Pobre
Loto de cristal sobre sábanas de seda
La recuperación de Arthit era un proceso lento, una batalla silenciosa contra los años de carencia y el miedo enquistado en sus entrañas. Sin embargo, tras semanas de cuidados constantes en el ático de Pakorn, el color había regresado a sus mejillas y la fragilidad extrema había dado paso a una delgadez elegante, aunque todavía marcada por la prominencia de sus huesos. Pakorn lo observaba desde el umbral de la habitación, sintiendo una mezcla de posesividad y adoración que quemaba más que cualquier odio pasado.
—Ven aquí, Arthit —dijo Pakorn, su voz cargada de un deseo que ya no intentaba ocultar.
Arthit, vestido solo con una bata de seda negra que Pakorn le había comprado —una prenda que resbalaba sobre sus hombros como agua—, se acercó lentamente. Ya no caminaba encorvado; aunque seguía siendo tímido, había algo en la forma en que miraba a Pakorn que denotaba una entrega absoluta.
—¿Te sientes mejor hoy? —preguntó Pakorn, pasando sus manos por la cintura de Arthit, sintiendo la suavidad de la piel que tanto había ayudado a sanar.
—Me siento... lleno —susurró Arthit, rodeando el cuello de Pakorn con sus brazos delgados—. Gracias a ti.
Pakorn no esperó más. Lo alzó en vilo, maravillándose de lo ligero que seguía siendo, y lo depositó en el centro de la enorme cama. La luz de la luna se filtraba por los ventanales de Bangkok, iluminando el cuerpo de Arthit como si fuera una estatua de marfil. Con movimientos lentos y deliberados, Pakorn despojó a Arthit de la bata, dejando al descubierto su pecho, donde las costillas aún se dibujaban levemente, y su vientre plano que temblaba ante la anticipación.
—Quiero adorar cada parte de ti —gruñó Pakorn, arrodillándose entre las piernas de Arthit—. Quiero que olvides que alguna vez sentiste dolor en este cuerpo.
Pakorn sacó de la mesa de noche un pequeño estuche de cuero negro. Al abrirlo, el brillo de varios juguetes de silicona médica y frascos de lubricante con aroma a sándalo captó la luz. Arthit jadeó, sus ojos abriéndose con una mezcla de curiosidad y nerviosismo.
—Confía en mí —pidió Pakorn, tomando un dildo pequeño y flexible, de un color amatista profundo—. Voy a prepararte para que me sientas por completo.
—Haz lo que quieras conmigo, Pakorn —respondió Arthit, abriendo las piernas y exponiendo su intimidad rosada y virgen—. Soy tuyo. Siempre lo fui, incluso cuando me golpeabas.
Pakorn sintió una punzada de culpa, pero la transformó en pasión. Vertió una cantidad generosa de lubricante tibio sobre sus dedos y empezó a masajear la entrada de Arthit. El chico soltó un gemido agudo cuando el primer dedo se hundió en su calor, encontrando una resistencia que cedió ante la paciencia de