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Poder nuevo

El despertar de la fénix de marfil

La carretera se extendía ante ellos como una cinta de asfalto devorada por la penumbra de la madrugada. El viejo sedán que Damián había "tomado prestado" de un garaje abandonado vibraba con cada bache, pero Anny apenas lo sentía. Estaba sentada en el asiento del copiloto, con la mirada perdida en el desfile hipnótico de los postes de luz. En su regazo, el transportador de Pelusa permanecía extrañamente silencioso; el gato, con esa sabiduría animal para detectar el peligro, se había ovillado en una bola de pelo gris, aceptando su nuevo destino errante.

—¿En qué piensas, linternita? —preguntó Damián, rompiendo el silencio sepulcral—. Llevas cincuenta kilómetros sin parpadear. Si sigues así, vas a terminar quemando el tablero con la mirada.

Anny no se giró. Su reflejo en el cristal de la ventana le devolvía una imagen que apenas reconocía: una chica de diecisiete años con ojeras profundas y una determinación que rayaba en la crueldad.

—Pienso en lo fácil que fue —susurró ella—. Pienso en cómo pasé años escondiéndome, aguantando los pensamientos mediocres de mi familia, sintiendo asco por cada persona que me rozaba en la calle... y todo para qué. Para que un tipo con traje decidiera que yo era una "propiedad".

—Bienvenida al club de los "especiales", Anny —dijo Damián, apretando el volante. Sus nudillos desprendieron una breve chispa azul—. Para el mundo normal, somos herramientas o amenazas. No hay punto medio. Por eso los de la Organización son tan peligrosos; ellos no ven el alma, solo ven el potencial de destrucción.

Anny finalmente lo miró. La luz de la luna se filtraba por el parabrisas, resaltando las facciones afiladas de Damián.

—¿Cómo supiste que yo era diferente? —preguntó ella—. No solo por el poder, sino por... esto.

—Porque hueles a estática, Anny. —Él soltó una risita suave—. Y porque cuando te vi en esa sala, rodeada de gente melosa y abuelas cocinando, parecías una bomba de relojería a punto de estallar de puro tedio. Yo era igual. Hasta que aprendí que el fuego no solo sirve para destruir, sino para iluminar el camino de salida.

Anny volvió a cerrar los ojos. Intentó no leer la mente de Damián, pero su control del cincuenta por ciento seguía siendo errático tras la explosión de poder en la casa. La mente de él era un refugio cálido, lleno de imágenes de hogueras y una lealtad que la descolocaba. No había rastro de la traición que ella esperaba de cualquier ser humano.

—¿A dónde vamos realmente? —preguntó ella—. Dijiste que íbamos a buscar a los que enviaron a los Ejecutores, pero no tenemos una dirección.

—Oh, créeme, no necesitamos una dirección —respondió Damián, desviando el coche hacia una ruta secundaria flanqueada por almacenes industriales—. Ese tipo del traje, el que lanzaste contra el coche... llevaba un rastreador de frecuencia subdérmico. Mientras estemos en este coche, ellos nos están siguiendo. Solo estamos eligiendo el terreno de juego.

Anny sintió un escalofrío. No de miedo, sino de anticipación. La luz blanca empezó a hormiguear en las yemas de sus dedos, una sensación líquida y poderosa que pedía ser liberada.

—¿Quieres que nos encuentren? —preguntó ella, entornando los ojos.

—Quiero que crean que nos tienen acorralados —corrigió Damián, frenando el coche frente a una fábrica textil abandonada, cuyos ventanales rotos parecían ojos vacíos observando la noche—. Es una vieja instalación de la Organización. La abandonaron hace años cuando hubo una fuga de energía, pero los sótanos siguen conectados a su red privada. Si entramos ahí, podremos hackear sus servidores y saber exactamente quién dio la orden de ir por ti.

Anny bajó del coche, tomando el transportador de Pelusa. El aire nocturno era frío, pero la presencia de Damián a su lado actuaba como un calefactor natural. Caminaron hacia la entrada principal, donde una cadena oxidada bloqueaba el paso. Anny no esperó a que Damián buscara una forma de abrirla; simplemente puso su mano sobre el candado y dejó que un destello de luz blanca lo desintegrara en una lluvia de partículas finas.

Damián soltó un silbido de admiración.

—Definitivamente, eres mucho más eficiente que una cizalla —comentó él, entrando en el edificio oscuro.

El interior de la fábrica olía a aceite rancio y a olvido. Anny extendió sus sentidos. Sus ojos se volvieron blancos, brillando con una intensidad que iluminó los rincones más oscuros del vestíbulo.

—Hay tres de ellos —dijo ella de repente. Su voz era monótona, procesando la información que captaba de las mentes cercanas—. Están en el nivel inferior. No son humanos, Damián. Sus pensamientos son... mecánicos. Fríos.

—Drones biológicos —mascó Damián, sus manos encendiéndose en un azul vibrante—. La Organización los usa para vigilar sus activos abandonados. No sienten dolor y no se detienen hasta que su objetivo está muerto. Quédate detrás de mí, linternita.

—No me digas qué hacer, fuego azul —replicó Anny, adelantándose con un paso firme que hizo que el suelo de hormigón vibrara—. Yo no soy el activo de nadie.

Bajaron por una rampa de carga hacia el sótano. El ambiente se volvió más pesado, cargado de una estática que hacía que el vello de los brazos de Anny se erizara. De las sombras surgieron tres figuras altas, vestidas con trajes de neopreno gris y cascos integrales que ocultaban cualquier rasgo facial. Sus movimientos eran fluidos, calculados, carentes de cualquier vacilación humana.

—Identificación requerida —dijo una voz sintética que resonó en las paredes de metal.

—Aquí está mi identificación —respondió Damián, lanzando una llamarada que iluminó todo el sótano.

El fuego azul impactó en el pecho de uno de los drones, pero este ni siquiera retrocedió. Su traje absorbió el calor, redistribuyéndolo por su superficie. Los otros dos avanzaron hacia Anny, sacando varas electrificadas que zumbaban con una frecuencia letal.

—¡Anny, el fuego no les hace nada! —gritó Damián, esquivando por poco un golpe que habría roto sus costillas—. ¡Tienen blindaje térmico!

Anny se quedó quieta, observando cómo los drones se acercaban. En su mente, podía ver los circuitos lógicos que gobernaban sus cuerpos biológicamente alterados. *Si A, entonces B. Objetivo: Neutralizar. Método: Fuerza no letal preferida.*

—Son tan vacíos... —susurró Anny con un desprecio profundo—. Ni siquiera tienen pensamientos que valga la pena leer.

Cuando el primer dron levantó la vara para golpearla, Anny se movió con una velocidad que desafiaba la vista. No usó sus puños; simplemente tocó el casco del atacante con la punta de sus dedos. Una luz blanca, pura y absoluta, fluyó desde ella hacia el dron. No hubo explosión, solo un silencio ensordecedor mientras el ser biológico se deshacía, convirtiéndose en ceniza blanca que flotó en el aire como nieve.

El segundo dron se detuvo, sus procesadores tratando de entender qué tipo de energía acababa de presenciar. Anny no le dio tiempo. Se impulsó hacia adelante, su súper fuerza agrietando el suelo bajo sus pies, y atravesó el pecho del dron con su mano envuelta en luz. El metal y la carne sintética se desvanecieron al contacto, dejando un agujero perfecto y limpio.

Damián, que seguía luchando con el tercero, se quedó petrificado al ver cómo Anny eliminaba a sus enemigos como si borrara errores en un papel.

—¡Anny, cuidado! —gritó él.

El tercer dron, viendo que su objetivo era demasiado peligroso, activó un protocolo de autodestrucción. Una luz roja empezó a parpadear en su pecho. Damián se lanzó hacia ella para cubrirla, pero Anny fue más rápida. Extendió ambas manos, creando una burbuja de luz blanca que envolvió al dron. Cuando la explosión ocurrió, el sonido y la fuerza quedaron contenidos dentro de la esfera, consumidos por la energía de Anny hasta que no quedó nada más que vacío.

El sótano volvió a quedar en penumbra, solo iluminado por el brillo menguante de los ojos de Anny. Ella jadeaba, sintiendo cómo el poder reclamaba un tributo físico de su cuerpo. Damián se acercó a ella, sus manos aún temblando ligeramente.

—Eso fue... —Damián tragó saliva—... aterrador. Anny, lo que acabas de hacer no es solo fuerza. Estás manipulando la materia a nivel atómico. Estás borrando la existencia de las cosas.

—Me dan asco —fue todo lo que dijo ella, limpiándose una gota de sudor de la frente—. Esas cosas, la gente que las creó... son parásitos. Usan la vida como si fuera plastilina.

—Lo sé —dijo Damián, poniendo una mano suave en su hombro. Esta vez, Anny no se tensó. El contacto con él era el único ancla que la mantenía conectada a la realidad—. Pero ahora tenemos acceso. Mira.

Al fondo del sótano, una consola de seguridad se había iluminado tras la destrucción de los drones. Damián, que parecía tener conocimientos de informática que no encajaban con su personalidad de "chico de las llamas", se sentó frente al teclado. Sus dedos volaban sobre las teclas mientras líneas de código verde se reflejaban en sus ojos.

—Aquí está —dijo él tras unos minutos—. El proyecto se llama "Elegía". No eres la única, Anny. Hay otros. Pero tú eres el espécimen más avanzado porque tu telepatía te permite procesar la energía de una forma que los demás no pueden. Estaban esperando a que cumplieras dieciocho años para... —Damián se detuvo, su rostro palideciendo.

—¿Para qué? —preguntó Anny, acercándose a la pantalla.

—Para cosecharte —susurró Damián—. No querían entrenarte. Querían extraer tu glándula pineal y la médula para crear un suero que permitiera a gente normal usar tu poder. Iban a convertirte en una batería humana hasta que te apagaras.

Anny sintió un frío glacial recorrer su espalda. Miró sus manos, las mismas que acababan de desintegrar a tres asesinos, y sintió una náusea violenta. El desprecio que sentía por la humanidad alcanzó un nuevo nivel de pureza. No era solo asco; era una declaración de guerra.

—¿Quién es el responsable? —preguntó ella, y su voz sonó como el cristal rompiéndose.

—Un hombre llamado Dr. Vane. Su sede principal está en un complejo subterráneo en las montañas, a trescientas millas de aquí —respondió Damián, descargando los datos en un pequeño disco—. Pero Anny, escucha... si vamos allí, no habrá vuelta atrás. Seremos fugitivos de por vida. Nunca podrás volver con tu familia. Nunca podrás tener una vida normal.

Anny soltó una risa seca, desprovista de cualquier humor.

—¿Vida normal? —Se giró hacia Damián, sus ojos blancos brillando con una determinación feroz—. ¿Hablas de la vida donde tengo que escuchar cómo mi propia abuela me llama monstruo en su cabeza? ¿Donde tengo que fingir que no veo la hipocresía de cada persona que me sonríe? Esa vida ya estaba muerta mucho antes de que tú llegaras a mi ventana.

Damián la observó en silencio durante un largo momento. Vio la soledad en sus ojos, pero también vio una fuerza que no tenía límites.

—Entonces estamos juntos en esto —dijo él, levantándose y guardando el disco en su bolsillo—. El fuego y la luz contra el resto del mundo. Me gusta cómo suena.

Salieron de la fábrica justo cuando el primer rayo de sol asomaba por el horizonte. El cielo tenía un color rosado que a Anny le pareció insultantemente hermoso para un mundo tan podrido. Subieron al coche y Pelusa soltó un maullido de protesta desde el asiento trasero.

—Lo sé, Pelusa —dijo Anny, acariciando la rejilla del transportador—. A mí también me gustaría estar durmiendo. Pero tenemos gente que borrar del mapa.

Damián arrancó el motor y el viejo sedán rugió, listo para el largo viaje hacia las montañas.

—Oye, Anny —dijo Damián mientras salían de nuevo a la carretera principal—. Una vez que terminemos con Vane y su circo de horrores... ¿qué quieres hacer?

Anny miró hacia adelante, hacia el asfalto infinito.

—Quiero un lugar donde el silencio sea de verdad —respondió ella—. Un lugar donde no tenga que escuchar a nadie. Solo a los animales. Y quizás... quizás a ti, si prometes no decir demasiadas estupideces.

Damián soltó una carcajada que llenó el pequeño habitáculo del coche, disipando por un momento la oscuridad que los rodeaba.

—Hecho. Pero no prometo nada sobre las estupideces; es parte de mi encanto natural.

Anny no respondió, pero por primera vez en toda su vida, la esquina de sus labios se curvó en algo que se parecía sospechosamente a una sonrisa. No era una sonrisa de felicidad, sino la sonrisa de alguien que finalmente ha encontrado su propósito. El mundo la había rechazado por ser diferente, y ahora ella iba a demostrarle al mundo por qué debería haber tenido miedo de su silencio.

El viaje hacia el complejo de la Organización continuó, y mientras el coche se perdía en la distancia, la luz blanca en las manos de Anny seguía pulsando, constante y hambrienta, esperando el momento de convertir la oscuridad en cenizas. Ella ya no era solo la chica introvertida que odiaba a la gente; era la tormenta que el Dr. Vane y sus hombres nunca vieron venir. Y cuando llegara, no habría pensamientos que leer, solo el vacío absoluto que deja la luz cuando decide que ya ha tenido suficiente de la sombra.