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Pasión

La maldición de la fertilidad y el triunfo del herbolario

La luz de la mañana se filtraba por los vitrales de la mansión Arlert, pero para Hazami Ackerman, el sol no traía ninguna alegría. Estaba sentada frente al tocador, observando su reflejo con una mezcla de horror y absoluta incredulidad. Habían pasado apenas tres semanas desde la "catastrófica" noche de bodas, y su cuerpo de leopardo, usualmente fibroso y ágil, se sentía extraño, pesado, como si sus instintos estuvieran en huelga general.

—No puede ser —susurró, pasando una mano por su vientre, que aún estaba plano pero se sentía... diferente—. Es biológicamente imposible. Soy una depredadora de élite. Mi linaje es fuerte. No me rindo ante el primer asalto.

—En realidad, fueron como veintidós asaltos, si mi memoria no me falla —dijo una voz suave y cargada de una satisfacción insoportable desde la puerta.

Hazami se giró con la velocidad de un rayo, pero un repentino mareo la obligó a aferrarse al borde de la mesa. Armin estaba allí, apoyado en el marco de la puerta, luciendo impecable en su traje de seda azul. Sus orejas de conejo estaban erguidas y vibraban con una alegría que a Hazami le daban ganas de arrancar de un mordisco.

—Tú... —gruñó ella, sus ojos violetas echando chispas—. ¡Tú me hiciste algo! ¡Usaste alguna magia de esos libros prohibidos que guardas!

Armin entró en la habitación con paso tranquilo, acercándose a ella con esa sonrisa de "niño bueno" que ahora Hazami sabía que era una máscara para un manipulador de primera categoría.

—No es magia, Hazami. Es biología básica —explicó él, inclinándose para besarle la frente, aunque ella intentó esquivarlo sin éxito—. Los conejos somos conocidos por muchas cosas, pero nuestra tasa de concepción es, digamos, legendaria. Y después de cómo te pusiste aquella noche... bueno, las probabilidades estaban al mil por ciento a mi favor.

Hazami sintió que la bilis subía por su garganta, y no solo por el asco que le daba la suficiencia de su marido, sino por las náuseas matutinas que la estaban matando.

—¡Soy una Ackerman! —exclamó ella, aunque su voz sonó más como un quejido—. ¡Se supone que tenemos el control total de nuestras funciones corporales! ¡Levi dice que somos armas humanas!

—Incluso las armas necesitan mantenimiento —se burló Armin, poniendo sus manos sobre los hombros de ella—. Y parece que mi "mantenimiento" fue demasiado efectivo. El médico de la corte vendrá en una hora para confirmarlo, pero ya huelo el cambio en tus feromonas. Hueles a leche y a nido, Hazami.

—¡Cállate! ¡No digas esas cosas tan vulgares! —Hazami se tapó la cara con las manos, sus orejas de leopardo pegadas a su cabeza por la vergüenza—. Mis amigos me van a matar. Porco se va a reír de mí por el resto de la eternidad. "La gran leopardo preñada por un conejo en menos de un mes". ¡Es el fin de mi reputación!

—Míralo por el lado positivo —dijo Armin, arrodillándose frente a ella y obligándola a mirarlo—. Ya no habrá dudas sobre la validez del matrimonio. Tu hermano podrá conservar las tierras y mi abuelo estará encantado de tener herederos.

—¿Herederos? —Hazami palideció—. ¿Por qué lo dijiste en plural?

Armin ensanchó su sonrisa, y por un momento, Hazami vio de nuevo a ese ser insaciable de la noche de bodas.

—Oh, querida. Los conejos nunca tenemos solo uno. Prepárate, porque sospecho que ahí dentro hay al menos tres o cuatro pequeños Arlert-Ackerman esperando para salir.

Hazami se desmayó.

***

Dos horas después, la habitación estaba llena de gente. El doctor Hannes había terminado su examen y estaba guardando sus instrumentos con una expresión de asombro. Levi estaba de pie en un rincón, con los brazos cruzados y una mirada que podría haber congelado el océano. Mikasa y Eren estaban junto a la ventana, ella luciendo preocupada y él tratando de no soltar una carcajada que probablemente le costaría la vida.

—Bueno —dijo el doctor Hannes, limpiándose el sudor de la frente—. Es oficial. La baronesa Hazami está encinta. Y debido a la... naturaleza del progenitor, no estamos hablando de un embarazo único. Puedo sentir al menos cuatro latidos distintos.

—¡¿Cuatro?! —gritó Hazami desde la cama, lanzándole una almohada a Armin, quien la atrapó con una elegancia irritante—. ¡Te voy a matar, Armin Arlert! ¡Te voy a despellejar y me haré un abrigo con tus orejas!

—Cálmate, Hazami —dijo Levi con su voz monótona—. Lo hecho, hecho está. Aunque debo admitir que no esperaba que el conejo fuera tan... eficiente. Te subestimé, Arlert.

Armin hizo una pequeña reverencia hacia su cuñado.

—Solo cumplí con mi deber marital, capitán Levi. Quería asegurar el futuro de ambas casas lo antes posible.

—Cuatro cachorros —murmuró Mikasa, con su cola de lobo moviéndose con curiosidad—. Van a ser muy lindos. ¿Tendrán orejas de conejo o de leopardo?

—Serán una pesadilla, eso es lo que serán —gruñó Hazami, hundiéndose en las cobijas—. ¡Voy a parecer una pelota de aquí a unos meses! ¡Y todo por culpa de este maníaco sexual!

Eren finalmente no pudo contenerse y soltó una carcajada estrepitosa.

—¡Vaya, Armin! ¡Te lo tenías muy guardado! ¡El estratega resultó ser un semental! ¡Pobre Hazami, no tuvo ninguna oportunidad contra los instintos de apareamiento de un Arlert!

—Eren, cállate si no quieres que te use de alfombra —amenazó Hazami, aunque su amenaza carecía de fuerza porque en ese momento tuvo que correr hacia el bacinica para vomitar de nuevo.

Armin corrió a su lado, sosteniéndole el cabello con delicadeza y frotándole la espalda.

—Tranquila, mi vida. Ya pasará. Te traeré un poco de té de jengibre y unas galletas.

—No quiero tu té —sollozó Hazami, limpiándose la boca—. Quiero que te vayas a vivir a otro país. O al menos a otra habitación. ¡No te quiero cerca de mí hasta que estos niños tengan veinte años!

—Sabes que eso no va a pasar —susurró Armin cerca de su oído, para que solo ella lo escuchara—. Todavía tenemos que practicar cómo cuidar a los bebés. Y según mis libros, las hembras de leopardo se vuelven muy... necesitadas durante el segundo trimestre.

Hazami se puso roja como un tomate.

—Eres un pervertido. Un pervertido con orejas suaves.

—Y tú eres mi esposa —replicó él con un guiño—. Ahora, descansa. Levi, Eren, Mikasa... creo que es hora de que nos dejen solos. Mi esposa necesita tranquilidad para que nuestros hijos crezcan sanos.

Levi asintió, dándole una última mirada de advertencia a su hermana.

—No lo mates todavía, Hazami. Espera a que nazcan los herederos. Después, puedes hacer lo que quieras.

Cuando todos salieron, la habitación quedó en un silencio tenso. Armin se sentó en el borde de la cama y tomó la mano de Hazami. Ella intentó retirarla, pero él la sostuvo con firmeza.

—Sé que no era lo que planeabas —dijo Armin, esta vez con total sinceridad—. Sé que te sientes atrapada. Pero te prometo que voy a cuidar de ti y de ellos. No te faltará nada.

Hazami lo miró. A pesar de su rabia, de su orgullo herido y de las náuseas, había algo en la mirada de Armin que la hacía sentirse extrañamente segura. Era un conejo, sí. Era un chantajista y un insaciable. Pero también era el único que no le tenía miedo a su apellido o a su temperamento.

—Si salen con tus orejas, te juro que los esconderé en el sótano —dijo ella, aunque su cola de leopardo se enroscó débilmente en la muñeca de Armin.

—Serán hermosos, como tú —respondió él, inclinándose para darle un beso suave en los labios—. Y muy inteligentes, como yo.

—Dios nos libre de cuatro mini-Armins planeando cómo dominar el mundo desde la cuna —suspiró Hazami.

—Cinco —corrigió Armin—. No te olvides de mí.

—¡Vete de aquí! —le gritó ella, lanzándole otra almohada mientras él salía riendo de la habitación.

Hazami se recostó, mirando al techo. Su vida como la soltera de oro de los Ackerman había terminado de la forma más ridícula posible. Estaba casada con su presa natural y ahora iba a dar a luz a una camada entera de híbridos.

—Malditos conejos —susurró para sí misma, aunque una pequeña sonrisa, casi imperceptible, apareció en su rostro—. Al menos la noche de bodas no fue aburrida.

Mientras tanto, en el pasillo, Armin se detuvo un momento, frotándose la barbilla.

—Cuatro... —murmuró para sí mismo—. Quizás deba empezar a ampliar la biblioteca. Y conseguir más zanahorias. Muchas más zanahorias.

La casa Arlert nunca volvería a ser silenciosa, y Hazami Ackerman, la leopardo que nunca iba a consumar su matrimonio, estaba a punto de descubrir que ser la "presa" de un conejo astuto era el desafío más grande, agotador y extrañamente placentero de toda su vida.

Unos días más tarde, Pieck y Porco vinieron de visita. La reacción no fue menos que épica.

—¿Cuatro? —preguntó Porco, boquiabierto, mientras sostenía una jarra de cerveza—. ¡Pero si apenas se casaron hace tres semanas! ¿Qué eres, Armin? ¿Una máquina de vapor?

—Es la eficiencia de la naturaleza, Porco —respondió Armin, sirviendo té con una calma exasperante—. No todos podemos perder el tiempo con cortejos de años. Algunos simplemente sabemos lo que queremos.

Pieck, por su parte, estaba sentada junto a Hazami, observándola con ojos entrecerrados.

—Te ves... radiante, Hazami. Un poco verde alrededor de las branquias, pero radiante. ¿Cómo es? Ya sabes... con él.

Hazami se atragantó con su té.

—¡Pieck! ¡No voy a hablar de eso!

—Oh, vamos —insistió la chica de ojos cansados—. Annie está furiosa. Dice que es imposible que un conejo haya "domado" a una Ackerman tan rápido. Cree que usaste algún tipo de afrodisíaco.

—Dile a Annie que puede venir y preguntárselo ella misma a mis garras —gruñó Hazami—. Y no me ha domado. Solo... me tomó por sorpresa.

—Veinte veces por sorpresa, según los rumores del servicio —susurró Porco, ganándose una patada de Hazami que casi lo envía al otro lado de la sala.

—¡Fuera! ¡Todos fuera de mi casa! —gritó Hazami, levantándose con dificultad—. ¡Armin, saca a estos animales de aquí antes de que cometa un crimen!

Armin apareció de inmediato, escoltando a sus amigos hacia la salida con una sonrisa diplomática. Cuando regresó, encontró a Hazami sentada en el suelo, llorando de risa y de frustración al mismo tiempo.

—Esto es un desastre —dijo ella entre hipos—. Mi vida es una comedia barata.

Armin se sentó a su lado y la rodeó con sus brazos.

—Puede que sea una comedia, pero es nuestra comedia. Y te aseguro que el final será feliz.

Hazami apoyó la cabeza en su hombro, sintiendo el calor de su cuerpo. El olor a lavanda y libros antiguos de Armin la calmaba de una manera que no podía explicar.

—Más te vale, conejo —susurró—. Porque si alguno de estos niños hereda tu capacidad de chantaje, voy a necesitar toda la paciencia del mundo.

—Oh, la heredarán —aseguró Armin con orgullo—. Y también tu belleza y tu fuerza. Serán los seres más poderosos del reino.

Hazami cerró los ojos, dejando que el cansancio del embarazo la venciera. Por primera vez en semanas, no pensó en divorcios, ni en contratos, ni en el honor de los Ackerman. Solo pensó en los latidos que crecían dentro de ella y en el hombre que, contra todo pronóstico, se había convertido en su mundo.

El leopardo y el conejo. Una unión imposible que, en el silencio de su habitación, se sentía como la cosa más natural del universo. Aunque, por supuesto, Hazami nunca lo admitiría en voz alta. Al menos, no hasta que nacieran los bebés.

—Armin... —murmuró antes de quedarse dormida.

—¿Sí?

—Trae más galletas. De esas con chocolate.

—A sus órdenes, mi baronesa.

Y así, en medio de antojos, náuseas y una fertilidad legendaria, la casa Arlert se preparaba para la llegada de la nueva generación, mientras el reino entero seguía preguntándose cómo es que un pequeño conejo rubio había logrado conquistar el corazón —y el vientre— de la mujer más peligrosa de las murallas.