Pequeño
Pétalos Marchitos en el Jardín de Piedra
La mañana se filtró a través de los ventanales del ático con una crueldad luminosa, revelando cada mota de polvo y cada imperfección en el rostro de Yoongi. Se despertó antes que Jungkook, como siempre, porque su cuerpo no le permitía el lujo de un sueño profundo. Cada vez que intentaba girarse bajo las sábanas de seda negra, un pinchazo agudo en sus costillas o el ardor en su mejilla le recordaban los eventos de la noche anterior.
Con movimientos lentos y torpes, Yoongi se sentó en la cama. Sus ojos buscaron instintivamente a Jungkook, quien dormía de espaldas a él, con la respiración pesada y rítmica. En la penumbra, Jungkook no parecía un monstruo; parecía un hombre cansado, un guerrero que finalmente había bajado la guardia. Yoongi extendió una mano temblorosa, queriendo acariciar el hombro tatuado de su novio, pero se detuvo a medio camino. No quería despertarlo y arriesgarse a que el ciclo de ira comenzara de nuevo tan temprano.
Se deslizó fuera de la cama y recogió a Min-Min del suelo de la habitación. El peluche era su único confidente, el único que sabía cuántas lágrimas se tragaba en silencio. Caminó hacia la cocina, arrastrando los pies. El suelo de mármol estaba frío, pero el dolor en su vientre era más persistente.
Al llegar a la cocina, vio el estofado que había preparado con tanto amor la noche anterior. Estaba frío, con una capa de grasa solidificada en la superficie. Las palabras de Jungkook resonaron en su cabeza: "No quiero ver ese estofado mañana". Con un nudo en la garganta, Yoongi comenzó a limpiar. Tiró la comida a la basura, lavó la olla con esmero y limpió las encimeras hasta que brillaron. Sus manos pequeñas temblaban bajo el agua jabonosa, pero se obligó a sonreír.
—Hoy será un día mejor, Min-Min —susurró, colocando al peluche sobre la barra de la cocina—. Kookie descansó bien. Estará de buen humor.
Preparó café negro, fuerte, tal como a Jungkook le gustaba, y comenzó a cocinar panqueques con miel. Quería que el aroma del desayuno fuera lo primero que recibiera a su novio al despertar. Quería borrar el rastro de la violencia con el olor a dulce y hogar.
Unos veinte minutos después, escuchó los pasos pesados de Jungkook acercándose. Yoongi se tensó, una reacción instintiva de su cuerpo que su mente trataba de ignorar. Se giró con una sonrisa radiante, a pesar del moretón morado que ahora adornaba su pómulo izquierdo.
—¡Buenos días, Kookie! —dijo Yoongi con voz cantarina—. Te hice café y panqueques. Siéntate, por favor.
Jungkook entró en la cocina vestido con un pantalón de vestir negro y una camisa blanca a medio abotonar. Sus ojos recorrieron la habitación, deteniéndose un segundo de más en el rostro de Yoongi. No hubo una disculpa, ni una caricia de arrepentimiento. Solo una mirada fría y evaluadora.
—¿Limpiaste todo? —preguntó Jungkook, sentándose a la mesa sin mirar la comida.
—Sí, Kookie. Todo está impecable —respondió Yoongi, sirviéndole el café con cuidado—. ¿Dormiste bien? Parecías muy cansado.
Jungkook tomó un sorbo de café y soltó un suspiro pesado. Sacó su teléfono y comenzó a revisar correos electrónicos, ignorando por completo la presencia del menor. Yoongi se quedó de pie junto a él, esperando alguna señal, algún gesto de afecto que confirmara que lo de la tina no había sido solo un desahogo físico, sino una conexión.
—Tengo una cena esta noche con unos socios de Macao —dijo Jungkook de repente, sin levantar la vista de la pantalla—. Y mis padres estarán allí. Quieren que lleve a una "acompañante adecuada".
El corazón de Yoongi dio un vuelco. Sabía lo que eso significaba.
—¿Y... y yo puedo ir? —preguntó Yoongi en un susurro, apretando los bordes de su delantal—. Puedo usar el traje que me compraste el año pasado. Me portaré muy bien, Kookie. No hablaré si no me lo pides.
Jungkook finalmente levantó la vista. Sus ojos eran como pozos de obsidiana, carentes de cualquier rastro de calidez. Soltó una risa seca que heló la sangre de Yoongi.
—Mírate, Yoongi —dijo Jungkook, señalando con el dedo el rostro del chico—. Tienes la cara marcada. ¿Crees que puedo llevarte a un evento de alta sociedad luciendo como si te hubiera atropellado un camión? Mis padres se avergonzarían de ti más de lo que ya lo hacen.
—Pero... pero puedo usar maquillaje —insistió Yoongi, sintiendo que las lágrimas empezaban a picar en sus ojos—. Puedo cubrirlo. Solo quiero estar contigo, Kookie. Me siento solo cuando te vas a esos eventos.
Jungkook se puso de pie bruscamente, haciendo que la silla chirriara contra el suelo. Yoongi retrocedió un paso, cubriéndose el rostro con los brazos por puro reflejo. Jungkook lo vio y una mueca de desprecio cruzó sus labios.
—No seas patético —escupió Jungkook—. Te quedarás aquí. No quiero que nadie te vea. Eres mi pequeño secreto, ¿recuerdas? Y los secretos se quedan guardados en casa.
—Lo siento... —murmuró Yoongi, bajando los brazos—. Tienes razón. Soy un tonto por preguntar.
Jungkook se acercó a él. Por un momento, Yoongi pensó que lo golpearía de nuevo, pero en lugar de eso, Jungkook tomó su barbilla con fuerza, obligándolo a mirarlo. Sus dedos presionaron sobre el hematoma, haciendo que Yoongi soltara un gemido de dolor.
—Eres tan frágil, Yoongi —dijo Jungkook con una voz que era una mezcla extraña de deseo y odio—. Un pequeño muñeco de porcelana que se rompe con solo mirarlo. Pero me gusta que seas así. Me gusta que no tengas a nadie más que a mí.
—Solo te tengo a ti, Kookie —confirmó Yoongi, buscando la mano de Jungkook con la suya—. Eres mi mundo entero.
Jungkook lo soltó con un empujón suave y terminó su café. Se puso el saco de su traje de diseñador, se ajustó el reloj de oro y se dirigió a la puerta.
—No me esperes despierto. Probablemente llegue tarde y no quiero escenas de celos ni preguntas estúpidas —sentenció antes de salir y cerrar la puerta con un golpe seco.
Yoongi se quedó solo en la inmensa cocina. El silencio volvió a caer sobre él como una manta pesada. Se sentó en la silla que Jungkook acababa de desocupar y comenzó a comer los panqueques fríos. Sabían a ceniza, pero se los obligó a tragar. No podía desperdiciar la comida; Jungkook se enojaría si viera la basura llena de nuevo.
Pasó el resto del día como un fantasma en su propio hogar. Limpió la casa tres veces, aunque no había nada que limpiar. Habló con Min-Min sobre cómo Jungkook seguramente le traería un regalo cuando regresara, o cómo quizás, solo quizás, algún día sus padres lo aceptarían y podrían caminar juntos por la calle de la mano.
A media tarde, el teléfono de la casa sonó. Yoongi corrió a contestar, esperando que fuera Jungkook diciéndole que había cambiado de opinión. Pero la voz al otro lado era fría y aristocrática. Era la madre de Jungkook.
—¿Diga? —susurró Yoongi.
—Escúchame bien, muchachito —dijo la mujer sin preámbulos—. Sé que mi hijo sigue perdiendo el tiempo contigo. Pero esta noche es importante. Habrá una joven de una familia muy influyente en la cena. Jungkook necesita una esposa real, no un juguete roto que recogió de la calle. Si tienes un poco de dignidad, deberías marcharte antes de que él mismo te eche.
—Él me ama —dijo Yoongi, su voz temblando—. Kookie me necesita.
—Él no te ama, Yoongi. Él solo disfruta tener algo que puede golpear y que siempre vuelve pidiendo más. Eres un vicio, no un amor. Y los vicios se terminan curando.
La llamada se cortó. Yoongi se quedó con el auricular en la mano, sintiendo que el suelo desaparecía bajo sus pies. Caminó hacia el baño y se miró en el espejo. El moretón ya no era rojo; ahora era de un color púrpura profundo y verdoso. Su labio estaba hinchado. Se veía terrible. ¿Era eso lo que Jungkook veía? ¿Un juguete roto?
—No es verdad —se dijo a sí mismo, acariciando el cristal del espejo—. Él me dio un baño. Él me abrazó anoche. Eso es amor. Él solo tiene problemas de ira porque su trabajo es difícil.
Para calmar su ansiedad, Yoongi decidió cocinar algo especial para cuando Jungkook volviera. Hizo galletas de chocolate, las favoritas de Jungkook desde que eran adolescentes. El dulce aroma llenó el ático, dándole a Yoongi una falsa sensación de seguridad.
Sin embargo, las horas pasaron. Las diez de la noche se convirtieron en medianoche, y la medianoche en las dos de la mañana. Yoongi estaba sentado en el sofá, con Min-Min en su regazo, luchando por mantener los ojos abiertos. Finalmente, escuchó el sonido del ascensor privado.
La puerta se abrió y Jungkook entró. Pero no venía solo. Venía tambaleándose, con el olor a alcohol y perfume de mujer emanando de su ropa. Tenía la camisa desabotonada y el cabello revuelto. Detrás de él, un hombre de seguridad lo sostenía para que no se cayera.
—Déjalo ahí —ordenó Yoongi, levantándose rápidamente para ayudar a su novio.
El guardia asintió y se retiró, cerrando la puerta tras de sí. Jungkook se desplomó en el sofá, riendo entre dientes de una manera que Yoongi nunca había escuchado. Era una risa oscura, cargada de cinismo.
—Kookie, estás muy borracho —dijo Yoongi, tratando de quitarle los zapatos—. Ven, vamos a la cama. Te preparé galletas...
Jungkook lo apartó con una patada brusca que impactó directamente en el hombro de Yoongi. El menor cayó al suelo, soltando un gemido de dolor.
—¡Déjame en paz! —gritó Jungkook, su voz arrastrada por el alcohol—. Mi madre tiene razón... eres tan sofocante. Siempre ahí, siempre sonriendo, siempre perdonando... ¡Me das asco!
Yoongi se quedó en el suelo, mirando a Jungkook con los ojos llenos de lágrimas. Las palabras dolían más que los golpes físicos.
—Solo quiero cuidarte... —susurró Yoongi.
—¡No necesito que me cuides! —Jungkook se puso de pie con dificultad y agarró a Yoongi por el cabello, obligándolo a levantarse—. ¿Sabes qué hice esta noche? Bailé con una mujer hermosa. Una mujer que no llora cada vez que le levanto la voz. Una mujer que mis padres aprueban.
—Pero tú me quieres a mí... —sollozó Yoongi, aferrándose a las muñecas de Jungkook—. Dijiste que soy tuyo.
—Eres mi propiedad, Yoongi. No mi pareja —dijo Jungkook, arrastrándolo hacia el dormitorio—. Y ahora mismo, estoy de mal humor porque esa mujer no me dejó tocarla como yo quería. Así que tú vas a tener que compensarlo.
Jungkook lanzó a Yoongi sobre la cama con una violencia renovada. Sus problemas de ira, potenciados por el alcohol, se manifestaron en una serie de bofetadas rápidas que dejaron a Yoongi aturdido. El menor no se defendió. Nunca lo hacía. Simplemente se hizo un ovillo, esperando que la tormenta pasara.
—¡Pídeme perdón! —rugió Jungkook, quitándose el cinturón—. ¡Pídeme perdón por ser tan inútil!
—Perdón, Kookie... perdón —repitió Yoongi mecánicamente, las palabras saliendo entre hipos—. Perdón por no ser suficiente. Perdón por amarte tanto.
Jungkook se detuvo un momento, el cinturón en la mano, mirando la figura temblorosa de Yoongi. Por un segundo, un destello de algo parecido a la duda cruzó sus ojos, pero desapareció tan rápido como llegó. Se lanzó sobre él, buscando en el cuerpo de Yoongi una forma de silenciar sus propios demonios.
La intimidad que siguió fue aún más oscura que la de la noche anterior. No hubo agua caliente para calmar el dolor, solo la fría desesperación de un hombre que no sabía cómo amar sin destruir, y la entrega absoluta de un chico que creía que el dolor era el precio que debía pagar por no estar solo.
Cuando Jungkook finalmente se quedó dormido, sumido en un estupor alcohólico, Yoongi se arrastró fuera de la cama. Sus piernas temblaban y sentía que cada centímetro de su piel ardía. Se dirigió al baño y se miró en el espejo una vez más. Ya no se reconocía. Sus ojos estaban hundidos, su piel llena de marcas rojas y moradas.
Regresó a la sala y buscó a Min-Min. El peluche estaba tirado debajo de la mesa de centro. Yoongi lo recogió y lo abrazó contra su pecho, sentándose en el suelo frío de la cocina.
—Él solo tuvo un mal día, Min-Min —susurró Yoongi, aunque su voz sonaba rota, incluso para él—. El alcohol lo pone así. Pero mañana... mañana cuando despierte, verá las galletas que le hice. Verá que todavía estoy aquí. Y entonces me abrazará.
Yoongi cerró los ojos, apoyando la cabeza contra la madera de los gabinetes. En su mente, comenzó a construir una fantasía donde Jungkook lo llevaba a un parque, donde no había gritos ni golpes, solo el sol y el sabor de los helados. Se aferró a esa imagen con todas sus fuerzas, usándola como un escudo contra la realidad de su cuerpo herido.
Porque para Yoongi, la alternativa de aceptar que Jungkook no lo amaba era demasiado aterradora. Prefería vivir en un infierno de caricias violentas que en el vacío de la soledad. Prefería ser el juguete roto de Jungkook que no ser nada para nadie.
El sol comenzó a asomar por el horizonte una vez más, marcando el inicio de un nuevo día. Un día que, para Yoongi, sería exactamente igual al anterior: una danza desesperada entre la devoción y el abuso, bajo la sombra de un hombre que era su carcelero y su único refugio al mismo tiempo.
—Te amo, Kookie —murmuró al aire vacío, mientras el primer rayo de luz iluminaba las galletas olvidadas sobre la mesa—. Siempre te voy a perdonar.