio no sería tan aburrido como había imaginado.

Pero definitivamente, la próxima vez, ella intentaría estar arriba. Si es que sus piernas volvían a funcionar algún día.

—Armin... —susurró ella entre sueños.

—¿Dime?

—La próxima vez... te morderé.

—Estaré esperando —respondió él, abrazándola con fuerza, reclamando su premio de caza por el resto de la eternidad.