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Pasión indiferente

El Trono de la Carne y el Oro

El torneo intergaláctico convocado por Goku había comenzado oficialmente, pero para la mayoría de los espectadores y participantes, el espectáculo no residía solo en las explosiones de ki o en las técnicas milenarias. El epicentro de todas las miradas era la pareja más improbable y magnética del multiverso. Freezer y Pan se movían por la arena de combate con una sincronía aterradora, una danza de muerte y elegancia que dejaba a sus oponentes fuera de combate en cuestión de segundos.

Sin embargo, tras bambalinas, en la zona privada asignada al equipo del emperador, la batalla era de una naturaleza muy distinta. La tensión que se acumulaba en el campo de batalla, lejos de disiparse, se transformaba en una necesidad carnal que ninguno de los dos podía, ni quería, controlar.

—Has estado especialmente agresiva hoy —comentó Freezer, cerrando la puerta automática de sus aposentos privados con un gesto seco.

Pan se despojó de su chaleco de combate, dejando ver el top ajustado que contenía sus pechos agitados por el esfuerzo. Su piel blanca estaba perlada de sudor, y sus ojos negros centelleaban con un fuego que no tenía nada que ver con la lucha.

—Verte humillar a esos guerreros del Universo 9 me puso de un humor... interesante —respondió ella, acercándose a él con paso felino—. Tu crueldad es tan refinada, Freezer. Me encanta cómo los miras antes de romperlos.

Freezer soltó una carcajada baja y, sin meditarlo, la tomó por el cuello, no para asfixiarla, sino para atraerla hacia sí en un beso que sabía a hierro y a deseo puro. Pan respondió con un gemido, enredando sus piernas alrededor de la cintura del emperador. No necesitaban palabras. El deseo mutuo era un hambre que crecía con cada ronda del torneo.

Él la llevó hasta la amplia plataforma que servía de descanso, pero Pan, en un arrebato de dominio, lo empujó hasta que él quedó sentado. Ella se posicionó sobre su regazo, horcajadas, reclamando el control.

—Esta vez, yo marco el ritmo, emperador —susurró ella, rozando sus labios con los de él mientras comenzaba a moverse con una lentitud tortuosa.

Freezer apretó los dientes, sus manos hundiéndose en los muslos firmes de Pan. La sensación de tenerla allí, dominando su espacio personal, era una experiencia nueva y embriagadora. Él, que siempre había sido el dueño absoluto de todo, encontraba un placer perverso en permitir que esta saiyajin lo "conquistara" momentáneamente.

Pan comenzó a moverse con una cadencia hipnótica, subiendo y bajando, sintiendo la firmeza de Freezer bajo ella. Cada movimiento era una provocación, una declaración de que ella no era una simple súbdita, sino su igual. Sus pechos rozaban el pecho frío de él, y el contraste de temperaturas volvía a encender la pólvora en sus venas.

—Eres... una criatura fascinante —gruñó Freezer, su cola azotando el suelo con violencia rítmica—. Ninguna otra mujer se atrevería a mirarme así, mucho menos a cabalgarme como si fuera su premio.

—No eres mi premio, Freezer —replicó Pan, aumentando la velocidad, sus ojos fijos en los de él—. Eres mi otra mitad. El único que puede soportar este fuego.

El placer estalló entre ambos como una supernova. Pan se arqueó hacia atrás, gritando el nombre del emperador mientras alcanzaba el clímax, sintiendo cómo él la reclamaba desde adentro con una intensidad que la dejó sin aliento. Pero Freezer no había terminado. En un movimiento fluido y cargado de una fuerza bruta, la giró, dejándola debajo de él, atrapada entre su cuerpo y el frío metal de la plataforma.

—Mi turno —sentenció él.

La embistió con una ferocidad renovada, una descarga de energía que parecía querer fundir sus almas. No había delicadeza ahora, solo la urgencia de dos depredadores que se reconocían en la oscuridad. Pan clavó sus uñas en los hombros de Freezer, alentándolo con gemidos que se escuchaban incluso a través de las paredes reforzadas. Era una lucha de voluntades, un intercambio de poder donde el placer era el arma principal.

Después de lo que parecieron horas de una entrega absoluta, ambos quedaron tendidos, entrelazados, mientras sus respiraciones recuperaban la normalidad. El silencio que siguió no era incómodo; era el silencio de los que lo han dicho todo con el cuerpo.

Freezer, apoyado en un codo, observaba a Pan. Ella lucía deshecha, hermosa en su vulnerabilidad post-coital, con el cabello negro extendido como un manto de seda. El emperador sintió un impulso que nunca antes había experimentado: una necesidad de permanencia, de asegurar que este tesoro no fuera algo efímero.

—Pan —dijo él, su voz recuperando la gravedad de un soberano—. Este torneo terminará pronto. Tu abuelo y los demás esperarán que vuelvas a esa insignificante mota de polvo llamada Tierra.

Pan abrió los ojos, mirándolo con curiosidad.

—¿Y qué sugieres tú? Sabes que no soy alguien que acepte órdenes fácilmente.

Freezer se inclinó sobre ella, rodeando su rostro con sus manos. Sus ojos rubíes brillaban con una determinación que helaba la sangre, pero que a ella la hacía vibrar.

—No te estoy dando una orden. Te estoy ofreciendo un destino —declaró él—. No quiero que seas una amante ocasional o un secreto entre batallas. Quiero que regreses conmigo a mi imperio. Quiero que te sientes en el trono a mi lado.

Pan contuvo el aliento. Sabía lo que eso significaba. Ser la Emperatriz del Universo, la mujer que gobernaría junto al ser más temido de la creación.

—¿Una emperatriz saiyajin? —preguntó ella con una sonrisa ladeada—. Tu padre se retorcería en su tumba... si es que tuviera una.

—Mi padre es el pasado. Yo soy el presente y el futuro —respondió Freezer, y entonces su mirada descendió hacia el vientre de Pan—. Pero un imperio necesita más que un trono y miedo. Necesita un legado. Una estirpe que combine mi perfección con tu fuego salvaje.

Pan sintió un escalofrío recorrer su columna.

—¿Estás diciendo lo que creo que estás diciendo?

—Quiero dejarte embarazada, Pan —soltó Freezer sin rodeos, su voz cargada de una posesividad absoluta—. Quiero engendrar en ti a un ser que sea el terror de los dioses. Un heredero que lleve mi sangre y la tuya. Quiero que el universo entero sepa que me perteneces, y que lo que nazca de nosotros será el nuevo orden de todas las cosas.

La propuesta era tan audaz, tan cargada de una ambición oscura y romántica a la vez, que Pan sintió que su corazón martilleaba contra sus costillas. La idea de llevar en su vientre al hijo de Freezer, de crear una dinastía que nadie pudiera desafiar, despertó en ella un instinto primario de poder.

—¿Un heredero? —susurró ella, rodeando el cuello de Freezer con sus brazos y atrayéndolo hacia un nuevo beso—. Eso suena como el desafío más grande de mi vida.

—Es el único desafío que vale la pena —replicó él, volviendo a cubrir su cuerpo con el suyo—. No habrá vuelta atrás, Pan. Si aceptas, serás mía por toda la eternidad. Tu sangre y la mía forjarán un nuevo sol.

—Entonces —dijo ella, abriendo sus piernas para recibirlo una vez más, con una mirada de absoluta entrega y ambición—, hazlo. Déjame embarazada de tu imperio, Freezer. Reclámame por completo.

El encuentro que siguió fue más que sexo; fue un ritual de fundación. Freezer la poseyó con una intención clara, vertiendo en ella no solo su deseo, sino su voluntad de trascendencia. Pan lo recibió con un grito de triunfo, sabiendo que en ese momento, el destino del universo acababa de cambiar para siempre.

Horas más tarde, cuando regresaron a la arena para la siguiente ronda del torneo, algo en ellos era distinto. Goku, al verlos llegar, frunció el ceño con confusión. El ki de su nieta se sentía diferente; ya no era solo la energía vibrante de una joven saiyajin, sino que estaba empezando a entrelazarse con la frialdad majestuosa de Freezer.

—Pan, ¿estás bien? —preguntó Goku, acercándose a ella—. Te ves... cambiada.

Pan miró a su abuelo, y luego desvió la vista hacia Freezer, quien le dedicó una sonrisa de complicidad gélida desde la distancia.

—Estoy mejor que nunca, abuelo —respondió ella, con una seguridad que dejó a Goku sin palabras—. He encontrado algo por lo que vale la pena luchar de verdad.

El torneo continuó, pero para Pan y Freezer, las batallas en la arena eran solo un trámite. El verdadero juego estaba en el futuro, en el imperio que construirían juntos y en la vida que ya empezaba a gestarse en el calor de la pasión prohibida. El loto negro y el emperador de hielo habían sellado un pacto de sangre y placer, y el universo, aunque aún no lo supiera, ya tenía nuevos dueños.