Pequeño inocente
Sombras de cristal y ceniza
La noche se había asentado sobre la mansión Jeon como un manto pesado y asfixiante. El aire en los pasillos se sentía denso, cargado con el residuo de la violencia de la tarde anterior. Yoongi, sin embargo, no guardaba rencor. Su mente, protegida por una capa de inocencia casi infantil, había archivado el dolor como un "mal momento" que él mismo había provocado por no ser lo suficientemente servicial. En su lógica fragmentada, si Jungkook estaba enojado, era porque el mundo exterior era cruel y él, Yoongi, no estaba haciendo lo suficiente para aliviar esa carga.
Con el cuerpo aún adolorido y marcas violáceas floreciendo en sus costados, Yoongi se levantó de la cama. Eran pasadas las dos de la mañana. Sabía que Jungkook seguía en su despacho; la luz que se filtraba por debajo de la puerta de roble al final del pasillo era una señal constante de que el "monstruo" seguía despierto, alimentándose de documentos, llamadas amenazantes y planes de poder.
—Kookie tiene que descansar —susurró Yoongi para sí mismo, mientras caminaba de puntillas hacia la cocina—. Un té de tila lo ayudará a dormir. Mamá decía que la tila calma el corazón.
Con movimientos torpes pero llenos de intención, preparó la bebida. Sus manos pequeñas temblaban un poco al sostener la bandeja de plata. Colocó la taza humeante y un pequeño plato con las pocas galletas que había logrado rescatar de la basura antes de que se ensuciaran demasiado, limpiándolas con esmero. Quería redimirse. Quería que el Jungkook que a veces le acariciaba el cabello volviera.
Llegó frente a la imponente puerta del despacho. Su corazón latía con fuerza contra sus costillas, un recordatorio físico del miedo que intentaba ignorar.
—¿Kookie? —llamó con suavidad, dando unos golpecitos casi imperceptibles—. ¿Puedo entrar? Yoongi trajo algo para que descanses.
Desde adentro, se escuchó un gruñido seco, una voz ronca que arrastraba el cansancio de mil batallas.
—Pasa. Y no hagas ruido.
Yoongi empujó la puerta con el hombro, manteniendo el equilibrio de la bandeja. El despacho olía a tabaco caro, cuero y alcohol. Jungkook estaba sentado tras su enorme escritorio de caoba, rodeado de carpetas abiertas y una computadora portátil que emitía una luz azulada y fría sobre su rostro endurecido.
—Hola, Kookie —dijo Yoongi con una sonrisa tímida, acercándose lentamente—. Te traje té. No has dormido nada y...
—Déjalo ahí y lárgate, Yoongi —interrumpió Jungkook sin levantar la vista de unos contratos que acababa de firmar con una pluma fuente de oro—. No tengo tiempo para tus mimos.
Yoongi asintió frenéticamente, queriendo obedecer rápido para no molestar. Sin embargo, su propia ansiedad fue su enemiga. Al intentar colocar la bandeja en el único espacio libre del escritorio, su pie se enredó con la pesada alfombra persa. El equilibrio, siempre precario en su estado de nerviosismo, se rompió.
El tiempo pareció ralentizarse. La bandeja se inclinó. La taza de té caliente salió volando, volcando su contenido ámbar directamente sobre tres de las hojas que Jungkook acababa de firmar. Pero el desastre no terminó ahí. El líquido caliente salpicó el teclado de la computadora de última generación, que emitió un siseo eléctrico antes de que la pantalla se apagara por completo.
En un intento desesperado por atrapar la taza, Yoongi extendió los brazos, golpeando un jarrón de porcelana de la dinastía Ming que adornaba la esquina del escritorio. El jarrón, una pieza invaluable que Jungkook apreciaba por ser un trofeo de una de sus conquistas territoriales, cayó al suelo y se hizo mil pedazos con un estruendo que pareció desgarrar el silencio de la noche.
El silencio que siguió fue sepulcral, roto solo por el goteo del té cayendo desde el borde del escritorio al suelo. Yoongi se quedó paralizado, con las manos suspendidas en el aire y los ojos desorbitados por el terror.
—Yo... yo... Kookie, lo siento... —empezó a sollozar, el aire escapándose de sus pulmones—. Fue un accidente, lo juro, yo solo quería...
Jungkook se puso de pie lentamente. No gritó de inmediato, lo cual era mucho más aterrador. Su rostro estaba lívido, sus ojos oscuros fijos en los papeles chorreantes donde la tinta de las firmas se corría, volviéndolos inútiles. Aquellos contratos eran el resultado de meses de extorsión y negociación.
—¿Tienes idea de lo que acabas de hacer? —La voz de Jungkook era un susurro letal, vibrando con una furia que Yoongi nunca había presenciado.
—¡Lo limpiaré! ¡Puedo arreglarlo! —Yoongi se arrodilló, intentando recoger los pedazos del jarrón con sus manos desnudas, cortándose los dedos en el proceso—. ¡Perdón, Kookie! ¡Yoongi es tonto, Yoongi es malo!
—¡Eres un maldito estorbo! —rugió Jungkook, rodeando el escritorio de un salto y sujetando a Yoongi por el cuello de su pijama—. ¡Esos papeles eran millones de wones! ¡Esa computadora tenía la base de datos de la organización! ¡Y el jarrón...!
Sin previo aviso, el primer golpe impactó en la mejilla de Yoongi, lanzándolo contra la estantería de libros. El chico soltó un alarido de dolor, pero Jungkook no se detuvo. Lo agarró del brazo y lo lanzó al centro de la habitación, donde el espacio era más amplio para su carnicería.
—¡Por favor! ¡No me pegues más! —suplicó Yoongi, cubriéndose la cabeza mientras Jungkook le propinaba una serie de patadas en el estómago y las piernas.
—Te di una oportunidad, te dejé quedarte aquí a pesar de que no sirves para nada —escupió Jungkook, desabrochándose el cinturón de cuero negro con movimientos mecánicos y violentos—. Pero parece que no entiendes con palabras. Necesitas un castigo de verdad.
Yoongi intentó gatear hacia la salida, pero Jungkook lo atrapó de un tobillo y lo arrastró de regreso. El sonido del cinturón azotando el aire fue el preludio de una agonía nueva. Cada golpe del cuero contra la espalda de Yoongi dejaba una estela de fuego. El pequeño gritaba, llamando a sus padres, pidiendo clemencia a un hombre que ya no tenía rastro de humanidad en sus pupilas.
—¡Duele! ¡Kookie, por favor, me voy a morir! —gritaba Yoongi, su voz volviéndose ronca por el llanto.
—A lo mejor así aprendes a no tocar lo que no te pertenece —dijo Jungkook, propinando un último azote que hizo que Yoongi se arqueara en el suelo, temblando violentamente.
Jungkook lo levantó del suelo como si no pesara nada. Yoongi estaba casi inconsciente, con la mirada perdida y la boca manchada de sangre. El mafioso lo arrastró fuera del despacho, por un pasillo lateral que conducía a una parte de la mansión que Yoongi odiaba: el sótano de servicio, donde había un pequeño cuarto de almacenamiento sin ventanas, oscuro y frío.
Abrió la puerta de hierro y arrojó a Yoongi al interior. El chico cayó sobre el suelo de cemento frío.
—¡No! ¡Kookie, no me dejes aquí! —Yoongi se arrastró hacia la puerta, estirando sus manos ensangrentadas—. ¡Está oscuro! ¡Me da miedo la oscuridad, por favor!
—Te quedarás aquí hasta que aprenda a soportar tu cara de nuevo —sentenció Jungkook con frialdad—. Quizás la oscuridad te enseñe a ser útil, o al menos a quedarte quieto.
—¡No, por favor! —Yoongi lloraba desconsoladamente, golpeando la puerta con sus puños débiles—. ¡Seré bueno! ¡Lo prometo! ¡Kookie, te quiero! ¡No me dejes solito!
La puerta se cerró con un sonido metálico y definitivo. El clic de la cerradura resonó como un disparo.
Adentro, la oscuridad era absoluta. Yoongi se quedó en silencio un segundo, esperando que fuera una broma, que Jungkook abriera la puerta y se riera, diciéndole que todo estaba bien. Pero solo escuchó los pasos de Jungkook alejándose, firmes y sin remordimiento.
El pánico se apoderó de él. Yoongi sufría de un trauma profundo relacionado con los espacios cerrados desde el accidente de sus padres, y Jungkook lo sabía, pero en ese momento, al hombre no le importaba. El pequeño se hizo un ovillo en una esquina, abrazando sus propias rodillas, meciéndose de adelante hacia atrás.
—Mamá... papá... vengan por mí —susurró, su voz quebrada por los espasmos del llanto—. Yoongi fue malo. Yoongi rompió las cosas de Kookie. Perdón... por favor, que alguien prenda la luz.
El frío del cemento empezó a calar en sus huesos, y las heridas de su espalda ardían como si le hubieran echado sal. Cada sombra que su mente imaginaba en la negrura total se convertía en un monstruo. Veía los ojos rojos de Jungkook en cada rincón, escuchaba el chasquido del cinturón en el aire.
Pasaron las horas. El tiempo en el cuarto oscuro no se medía en minutos, sino en latidos de miedo. Yoongi perdió la noción de cuánto tiempo llevaba allí. Su garganta estaba seca de tanto rogar, y sus ojos estaban hinchados de tanto llorar. A ratos, se quedaba dormido por el agotamiento, solo para despertar gritando cuando soñaba con el jarrón rompiéndose una y otra vez.
—Kookie... tengo hambre... tengo frío —murmuraba, su mente infantil empezando a desvariar—. Prometo no hacer té nunca más. Prometo no salir de mi cuarto. Pero sácame de aquí...
Mientras tanto, arriba, Jungkook estaba sentado en su cama, mirando el techo. El alcohol ya no surtía efecto. Sus manos aún temblaban levemente por la descarga de adrenalina. Sabía que se había excedido. Sabía que Yoongi era frágil, que su mente no funcionaba como la de un adulto normal. Pero el orgullo y la educación de su padre le impedían bajar y abrir esa puerta.
"Si lo consientes después de esto, lo perderás", se decía a sí mismo. "Tiene que entender quién es el dueño".
Sin embargo, el silencio de la casa se sentía diferente. Faltaba el tarareo suave, el olor a galletas, la presencia cálida que, aunque él despreciara, era lo único que mantenía su humanidad a flote.
Finalmente, cuando los primeros rayos del alba empezaron a teñir el cielo de un gris pálido, Jungkook se levantó. Caminó hacia el sótano con pasos lentos. Al llegar a la puerta de hierro, se detuvo. No se escuchaba nada desde el interior.
—¿Yoongi? —llamó, su voz recuperando un poco de la aspereza habitual.
No hubo respuesta.
Jungkook frunció el ceño y giró la llave. Al abrir la puerta, la luz del pasillo inundó el pequeño cuarto. Yoongi estaba en el suelo, pálido, con las mejillas cubiertas de lágrimas secas y sangre. No se movió. Parecía una muñeca de porcelana que alguien había arrojado a la basura después de jugar demasiado brusco con ella.
Jungkook sintió una punzada extraña en el pecho, algo que se negaba a llamar culpa. Se inclinó y lo tomó en brazos. El cuerpo de Yoongi estaba helado y flácido.
—Despierta —ordenó Jungkook, sacudiéndolo suavemente—. Ya pasó el castigo.
Yoongi abrió los ojos lentamente. Sus pupilas tardaron en enfocar. Cuando vio a Jungkook, no sonrió. No intentó abrazarlo. En cambio, se encogió sobre sí mismo, soltando un gemido de terror puro y tratando de alejarse, golpeando su espalda contra la pared.
—¡No! ¡No me pegues! ¡Yoongi será bueno! ¡No me dejes en la oscuridad! —gritó, cubriéndose la cara con los brazos, temblando de una manera que parecía que sus huesos se iban a romper.
Jungkook se quedó paralizado. Yoongi siempre lo perdonaba de inmediato, siempre buscaba su refugio después de una paliza. Pero esta vez, algo se había quebrado. El brillo de adoración en los ojos del pequeño había sido reemplazado por un vacío absoluto, por un miedo que iba más allá de lo físico.
—Cállate, no te voy a pegar —dijo Jungkook, tratando de sonar firme, aunque su mano vaciló antes de tocarle el hombro—. Vamos arriba.
Yoongi no respondió con palabras. Se dejó llevar, pero su cuerpo estaba rígido, sus ojos fijos en un punto inexistente. Jungkook lo llevó hasta el baño de su habitación principal y lo sentó en el borde de la tina. Con una esponja y agua tibia, comenzó a limpiar la sangre y la suciedad de su piel.
Yoongi no emitió ni un sonido cuando el agua tocó las heridas abiertas de su espalda. Solo miraba al vacío, con una expresión de resignación que resultaba desgarradora.
—¿Te duele? —preguntó Jungkook en voz baja, casi sin darse cuenta.
Yoongi giró la cabeza muy despacio. Sus labios temblaron, pero no salió ninguna palabra "infantil".
—El señor Jungkook dijo que el dolor es lo que merezco —respondió Yoongi con una voz monótona, despojada de toda su ternura habitual—. Yoongi ya no quiere el té. Yoongi ya no quiere las galletas.
Jungkook sintió un escalofrío. Esa falta de emoción era peor que los gritos. Había roto el juguete. Había apagado la luz de la única persona que lo amaba sin condiciones.
—Vuelve a decirme Kookie —pidió Jungkook, una orden oculta tras un ruego.
Yoongi lo miró a los ojos, y por un momento, Jungkook vio el reflejo de su propio monstruo en esas pupilas oscuras.
—Kookie se murió en la oscuridad —susurró Yoongi, volviendo a bajar la vista—. Solo queda el señor Jungkook.
Jungkook apretó la esponja con fuerza, sintiendo un vacío repentino en el estómago. Terminó de lavarlo en silencio, lo vistió con una pijama limpia y lo acostó en la cama grande, envolviéndolo en las mantas de seda. Yoongi se quedó quieto, como un cadáver que aún respira.
El mafioso salió de la habitación y regresó a su despacho. Vio el jarrón roto, los papeles arruinados y la computadora inservible. Pero por primera vez en su vida, esas cosas no le parecieron importantes. El silencio de la mansión, que antes era su refugio de poder, ahora se sentía como la celda oscura donde había encerrado a Yoongi.
Se sirvió otro whisky, pero la mano le temblaba tanto que el líquido se derramó sobre sus nudillos heridos. Se dio cuenta de que, en su afán por tener el control absoluto, por no ser débil como su padre le advirtió, había terminado perdiendo lo único que le daba un motivo para volver a casa.
Había encadenado a Yoongi con seda y hierro, pero el hierro había terminado por cortar la seda, dejando solo cicatrices que ni todo el oro del mundo podría borrar. Y mientras el sol terminaba de salir, Jungkook comprendió que el verdadero prisionero de esa mansión no era el chico asustado en la cama, sino el hombre que no sabía cómo pedir perdón sin romper algo más en el proceso.