Posible futuro
La Espada de la Soberanía y el Rugido del Vacío: Shin, el Príncipe de la Guerra
El ambiente en la sala de proyecciones había adquirido un matiz metálico, casi marcial. Si las visiones anteriores habían estado imbuidas de una luz celestial o de una calidez familiar, la energía que ahora emanaba de la pantalla era afilada y fría como el acero recién forjado. Mira Kamiunten, la capitana de la Cuarta Unidad, permanecía sentada con una rectitud absoluta. Sus ojos rojos, siempre cargados de una ambición que intimidaba incluso a sus iguales, estaban fijos en el vacío que pronto se llenaría con su propia estirpe.
—Mira —murmuró Tenka Izumo, abanicándose con la mano—, hasta el aire se siente diferente contigo. ¿Es que planeas engendrar a un conquistador o a un hijo?
—En mi mundo, Tenka, no hay diferencia entre ambas cosas —respondió Mira con una voz gélida que cortó cualquier intento de broma—. Si este Naruto Uzumaki es tan fuerte como dicen, su unión con mi sangre solo puede dar como resultado la perfección absoluta. El poder no es algo que se deba suavizar con sentimientos innecesarios.
—Eso dices ahora —se burló Shushu, señalando la pantalla—, pero mira a Kyōka y a Yachiho. Todas empezaron así y terminaron suspirando por el rubio.
La pantalla estalló en un resplandor de color carmesí y negro. La imagen que se formó no era de un jardín ni de una ciudad moderna, sino de un campo de batalla desolado en las profundidades más recónditas de Mato. El cielo estaba desgarrado, mostrando el vacío púrpura del espacio exterior, y el suelo estaba cubierto de los restos de miles de Shūki desintegrados.
En el centro de la destrucción, un joven de unos dieciocho años permanecía de pie sobre una montaña de cadáveres de monstruos. Su apariencia era imponente: cabello rubio platino, casi blanco, peinado hacia atrás con una elegancia salvaje. Vestía una armadura de placas negras con bordes de oro, y una capa roja que ondeaba furiosamente con el viento cargado de ceniza.
—**Shin Uzumaki** —susurró Ren Yamashiro, evaluando la imagen con ojo clínico—. No parece un soldado. Parece un rey.
Shin no usaba armas convencionales. A su alrededor flotaban seis espadas de energía roja, similares a los pétalos de las habilidades de Mira, pero cada una de ellas estaba envuelta en llamas negras que consumían la luz misma.
—Demasiado lentos —dijo Shin en la pantalla. Su voz era profunda, con un eco de autoridad que hizo que varias capitanas se enderezaran inconscientemente—. ¿Es este todo el poder que el vacío puede enviar contra el hijo de la Reina?
Un Shūki de tamaño colosal, una masa de tentáculos y fauces que superaba en tamaño a cualquier clase especial registrada, emergió de una grieta. Shin ni siquiera se puso en guardia. Simplemente extendió una mano y cerró el puño.
—**Arte de Sabio: Ejecución del Tirano** —sentenció.
Las seis espadas volaron a una velocidad que superaba la percepción visual, formando un hexágono alrededor del monstruo. En un instante, las espadas crearon una barrera de gravedad tan intensa que el Shūki colapsó sobre sí mismo, siendo aplastado hasta convertirse en una esfera del tamaño de una canica antes de ser borrada por una explosión de energía oscura.
—Eso no es solo el poder de Mira-san —observó Himari, ajustándose las gafas—. Es... es una manipulación de la densidad de la materia. Ha combinado la capacidad de atraer y repeler de Naruto con la precisión letal de las cuchillas de Mira.
La escena cambió. Ya no había guerra, sino una sala de trono inmensa, decorada con estandartes que mezclaban el remolino de los Uzumaki con el emblema de la Cuarta Unidad. Naruto, vestido con una túnica negra de alta alcurnia, caminaba por el pasillo central llevando una bandeja de comida... con una expresión de resignación divertida.
—¡Mira! ¡Shin! —gritó Naruto, su voz resonando en las bóvedas del palacio—. ¡Ya sé que están planeando la próxima campaña militar, pero los onigiris se van a enfriar! ¡Y Shin, deja de practicar jutsus de gravedad en el comedor, la última vez casi enviamos la mesa a la dimensión de los sapos!
Mira Kamiunten apareció sentada en un trono lateral, revisando unos mapas tácticos holográficos. Se veía majestuosa, con una corona discreta pero imponente. A su lado, Shin, un poco más joven que en la escena anterior, asentía con seriedad ante las instrucciones de su madre.
—La logística es la base de la victoria, Shin —decía la Mira de la pantalla, ignorando olímpicamente a Naruto—. Si no controlas las rutas de suministro de energía del Melocotón, tu fuerza bruta no servirá de nada.
—Lo entiendo, madre —respondió Shin, pero luego miró a Naruto y su expresión se suavizó ligeramente—. Pero papá tiene razón. Si no comemos, mi concentración bajará un 15% en el próximo simulacro.
Naruto llegó hasta ellos y, sin ningún temor por el aura imponente de Mira, le puso un onigiri directamente en la boca a la capitana.
—Menos mapas y más carbohidratos, "mi reina" —dijo Naruto con esa sonrisa radiante que ya todas empezaban a reconocer—. Shin, no dejes que tu madre te convierta en un robot de guerra. Recuerda que peleamos para que la gente pueda reír, no solo para conquistar.
La Mira de la pantalla masticó el onigiri con una expresión de derrota fingida, mientras Shin soltaba una pequeña risa, una que era idéntica a la de su padre.
En la sala de proyecciones, las capitanas estaban atónitas. Ver a la orgullosa Mira Kamiunten siendo "alimentada" por un hombre y aceptando su consejo sobre la alegría era algo que nadie habría creído sin verlo.
—Mira... estás... —Yachiho no encontraba las palabras—... estás siendo domesticada.
—¡Cierra la boca, Azuma! —estalló Mira, aunque sus mejillas estaban teñidas de un rojo carmesí que delataba sus emociones—. Es... es una estrategia. Ganarse la confianza del enemigo a través de la alimentación. ¡Es táctica básica!
—Sí, claro —se burló Tenka—. Y ese beso que te dio en la frente en la esquina de la imagen también es "táctica básica", ¿verdad?
La pantalla volvió a cambiar, volviéndose sombría una vez más. Esta vez, la amenaza era interna. Un grupo de rebeldes de una dimensión paralela, guerreros que portaban armas imbuidas con el poder de los antiguos dioses, habían logrado infiltrarse en el núcleo del palacio. Naruto estaba herido, protegiendo a un grupo de civiles, mientras Mira mantenía a raya a la fuerza principal.
Shin estaba solo en el salón del trono, rodeado por doce guerreros de élite.
—Tu padre es un héroe caído y tu madre una tirana —dijo el líder de los rebeldes—. Ríndete, mestizo.
Shin levantó la cabeza. Sus ojos, que habían sido rojos como los de su madre, comenzaron a cambiar. El patrón del Rinnegan apareció en su ojo izquierdo, mientras que el derecho brillaba con un carmesí intenso.
—Mi padre es el hombre más amable que existe, y mi madre es la mujer más fuerte de este mundo —dijo Shin, y su voz hizo que los cristales del salón estallaran—. Yo soy el equilibrio de ambos. No soy un mestizo... soy el fin de su rebelión.
Shin juntó sus manos. Una armadura de energía gigante, de un color rojo oscuro, comenzó a formarse a su alrededor. Era un Susanoo, pero tenía cuatro brazos y cada uno sostenía una versión gigantesca de las espadas de Mira.
—**¡Arte Secreto: Susanoo de la Soberanía Total!** —rugió Shin.
El ataque fue de una escala que hizo que incluso Ren Yamashiro se pusiera de pie. Con un solo movimiento de sus brazos de energía, Shin no solo derrotó a los guerreros, sino que reescribió la estructura del palacio para atraparlos en una prisión de gravedad perpetua. No hubo necesidad de matar; su dominio era tan absoluto que la sola idea de resistirse desapareció de la mente de sus enemigos.
—Eso es... el control total —murmuró Fubuki, asombrada—. No solo destruye, sino que somete. Es exactamente lo que Mira siempre ha buscado, pero con la compasión de Naruto para no ejecutar innecesariamente.
La imagen final mostró a Shin caminando hacia su padre herido. Naruto le tendió la mano y Shin la tomó, ayudándolo a levantarse. Detrás de ellos, Mira llegaba volando, aterrizando con elegancia y poniendo una mano en el hombro de su hijo y otra en el de su esposo.
—Has protegido nuestro hogar, Shin —dijo la Mira de la pantalla, con un orgullo que no intentaba ocultar—. Eres un verdadero Kamiunten.
—Y un Uzumaki —añadió Naruto, apoyándose en ellos con una sonrisa cansada pero feliz.
La pantalla se desvaneció, devolviendo la luz a la sala. Mira Kamiunten no se movió. Tenía las manos entrelazadas con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos. Ver a ese joven, Shin, con tal nivel de poder y dignidad, la había golpeado en un lugar que no sabía que existía.
—Parece que mi hijo es el que realmente gobernará —dijo Mira finalmente, recuperando su compostura, aunque su voz temblaba ligeramente—. Ese nivel de autoridad... es lo que Mato necesita.
—Lo que Mato necesita es esa familia, Mira —dijo Ren Yamashiro con suavidad—. Has visto lo mismo que yo. Ese chico no es solo fuerte porque tenga tus genes o los de Naruto. Es fuerte porque tiene algo por lo que luchar que es más grande que él mismo.
—Y ese Naruto... —añadió Shushu con un suspiro— realmente sabe cómo tratar a una mujer difícil. Mira-san, te veías tan... tranquila.
—¡Dije que se callaran! —gritó Mira, aunque esta vez no había veneno en sus palabras, solo una confusión abrumadora.
La pantalla volvió a zumbar, interrumpiendo la discusión. El ambiente cambió de nuevo, volviéndose más ligero, casi gélido. Pequeños cristales de hielo comenzaron a formarse en los bordes de la proyección, y un aroma a flores de invierno llenó la sala.
**Fubuki Azuma × Naruto → Hija: Kaede Uzumaki**
Fubuki Azuma, la hermana mayor de Himari y Yachiho, parpadeó sorprendida. Ella siempre había sido la columna vertebral de la familia, la que cuidaba de los demás desde la sombra, a menudo olvidándose de sus propios deseos. Ver su nombre junto al de Naruto la hizo sentir una calidez que contrastaba con el frío que empezaba a emanar de la pantalla.
—¿Yo? —preguntó Fubuki en un susurro—. ¿Con ese hombre?
—¡Hermana! —exclamó Himari, emocionada—. ¡Esto va a ser increíble! Tu control sobre el hielo y la energía de Naruto... ¡Kaede debe ser como una tormenta eterna!
—O tal vez sea la persona más dulce del mundo —añadió Yachiho, mirando a su hermana con cariño—. Al fin te toca a ti, Fubuki. Veamos qué tipo de felicidad te espera.
Fubuki asintió, su rostro habitualmente sereno iluminado por una chispa de esperanza. La pantalla comenzó a brillar con un azul pálido, y todas se prepararon para ver cómo la calma del invierno se encontraba con el calor del sol. Naruto Uzumaki seguía tejiendo los hilos del destino de las mujeres más poderosas de Mato, y cada nueva vida que nacía de esas visiones era un testimonio de que, tal vez, la guerra no era lo único que les esperaba en el futuro.