Pasión
Instinto Maternal y Apetito Voraz
—¡Armin Arlert, si vuelves a tocarme con esas manos frías, te juro por el muro María que te convertiré en estofado! —El grito de Hazami resonó por los pasillos de la mansión, haciendo que un par de criados se tensaran y apresuraran el paso.
Dentro de la alcoba principal, la escena era digna de una pintura de caos doméstico. Hazami, con cinco meses de embarazo, estaba sentada en el borde de la cama, tratando de abrocharse un vestido de seda violeta que claramente ya no cooperaba con su nueva figura. Sus orejas de leopardo negro estaban echadas hacia atrás, planas contra su cabello azabache, y su cola se agitaba con una irritación eléctrica.
—Cariño, no están frías, solo estoy tratando de ayudarte con el corsé —respondió Armin con una calma que rayaba en lo angelical.
Él se acercó por detrás, rodeando la cintura de su esposa con sus brazos. Sus manos se posaron sobre el vientre prominente de Hazami, que ahora albergaba a cuatro pequeños y muy activos herederos. Los bebés, al sentir el calor de su padre, comenzaron a dar pataditas rítmicas que hicieron que Hazami soltara un bufido.
—Mira eso —dijo Armin con una sonrisa boba, sus orejas de conejo moviéndose con deleite—. Te reconocen. Son inteligentes como yo.
—Son unos vándalos, igual que su padre —replicó ella, aunque su expresión se suavizó un poco—. Me tienen los órganos internos como si fueran un saco de boxeo. Y no hablemos de mi espalda. Siento que cargo con un saco de piedras todo el día.
Armin besó la nuca de su esposa, aspirando el aroma a sándalo y a algo nuevo, algo mucho más dulce y embriagador que había empezado a emanar de ella en los últimos días. Sus instintos de conejo, siempre alerta a los cambios biológicos, estaban enloqueciendo.
—Has crecido mucho, Hazami —susurró él, sus manos subiendo desde el vientre hacia arriba, deteniéndose justo debajo de sus pechos—. En todos los sentidos.
Hazami se puso roja. Era verdad. El embarazo no solo había redondeado su vientre; sus pechos, que antes eran firmes y de un tamaño modesto, ahora estaban turgentes, pesados y extremadamente sensibles. La piel blanca se veía veteada por pequeñas venas azules y la presión interna empezaba a ser molesta.
—Es el embarazo, idiota —dijo ella, tratando de sonar indiferente—. El cuerpo se prepara para alimentar a la camada. Es pura fisiología.
—Fisiología deliciosa —murmuró Armin, su voz volviéndose peligrosamente sedosa.
Hazami sintió un escalofrío. Conocía ese tono. Era el mismo tono que Armin usaba justo antes de recordarle por qué los conejos tenían fama de ser los mejores amantes del reino animal.
—Ni lo pienses, Arlert. El doctor dijo que necesito descanso.
—El doctor dijo que el ejercicio moderado es bueno para la circulación —replicó Armin, deshaciendo con destreza el nudo del vestido que Hazami acababa de intentar hacerse—. Y yo soy un experto en... ejercicios de circulación.
El vestido cayó al suelo, dejando a Hazami en una fina camisola de lino que apenas contenía su busto. Ella soltó un pequeño jadeo cuando sintió una humedad repentina manchando la tela.
—Oh, no. Otra vez no —gimió ella, cubriéndose el pecho con las manos—. Está pasando de nuevo. Es vergonzoso.
Armin se arrodilló frente a ella, sus ojos azules brillando con una intensidad casi depredadora, algo irónico para un conejo.
—No es vergonzoso, Hazami. Es un regalo de la naturaleza. Estás rebosando de vida.
Él apartó las manos de ella con suavidad pero con una firmeza que no admitía discusión. La mancha húmeda en el lino crecía, revelando que Hazami ya estaba produciendo calostro, esa leche temprana y rica destinada a los cachorros. El aroma que desprendía era dulce, cálido y volvía loco a Armin.
—Me duele un poco —confesó ella en voz baja, su orgullo de leopardo cediendo ante la incomodidad física—. Se sienten tan tensos... como si fueran a estallar.
Armin no necesitó que se lo dijeran dos veces. Sus orejas de conejo vibraron con anticipación.
—Déjame ayudarte con eso. Sabes que soy muy bueno resolviendo problemas de presión.
Sin esperar respuesta, Armin bajó los tirantes de la camisola, liberando los pechos de Hazami. Ella soltó un suspiro de alivio al sentir el aire fresco, pero ese alivio se transformó rápidamente en otra cosa cuando sintió la lengua caliente de Armin rodeando uno de sus pezones oscurecidos por la gestación.
—¡Ahhh! ¡Armin! —Hazami echó la cabeza hacia atrás, sus uñas clavándose en los hombros de él—. Eso es... mmmgh...
Armin empezó a succionar con delicadeza pero con una determinación asombrosa. El sabor de la leche de Hazami era lo más exquisito que había probado jamás: dulce, cremosa y cargada con la esencia pura de su mujer.
—Está... está saliendo —susurró Hazami, sintiendo cómo la tensión abandonaba su pecho mientras Armin bebía con avidez—. Eres un pervertido, de verdad. Estás robándole la comida a tus hijos.
—Hay suficiente para todos —logró decir Armin entre tragos, cambiando de pecho para equilibrar la carga—. Además, esto ayuda a estimular la producción. Estoy haciendo un servicio público para la familia Arlert.
—¡Qué servicio público ni qué ocho cuartos! —gritó ella, aunque sus dedos se enredaron en el cabello rubio de él, presionándolo más contra su cuerpo—. ¡Ah, sí... ahí... succiona más fuerte, Armin!
La habitación se llenó del sonido rítmico de la succión y los gemidos roncos de Hazami. Para una Ackerman, mostrar tal vulnerabilidad era casi un pecado, pero Armin tenía una forma de desmantelar todas sus defensas. Él no era solo su marido; era su ancla, su amante y, en momentos como este, un recordatorio constante de que su cuerpo ya no le pertenecía solo a ella.
—Sabe a gloria —dijo Armin, separándose un momento para mirarla a los ojos. Tenía los labios brillantes por la leche y una mirada de absoluta adoración—. Eres perfecta, Hazami. Eres una madre increíble y todavía no han nacido.
Hazami sintió que el corazón se le derretía, algo que odiaba profundamente.
—Cállate y sigue —ordenó ella, tratando de ocultar su sonrojo—. Todavía siento el otro lado pesado.
Armin obedeció con gusto. Sus manos, expertas en explorar cada rincón de la anatomía de su esposa, empezaron a masajear la base de los pechos de Hazami mientras seguía bebiendo. El placer que Hazami sentía no era puramente sexual, era una liberación física que la hacía sentir ligera, casi flotando.
—Mmmgh... Armin... —gemía Hazami, su cola de leopardo envolviéndose con fuerza en el muslo de él—. Te gusta demasiado, ¿verdad?
—Me encantas tú —respondió él, subiendo las manos para acariciar su rostro mientras se mantenía unido a su pecho—. Me encanta que seas mía. Me encanta que estemos creando este pequeño ejército de leopardos y conejos.
—Van a ser un desastre —rio ella, las lágrimas de placer asomando en sus ojos violetas—. Van a tener tu apetito y mi mal genio. Pobre del reino que tenga que lidiar con ellos.
—Serán perfectos —insistió Armin—. Y mientras tanto, yo me encargaré de que su madre esté siempre bien... atendida.
Él la empujó suavemente hacia atrás, haciendo que se recostara en las almohadas. A pesar de su vientre de cinco meses, Armin encontró la forma de acomodarse entre sus piernas sin ejercer presión sobre los bebés. Sus manos empezaron a subir por los muslos de Hazami, levantando lo que quedaba de su camisola.
—Armin, espera... estamos a plena luz del día —protestó ella débilmente.
—Nadie se atreverá a entrar —dijo él con esa sonrisa astuta que Hazami tanto temía y amaba—. He dado órdenes estrictas de que no nos molesten. Tenemos mucho que celebrar. El médico dijo que los niños están sanos, y yo tengo mucha sed todavía.
—Eres un conejo insaciable —susurró Hazami, abriendo las piernas para dejarle espacio—. Un maldito y adorable conejo.
—Y tú eres la leopardo más hermosa que ha caminado sobre la tierra —replicó él, volviendo a su pecho mientras una mano se deslizaba hacia el centro de su humedad—. Ahora, deja de hablar y deja que tu marido se encargue de todo.
La tarde transcurrió en una bruma de caricias, leche compartida y promesas susurradas al oído. Hazami, que alguna vez pensó que casarse con Armin Arlert sería el fin de su vida, se dio cuenta de que apenas estaba empezando a vivir. Entre las pataditas de sus hijos y la boca de Armin sobre su piel, se sintió más poderosa que cualquier guerrero Ackerman.
—Te amo, conejo —susurró ella cuando el sol empezó a ponerse, agotada pero feliz.
Armin, con la cabeza apoyada en su pecho, escuchando el latido de su corazón y el de sus hijos, simplemente sonrió.
—Lo sé, mi vida. Lo sé.
El silencio de la mansión Arlert era ahora un silencio de plenitud, interrumpido solo por el ronroneo ocasional de una leopardo satisfecha y el suspiro de un conejo que había encontrado su paraíso particular en los brazos de la mujer más feroz del mundo. Y mientras la leche seguía fluyendo, Armin sabía que no había lugar en el mundo donde prefiriera estar que justo ahí, cuidando de su manada.