Pequeño inocente
El refugio de los brazos rotos
La luz del sol se filtró por las pesadas cortinas de terciopelo, bañando la habitación en un tono dorado que contrastaba con la melancolía de la noche anterior. Yoongi despertó primero. Su cuerpo se sentía pesado, una amalgama de los restos del dolor físico y el agotamiento emocional. Sin embargo, lo que más le sorprendió no fue el malestar, sino el calor. Jungkook seguía allí, con el rostro hundido en su pecho, sus brazos rodeando su cintura con una fuerza que, por primera vez, no se sentía como una prisión, sino como un ancla.
Yoongi se quedó inmóvil, casi temiendo respirar. En el mundo de Jungkook, las mañanas solían ser frías. El Jungkook que lloraba desaparecía con la luna, y el hombre que despertaba solía ser el jefe de la mafia, seco y distante. Yoongi esperaba que, en cualquier momento, el pelinegro se levantara con un gruñido, se vistiera en silencio y se marchara al despacho sin dedicarle una mirada.
—Kookie... —susurró Yoongi, acariciando con la punta de sus dedos los tatuajes que cubrían el brazo de Jungkook.
El pelinegro soltó un gruñido bajo y apretó más el agarre. No abrió los ojos. Parecía estar aferrado a un sueño del que no quería despertar. Yoongi sonrió débilmente, sintiendo una calidez en su corazón que eclipsaba el dolor de sus costados. Con mucho cuidado, logró zafarse de los brazos de Jungkook, depositando un beso casi imperceptible en su frente antes de levantarse.
—Yoongi hará el desayuno —se dijo a sí mismo en voz baja—. Un desayuno muy rico para que Kookie tenga fuerzas.
Se puso una de las camisas de Jungkook, que le quedaba como un vestido, y bajó a la cocina. El suelo de mármol estaba frío, pero su mente estaba llena de planes: panqueques con miel, fruta fresca y el café cargado que Jungkook prefería. Mientras batía la mezcla, Yoongi tarareaba una canción que su madre le cantaba de pequeño. Se sentía ligero, como si la confesión silenciosa de la noche anterior hubiera purificado el aire de la mansión.
Sin embargo, el silencio de la casa se rompió por pasos pesados. Yoongi se tensó por costumbre, esperando escuchar un grito o el sonido de algo rompiéndose, pero lo que sintió fue un par de brazos rodeándolo por la espalda.
Jungkook no dijo nada. Simplemente hundió la cara en el cuello de Yoongi, aspirando su aroma a vainilla. Sus manos, grandes y rudas, se entrelazaron sobre el estómago del chico.
—Kookie... —Yoongi soltó la cuchara de madera, sorprendido—. Estoy cocinando, podrías quemarte.
—No me importa —la voz de Jungkook era ronca, marcada por el sueño y algo más... una vulnerabilidad que se negaba a soltar.
Yoongi intentó girarse para verlo, pero Jungkook lo impidió, apretando el abrazo. Se quedaron así durante varios minutos. El café comenzó a borbotear y la masa de los panqueques esperaba en el tazón, pero ninguno de los dos se movió. Para Yoongi, era un milagro. Jungkook nunca buscaba afecto físico de esta manera, sin violencia, sin demandas. Era simplemente... estar.
—¿Estás bien, Kookie? —preguntó Yoongi con timidez, acariciando las manos que lo sujetaban.
—Cállate y quédate así —respondió Jungkook, aunque su tono no tenía la crueldad de siempre. Era más bien una súplica disfrazada de orden.
Desayunaron en un silencio extraño. Jungkook recuperó parte de su máscara fría, revisando mensajes en su teléfono con el ceño fruncido mientras bebía el café, pero no se alejó de Yoongi. De hecho, obligó al pequeño a sentarse a su lado, manteniendo una mano apoyada firmemente en el muslo de Yoongi durante toda la comida, como si necesitara confirmar constantemente que seguía allí.
—Tengo que trabajar en el despacho —dijo Jungkook finalmente, levantándose. Miró a Yoongi, cuyos ojos brillaban con esa inocencia que a veces le quemaba el alma—. No salgas de la casa. Hay gente... gente peligrosa afuera.
—Yoongi se quedará aquí, Kookie. Limpiaré la sala y jugaré con Shooky —respondió el chico con una sonrisa radiante.
Jungkook asintió y se marchó. Durante unas horas, la rutina pareció volver a la normalidad. Yoongi limpió los restos del jarrón que aún quedaban en los rincones, acomodó sus peluches y preparó un té. Pero la atmósfera en la mansión se sentía distinta. No había esa tensión eléctrica que solía preceder a los estallidos de Jungkook.
A media tarde, el intercomunicador de la sala sonó. Era la voz de Jungkook, sonando cansada y tensa.
—Yoongi, ven al despacho. Ahora.
El pequeño sintió un escalofrío. ¿Había hecho algo mal? ¿Había olvidado limpiar algo? Caminó hacia el despacho con el corazón latiéndole en la garganta. Al entrar, vio a Jungkook sentado en su gran silla de cuero, rodeado de pantallas con gráficos y mapas. Se veía exhausto, con la corbata desanudada y el cabello revuelto.
—¿Pasa algo, señor Jungkook? —preguntó Yoongi, usando el término formal por miedo a haberlo molestado.
Jungkook levantó la vista. Sus ojos estaban inyectados en sangre. No dijo nada, simplemente extendió una mano y señaló su regazo.
—Ven aquí.
Yoongi obedeció sin dudar. Se acercó y se sentó de lado sobre las piernas de Jungkook. El mafioso soltó un suspiro largo, como si le hubieran quitado un peso de encima, y rodeó la cintura de Yoongi con un brazo, mientras con la otra mano seguía manejando el ratón de la computadora.
—¿Kookie tiene mucho trabajo? —susurró Yoongi, recostando la cabeza en el hombro del más alto.
—Demasiado —murmuró Jungkook—. Hay ratas en la organización. Todos quieren un pedazo de lo que he construido.
—Yoongi no quiere nada —dijo el pequeño, frotando su mejilla contra la tela de la camisa de Jungkook—. Yoongi solo quiere que Kookie esté feliz.
Jungkook se detuvo. Miró a Yoongi, a esa criatura que él mismo había golpeado y humillado, y que aun así lo miraba con una devoción absoluta. Por un momento, el monstruo en su interior se sintió pequeño.
—No me mereces, Yoongi —dijo Jungkook, su voz apenas un susurro.
—Yoongi elige a Kookie —respondió el chico con la lógica simple y pura de un niño—. Siempre.
Pasaron toda la tarde así. Jungkook trabajaba, daba órdenes por teléfono con voz gélida y autoritaria, amenazaba a hombres que temblarían ante su sola mención, pero su otra mano nunca dejó de acariciar la espalda de Yoongi. El pequeño se quedó dormido a ratos, arrullado por el sonido del teclado y la respiración de su novio. Era una escena surrealista: el líder criminal más temido del país gestionando su imperio de violencia mientras sostenía con delicadeza a su mayor tesoro.
Cuando cayó la noche, Jungkook apagó las pantallas. La habitación quedó sumida en la penumbra, solo iluminada por la luna.
—Vamos —dijo Jungkook, levantándose con Yoongi en brazos—. Necesito un baño.
—Yoongi puede preparar la tina con burbujas —exclamó el pequeño, despertando del todo.
En el baño principal, el vapor comenzó a llenar el espacio. Yoongi vertió sales de baño y esencias, creando un ambiente de paz. Se desvistieron en silencio. Jungkook observó las marcas que aún quedaban en la piel de Yoongi; los restos de sus propios pecados. Se acercó a él y, con una suavidad que Yoongi nunca creyó posible, pasó sus dedos por un moretón en su costado.
—¿Todavía duele? —preguntó.
—Un poquito —admitió Yoongi—, pero si Kookie me da un beso, se pasará.
Jungkook no lo besó en el costado. En su lugar, lo atrajo hacia sí y capturó sus labios en un beso profundo, lento y cargado de una desesperación silenciosa. No hubo brusquedad. Fue un beso que sabía a arrepentimiento y a una promesa muda. Se sumergieron en el agua caliente, con Yoongi sentado entre las piernas de Jungkook, apoyando su espalda contra el pecho del tatuado.
—Kookie es muy fuerte —dijo Yoongi, jugando con la espuma—. Sus manos son grandes, pero hoy son suaves.
Jungkook cerró los ojos, dejando que el agua relajara sus músculos tensos.
—Solo contigo, Yoongi. Solo contigo puedo... bajar la guardia.
El baño se prolongó. Se lavaron el uno al otro con una dedicación casi religiosa. Jungkook limpió el cabello de Yoongi con cuidado de no que le cayera jabón en los ojos, y Yoongi talló la espalda de Jungkook, tratando de borrar con sus manos el peso del mundo que su novio cargaba.
Cuando salieron y se secaron, Jungkook llevó a Yoongi a la cama. No hubo necesidad de palabras. Se buscaron bajo las sábanas de seda con una urgencia nueva. Esta vez, la intimidad no fue un desahogo de rabia para Jungkook, ni una tortura para Yoongi. Fue una danza de necesidad mutua. Jungkook exploró el cuerpo de Yoongi como si fuera la primera vez, deteniéndose en cada centímetro de piel, asegurándose de que cada caricia fuera correspondida con un suspiro de placer y no de dolor.
—Te quiero, Yoongi —susurró Jungkook en el punto álgido de su unión.
Yoongi abrió los ojos de par en par, las lágrimas de felicidad rodando por sus mejillas.
—Yo también te quiero, Kookie. Mucho, mucho.
Después, se quedaron enredados el uno con el otro. Jungkook rodeó a Yoongi de tal manera que el pequeño quedaba completamente protegido bajo su cuerpo. El silencio de la mansión ya no era opresivo; era un santuario.
Esa noche, por primera vez en años, Jungkook no tuvo pesadillas. No soñó con su padre gritándole que las emociones eran debilidad, ni con los rostros de los hombres que había eliminado. No hubo sudor frío ni despertares violentos a las tres de la mañana. Solo hubo la respiración acompasada de Yoongi contra su cuello y el latido de un corazón que, a pesar de todo el daño, seguía latiendo por él.
Jungkook durmió profundamente, entregado a la paz que solo la inocencia de Yoongi podía proporcionarle. En la oscuridad de la habitación, el mafioso finalmente entendió que no necesitaba romper a Yoongi para mantenerlo a su lado. Al contrario, era la fragilidad de Yoongi lo que mantenía sus propios pedazos unidos.
Y mientras el alba comenzaba a asomarse de nuevo, por primera vez en la mansión Jeon, el futuro no parecía una cadena de hierro, sino una promesa de seda. Jungkook juró, en el silencio de su mente, que intentaría ser el hombre que Yoongi veía en sus sueños, aunque el mundo intentara arrastrarlo de vuelta a la oscuridad. Porque al final del día, no importaba cuántos enemigos tuviera afuera; mientras tuviera a Yoongi en sus brazos, el monstruo podía descansar.