Pequeño
Sombras de Porcelana y el Vals del Engaño
El despertador de la mesita de noche no llegó a sonar; el silencio en el ático de Jungkook siempre era interrumpido primero por el sonido metálico de su reloj de pulsera golpeando el mármol o por el susurro de las sábanas de seda. Yoongi, sin embargo, ya estaba despierto. Había pasado la mayor parte de la madrugada observando cómo la luz de la luna bañaba el rostro de su "Kookie". En la oscuridad, las facciones endurecidas del empresario se relajaban, y por un instante, Yoongi podía fingir que los moretones que cubrían sus propias costillas eran producto de un sueño pesado y no de la realidad de las últimas horas.
Se levantó con cuidado, sintiendo el cuerpo rígido. Cada paso hacia la cocina era un recordatorio físico de su devoción. Al pasar frente al espejo del pasillo, se detuvo. El maquillaje de ayer se había corrido, revelando el rastro amarillento del golpe en su pómulo. Yoongi suspiró y, con una delicadeza casi ritual, comenzó a limpiar su rostro con una toallita húmeda.
—Hoy será un día especial —se susurró a sí mismo, mirando a Min-Min, que descansaba sobre la cómoda—. Hoy Kookie verá que soy el único que lo cuida de verdad.
Preparó la mesa con un esmero obsesivo. Flores frescas que había pedido por encargo, el café en el punto exacto de amargor y un desayuno tradicional que sabía que Jungkook disfrutaba cuando el estrés de la mafia y las empresas lo asfixiaba. Mientras colocaba los cubiertos, escuchó los pasos firmes. No eran pasos de alguien que despertara con calma; eran los pasos de un hombre que ya estaba calculando su próximo movimiento en un tablero de ajedrez sangriento.
Jungkook entró en la cocina abrochándose los puños de una camisa negra azabache. Sus ojos recorrieron la estancia, ignorando la comida y deteniéndose en la figura de Yoongi, quien le sonreía con una sumisión que rozaba lo angelical.
—Buenos días, Kookie —dijo Yoongi, acercándose para intentar arreglarle el cuello de la camisa—. Te preparé todo lo que te gusta. ¿Dormiste bien?
Jungkook le sujetó las muñecas antes de que pudiera tocarlo. La presión fue lo suficientemente fuerte como para que Yoongi soltara un pequeño jadeo, pero no se apartó. Jungkook lo miró fijamente, buscando algún rastro de rencor por el encierro del día anterior, pero solo encontró ese brillo de adoración incondicional que tanto lo perturbaba y lo alimentaba a la vez.
—Tengo una reunión con mi padre en una hora —dijo Jungkook con voz gélida, soltando las muñecas de Yoongi como si fueran objetos sin valor—. Van a anunciar el compromiso en la prensa económica esta tarde. No quiero que enciendas el televisor ni que revises tu teléfono. ¿Está claro?
Yoongi sintió una punzada de dolor en el pecho, una que ningún golpe físico podía igualar. El compromiso. La mujer de sociedad. El mundo que Jungkook habitaba y del cual él era solo una sombra oculta.
—Está bien, Kookie —respondió Yoongi, bajando la mirada—. Si eso te hace feliz, yo estaré aquí esperándote. ¿Quieres que te prepare algo especial para la cena? Podemos celebrar que... que todo saldrá bien para tu familia.
Jungkook frunció el ceño, soltando una risotada seca y carente de humor.
—¿Celebrar? —Se acercó a Yoongi, obligándolo a retroceder hasta chocar con la encimera—. Eres increíble, Yoongi. Te estoy diciendo que voy a comprometerme con otra persona y tú me pides permiso para cocinarme. ¿No tienes dignidad? ¿O es que los golpes te han dejado el cerebro tan blando como tus peluches?
—Te amo, Jungkook —susurró Yoongi, sus ojos llenándose de lágrimas que se negaba a dejar caer—. La dignidad no importa cuando se trata de nosotros. Tú dijiste que soy tuyo. Ella solo tendrá un papel, pero yo tengo tu corazón... ¿verdad?
Jungkook sintió una oleada de ira repentina. Odiaba esa vulnerabilidad. Odiaba que Yoongi fuera el espejo que le recordaba lo podrido que estaba por dentro. Agarró un plato de la mesa y lo lanzó contra la pared opuesta. El estallido de la porcelana hizo que Yoongi se encogiera, cubriéndose los oídos.
—¡No tienes mi corazón porque no tengo uno! —rugió Jungkook, golpeando la encimera justo al lado de la mano de Yoongi—. ¡Eres una distracción! ¡Un vicio! ¡Y empiezo a cansarme de que siempre estés ahí, con esa cara de lástima, esperando que te trate como a un príncipe después de que te arrastro por el suelo!
Yoongi sollozó, pero en lugar de huir, se lanzó a los brazos de Jungkook, rodeando su cintura con fuerza.
—Perdón, perdón por preguntarte eso —dijo entre hipos—. No me dejes, Kookie. Hazme lo que quieras, pégame si eso te quita el estrés, pero no me digas que te cansas de mí. Soy tu pequeño Yoongi. Soy el único que no te tiene miedo.
Jungkook intentó empujarlo, pero los brazos de Yoongi eran como cadenas de seda, suaves pero imposibles de romper sin causar un daño definitivo. La furia de Jungkook comenzó a mutar, como siempre lo hacía, en una lujuria oscura y posesiva. El contraste entre la piel pálida de Yoongi y su propia ropa oscura, el olor a vainilla del chico mezclado con el aroma a pólvora y colonia cara de Jungkook, creaba un cóctel explosivo.
—Eres un enfermo, Yoongi —murmuró Jungkook, hundiendo sus manos en el cabello del menor y tirando de él hacia atrás para obligarlo a mirarlo—. Y yo soy un monstruo por seguirte el juego.
—Somos el uno para el otro —respondió Yoongi con una sonrisa triste, mientras Jungkook lo levantaba y lo sentaba sobre la mesa, entre los restos del desayuno que tanto esmero le había costado preparar.
El encuentro fue brusco, marcado por la urgencia de Jungkook de reafirmar su dominio y la necesidad de Yoongi de sentir que, al menos en la intimidad, él era el único que importaba. Jungkook no fue gentil; sus manos dejaron nuevas marcas en los muslos de Yoongi, y sus besos eran mordidas que buscaban marcar su propiedad antes de irse a los brazos de una mujer que sus padres habían elegido. Yoongi aceptó cada embestida con gemidos que eran mitad dolor y mitad placer, aferrándose a los hombros de Jungkook como si fueran su única balsa en medio de un naufragio.
Cuando todo terminó, Jungkook se arregló la ropa con una frialdad quirúrgica, como si nada hubiera pasado. Yoongi se quedó sobre la mesa, temblando, con la mirada perdida en los restos del plato roto.
—Limpia este desastre —ordenó Jungkook, poniéndose el saco—. No volveré hasta tarde. Habrá fotógrafos en la puerta del edificio, así que no se te ocurra asomarte al balcón.
—Sí, Kookie —susurró Yoongi, tratando de recuperar el aliento—. Que tengas un buen día en el trabajo.
Jungkook salió sin mirar atrás. El sonido de la puerta cerrándose fue el inicio del calvario diario de Yoongi. Se bajó de la mesa, sintiendo el ardor en su cuerpo, y comenzó a recoger los trozos de porcelana. Cada pedazo roto parecía una parte de su propia alma, pero él los recogía con cuidado, como si pudiera reconstruirlos.
Pasó la tarde en un estado de trance. Intentó coser una nueva oreja para Min-Min, pero sus manos temblaban demasiado. La tentación de encender el televisor era casi insoportable. Quería ver a Jungkook, quería ver cómo lucía en ese mundo de luces y cámaras, aunque fuera al lado de otra persona. Finalmente, cedió.
En la pantalla, apareció Jungkook. Lucía impecable, una estatua de mármol negro rodeada de gente poderosa. A su lado, una mujer joven y hermosa, de una elegancia fría, le sonreía a las cámaras. El locutor hablaba de "la boda del siglo" y de la unión de dos imperios. Yoongi sintió que el aire le faltaba. Se abrazó a su peluche, sintiendo cómo las lágrimas mojaban la felpa gris.
—Él tiene que hacerlo, Min-Min —le decía al muñeco—. Es por su familia. Él me lo explicó. Él me ama a mí en la oscuridad, y eso es más real que lo que ellos tienen bajo los focos.
De pronto, el timbre del ático sonó. Yoongi se sobresaltó. Jungkook nunca tocaba el timbre, tenía su propia clave y huella dactilar. ¿Sería un mensajero? ¿O quizás sus padres habían enviado a alguien para deshacerse de él finalmente? Con el corazón en la garganta, se acercó a la puerta y miró por la cámara de seguridad.
Era un hombre joven, de aspecto amable pero con ojos que denotaban una profunda tristeza. Yoongi no lo reconoció al principio, hasta que recordó las fotos que Jungkook guardaba en un cajón bajo llave. Era un antiguo "amigo" de Jungkook, alguien que había desaparecido de su vida años atrás.
—¿Quién es? —preguntó Yoongi a través del intercomunicador, con la voz trémula.
—Sé quién eres, Yoongi —dijo el hombre desde el otro lado—. Y sé lo que Jungkook te está haciendo. No tienes que vivir así. He venido a sacarte de aquí antes de que sea demasiado tarde.
Yoongi retrocedió, como si el intercomunicador le hubiera dado una descarga eléctrica.
—¡Váyase! —gritó—. ¡Kookie me ama! ¡Él me cuida! No necesito que nadie me salve.
—Yoongi, mírame —insistió el hombre—. Yo también pensé que me amaba. Mira mi cicatriz. —El hombre señaló una marca que cruzaba su cuello, casi idéntica a las que Yoongi intentaba ocultar con maquillaje—. Él no cambia. Solo rompe juguetes nuevos. Mañana se casará y tú te quedarás encerrado en esta jaula hasta que un día pierda el control de verdad y no despiertes.
—¡Miente! —Yoongi desconectó el sistema y se alejó de la puerta, refugiándose en el rincón más oscuro de la sala—. Kookie es bueno. Él me dio un baño. Él me abraza. Él me necesita... yo soy su refugio.
El hombre golpeó la puerta un par de veces más y luego el silencio regresó. Pero la semilla de la duda, por pequeña que fuera, había sido plantada. Yoongi se miró las manos; estaban llenas de pequeñas cicatrices y marcas. Recordó el estofado tirado, el encierro en el cuarto de costura, el plato roto.
—No... —sollozó, acurrucándose en el suelo—. Él me ama. Él solo tiene mucha ira. Yo puedo curarlo. Solo necesito ser más obediente, más dulce...
Las horas pasaron y la noche cayó sobre Seúl. Yoongi no encendió las luces. Se quedó sentado frente a la puerta, esperando el sonido de la cerradura. Cuando Jungkook finalmente regresó, el olor a alcohol y a un perfume floral que no era el de Yoongi inundó el recibidor.
Jungkook entró tambaleándose ligeramente, su corbata colgando de su cuello. Al ver a Yoongi sentado en el suelo, en la oscuridad, su primera reacción fue de irritación.
—¿Qué haces ahí como un fantasma? —escupió Jungkook, encendiendo la luz bruscamente—. Te dije que no quería escenas.
Yoongi se levantó lentamente. Sus ojos estaban rojos de tanto llorar, pero su expresión era de una calma aterradora.
—Vino un hombre, Kookie —dijo Yoongi en un susurro—. Dijo que tú no me amas. Dijo que solo me rompes.
Jungkook se tensó. Su mirada se volvió peligrosa, esa neblina roja que precedía a sus peores ataques de ira comenzó a nublar su vista.
—¿Quién vino? —preguntó, acercándose a Yoongi con pasos lentos y pesados.
—No importa —respondió Yoongi, dando un paso hacia él y poniendo sus manos sobre el pecho de Jungkook—. Le dije que se fuera. Le dije que tú eres mi mundo. Pero, Kookie... ¿es verdad que mañana te casarás? ¿Es verdad que ella dormirá donde yo duermo?
Jungkook lo agarró por el cuello del suéter y lo levantó del suelo, estampándolo contra la pared. El impacto hizo que los cuadros cercanos vibraran.
—¡Te dije que no hicieras preguntas! —rugió Jungkook—. ¡Te dije que tu lugar es aquí, callado y sumiso! ¿Quién te crees que eres para cuestionarme? ¡Eres nada! ¡Un huérfano que recogí porque me divertía tu inocencia!
Yoongi no cerró los ojos esta vez. Miró directamente a los ojos de Jungkook, buscando ese destello de humanidad que siempre creía ver.
—Si soy nada... ¿por qué me aprietas tan fuerte? —preguntó Yoongi con una sonrisa rota—. ¿Por qué me marcas si no tienes miedo de perderme?
El golpe fue seco y brutal. Jungkook le propinó un puñetazo en el estómago que dejó a Yoongi sin aire, haciéndolo caer de rodillas. Luego, lo agarró del cabello y lo arrastró hacia el baño, el lugar que se había convertido en el escenario de sus encuentros más intensos y sus pesadillas más profundas.
—¿Quieres saber qué eres? —gritó Jungkook, abriendo el grifo de la tina con furia—. Eres mi escape. Eres donde tiro toda la basura que el mundo me obliga a tragar. Y si no te gusta, puedes irte ahora mismo... pero sabemos que no lo harás. Porque eres tan patético que prefieres que te mate antes de estar solo.
Jungkook lo lanzó dentro de la tina vacía. El cuerpo de Yoongi golpeó el fondo frío con un sonido hueco. Jungkook se quitó el cinturón, sus ojos brillando con una locura que Yoongi nunca había visto antes. El estrés del compromiso, la presión de su padre y la visita del hombre del pasado habían hecho estallar la presa.
—¡Perdón, Kookie! —gritó Yoongi, cubriéndose la cabeza—. ¡Perdón! ¡Te amo! ¡No me dejes!
Los golpes del cinturón comenzaron a caer, rítmicos y despiadados. Yoongi gritaba, sus súplicas llenando el baño de mármol, pero Jungkook no se detenía. Estaba descargando años de frustración en el único ser que sabía que no se defendería. El agua comenzó a llenar la tina, mezclándose con las lágrimas y la sangre de los labios de Yoongi.
De repente, Jungkook se detuvo. Su respiración era errática, sus nudillos estaban blancos de tanto apretar el cuero del cinturón. Miró a Yoongi, que estaba hecho un ovillo en el fondo de la tina, temblando violentamente, con el agua cubriéndole la mitad del cuerpo.
El silencio que siguió fue más aterrador que los gritos. Jungkook dejó caer el cinturón al suelo y se sentó en el borde de la tina, cubriéndose el rostro con las manos.
—Vete, Yoongi —dijo con una voz quebrada, casi irreconocible—. Vete antes de que termine de romperte del todo.
Yoongi, a pesar del dolor agonizante, a pesar de que sentía que se desmayaría en cualquier momento, se arrastró hacia el borde de la tina y puso sus manos húmedas sobre las rodillas de Jungkook.
—No —susurró Yoongi—. No me voy a ir. Porque si me voy, ¿quién te va a querer cuando seas un monstruo? ¿Quién te va a perdonar cuando nadie más lo haga?
Jungkook levantó la vista. Sus ojos estaban llenos de lágrimas, una visión que Yoongi nunca pensó presenciar. El gran mafioso, el empresario multimillonario, estaba llorando frente a su muñeco roto.
—¿Por qué? —preguntó Jungkook—. ¿Por qué me haces esto? Deberías odiarme.
—Porque el amor no es lo que sale en la televisión, Kookie —dijo Yoongi, acercándose para besar la frente de Jungkook, a pesar de que cada movimiento era un suplicio—. El amor es quedarse cuando todo está oscuro. El amor es ser el refugio de alguien, aunque ese refugio a veces se caiga a pedazos.
Jungkook se metió en la tina, con ropa y todo, y abrazó a Yoongi con una desesperación infantil. Lo apretó contra su pecho, sollozando en su hombro, mientras el agua caliente los rodeaba a ambos. En ese momento, en ese baño de lujo manchado de violencia, los roles se invirtieron. El fuerte era el débil, y el roto era el que sostenía las piezas.
—Mañana me caso —susurró Jungkook contra su piel—. Pero esta noche... esta noche solo quiero ser tuyo.
—Siempre has sido mío, Kookie —respondió Yoongi, cerrando los ojos y dejándose acunar por el hombre que lo destruía y lo salvaba en el mismo acto—. Siempre.
La intimidad que siguió fue diferente. Fue lenta, cargada de una tristeza infinita y una necesidad mutua de borrar la realidad. Jungkook acarició cada marca que acababa de crear, sus labios dejando rastros de un arrepentimiento mudo sobre la piel de Yoongi. No hubo palabras de amor, porque ambos sabían que las palabras no tenían lugar en su mundo. Solo hubo el calor de sus cuerpos y el sonido del agua desbordándose de la tina, como las lágrimas que ambos se negaban a soltar por el futuro que les esperaba.
Cuando el sol comenzó a asomar, Jungkook se levantó para prepararse para su boda. Se vistió con su traje de gala, sin mirar a Yoongi, que permanecía en la cama, envuelto en las sábanas negras.
—Quédate en casa —dijo Jungkook antes de salir.
—Aquí estaré, Kookie —respondió Yoongi con una sonrisa débil, abrazando a Min-Min—. Esperando a que vuelvas a casa.
Jungkook cerró la puerta y Yoongi se quedó solo en el silencio del ático. Sabía que a partir de hoy, todo sería más difícil. Sabía que habría más noches oscuras y más mañanas de maquillaje y mentiras. Pero mientras Jungkook volviera a él, mientras pudiera ser su secreto, Yoongi seguiría sonriendo.
Porque para un chico que nunca conoció el amor verdadero, el dolor de Jungkook era lo más parecido a una caricia que jamás tendría. Y en su mente infantil y devota, eso era más que suficiente para seguir viviendo en su jaula de porcelana, esperando el próximo golpe que viniera acompañado de un abrazo.