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Poder nuevo

El eco de las cenizas

La mañana siguiente al ataque no trajo la paz, sino una tregua incómoda teñida de olor a quemado y desconfianza. Anny se despertó antes de que saliera el sol, con los músculos en tensión y la mente zumbando. No era solo el eco de los pensamientos de su familia —que flotaban por la casa como una neblina de miedo y sospecha—, sino la presencia vibrante de Damián en la habitación de al lado. Su energía era como un motor encendido que nunca se apagaba del todo.

Bajó a la cocina en silencio. Sus tías y su abuela ya estaban allí, moviéndose mecánicamente. El desayuno se servía en platos de plástico porque la vajilla buena había estallado junto con los cristales de la sala.

—Anny —dijo su abuela sin mirarla, revolviendo un café que ya estaba frío—. El chico... sigue arriba.

—Se llama Damián, abuela —respondió Anny, sentándose en el rincón más alejado—. Y sí, sigue aquí. Es mejor que esté donde yo pueda verlo a que esté afuera planeando cómo volver a entrar.

—No nos gusta, hija —susurró una de sus tías, apretando un trapo de cocina contra su pecho—. Es un... como tú. Pero él disfruta lastimando. Vimos sus ojos cuando lanzaba ese fuego. Parecía un demonio.

Anny sintió una punzada de irritación. Sus propios ojos se aclararon un tono, amenazando con volverse blancos.

—Él no es un demonio —soltó ella con una voz gélida que hizo que su tía retrocediera—. Es una de las pocas personas que no finge ser algo que no es. Ustedes se horrorizan por sus llamas, pero yo me horrorizo cada vez que leo sus mentes y veo la hipocresía con la que me han mirado toda la vida. Al menos el fuego de Damián es honesto.

El silencio que siguió fue denso y amargo. Anny se levantó sin probar bocado, asqueada por la atmósfera de juicio silencioso. Justo cuando llegaba a la escalera, se topó de frente con Damián. Llevaba una de las camisetas viejas de su tío que le quedaba pequeña, marcando sus hombros, y bostezaba con una naturalidad insultante.

—Buenos días, familia Arispe —saludó Damián con una sonrisa radiante, ignorando el hecho de que las mujeres en la cocina se santiguaban casi al unísono—. ¿Hay café? Huele a gloria.

—No molestes a mi familia, Damián —dijo Anny, tomándolo del brazo y arrastrándolo hacia el jardín trasero—. Tenemos que hablar.

Damián se dejó llevar, riendo por lo bajo. Una vez fuera, bajo la sombra de un viejo roble que había sobrevivido milagrosamente al ataque, Anny lo soltó. Sus manos destellaron con esa luz blanca, una advertencia inconsciente.

—Dijiste que vendrían más —empezó ella, yendo directo al grano—. Dijiste que la "Organización" no tardaría en rastrearme. ¿Cuánto tiempo tenemos realmente?

Damián se apoyó contra el tronco del árbol, cruzando los brazos. Sus ojos, normalmente chispeantes, se volvieron serios mientras observaba a Anny.

—Siendo realistas, dos o tres días —respondió él—. El dispositivo que destruiste ayer envía una señal de "última ubicación conocida". Mandarán a un equipo de extracción. Tipos que no usan fuego ni trucos vistosos, sino tecnología diseñada para anular el sistema nervioso de gente como nosotros.

—No me voy a dejar atrapar —sentenció Anny, apretando los puños. La luz blanca se intensificó, agrietando ligeramente la tierra bajo sus pies—. Y no voy a dejar que destruyan mi casa.

—Entonces tienes que aprender a usar ese otro cincuenta por ciento, Anny —dijo Damián, dando un paso hacia ella—. Tu fuerza es increíble, sí. Tu telepatía es una ventaja táctica asquerosa. Pero hay algo más en esa luz blanca tuya. Lo sentí cuando chocamos. No es solo energía cinética... es algo que altera la estructura de lo que toca.

—No sé cómo sacarlo —admitió ella, bajando la vista a sus manos—. Siempre he tenido miedo de que, si me dejo llevar, termine borrando todo a mi alrededor. A las personas... a todo.

Damián se acercó más, invadiendo ese espacio personal que Anny protegía con tanto celo. Esta vez, ella no retrocedió.

—El miedo es lo que te mantiene estancada —dijo él en un susurro—. Odias a los humanos, Anny. Los desprecias porque ves sus debilidades y sus mentiras. Usa ese desprecio. No como un escudo, sino como un arma.

—No es tan fácil —replicó ella, sintiendo el calor que emanaba de él—. No quiero ser como tú, disfrutando del caos.

—No tienes que ser como yo —Damián sonrió con tristeza—. Pero tienes que aceptar que no eres como ellos. Míralos, Anny.

Él señaló hacia la ventana de la cocina, donde se veía a la familia moviéndose con miedo, murmurando entre ellos sobre "la niña rara" y "el delincuente".

—Ellos nunca te verán como una salvadora —continuó Damián—. Siempre serás la anomalía que les recuerda que el mundo es un lugar peligroso. Si vas a pelear por ellos, hazlo por ti. Porque mereces existir sin pedir perdón por tu poder.

Anny cerró los ojos y dejó que su mente se expandiera. Escuchó el pensamiento de su tía: *Ojalá se vayan pronto los dos, antes de que traigan más problemas*. Escuchó a su abuela: *¿En qué se convirtió mi nieta? Es un monstruo con cara de ángel*.

El asco subió por su garganta como bilis. El desprecio que sentía por la hipocresía humana se convirtió en una chispa fría y pura en el centro de su pecho. La luz blanca de sus manos dejó de ser un destello errático y se convirtió en una luminiscencia constante, sólida, casi líquida.

—Atácame —ordenó Anny, abriendo los ojos. Sus pupilas habían desaparecido por completo, dejando dos orbes de un blanco infinito y brillante.

Damián no se hizo de rogar. Sus manos se encendieron en un azul intenso y lanzó una ráfaga de fuego que siseó en el aire. Anny no se movió. No lanzó un puñetazo ni esquivó. Simplemente extendió la palma de su mano y la luz blanca se expandió como una cúpula. El fuego azul, al tocar la luz, no estalló; simplemente se desvaneció, como si los átomos de las llamas hubieran sido cancelados.

—Eso es... —Damián jadeó, impresionado—. Estás desintegrando la energía.

—Sigue —dijo Anny. Su voz sonaba diferente, más profunda, como si varias versiones de ella hablaran al mismo tiempo.

Durante horas, el jardín se convirtió en un campo de entrenamiento. Damián lanzaba ataques cada vez más complejos, y Anny aprendía a moldear su luz. Descubrió que no solo podía destruir, sino también sentir las vibraciones del aire, las intenciones en los músculos de Damián antes de que se moviera. Su telepatía y su fuerza estaban empezando a fusionarse en un solo sentido de combate.

Cerca del atardecer, ambos estaban agotados. Damián tenía la respiración entrecortada y Anny sentía un dolor punzante en las sienes, pero sus ojos seguían brillando.

—Eres una pesadilla, ¿lo sabías? —dijo Damián, sentándose en el césped y secándose el sudor de la frente—. Si alguna vez decides dominar el mundo, avísame para que me mude a otro planeta.

Anny se sentó a su lado, dejando que su poder se retrajera lentamente. Pelusa, el gato, apareció de entre los arbustos y se frotó contra su pierna. Ella lo acarició con una ternura que reservaba solo para los animales.

—No quiero dominar nada, Damián —murmuró ella—. Solo quiero que me dejen en paz. En mi cuarto, con mi gato, sin tener que escuchar lo que la gente piensa de su cena o de mi cara.

—A veces, para que te dejen en paz, tienes que demostrar que eres demasiado cara de molestar —dijo él, mirándola fijamente—. Y créeme, después de hoy, eres carísima.

De repente, Anny se tensó. Sus ojos brillaron con una intensidad renovada.

—Están aquí —dijo ella, poniéndose en pie de un salto.

—¿Qué? ¿Tan pronto? —Damián se levantó, sus manos encendiéndose por instinto.

—No es un equipo de extracción —dijo Anny, su mente escaneando el perímetro de la casa—. Es algo más pesado. Siento mentes... pero son frías. Como si estuvieran programadas. Y hay alguien más. Alguien que no piensa en palabras, sino en ecuaciones.

—Maldición —mascó Damián—. Enviaron a los Ejecutores.

Desde la calle, tres camionetas negras y blindadas frenaron en seco frente a la casa de los Arispe. No hubo sirenas ni gritos. Solo el sonido de puertas abriéndose y el despliegue coordinado de figuras vestidas con armaduras tácticas mate. No portaban armas de fuego convencionales, sino rifles que emitían un zumbido sónico.

—¡Anny! ¡¿Qué está pasando?! —gritó su tío desde la puerta trasera, viendo a los hombres armados rodear la propiedad.

—¡Entren a la casa y escóndanse en el sótano! —rugió Anny. No fue una petición, fue una orden mental que los obligó a moverse por puro instinto de supervivencia.

Damián se colocó al lado de Anny, sus llamas azules bailando con ferocidad.

—¿Cuál es el plan, jefa? —preguntó él con una sonrisa nerviosa.

—Tú encárgate de los que vienen por los flancos —dijo Anny, caminando hacia el frente de la casa mientras la luz blanca envolvía sus brazos hasta los codos—. El del centro es mío.

Del vehículo principal bajó un hombre delgado, vestido con un traje impecable que contrastaba con el equipo táctico de los demás. No llevaba armas. Sus ojos eran grises y carentes de cualquier emoción humana. Al ver a Anny, esbozó una sonrisa que le dio más asco a la chica que cualquier pensamiento que hubiera leído jamás.

—Sujeto A-01 —dijo el hombre con una voz monótona—. Tu periodo de libertad ha terminado. Hemos invertido demasiado en tu desarrollo como para dejar que te desperdicies en este suburbio mediocre.

—Mi nombre es Anny —respondió ella, y el suelo bajo sus pies comenzó a levantarse—. Y no soy un sujeto de nadie.

—Los nombres son para los humanos, Anny —dijo el hombre, haciendo una señal con la mano—. Tú eres una propiedad.

A una orden silenciosa, los ejecutores dispararon. Ondas de choque sónicas rasgaron el aire, diseñadas para colapsar el sistema nervioso de cualquier ser vivo. Damián lanzó un muro de fuego para interceptar las ondas, pero estas pasaron a través de las llamas como si no fueran nada.

—¡Anny, no puedo detenerlo! —gritó Damián, cayendo de rodillas mientras se tapaba los oídos.

Anny sintió el impacto de la onda en su cerebro. Fue como si mil agujas le atravesaran las sienes. El dolor era insoportable, pero en medio de la agonía, recordó lo que Damián le había dicho: *Usa tu desprecio*.

Se enfocó en el hombre del traje. Leyó su mente y no encontró nada más que cálculos: probabilidades de éxito, daños colaterales aceptables, el valor monetario de su médula espinal. Era la máxima expresión de la deshumanización que Anny tanto odiaba.

—¡Basta! —gritó ella.

La luz blanca estalló desde su cuerpo en una onda expansiva de 360 grados. No fue una explosión de fuerza bruta, sino una anulación total. Las ondas sónicas se disolvieron. Los rifles tácticos de los ejecutores se convirtieron en polvo en sus manos. Incluso las camionetas blindadas vieron cómo sus motores se fundían instantáneamente.

El silencio que siguió fue absoluto. Los soldados retrocedieron, mirando sus manos vacías con incredulidad.

Anny caminó hacia el hombre del traje, quien por primera vez mostraba una pizca de sorpresa en su rostro inexpresivo.

—¿Crees que puedes calcularme? —preguntó Anny, sus ojos blancos brillando con una luz que parecía devorar la oscuridad del atardecer—. No soy una ecuación. Soy el error que va a destruir todo tu sistema.

Levantó una mano y, sin tocarlo, lo lanzó por los aires con una fuerza invisible que lo estrelló contra el único vehículo que quedaba en pie. El hombre cayó inconsciente, su traje caro ahora hecho jirones.

Damián se levantó, sacudiéndose el polvo y mirando el desastre a su alrededor con la boca abierta.

—Vale... eso ha sido... —Damián buscó las palabras—. Eso ha sido el cien por ciento, ¿verdad?

—No —dijo Anny, sintiendo una energía nueva y aterradora recorriendo sus venas—. Eso ha sido solo el principio de lo que puedo hacer cuando dejo de tener miedo.

Se giró hacia su casa. Su familia la miraba desde las ventanas rotas. Ya no había solo miedo en sus ojos; había un reconocimiento solemne. Sabían que la chica que vivía con ellos ya no pertenecía a su mundo.

—Damián —dijo Anny sin mirarlo.

—¿Dime?

—Recoge tus cosas. No podemos quedarnos aquí. Si vienen más, esta casa no aguantará otra ronda. Y no voy a pasarme la vida protegiendo a gente que me mira como si fuera una enfermedad.

Damián sonrió, una sonrisa de pura camaradería.

—Pensé que nunca lo dirías. ¿A dónde vamos?

Anny miró hacia el horizonte, donde las luces de la ciudad empezaban a encenderse. Por primera vez en su vida, no se sentía como una chica introvertida escondiéndose del mundo. Se sentía como una depredadora buscando su lugar en la cadena alimenticia.

—A buscar a los que enviaron a estos tipos —dijo ella, y su voz era tan afilada como un diamante—. Si quieren mi poder, voy a dárselo. Pero no de la forma que esperan.

Caminó hacia la puerta, entró en su cuarto y tomó a Pelusa, metiéndolo con cuidado en un transportador. No necesitaba nada más. El desprecio que sentía por la humanidad seguía ahí, pero ahora tenía un propósito. Y al lado de Damián, el chico que era fuego y honestidad, Anny sabía que el mundo pronto aprendería a cerrar la boca cuando ella estuviera cerca.

—Vamos, fuego azul —dijo Anny al salir de la casa—. Tenemos un sistema que romper.

Damián la siguió, encendiendo una pequeña llama en su pulgar para iluminar el camino. Detrás de ellos, la casa de los Arispe quedó en silencio, una reliquia de una vida que Anny ya no necesitaba. La chica del silencio finalmente había encontrado su voz, y era un grito de guerra envuelto en luz blanca.