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Pasión indiferente

El Vientre de las Estrellas

El silencio en los aposentos privados de la nave nodriza de Freezer era casi absoluto, solo interrumpido por el zumbido rítmico de los motores de propulsión iónica. Habían pasado tres semanas desde que el torneo intergaláctico llegara a su fin, un evento que terminó no con una explosión, sino con una alianza que dejó al multiverso sumido en un estado de estupefacción. Pan no había regresado a la Tierra. Para consternación de Gohan y la resignación silenciosa de Goku, ella había abordado la nave insignia del emperador con la cabeza en alto y la mirada fija en el horizonte de las estrellas.

Sin embargo, en los últimos días, la joven guerrera se sentía extraña. Su ki, siempre vibrante y explosivo, parecía haberse vuelto denso, como si una gravedad interna estuviera tirando de su energía hacia un punto central en su vientre. No era cansancio, era una plenitud que la mareaba.

Pan se encontraba frente al gran ventanal de cuarzo, observando cómo las nebulosas pasaban como jirones de algodón de colores. Llevaba puesto un camisón de seda negra que Freezer mismo le había regalado, una prenda que contrastaba con la palidez de su piel y la profundidad de su cabello azabache. Sus manos, temblorosas por primera vez en su vida, sostenían un pequeño dispositivo médico de tecnología avanzada que Berryblue le había proporcionado discretamente esa mañana.

La pantalla del dispositivo brillaba con un símbolo dorado: positivo.

Un sollozo involuntario escapó de sus labios, pero no era de tristeza. Era una mezcla abrumadora de miedo, asombro y una alegría salvaje que le recorría la médula. Estaba embarazada. El heredero del que Freezer había hablado, ese ser que combinaría la ferocidad saiyajin con la divinidad gélida de los demonios del frío, ya no era una idea abstracta. Era una vida pulsando dentro de ella.

La puerta de la habitación se deslizó con un silbido casi imperceptible. Freezer entró con su habitual elegancia, vistiendo una capa de oficial que arrastraba ligeramente por el suelo. Se detuvo al instante al notar la tensión en los hombros de Pan y la forma en que ella ocultaba algo contra su pecho.

—Pan —dijo él, su voz suave pero cargada de esa autoridad que solía hacer temblar planetas—. Llevas horas encerrada aquí. Berryblue mencionó que no probaste bocado en el almuerzo. ¿Debo ejecutar al chef por su incompetencia o hay algo más que deba saber?

Pan se giró lentamente. Sus ojos estaban ligeramente enrojecidos, pero brillaban con una luz que Freezer nunca había visto en ella, ni siquiera en el fragor de la batalla.

—No mates al chef todavía, Freezer —respondió ella con una sonrisa trémula—. Él no tiene la culpa de que mi estómago haya decidido rebelarse contra todo lo que no sea tu presencia.

Freezer se acercó a ella, reduciendo la distancia con pasos lentos. Su cola se agitó con curiosidad. Al estar frente a ella, notó el dispositivo en sus manos.

—¿Qué es eso? —preguntó, aunque en el fondo de su mente, una sospecha largamente acariciada comenzó a tomar forma.

Pan tomó la mano de Freezer, esa mano de tres dedos que había destruido civilizaciones enteras, y la llevó suavemente hacia su vientre, justo por encima del ombligo. El contacto de la piel fría del emperador contra el calor de la seda y la piel de Pan provocó una descarga eléctrica entre ambos.

—Dijiste que querías un legado —susurró Pan, guiando los dedos de él para que presionaran levemente—. Dijiste que querías un ser que fuera el terror de los dioses.

Freezer se quedó petrificado. Sus ojos rubíes se abrieron con una desmesura que rara vez mostraba. A través de su palma, gracias a su sensibilidad extrema al ki, pudo sentirlo. No era un ki desarrollado, era apenas una chispa, un latido minúsculo, pero era inconfundible. Tenía la firma energética de Pan, ese fuego indomable, pero estaba envuelto en una capa de su propia esencia gélida y aristocrática.

—Es... es verdad —murmuró Freezer. Por primera vez en eones, su voz perdió la ironía y el sarcasmo. Había una vulnerabilidad pura en su tono—. Lo has logrado, Pan.

—Lo hemos logrado —corrigió ella, dejando caer el dispositivo al suelo para rodear el cuello de Freezer con sus brazos—. Hay un corazón latiendo aquí dentro que lleva tu nombre.

Freezer, el ser que se jactaba de no tener sentimientos, de ser un bloque de hielo impenetrable, sintió que algo se resquebrajaba en su pecho. No era debilidad; era una expansión de su propio ser. Atrajo a Pan hacia sí con una delicadeza extrema, como si temiera que su fuerza pudiera dañar la preciosa carga que ella portaba. La abrazó, hundiendo su rostro en el hueco de su cuello, aspirando el aroma a flores y ozono que ahora le pertenecía por derecho de sangre.

—Un hijo... —susurró él contra su piel—. Mi sangre corriendo por las venas de un guerrero que tendrá tu belleza y tu espíritu. Pan, no tienes idea de lo que esto significa para mí.

Ella se separó un poco para mirarlo a los ojos. Se sorprendió al ver que el semblante de Freezer no era de triunfo militar, sino de una emoción profunda y casi humana.

—¿Estás feliz? —preguntó ella, acariciando su mejilla.

—Feliz es una palabra demasiado pequeña, demasiado común —respondió Freezer, tomando su mano y besando sus nudillos con una devoción caballeresca—. Siento que el universo finalmente tiene un propósito que va más allá de la conquista. Este niño será el soberano de todo lo que existe, y tú... tú serás la madre de una nueva era.

Pan sintió que las lágrimas volvían a asomar. La relación entre ellos había comenzado como una atracción fatal, un juego de poder y deseo, pero en ese momento, se dio cuenta de que se habían convertido en algo mucho más profundo. Eran una pareja. Eran compañeros en una odisea que desafiaba a la naturaleza misma.

—Tengo miedo, Freezer —confesó ella en un susurro—. Miedo de lo que mi familia dirá, miedo de si seré capaz de criar a alguien tan poderoso.

Freezer la tomó por los hombros, obligándola a sostenerle la mirada.

—Tu familia no importa ahora. Tu abuelo es un guerrero, entenderá la fuerza de este vínculo. Y en cuanto a tu capacidad... eres la mujer que domó al emperador del universo. ¿Crees que hay algo que no puedas hacer?

Pan soltó una risa suave, sintiéndose reconfortada por la arrogancia protectora de él.

—Tienes razón. Supongo que un pequeño híbrido no será más difícil que tú.

Freezer sonrió, una sonrisa auténtica que llegó hasta sus ojos. La levantó en vilo con facilidad, dándole vueltas en el aire mientras ella reía, un sonido melódico que llenó la habitación de una calidez inusitada.

—Construiré un palacio de cristal en el planeta más hermoso de la galaxia solo para ti —prometió él al bajarla—. No te faltará nada. Cada estrella que veas por esa ventana será un regalo para nuestro hijo.

—Solo te necesito a ti a mi lado —dijo Pan, volviendo a buscar refugio en su pecho—. Prométeme que no volverás a ser ese monstruo solitario. Prométeme que seremos una familia.

Freezer guardó silencio un momento, mirando hacia el vacío del espacio. Sabía que su naturaleza era oscura, que el poder siempre llamaría a su puerta, pero al sentir el calor de Pan y el latido de su heredero, supo que su prioridad había cambiado.

—Te lo prometo, Pan —dijo con una solemnidad absoluta—. El monstruo ha encontrado su hogar. No permitiré que nada ni nadie nos toque. Seremos la tormenta y la calma, el hielo y el fuego.

Esa noche, el emperador no durmió. Se quedó sentado en el borde de la cama, observando a Pan mientras ella descansaba, con una mano siempre posada suavemente sobre su vientre. El hombre que había destruido el Planeta Vegeta por miedo a una leyenda, ahora velaba el sueño de una saiyajin que llevaba su futuro en las entrañas.

La noticia se extendió por la nave en los días siguientes. Lyra, al enterarse, intentó organizar una protesta entre los nobles, pero una sola mirada de Freezer, cargada de una intención asesina que heló los pasillos, fue suficiente para que ella y sus seguidores desaparecieran en las sombras de las regiones exteriores del imperio. No había lugar para los celos ni para las intrigas políticas en el nuevo mundo de Freezer.

Semanas después, decidieron hacer un viaje oficial a la Tierra. Pan quería decírselo a sus padres en persona, y Freezer, para sorpresa de todos, accedió a acompañarla, no como un conquistador, sino como su consorte.

La llegada de la nave de Freezer a la Corporación Cápsula causó el pánico habitual, pero cuando Pan bajó de la rampa, radiante, con un vestido que acentuaba su incipiente estado y de la mano del emperador, el silencio que siguió fue sepulcral.

Goku fue el primero en acercarse, rascándose la nuca con una expresión de total desconcierto.

—Pan... ¿estás...? —Goku señaló el vientre de su nieta, sus ojos saltando de ella a Freezer.

—Sí, abuelo —dijo Pan, apretando la mano de Freezer—. Estoy embarazada. Y Freezer es el padre.

Gohan, que estaba a unos metros, casi se desmaya, siendo sostenido por Videl, quien miraba a su hija con una mezcla de preocupación y una extraña comprensión materna.

—¡Es una locura! —exclamó Gohan, recuperando el habla—. ¡Él es...!

—Él es el hombre que amo, papá —interrumpió Pan con una firmeza que no admitía réplicas—. Y es el padre de mi hijo. Si no pueden aceptarlo, nos iremos ahora mismo.

Freezer dio un paso al frente, su capa ondeando al viento. No hubo ráfagas de ki ni amenazas de muerte. Simplemente miró a los guerreros Z con una dignidad gélida.

—Son Gohan, Son Goku —comenzó Freezer, su voz resonando en el jardín—. Sé que nuestra historia está manchada de sangre. Pero Pan ha visto en mí algo que ninguno de ustedes se molestó en buscar. Ella lleva al futuro de mi estirpe, y les aseguro que daría mi vida y cada planeta de mi imperio por protegerla a ella y al niño.

Goku miró a Freezer a los ojos durante un largo rato. Como guerrero, podía sentir la verdad en las palabras de su antiguo enemigo. Ya no sentía la sed de sangre gratuita en él; sentía una protección feroz, una vibración de ki que solo los padres conocen.

—Vaya —dijo Goku finalmente, soltando una carcajada nerviosa—. Nunca pensé que vería el día en que Freezer se volviera un hombre de familia. Pero si Pan es feliz... supongo que tendré que acostumbrarme a tener un bisnieto muy, muy fuerte.

La tensión se rompió, aunque el camino hacia la aceptación total sería largo. Esa tarde, en los jardines de la Tierra, Pan y Freezer se sentaron bajo un árbol, lejos de las miradas curiosas.

—Lo han tomado mejor de lo que esperaba —comentó Pan, apoyando su cabeza en el hombro de él.

—Tu abuelo es un idiota, pero tiene buen instinto —respondió Freezer, aunque no había veneno en su insulto—. Sabe que si intentara separarnos, tendría que enfrentarse a algo mucho peor que un emperador enfadado. Tendría que enfrentarse a un padre.

Pan sonrió, cerrando los ojos mientras sentía la brisa de su hogar.

—¿Cómo crees que será? —preguntó ella—. ¿Tendrá cola? ¿Será de piel blanca o tendrá tu forma final desde el principio?

Freezer se tomó un momento para imaginarlo. Un niño con el cabello negro de Pan y los ojos rubíes de él, con la capacidad de transformarse y la elegancia de su linaje.

—Será perfecto —sentenció él—. Será la culminación de todo lo que somos. Y lo más importante, Pan... será libre. Libre de los errores de mi pasado y de las expectativas de tu familia.

Se quedaron allí, unidos por un vínculo que había nacido del deseo y se había transformado en algo sagrado. En el vientre de Pan, el pequeño latido continuaba su ritmo, ajeno a las guerras y a los imperios, preparándose para nacer en un universo que, gracias a la unión de sus padres, ya no era un lugar tan frío.

El loto negro y el emperador de hielo habían encontrado su paz, no en la conquista de mundos, sino en la creación de uno nuevo. Y mientras el sol se ponía sobre la Tierra, Freezer supo que su mayor victoria no había sido destruir planetas, sino ganar el corazón de la mujer que caminaba a su lado hacia la eternidad.