Pequeño
Cicatrices de Azúcar y Silencio
El amanecer trajo consigo un silencio sepulcral, solo interrumpido por el zumbido monótono del refrigerador y el latido sordo en las sienes de Yoongi. Se había quedado dormido en el suelo de la cocina, abrazado a Min-Min, con las rodillas pegadas al pecho para conservar el poco calor que su cuerpo magullado aún generaba. Cuando abrió los ojos, la luz que entraba por el ventanal le lastimó la vista, obligándolo a parpadear con fuerza.
Se levantó con dificultad, soltando un quejido ahogado. Sentía el cuerpo pesado, como si sus huesos estuvieran hechos de plomo. Al pasar junto a la mesa, vio el plato de galletas. El chocolate se había endurecido y algunas migas se habían esparcido por el mantel de lino. Con un suspiro tembloroso, Yoongi tomó una galleta y la llevó a sus labios, pero no pudo morderla. El nudo en su garganta era demasiado grande.
Caminó hacia la habitación principal con pasos de algodón. Jungkook seguía sumergido en un sueño profundo, ajeno al rastro de destrucción que había dejado tras de sí. Yoongi se quedó en el umbral, observando la espalda desnuda de su novio. Los tatuajes de Jungkook parecían cobrar vida en la penumbra, serpenteando por su piel musculosa. A pesar de todo, Yoongi sintió una oleada de ternura. "Se ve tan tranquilo así", pensó, tratando de borrar de su memoria la imagen del cinturón y los gritos de la madrugada.
Entró en el baño para lavarse la cara. Al encender la luz, el espejo no tuvo piedad. El hematoma de su mejilla había adquirido un tono amarillento en los bordes, pero lo que más le dolió fue ver las nuevas marcas en su cuello, huellas dactilares que parecían un collar de sombras. Se aplicó un poco de crema con dedos temblorosos, siseando de dolor cuando el contacto rozó su piel sensible.
—Tengo que estar lindo para él —susurró para sí mismo, buscando entre sus cosméticos una base de maquillaje de alta cobertura—. Si estoy lindo, no se enojará. Si estoy lindo, me querrá.
Pasó casi una hora frente al espejo, ocultando meticulosamente cada rastro de violencia. Era un experto en el arte del camuflaje; sabía exactamente cuántas capas de corrector necesitaba para que su rostro volviera a ser el de un muñeco de porcelana. Cuando terminó, se puso un suéter de cuello alto de color crema, ocultando las marcas de su cuello y sus brazos. Se miró una última vez y forzó una sonrisa. Se veía perfecto. O al menos, lo suficientemente perfecto para no ser una molestia.
Regresó a la cocina y comenzó a preparar un desayuno ligero: fruta fresca picada, yogur y un té de hierbas para la resaca de Jungkook. Sabía que hoy el hombre estaría irritable, con los nervios a flor de piel por el exceso de alcohol. Tenía que ser extremadamente cuidadoso.
Poco después de las diez, Jungkook apareció en la cocina. Llevaba solo un pantalón de pijama gris, con el cabello desordenado y los ojos inyectados en sangre. No miró a Yoongi; fue directamente hacia la cafetera.
—Toma, Kookie —dijo Yoongi con voz suave, extendiéndole una taza de té—. Esto te ayudará con el dolor de cabeza.
Jungkook tomó la taza sin rozar los dedos de Yoongi. Bebió un sorbo largo y luego miró hacia la mesa, donde estaban las galletas.
—¿Qué es esto? —preguntó con voz ronca.
—Son galletas de chocolate... las que te gustan —respondió Yoongi, acercándose un poco más, buscando ese contacto físico que tanto anhelaba—. Las hice anoche.
Jungkook dejó la taza sobre la encimera con un golpe seco.
—Te dije que no me esperaras despierto, Yoongi. ¿Acaso no puedes seguir una orden simple? —Su voz empezó a subir de tono, esa vibración peligrosa que Yoongi conocía tan bien.
—Lo siento, Kookie... solo quería recibirte. Estaba preocupado por ti.
—¿Preocupado? —Jungkook se giró, acortando la distancia entre ellos en dos zancadas. Agarró a Yoongi por los hombros, apretando con fuerza—. Lo que quieres es controlarme. Quieres que me sienta culpable por salir, por tener una vida fuera de esta jaula de cristal.
—¡No! ¡No es eso! —Yoongi empezó a temblar, sus ojos llenándose de lágrimas—. Solo te amo, Jungkook. Solo quiero que estés bien.
Jungkook lo miró fijamente, sus ojos recorriendo el rostro de Yoongi. Notó el exceso de maquillaje, la forma en que el chico evitaba el contacto visual directo. Su ira pareció transformarse en algo más frío, algo más calculador.
—Te pusiste maquillaje —dijo Jungkook con una sonrisa cínica—. ¿Tan feo te dejé anoche?
Yoongi bajó la cabeza, sintiendo una vergüenza abrasadora.
—No... es solo que quería estar presentable para ti.
Jungkook soltó una carcajada amarga y soltó sus hombros, pero solo para tomar una de las galletas de la mesa. La miró por un momento y luego, con un movimiento deliberado, la dejó caer al suelo y la aplastó con el pie, convirtiéndola en polvo sobre el mármol limpio.
—No quiero tus galletas, Yoongi. No quiero tu piedad. Lo que quiero es que dejes de ser tan... tan tú.
Yoongi sintió que algo se rompía dentro de su pecho. Miró la galleta destrozada en el suelo, el símbolo de su esfuerzo y su amor pisoteado sin piedad. Pero en lugar de gritar, en lugar de reclamar, se agachó para recoger los restos.
—Lo siento... lo limpiaré de inmediato —murmuró, su voz apenas un hilo.
Jungkook lo observó desde arriba, sintiendo una mezcla de satisfacción y asco. Le gustaba ver a Yoongi así, a sus pies, dispuesto a recoger las migajas de su desprecio. Alimentaba su ego, le daba una sensación de poder que ni siquiera el mundo de la mafia podía ofrecerle. Pero al mismo tiempo, la debilidad de Yoongi lo irritaba profundamente.
—Mis padres llamaron de nuevo —dijo Jungkook, volviendo a sentarse—. Dicen que la cena fue un éxito. La hija del socio de Macao quedó encantada conmigo.
Yoongi se detuvo, con los restos de la galleta en la palma de la mano.
—¿Y tú? —preguntó, sin levantar la vista—. ¿Tú quedaste encantado con ella?
Jungkook guardó silencio por un momento, disfrutando del tormento del menor.
—Es inteligente. Elegante. Sabe cómo comportarse en una mesa sin llorar por cada palabra que se le dice. Es lo que mi familia espera de mí, Yoongi.
—Pero ella no te conoce como yo —dijo Yoongi, poniéndose de pie, sus ojos brillando con una determinación desesperada—. Ella no sabe cómo te gusta el café, ni qué haces cuando tienes pesadillas. Ella no te ama, Jungkook. Solo ama tu dinero y tu apellido.
Jungkook se levantó de la silla con una lentitud amenazante. Se acercó a Yoongi hasta que sus pechos casi se tocaban.
—¿Y tú qué amas, Yoongi? ¿Amas los golpes? ¿Amas que te encierre aquí como a un animal doméstico? —Le tomó la cara con una mano, apretando sus mejillas hasta que los labios de Yoongi se fruncieron—. Eres un masoquista. Te gusta que te trate así, porque es la única forma en que te sientes vivo.
—¡No es verdad! —gritó Yoongi, tratando de soltarse—. ¡Te amo a ti! ¡A pesar de todo esto!
—¡Mientes! —rugió Jungkook, perdiendo el control—. ¡Amas la idea de salvarme! ¡Amas sentirte superior porque "perdonas" mis errores! Pero no hay nada que salvar, Yoongi. Soy un monstruo. Y tú eres solo la comida que el monstruo devora cuando tiene hambre.
Jungkook levantó la mano y, por un instante, Yoongi cerró los ojos, esperando el impacto. Pero el golpe no llegó. En su lugar, sintió que Jungkook lo empujaba hacia el pasillo, arrastrándolo hacia el pequeño cuarto que Yoongi usaba como estudio de costura, donde guardaba sus telas y su máquina de coser.
—¡Quédate aquí! —gritó Jungkook, lanzándolo dentro del cuarto—. ¡No quiero verte! ¡No quiero oírte! ¡Quédate aquí con tus trapos y tus peluches hasta que aprenda a soportar tu cara de mártir!
Jungkook cerró la puerta con llave desde fuera. Yoongi golpeó la madera con los puños, suplicando.
—¡Kookie, por favor! ¡No me dejes aquí! ¡Tengo miedo a la oscuridad! ¡Perdón, seré bueno! ¡Lo prometo!
Pero solo escuchó los pasos de Jungkook alejándose hacia la salida del ático. El sonido de la puerta principal cerrándose fue como un disparo en el silencio. Yoongi se dejó caer contra la puerta, sollozando con fuerza. El cuarto de costura no tenía ventanas; era un espacio pequeño y asfixiante lleno de hilos y retazos de tela.
Buscó a ciegas hasta que sus manos tocaron algo suave. Era un viejo peluche de conejo que había estado tratando de arreglar para Jungkook, un recuerdo de sus primeros meses juntos cuando las cosas no eran tan oscuras. Se abrazó a él, escondiendo el rostro en la felpa.
—Él volverá —se dijo a sí mismo, su voz temblando en la oscuridad—. Solo necesita espacio. Está estresado por lo de sus padres. Él me ama... me encerró para protegerme de su enojo. Sí, eso es. Me está protegiendo.
Pasaron las horas. El hambre y la sed empezaron a hacer mella en su cuerpo ya debilitado. Yoongi intentó distraerse ordenando sus hilos por color, pero la oscuridad era casi total. Se quedó sentado en un rincón, meciéndose de adelante hacia atrás, tarareando una canción de cuna que su abuela le cantaba cuando era niño.
—Duerme, pequeño Yoongi... el sol ya se va... —su voz se quebraba con cada palabra.
De repente, escuchó el sonido de la cerradura. La luz del pasillo inundó el cuarto, cegándolo momentáneamente. Jungkook estaba allí, con la silueta recortada contra la claridad. Parecía más calmado, pero su expresión seguía siendo indescifrable.
—Sal —dijo Jungkook con frialdad.
Yoongi salió gateando, sus piernas entumecidas. Se abrazó a las piernas de Jungkook, llorando de alivio.
—Gracias, Kookie... gracias por dejarme salir. Perdón por ser malo. No volveré a contestarte, lo prometo.
Jungkook lo miró hacia abajo, y por primera vez en mucho tiempo, sintió una punzada de algo que se parecía a la lástima, aunque la enterró rápidamente bajo su armadura de frialdad. Se agachó y levantó a Yoongi en sus brazos. El chico pesaba tan poco, se sentía tan frágil.
—Vamos a bañarte —dijo Jungkook, caminando hacia el baño—. Estás lleno de polvo.
Yoongi se aferró a su cuello, ocultando el rostro en su hombro. No le importaba el encierro, no le importaba el hambre. Jungkook lo estaba cargando. Jungkook lo iba a bañar. Para su mente distorsionada, eso era una prueba irrefutable de amor.
En el baño, Jungkook llenó la tina con agua tibia. Desvistió a Yoongi con una inusual lentitud, sus ojos deteniéndose en cada marca, cada hematoma que el maquillaje no había cubierto en el resto de su cuerpo. El contraste entre la piel blanca de Yoongi y las manchas oscuras era un mapa de la crueldad de Jungkook.
—¿Te duele? —preguntó Jungkook, pasando una esponja suave por la espalda de Yoongi.
—Si tú me tocas, no duele —susurró Yoongi, cerrando los ojos bajo la caricia del agua.
Jungkook se quedó en silencio, lavando el cabello de Yoongi con movimientos mecánicos. Se sentía extraño. Por un lado, quería seguir rompiéndolo, ver hasta dónde llegaba la devoción de aquel chico. Por otro, una parte de él —la parte que sus padres no habían logrado erradicar— quería pedirle perdón. Pero pedir perdón era mostrar debilidad, y en su mundo, la debilidad se pagaba con la muerte.
—Mis padres quieren que me comprometa formalmente el próximo mes —soltó Jungkook de repente.
Yoongi se tensó bajo sus manos, pero no abrió los ojos.
—¿Y lo harás?
—Tengo que hacerlo. Es lo mejor para los negocios. Es lo que se espera de un Jeon.
—¿Y qué pasará conmigo? —Yoongi finalmente lo miró, sus ojos grandes y húmedos buscando una respuesta que no fuera una sentencia de muerte.
Jungkook le tomó la cara, sus pulgares acariciando sus pómulos.
—Tú no irás a ninguna parte. Seguirás aquí. Ella tendrá el apellido, pero tú... tú eres el que me pertenece de verdad. Ella nunca sabrá de ti, y tú nunca saldrás de aquí sin mi permiso. Serás mi pequeño secreto eterno.
Yoongi procesó las palabras. Jungkook se casaría con otra. Otra mujer dormiría en su cama, asistiría a sus fiestas, conocería a su familia. Y él se quedaría allí, en las sombras, esperando los momentos en que Jungkook necesitara descargar su ira o su deseo. Era una propuesta humillante, cruel y egoísta.
Pero para Yoongi, era una promesa de que no sería abandonado.
—Si eso significa que puedo seguir viendo tus ojos cada mañana... acepto —dijo Yoongi, hundiendo su rostro en las palmas de las manos de Jungkook.
Jungkook sintió un escalofrío. La devoción de Yoongi era tan absoluta que le resultaba aterradora. Le dio un beso corto en la frente, un gesto casi tierno que hizo que el corazón de Yoongi diera un vuelco.
—Eres tan tonto, Yoongi. Tan increíblemente tonto.
—Soy tu tonto, Kookie. Solo tuyo.
Esa noche, Jungkook no lo golpeó. Lo llevó a la cama y lo abrazó con una fuerza posesiva, como si temiera que el chico pudiera desvanecerse en el aire. Yoongi se durmió con una sonrisa en los labios, convencido de que había ganado una batalla. No entendía que en ese juego de sombras, la única victoria posible era escapar, y él acababa de tirar la llave de su propia celda.
Mientras Yoongi dormía, Jungkook se quedó mirando el techo, escuchando la respiración pausada del menor. Sabía que lo que estaba haciendo estaba mal. Sabía que estaba destruyendo al único ser que lo amaba genuinamente. Pero el poder era una droga adictiva, y el amor de Yoongi era el pedestal sobre el que su ego se mantenía en pie.
—Perdón, pequeño —susurró Jungkook en la oscuridad, tan bajo que ni siquiera él mismo estaba seguro de haberlo dicho—. Pero no sé cómo dejarte ir.
Mañana sería otro día. Mañana habría más gritos, quizás más golpes, y seguramente más perdones. El ciclo continuaría, alimentado por la ira de uno y la desesperación del otro, en ese ático de lujo que se había convertido en un jardín de flores marchitas, donde el único rocío eran las lágrimas y el único sol era la mirada de un hombre que no sabía amar sin lastimar.
Yoongi se removió en sueños, buscando el calor de Jungkook. En su mente, seguía cosiendo aquel conejo de peluche, tratando de unir las piezas rotas de un amor que nunca fue completo, pero que para él, era lo único que daba sentido a su existencia.
—Te amo, Kookie —murmuró entre sueños.
Jungkook cerró los ojos y lo apretó más fuerte, ocultando su rostro en el cuello de Yoongi, donde las marcas de sus propios dedos empezaban a desvanecerse, listas para ser reemplazadas por otras nuevas. El silencio volvió a reinar, un silencio cargado de promesas rotas y una devoción que rozaba la locura.