Pequeño inocente
Lágrimas sobre el terciopelo
El tiempo en la mansión Jeon tenía una cualidad elástica y extraña. Para Yoongi, los días de encierro y dolor se desvanecían como el humo de las velas una vez que Jungkook volvía a permitirle ver la luz del sol. Su mente, configurada para buscar la supervivencia a través de la ternura, se negaba a retener la amargura. Las cicatrices en su espalda aún estaban frescas, recordatorios rosáceos de la noche en el sótano, pero Yoongi se miraba al espejo y decidía que el "Señor Jungkook" se había ido, y que su "Kookie" estaba de vuelta.
Habían pasado apenas unos días desde el incidente del jarrón. Yoongi, con esa resiliencia casi mágica que solo poseen los que aman sin límites, ya estaba de nuevo en la cocina. El delantal de ositos estaba de vuelta, y el aroma a guiso de ternera y arroz al vapor llenaba el aire. Canturreaba una melodía infantil, moviendo los pies descalzos sobre el mármol frío.
—A Kookie le gusta mucho la carne —se decía a sí mismo, probando el caldo con una cuchara de madera—. Si come bien, estará menos cansado. Si está menos cansado, no habrá oscuridad.
Yoongi vivía en un ciclo de esperanza perpetua. Creía que si lograba la receta perfecta, el ambiente perfecto, el silencio perfecto, Jungkook finalmente dejaría de lado el látigo y el puño para siempre. No entendía que el hambre de Jungkook no era de comida, sino de un control que el mundo exterior intentaba arrebatarle a cada paso.
El sonido del motor de los autos negros en la entrada interrumpió su paz. Yoongi se tensó, sus hombros subieron hasta sus orejas por puro instinto, pero rápidamente forzó una sonrisa. Se limpió las manos en el delantal y corrió hacia la puerta principal, deteniéndose justo antes de cruzar la línea que Jungkook le había marcado como prohibida.
Jungkook entró. Su presencia era como una tormenta eléctrica que precedía a la lluvia. Su rostro estaba más pálido de lo habitual, y sus ojos tenían un brillo febril, una mezcla de agotamiento extremo y una furia que parecía estar a punto de desbordarse. No saludó. No miró a Yoongi. Simplemente pasó a su lado, dejando un rastro de olor a pólvora y sudor frío.
—¡Kookie! —exclamó Yoongi, tratando de mantener el tono alegre—. La cena está lista. Hice tu favorito, el que tiene mucha salsa...
—No tengo hambre, Yoongi —cortó Jungkook, su voz era un hilo áspero que raspaba el aire—. Quítate de mi vista.
Yoongi sintió el pinchazo familiar en el pecho, pero no se rindió. Se acercó un paso más, extendiendo una mano temblorosa hacia el brazo tatuado de su novio.
—Pero has trabajado mucho... necesitas comer para estar fuerte —insistió con dulzura, su voz pequeña y cargada de una preocupación genuina—. Ven, siéntate, yo te sirvo...
Jungkook se detuvo en seco. Se giró tan rápido que Yoongi no tuvo tiempo de reaccionar. El agarre en su brazo fue como una tenaza de hierro, apretando justo donde aún tenía moretones de la semana pasada.
—¿Es que nunca aprendes? —gruñó Jungkook, acercando su rostro al de Yoongi—. Te dije que te quitaras de mi vista. El puerto está bajo asedio, la policía está husmeando en mis cuentas y tú vienes aquí con tus malditas cenas y tus mimos de niño pequeño.
—Yo solo... solo quería cuidar de ti —susurró Yoongi, las lágrimas asomando ya en sus ojos grandes y brillantes.
—¡No necesito que me cuides! —rugió Jungkook.
Sin soltarlo, lo arrastró escaleras arriba. Yoongi tropezaba, sus pies golpeando los escalones, pero Jungkook no disminuía la velocidad. El miedo volvió a inundar el sistema de Yoongi, ese pánico que lo hacía sentir pequeño, como un insecto bajo una bota. Sabía lo que venía. Sabía que Jungkook necesitaba descargar esa presión interna, y él era el único saco de boxeo que el mafioso se permitía tener.
Al llegar a la habitación principal, Jungkook lo lanzó sobre la cama con una violencia que hizo que Yoongi rebotara. El pelinegro comenzó a quitarse la ropa con movimientos erráticos, casi desesperados.
—Kookie, por favor... —suplicó Yoongi, encogiéndose en el centro del colchón—. Hoy no, me duele todavía... por favor, seamos buenos...
—¡Cállate! —Jungkook se abalanzó sobre él, inmovilizándolo con su peso—. ¡Cállate y haz lo único para lo que sirves!
Lo que siguió fue un acto de posesión brutal. Jungkook no buscaba placer, buscaba anestesia. Sus manos eran rudas, sus movimientos carecían de cualquier rastro de afecto. Yoongi lloraba en silencio, hundiendo el rostro en las almohadas, sintiendo cómo su cuerpo era utilizado una vez más como un recipiente para la rabia de otro. Cada embestida era un recordatorio de su propia impotencia, de cómo el amor que sentía se convertía en la cadena que le impedía huir.
Sin embargo, en medio del acto, algo cambió.
El ritmo de Jungkook, que era errático y violento, empezó a disminuir. Sus manos, que apretaban los hombros de Yoongi con fuerza, comenzaron a temblar. Yoongi, a pesar de su propio dolor, sintió un cambio en la respiración sobre su nuca. Ya no eran jadeos de esfuerzo, sino algo más entrecortado, más agudo.
De repente, Jungkook se detuvo por completo. Se dejó caer sobre el cuerpo de Yoongi, pero no de la forma dominante de siempre. Se hundió en él.
Yoongi, confundido y asustado, se quedó muy quieto. Entonces, lo escuchó. Un sollozo. Un sonido pequeño, roto, que no pertenecía al temido líder de la mafia Jeon.
—¿Kookie? —preguntó Yoongi en un susurro, girando la cabeza con dificultad.
Jungkook no respondió. Su rostro estaba enterrado en el hueco del cuello de Yoongi, y su cabello azabache caía como una cortina, ocultándolo todo. Pero Yoongi sintió la humedad. Lágrimas calientes y abundantes empezaron a empapar su piel, deslizándose por su clavícula.
Jungkook estaba llorando. No era un llanto silencioso y digno; era el llanto de alguien que se ha roto por dentro, un desmoronamiento total de la fachada de hierro que su padre le había obligado a construir desde los cinco años. Sus hombros se sacudían violentamente y sus dedos se clavaban en las sábanas, como si intentara aferrarse a la realidad para no ser arrastrado por un abismo.
El miedo de Yoongi desapareció en un instante, reemplazado por un instinto protector que era más fuerte que cualquier moretón. Olvidó el dolor en sus caderas, olvidó el trato rudo de hace unos minutos. Solo vio a un hombre sufriendo, a su hombre, rompiéndose en mil pedazos.
Con cuidado, Yoongi se dio la vuelta debajo de él. Jungkook no se resistió; se dejó manipular como si no tuviera huesos. Yoongi lo rodeó con sus brazos delgados, atrayéndolo hacia su pecho.
—Ya está, Kookie... ya está —susurró Yoongi, usando ese tono suave que usaba para calmar a sus peluches cuando imaginaba que estaban tristes—. Yoongi está aquí. No llores, mi kook.
Jungkook soltó un gemido lastimero, un sonido que le desgarró el alma a Yoongi, y se aferró a la cintura del chico con una fuerza desesperada. Escondió la cara en el pecho de Yoongi, sollozando con una intensidad que hacía que todo el cuerpo de ambos vibrara. En ese momento, Jungkook no era el mafioso temido por toda la ciudad; era un niño perdido, abrumado por el peso de una vida que nunca eligió, por la sangre en sus manos y la soledad en su corazón.
Yoongi no preguntó qué había pasado en el puerto. No preguntó por los negocios, ni por las amenazas, ni por qué lo había tratado tan mal minutos antes. Simplemente comenzó a pasar sus manos por el cabello de Jungkook, acariciando las hebras oscuras con una ternura infinita.
—Shh... tranquilo... —Yoongi empezó a mecerse suavemente, a pesar de estar acostados—. Estás a salvo. Aquí nadie puede hacerte daño. Yoongi te cuida.
Jungkook apretó más el agarre. Sus uñas se enterraban en la espalda de Yoongi, pero al chico no le importó. Entendía, en su corazón inocente, que Jungkook estaba tratando de anclarse a algo real, a algo que no fuera violencia o traición. Y ese algo era él.
—Lo siento... —logró articular Jungkook entre espasmos, su voz era casi irreconocible—. Yoongi... lo siento tanto...
Era la primera vez que Jungkook pedía perdón. Las palabras salieron cargadas de una agonía genuina. El peso de lo que le hacía a Yoongi, sumado al peso de su mundo criminal, parecía haber colapsado sobre él esa noche.
—No digas nada, Kookie —dijo Yoongi, dándole un beso tierno en la coronilla—. Solo descansa. Yoongi no está enojado. Yoongi te quiere mucho, mucho.
Se quedaron así durante mucho tiempo. La luna se movía lentamente por el cielo, proyectando sombras alargadas sobre la cama. Jungkook siguió llorando hasta que sus glándulas lagrimales se secaron, dejando paso a un hipo errático y, finalmente, a un agotamiento absoluto. No se separó de Yoongi ni un milímetro. Se aferraba a él como si Yoongi fuera el único salvavidas en un océano de ceniza.
Yoongi continuó con sus mimos. Le sobaba la espalda con movimientos circulares, le susurraba palabras dulces y le acariciaba el rostro, limpiando el rastro de las lágrimas con sus pulgares. Ver a Jungkook así, tan vulnerable y roto, le dio a Yoongi una extraña sensación de propósito. Él era el pilar. Él era el único lugar en el mundo donde Jungkook podía dejar de ser un monstruo y simplemente ser humano.
—Duerme, Kookie —susurró Yoongi al notar que la respiración del más alto se volvía más pesada—. Mañana el sol saldrá de nuevo.
Jungkook, en la duermevela, murmuró algo ininteligible y hundió más la nariz en el pecho de Yoongi, buscando su calor, su olor a vainilla y jabón. Por esa noche, las cadenas de hierro se habían fundido. No había mafioso, ni víctima, ni castigos, ni sombras. Solo había dos almas rotas tratando de encajar sus piezas en la oscuridad de una habitación que había presenciado demasiada tristeza.
Yoongi cerró los ojos, sintiendo el peso reconfortante de Jungkook sobre él. A pesar del dolor físico que aún persistía en su cuerpo, se sintió extrañamente en paz. Sabía que Jungkook volvería a ser frío por la mañana, sabía que el ciclo probablemente se repetiría porque el mundo exterior no daría tregua. Pero ahora sabía algo más: sabía que detrás de la máscara de crueldad, Jungkook lo necesitaba más de lo que él necesitaba a Jungkook.
Él era el ancla de un hombre que se ahogaba. Y mientras Yoongi tuviera fuerzas en sus manos pequeñas para acariciar ese cabello oscuro, no dejaría que Jungkook se perdiera del todo en la profundidad.
—Te quiero, Kookie —fue lo último que dijo antes de que el sueño lo venciera.
En el silencio de la madrugada, Jungkook abrió los ojos por un segundo, mirando el rostro sereno y angelical de Yoongi. Una última lágrima rodó por su mejilla. No merecía este perdón. No merecía esta luz. Pero se aferró a ella con la desesperación de un condenado, permitiéndose, por primera vez en su vida, ser simplemente un hombre amado por alguien demasiado bueno para este mundo.