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Pasión

El rugido del bosque y el susurro de la madriguera

El aire en la mansión Arlert se podía cortar con un cuchillo, o mejor dicho, con una de las garras que Hazami Ackerman clavaba con desesperación en el dosel de la cama. Los gritos de la joven leopardo se escuchaban hasta en los establos, y el pobre Armin, que usualmente era el epítome de la calma estratégica, parecía estar a punto de sufrir un colapso nervioso.

—¡Maldito seas, Armin! —gritó Hazami, con el sudor empapando su cabello azabache y sus ojos violetas inyectados en sangre—. ¡Te juro que si vuelves a decirme que "respire hondo", te voy a arrancar las orejas y me las comeré con guarnición de zanahorias!

Armin, cuyas orejas de conejo estaban completamente gachas y temblorosas, le sostenía la mano con una fuerza que sorprendía para su complexión. Su rostro estaba pálido, y cada vez que Hazami apretaba su mano, sentía que sus huesos crujían.

—Lo estás haciendo increíble, Hazami —susurró Armin, tratando de mantener la voz firme—. Solo un poco más. El doctor Hannes dice que ya casi están aquí.

—¡Eso dijiste hace tres horas! —rugió ella, arqueando la espalda mientras una nueva contracción la golpeaba como un mazo—. ¡Son cuatro, Armin! ¡Cuatro! ¡Siento que estoy tratando de expulsar a todo el escuadrón de reconocimiento de una sola vez!

Levi Ackerman estaba de pie junto a la puerta, con los brazos cruzados y una expresión de profunda perturbación. Ver a su hermana pequeña en ese estado era la única cosa en el mundo que lograba alterar su estoicismo.

—Arlert —dijo Levi con voz gélida—, si ella muere, te mato. Si ella sufre un segundo más de lo necesario, te mato. Básicamente, tus probabilidades de supervivencia dependen de la velocidad de esos cachorros.

—¡Gracias por el apoyo, capitán! —respondió Armin con un hilo de voz, mientras Hazami soltaba otro grito que hizo vibrar las ventanas.

El parto fue una batalla épica. Durante horas, Hazami luchó con la ferocidad de un depredador, alternando entre insultos creativos dirigidos a su marido y quejidos de puro agotamiento. Pero entonces, el primer llanto rompió la tensión de la habitación.

—¡El primero ya está aquí! —exclamó Hannes, levantando a un pequeño bebé robusto—. Es un niño.

No pasó mucho tiempo antes de que el segundo, el tercero y finalmente el cuarto se unieran al coro de llantos. El silencio que siguió fue solo interrumpido por el jadeo pesado de Hazami y el sonido de las mantas siendo envueltas alrededor de los recién nacidos.

—Lo lograste —susurró Armin, con lágrimas corriendo por sus mejillas mientras besaba la frente empapada de su esposa—. Lo lograste, mi valiente leopardo.

Hazami, completamente exhausta, apenas pudo abrir los ojos.

—Trae... tráelos aquí —pidió con voz ronca—. Quiero ver qué clase de monstruos hemos creado.

Hannes y las enfermeras se acercaron, colocando a los cuatro bultitos junto a ella. Armin se sentó en el borde de la cama, ayudando a sostener a la prole. Fue en ese momento cuando la pareja se quedó sin palabras al observar la peculiar genética que se había manifestado en sus hijos.

—Este es el mayor —dijo Armin, señalando al niño que descansaba en el brazo derecho de Hazami—. Se llamará Marcel.

Marcel era una copia casi exacta de Armin: tenía la misma forma de la nariz, la misma frente despejada y los labios finos. Sin embargo, no tenía orejas de conejo. En su lugar, unas pequeñas y redondeadas orejas de leopardo negro asomaban entre su escaso cabello rubio platino. Cuando abrió los ojos, unos brillantes orbes de color violeta, idénticos a los de Hazami, miraron a su padre con una seriedad impropia de un recién nacido.

—Es un leopardo con piel de cordero —murmuró Hazami, esbozando una sonrisa débil—. Se parece a ti, Armin, pero tiene mi mirada. Pobre del que intente engañarlo.

—Y este es el segundo —continuó Armin, tomando al siguiente niño—. Arlin.

Arlin era, indiscutiblemente, un conejo. Sus orejas blancas y suaves eran largas y caídas, y sus ojos azules como el océano reflejaban la curiosidad nata de los Arlert. Era el vivo retrato de su padre, sin rastro aparente de la agresividad felina de los Ackerman.

—Él será el diplomático —dijo Hazami—. O el que nos saque de la cárcel cuando sus hermanos causen problemas.

El tercer niño, Alexis, fue el que más sorprendió a Levi, quien se había acercado para observar a sus sobrinos.

—Este tiene tu cabello, Hazami —notó Levi, señalando el mechón negro azabache del bebé.

Alexis era una mezcla fascinante. Tenía el cabello oscuro de los Ackerman y los ojos azules intensos de Armin. Era un metamorphe conejo, con orejas blancas, pero cuando bostezó, dejó ver algo que hizo que Armin tragara saliva: dos pequeños pero afilados colmillos de leopardo asomaban en su encía superior.

—Un conejo con colmillos —dijo Armin, algo nervioso—. Eso es... biológicamente confuso.

—Es un Ackerman, Armin —sentenció Hazami con orgullo—. No importa que tenga orejas largas, ese niño va a morder fuerte.

Finalmente, Armin tomó a la única niña de la camada, la pequeña Ariane. Al verla, Hazami sintió que el corazón se le encogía.

—Es preciosa —susurró la madre.

Ariane tenía el cabello rubio dorado de Armin y sus ojos azul claro, pero su estructura facial, sus pómulos altos y la forma de sus labios eran una réplica exacta de Hazami. Era una coneja, con orejas largas y delicadas, pero al igual que su hermano Alexis, poseía los colmillos de un depredador. Físicamente era la imagen de su madre, pero con los colores de su padre.

—Cuatro —suspiró Hazami, dejando caer la cabeza en la almohada mientras los bebés se acomodaban para dormir—. Tres conejos y un leopardo. Armin, estamos en minoría.

—Técnicamente, dos de esos conejos tienen colmillos de carnívoro —rio Armin, acomodando a Ariane—. Creo que el equilibrio de poder en esta casa va a ser muy interesante a partir de ahora.

Levi miró a la pequeña Ariane, quien en ese momento agarró el dedo del capitán con una fuerza sorprendente.

—Tienen buen agarre —comentó Levi, permitiendo que una sombra de sonrisa cruzara su rostro—. Al menos no son solo bolas de pelo inútiles. Los entrenaré en cuanto puedan caminar.

—¡Ni se te ocurra, Levi! —advirtió Hazami—. Tienen cinco minutos de nacidos. Deja que al menos abran los ojos por completo antes de que les enseñes a usar un equipo de maniobras.

Semanas después, la mansión Arlert se había transformado por completo. Lo que antes era un refugio de silencio y estudio, ahora era un campo de batalla de pañales, llantos sincronizados y una Hazami que descubría que su instinto maternal era tan feroz como su instinto de caza.

Armin, por su parte, se había convertido en el padre más dedicado del reino. Se le podía ver caminando por los pasillos con dos bebés en cada brazo, leyéndoles tratados de estrategia militar o historia antigua mientras intentaba que se durmieran.

—No creo que Arlin entienda la caída del imperio de Marley, Armin —dijo Hazami una tarde, mientras amamantaba a la pequeña Ariane.

—Nunca es demasiado pronto para cultivar el intelecto —respondió Armin, mientras Marcel, el pequeño leopardo, intentaba morderle una oreja de conejo—. Además, parece que les gusta el sonido de mi voz.

—Les gusta porque los arrulla —rio ella—. Mira a Alexis, está a punto de quedarse dormido sobre tu hombro.

Hazami observó a su marido. Armin lucía ojeras profundas y su cabello estaba algo desordenado, pero la mirada de amor que le dirigía a sus hijos era algo que ella nunca se cansaba de ver. El "conejo" que ella tanto había despreciado al principio resultó ser el pilar que sostenía su mundo.

—¿En qué piensas? —preguntó Armin, sentándose a su lado con cuidado.

—En que Annie tenía razón —admitió Hazami, bajando la vista hacia Ariane—. Dijo que terminaría atrapada en una jaula de oro con una presa. Pero se equivocó en algo.

—¿En qué?

—En que no es una jaula —dijo Hazami, inclinándose para besar a Armin—. Es un nido. Y resulta que me gusta mucho más de lo que jamás me atreví a admitir.

Armin sonrió, rodeando a su esposa y a su hija con sus brazos.

—Sabes que esto es solo el principio, ¿verdad? —susurró él—. Los conejos somos muy persistentes. Y ahora que sé que nuestros hijos son tan perfectos...

—¡Ni lo pienses, Arlert! —le interrumpió ella, aunque su cola de leopardo se enroscó juguetonamente en el tobillo de él—. Danos al menos un año antes de que vuelvas a intentar llenarme la casa de cachorros.

—¿Un año? —preguntó Armin con fingida decepción—. Eso es mucho tiempo para un conejo.

—Bueno —dijo Hazami, con un brillo travieso en sus ojos violetas—, tal vez si te portas bien y me ayudas con los baños de esta noche, pueda negociar un par de meses menos.

Armin soltó una carcajada suave, sintiéndose el hombre más afortunado de las murallas. Tenía una esposa feroz y hermosa, tres hijos valientes y una hija que prometía ser la reina de su corazón.

El pequeño Marcel soltó un gruñido de cachorro, Arlin se movió inquieto, Alexis mostró sus colmillos en un bostezo y Ariane apretó el dedo de su madre. La casa Arlert-Ackerman estaba llena de vida, de ruidos extraños y de una mezcla genética que desafiaba toda lógica.

—Somos un desastre —murmuró Hazami, cerrando los ojos mientras se apoyaba en Armin.

—Somos una familia —corrigió él.

Y mientras el sol se ponía sobre Shiganshina, el leopardo y el conejo descansaron finalmente, sabiendo que su historia, marcada por un error legal y consumada en una noche de pasión desenfrenada, había dado paso a algo mucho más grande: un legado que ni el tiempo ni los muros podrían borrar. Un legado de colmillos, orejas largas y, sobre todo, un amor que devoraba cualquier duda.