Pobre
Sombras en el asfalto
La esperanza es una llama traicionera; brilla con fuerza un instante para luego apagarse y dejarte más a oscuras que antes. Para Arthit, el beso de Pakorn en el coche y las bandejas de comida caliente habían sido ese destello cegador. Sin embargo, la realidad de la pobreza no se borraba con una disculpa, ni el hambre crónica desaparecía con una semana de buena alimentación. El alquiler de su minúsculo y húmedo cuarto se había duplicado tras una supuesta "reforma" del edificio, y sus turnos limpiando oficinas ya no eran suficientes.
Arthit caminaba por el callejón trasero de un club nocturno en el distrito de Silom. La sudadera gris, ahora lavada pero aún más grande sobre su cuerpo que se negaba a ganar peso, era su único refugio contra el viento nocturno. Sus costillas seguían siendo una jaula visible bajo la piel translúcida. El mareo era su compañero constante, un zumbido en los oídos que le recordaba que su cuerpo estaba consumiéndose a sí mismo.
—¿Eres el nuevo? —La voz de un hombre mayor, vestido con una camisa de seda demasiado abierta, lo sacó de sus pensamientos.
—Sí —susurró Arthit, apretando los puños dentro de sus bolsillos—. Me dijeron que... que aquí pagaban por adelantado.
—Solo si el cliente queda satisfecho, chico. Mírate, pareces un cadáver. A algunos les gusta eso, la fragilidad. Entra por la puerta de atrás.
Arthit cerró los ojos un segundo. El asco que sentía hacia sí mismo era mayor que el que Pakorn le había profesado jamás. Pero no tenía opción. O vendía lo único que le quedaba —su propio cuerpo— o terminaría durmiendo en las alcantarillas de Bangkok, y la universidad, su único sueño, se esfumaría para siempre.
***
Mientras tanto, en una de las zonas más exclusivas de la ciudad, Pakorn golpeaba el volante de su coche con frustración. Llevaba tres días sin ver a Arthit. El chico no había ido a clase y no respondía a los mensajes. Había ido a su dirección registrada, pero el casero, un hombre hosco, le dijo que Arthit apenas pasaba por allí y que probablemente estaba "buscándose la vida" de formas poco decorosas.
—¿Dónde estás, ratoncito? —murmuró Pakorn, sintiendo una opresión en el pecho que no sabía cómo gestionar.
Su arrepentimiento no era una fachada. Ver la fragilidad de Arthit, sentir sus huesos bajo la tela, había roto algo en su visión del mundo. El odio que sentía hacia los gays siempre había sido un escudo, una forma de ocultar su propia confusión y la presión de su familia. Pero ahora, el miedo de perder a Arthit era más fuerte que cualquier prejuicio.
—¡Eh, Pakorn! —gritó Win, uno de sus amigos de la facultad, acercándose al coche en el aparcamiento del club donde solían reunirse—. ¿Por qué tan serio? Olvida al muerto de hambre ese. Tenemos planes mejores para esta noche.
—No tengo humor, Win. Déjalo —respondió Pakorn con frialdad.
—Oh, vamos. Hemos encontrado un sitio nuevo en Silom. Dicen que tienen "mercancía" fresca. Chicos jóvenes, necesitados. Incluso vimos a uno que se parecía a tu juguete, el tal Arthit.
El corazón de Pakorn dio un vuelco violento. Agarró a Win por la solapa de la chaqueta, estampándolo contra el coche.
—¿Qué has dicho? —preguntó con una voz que destilaba peligro.
—¡Tranquilo, hombre! —Win levantó las manos, asustado—. Solo decía que vimos a un chico entrar por la puerta de servicio del "Velvet Room". Llevaba una sudadera gris asquerosa, igual a la del marica que tanto te gusta molestar. Pensamos que sería divertido ir y darle una bienvenida... ya sabes, a nuestra manera.
Pakorn no esperó a oír más. Arrancó el motor, haciendo chirriar los neumáticos, y salió disparado hacia Silom. La rabia y el terror luchaban en su interior. "Por favor, que no sea él", suplicaba mentalmente. "Por favor, que no haya llegado a ese extremo".
***
En el callejón del "Velvet Room", la realidad era mucho más cruel. Arthit no había llegado a entrar al club. A mitad de camino, tres conocidos de la universidad, amigos secundarios de Pakorn que no habían recibido la orden de detenerse, lo habían interceptado.
—Vaya, vaya. Si es el favorito de Pakorn —dijo uno de ellos, dándole una patada en la pantorrilla que hizo que Arthit cayera de rodillas sobre el cemento mojado—. Nos hemos enterado de que ahora te vendes. ¿Cuánto por un rato, basura?
—Déjenme... por favor —suplicó Arthit. Su voz era apenas un soplido. El hambre le impedía incluso gritar.
—¿Por qué? Si te gusta que te traten mal, ¿no? Pakorn te ha estado dando comida, pero nosotros sabemos lo que realmente necesitas.
Uno de los chicos lo agarró del cabello, obligándolo a levantar la cabeza. La luz de una farola cercana iluminó el rostro demacrado de Arthit. Sus mejillas estaban hundidas y sus ojos, antes brillantes de inteligencia, estaban nublados por el agotamiento y el dolor.
—Estás asqueroso —dijo el chico, soltándolo con desprecio y dándole un puñetazo en el estómago.
Arthit se dobló sobre sí mismo, vomitando nada más que bilis amarga. No tenía nada en el estómago que devolver. Los golpes continuaron; patadas en las costillas que ya estaban al borde de la fractura, insultos que perforaban su alma. Arthit no se defendía. Se hizo un ovillo, esperando que el dolor lo apagara por completo.
—¡Basta! —El grito desgarró la noche.
Los agresores se detuvieron en seco al ver a Pakorn salir de su coche como una exhalación. Su rostro estaba desencajado, una máscara de furia pura que ninguno de ellos había visto jamás.
—¡Pakorn! Solo estábamos... —empezó a decir uno, pero no terminó la frase.
Pakorn le propinó un puñetazo que lo mandó directamente al suelo. Se giró hacia los otros dos con los ojos inyectados en sangre.
—Si vuelven a tocarlo, si vuelven a mirarlo, les juro por el nombre de mi familia que sus padres perderán hasta el último centavo de sus negocios y ustedes terminarán en una celda. ¡Lárguense!
Los chicos, aterrorizados por la amenaza real y el aura asesina de Pakorn, huyeron hacia la oscuridad del callejón.
Pakorn se dejó caer de rodillas junto a Arthit. El chico estaba temblando violentamente, con la respiración entrecortada y sibilante. Su sudadera gris estaba manchada de barro y sangre.
—Arthit... Arthit, mírame —susurró Pakorn, intentando tocarlo, pero Arthit se encogió, soltando un gemido de terror puro.
—No... más no... por favor —balbuceó el chico, con los ojos cerrados con fuerza.
—Soy yo, soy Pakorn. Estás a salvo. Lo siento, lo siento tanto... —Las lágrimas, algo que Pakorn no recordaba haber derramado desde su infancia, empezaron a caer por sus mejillas.
Con una delicadeza infinita, como si estuviera manipulando cristal a punto de romperse, Pakorn pasó sus brazos por debajo del cuerpo de Arthit y lo levantó. Se quedó sin aliento al sentir el peso. Era como cargar aire. Arthit no pesaba nada; era solo un esqueleto envuelto en tela vieja.
Lo llevó hasta el coche y lo acomodó en el asiento del copiloto, encendiendo la calefacción al máximo. Arthit estaba semiconsciente, su cabeza caía hacia un lado y sus manos delgadas buscaban calor de forma instintiva.
—¿Por qué aquí, Arthit? —preguntó Pakorn en un susurro quebrado mientras conducía hacia su propio apartamento, lejos de la miseria del barrio del chico—. ¿Por qué no me pediste ayuda?
—No quería... ser una carga —logró decir Arthit, abriendo los ojos con dificultad—. Tú me odias... es lo normal. La gente como yo... solo sirve para esto.
—¡No digas eso! —gritó Pakorn, golpeando el volante con una mano mientras la otra buscaba la mano fría de Arthit—. Nadie te odia. Yo... yo fui un idiota, un cobarde. Pero no voy a dejar que te hundas. Nunca más.
***
Cuando llegaron al lujoso ático de Pakorn, la diferencia entre sus mundos se hizo dolorosamente evidente. Pakorn llevó a Arthit directamente al baño principal. El chico apenas podía mantenerse en pie, así que Pakorn lo sentó en el borde de la bañera de mármol.
—Tengo que quitarte la ropa, Arthit. Necesito ver si tienes algo roto.
Arthit negó con la cabeza, intentando cubrirse con sus manos.
—No... por favor, no mires.
—Tengo que hacerlo. Confía en mí. Por una vez, confía en mí.
Con dedos temblorosos, Pakorn le quitó la sudadera. Lo que vio lo dejó sin aliento. El torso de Arthit era un mapa de miseria: las costillas sobresalían tanto que la piel parecía estirada hasta el límite, los moretones morados y amarillos de los golpes recientes y antiguos cubrían sus costados, y su columna vertebral se marcaba como una hilera de piedras bajo una sábana fina.
Pakorn tuvo que cubrirse la boca para no sollozar. El hambre no era solo una palabra; era ese cuerpo marchito frente a él.
—Voy a prepararte un baño tibio —dijo Pakorn con la voz ronca—. Y luego vas a comer algo ligero. Mañana iremos a un médico privado.
—No tengo dinero para médicos, Pakorn —dijo Arthit, mirando sus propias piernas delgadas con desprecio—. Y no puedo devolverte nada de esto.
Pakorn se arrodilló frente a él, ignorando que su ropa de diseñador se mojaba en el suelo del baño. Tomó las manos de Arthit y las besó, una por una.
—No tienes que devolverme nada. Todo esto es mi culpa. Si no te hubiera quitado la comida, si no te hubiera golpeado, si no te hubiera hecho sentir que no valías nada... no habrías terminado en ese callejón.
—Yo ya era pobre antes de conocerte —respondió Arthit con una triste sonrisa—. Tú solo fuiste el recordatorio.
—Pues ahora seré el recordatorio de que eres lo más valioso que tengo —declaró Pakorn con una intensidad que hizo que Arthit se estremeciera—. Te vas a quedar aquí. No vas a volver a ese agujero, ni a limpiar oficinas, ni a... —la voz se le quebró— ni a intentar venderte. Yo me encargaré de todo.
—¿Por qué? —preguntó Arthit, las lágrimas volviendo a sus ojos—. ¿Es por lástima?
Pakorn se acercó y unió sus frentes. El calor de su piel era el único ancla de Arthit en ese momento.
—No es lástima, pequeño tonto. Es que me he enamorado de la única persona que ha sido capaz de resistir mi peor versión y seguir teniendo los ojos más puros que he visto. Me he enamorado de ti mientras intentaba destruirte, y ahora solo quiero pasar el resto de mi vida intentando reconstruirte.
Arthit sollozó, escondiendo el rostro en el cuello de Pakorn. Por primera vez en años, el frío que habitaba en sus huesos empezó a ceder. La sudadera grande ya no era necesaria para esconderse, porque alguien finalmente lo había visto, en toda su fragilidad y dolor, y no se había marchado.
—Tengo hambre —susurró Arthit, una confesión que antes le habría dado vergüenza, pero que ahora era un grito de supervivencia.
—Lo sé —respondió Pakorn, apretándolo contra sí con cuidado—. Y te juro, Arthit, que nunca más volverás a pasar hambre. Ni de comida, ni de amor.
Esa noche, bajo las sábanas de seda de una cama que costaba más que todo lo que Arthit había poseído en su vida, el chico durmió sin pesadillas. A su lado, Pakorn velaba su sueño, observando el ascenso y descenso de su pecho, prometiéndose a sí mismo que cada centímetro de esa piel volvería a brillar con salud, y que las sombras del asfalto nunca volverían a alcanzarlo.