Pasión indiferente
Sinfonía de Poder y Posesión
El alba en el planeta Freezer no traía consigo el suave despertar de la Tierra. Aquí, el sol se alzaba como una esfera de fuego blanco que bañaba las agujas de obsidiana del palacio en un resplandor gélido y majestuoso. Dentro de la alcoba real, el aire aún vibraba con la electricidad de la noche anterior, una mezcla de ozono y el dulce aroma de Pan que se había filtrado en cada rincón de las sedas negras.
Pan comenzó a despertar, sintiendo el peso de las sábanas de lujo sobre su piel desnuda. Sin embargo, no fue el frío lo que la sacó del sueño, sino una sensación de calor intenso que recorría su espalda. Freezer no se había movido de su lado. El emperador, cuya naturaleza solía ser distante y gélida, la observaba con una intensidad que habría hecho flaquear a cualquier guerrero.
—¿Ya estás despierta, mi pequeña saiyajin? —La voz de Freezer era un susurro de terciopelo, cargado de una satisfacción que rozaba la arrogancia.
Pan se giró lentamente, dejando que el cabello azabache cayera sobre sus hombros, ocultando y revelando a la vez sus curvas. Sus ojos oscuros se encontraron con los rubíes de él, y una sonrisa desafiante curvó sus labios.
—No sabía que los tiranos espaciales se quedaban a ver amanecer —replicó ella, estirándose con la gracia de una pantera, lo que provocó que Freezer estrechara la mirada, devorando cada movimiento.
—Normalmente no lo hago —admitió él, acercando una mano para acariciar la línea de su mandíbula con una delicadeza inusual—. Pero normalmente no tengo frente a mí algo que valga la pena contemplar.
Sin previo aviso, Freezer la sujetó por la cintura y la giró, posicionándola de espaldas a él mientras la obligaba a arquearse contra su cuerpo. Pan soltó un jadeo de sorpresa que rápidamente se transformó en un gemido de anticipación. El contacto de la piel fría de Freezer contra su espalda ardiente era un contraste embriagador que disparaba sus sentidos.
—Dijiste que querías ver qué había en las sombras, Pan —murmuró él al oído, su aliento rozando su lóbulo—. Déjame mostrarte que mis sombras son mucho más profundas de lo que imaginaste.
Él la embistió con una fuerza contenida pero decidida, un reclamo de posesión que no admitía dudas. Pan se aferró a las sábanas de seda, arqueando la espalda mientras su cabeza caía hacia atrás, buscando el contacto de los labios de Freezer. El ritmo era ardiente, pasional, una danza de poder donde ninguno de los dos quería ceder, pero ambos se entregaban al fuego de la sangre.
—¡Freezer...! —gimió ella, su voz quebrándose por el placer.
—Dime quién es tu dueño, Pan —exigió él, aumentando la intensidad, sus manos marcando el territorio en las caderas de la joven—. Dime quién tiene el poder sobre ti.
—Tú... solo tú —respondió ella entre jadeos, girando un poco el rostro para encontrar sus ojos—. Pero no te equivoques... yo también te poseo a ti.
La habitación se llenó de los sonidos de una pasión salvaje. No había rastro de la elegancia aristocrática de Freezer ahora; era un depredador reclamando a su igual, y Pan, lejos de sentirse intimidada, respondía con una fuerza saiyajin que lo incitaba a ir más allá. El sudor brillaba en sus cuerpos, y cada gemido de Pan era una victoria para el emperador, una melodía que alimentaba su ego y su deseo.
Mientras tanto, en los pasillos de mármol que conducían a la suite real, una figura caminaba con pasos rápidos y decididos. Lyra, vestida con una túnica translúcida que dejaba poco a la imaginación, hervía de rabia. No podía aceptar que esa "mona" terrícola hubiera pasado la noche en la habitación del emperador, un lugar al que a ella rara vez se le permitía entrar.
—Seguro que Freezer ya se ha cansado de ella —masculló Lyra para sí misma, ajustándose el cabello azulado—. Una noche con una salvaje es suficiente para cualquiera. Él necesita a alguien de clase, alguien que el Rey Cold haya aprobado.
Al llegar a las enormes puertas dobles custodiadas por soldados de élite —quienes se apartaron ante su presencia por temor a su influencia política—, Lyra se detuvo un momento. Esperaba silencio, o quizás el sonido de Freezer dando órdenes frías. Lo que escuchó, sin embargo, la dejó petrificada.
A través de las pesadas puertas, llegaban los sonidos inequívocos de una pasión desenfrenada. Escuchó los gemidos agudos y placenteros de Pan, y lo que es más sorprendente, escuchó los gruñidos bajos y guturales de Freezer, sonidos de un hombre que estaba perdiendo el control absoluto, algo que ella jamás creyó posible en el emperador.
—No... no puede ser —susurró Lyra, con el rostro pálido—. Él odia el contacto físico. Él dice que todos somos inferiores, que nadie es digno de tocar su piel...
La envidia la consumió. Freezer nunca le había permitido siquiera rozar su mano sin una expresión de asco, y ahora parecía estar entregándose por completo a esa extranjera. Impulsada por una mezcla de desesperación y furia, Lyra extendió la mano hacia el panel de apertura de la puerta, decidida a interrumpir, a causar un escándalo, a recordarles quién era ella.
—Yo no haría eso si fuera tú, pequeña tonta.
Una voz calmada, pero cargada de una autoridad absoluta, detuvo la mano de Lyra en el aire. La mujer azulada se giró bruscamente para encontrarse con Berryblue. La pequeña y anciana consejera de Freezer permanecía allí de pie, con las manos entrelazadas y una expresión de aburrimiento que ocultaba su peligrosidad.
—¡Berryblue! —exclamó Lyra, tratando de recuperar la compostura—. Esta... esta intrusa está distrayendo al Gran Freezer de sus deberes. Debo entrar y...
—Lo que tú debes hacer es dar media vuelta y desaparecer de este pasillo antes de que yo decida que tu presencia es un estorbo para la linaje del imperio —interrumpió Berryblue, dando un paso al frente. Sus ojos, inteligentes y antiguos, brillaron con una advertencia letal.
—¡Pero él es mi prometido por orden del Rey Cold! —protestó Lyra, con la voz temblorosa de indignación.
—El Rey Cold envió una distracción, no una emperatriz —sentenció Berryblue, mirando de reojo la puerta tras la cual los sonidos de la pasión habían alcanzado un clímax vibrante—. He servido a la familia de Freezer desde antes de que tú fueras un pensamiento en la mente de tus padres. Jamás, en todos estos años, lo he escuchado así. Esa joven saiyajin ha despertado algo en él que tú no podrías ni comprender en un millón de años.
—Es una aberración —siseó Lyra—. ¡Es una simia!
—Es una mujer que puede seguirle el ritmo —corrigió Berryblue con una sonrisa gélida—. Y si entras ahí ahora, Freezer no solo te matará; te borrará de la existencia por interrumpir el único momento de auténtico placer que ha tenido en décadas. Ahora, vete.
Lyra miró la puerta una última vez. Un gemido final de Pan, cargado de una satisfacción absoluta, seguido del silencio pesado del agotamiento compartido, fue lo último que escuchó antes de que Berryblue la tomara del brazo con una fuerza sorprendente y la arrastrara lejos del ala real.
Dentro de la habitación, el aire volvía a calmarse. Freezer estaba recostado, con Pan apoyada en su pecho, ambos respirando con dificultad. El emperador sentía una extraña paz, una plenitud que desafiaba su propia naturaleza destructiva.
—Parece que tenemos audiencia —murmuró Pan, con el oído saiyajin captando los pasos que se alejaban en el pasillo.
Freezer soltó un bufido de desdén, entrelazando sus dedos con los de ella.
—Berryblue se encargará de las molestias. Nadie entrará aquí a menos que yo lo desee.
Pan levantó la vista, observando el rostro de Freezer. No había rastro del monstruo que había aterrorizado a la galaxia, solo un hombre —o lo más parecido a uno que su especie permitía— que la miraba con una posesividad que la hacía sentir más poderosa que cualquier transformación.
—¿Qué pasará cuando el torneo termine, Freezer? —preguntó ella en voz baja—. Mi abuelo esperará que vuelva a la Tierra.
Freezer guardó silencio un momento, su cola moviéndose lentamente sobre la cama. Luego, la atrajo más hacia él, como si temiera que pudiera desvanecerse con la luz del día.
—Tu abuelo puede quedarse con su pequeño planeta —dijo él, su voz recuperando ese tono regio y autoritario—. Pero tú... tú eres una saiyajin de sangre azul ahora, Pan. Eres la única persona en este universo que ha logrado hacerme sentir que el poder absoluto es aburrido si no se comparte con alguien igual de letal.
Pan sonrió, ocultando su rostro en el cuello de Freezer, aspirando su aroma metálico y frío que ahora le resultaba tan adictivo.
—¿Me estás pidiendo que me quede a gobernar a tu lado?
—No te lo estoy pidiendo —respondió él, besando su coronilla mientras sus manos volvían a explorar su cuerpo, encendiendo de nuevo la chispa del deseo—. Te estoy informando de tu nuevo destino. Y créeme, Pan... nos vamos a divertir mucho conquistando lo que queda de este universo.
Afuera, el sol del planeta Freezer brillaba con más fuerza, iluminando un imperio que, por primera vez en su historia, tenía no solo un dueño, sino una reina que no temía caminar entre las sombras del tirano. La tensión sexual que los había unido se transformaba ahora en una alianza inquebrantable, una que haría temblar los cimientos de los doce universos.
En la cama de seda, Pan volvió a arquearse bajo el toque de Freezer, entregándose de nuevo a la sinfonía de placer y poder que solo ellos dos podían interpretar. El torneo de Goku podía esperar; el emperador y su loto negro tenían asuntos mucho más urgentes y placenteros que atender.