Volver al resumen

Posible futuro

La Fortaleza de la Calma y el Rugido de la Tierra: Daichi, el Guardián de lo Inamovible

La sala de proyecciones, que hacía solo unos momentos vibraba con la energía caótica de Shushu, se sumergió gradualmente en una quietud pesada y reconfortante. El aire ya no chispeaba con electricidad ni olía a ozono; ahora, una fragancia a tierra mojada tras la lluvia y a madera vieja llenaba el espacio. Sahara Wakasa, la capitana de la Sexta Unidad, se hundió un poco más en su asiento, cruzando los brazos detrás de su cabeza con su habitual aire de indiferencia, aunque sus ojos ambarinos no se apartaban de la pantalla.

—Bueno, parece que el ambiente se ha puesto serio —comentó Sahara con un bostezo perezoso—. Espero que mi parte no sea demasiado agotadora de ver. Si el chico heredó mi ritmo, probablemente la mitad de la visión sea de nosotros durmiendo la siesta.

—No te engañes, Sahara —replicó Kyōka Uzen, observando la densidad de la energía que empezaba a emanar de la imagen—. Tu "ritmo" siempre ha sido una fachada para una resistencia absoluta. Veremos qué pasa cuando esa inercia se mezcla con alguien que nunca se rinde.

La pantalla se iluminó con un tono ocre profundo. La visión reveló una zona de Mato que ninguna de las capitanas reconoció: un desierto de arena roja donde las tormentas de polvo eran tan densas que parecían sólidas. En medio de ese caos ambiental, una figura permanecía sentada en posición de loto sobre una roca solitaria.

Era un joven de unos dieciocho años, de complexión robusta y hombros anchos. Su cabello era de un rubio oscuro, casi color arena, cortado al ras en los laterales pero un poco más largo en la parte superior. Vestía una túnica de combate marrón reforzada con placas de metal mate. Tenía los ojos cerrados, y su expresión era de una paz tan absoluta que parecía una estatua tallada en la misma roca.

—**Daichi Uzumaki** —leyó Ren Yamashiro en voz alta—. "Gran Tierra". Un nombre que pesa.

De repente, el suelo comenzó a vibrar. Desde las dunas, emergieron Shūki de tipo excavador, criaturas blindadas con garras de diamante capaces de destrozar fortificaciones de acero. Eran cientos, rodeando la roca donde el joven meditaba.

Daichi no abrió los ojos. Simplemente apoyó las palmas de sus manos sobre la piedra.

—**Estilo de Tierra: Sello del Horizonte Inmóvil** —murmuró con una voz que sonó como el retumbar de una montaña.

En un instante, la gravedad en un radio de un kilómetro se multiplicó por cien. Los Shūki, que se lanzaban al ataque, fueron aplastados contra la arena instantáneamente, incapaces de levantar siquiera una pata. El suelo se hundió varios metros, pero la roca donde Daichi estaba sentado permaneció intacta, como si estuviera fuera de las leyes de la física.

—¡Qué fuerza gravitacional tan absurda! —exclamó Himari, ajustándose las gafas mientras analizaba los datos visuales—. No está usando solo chakra, está manipulando la masa de la tierra misma a través de su conexión con ella.

Daichi finalmente abrió los ojos. Eran una mezcla perfecta del ámbar de Sahara y el azul de Naruto, pero con una fijeza que intimidaba. Se puso de pie sin prisa alguna.

—Papá siempre dice que la verdadera fuerza no es cuánto puedes destruir, sino cuánto puedes proteger sin moverte de tu sitio —dijo Daichi a la nada, mientras desenvainaba un bastón de combate hecho de un material negro y denso.

La escena cambió bruscamente a una imagen doméstica que hizo que Sahara se enderezara en su asiento, perdiendo por fin su aire de desgana.

Se encontraban en el patio de una casa sencilla pero espaciosa, construida con piedra y madera pesada. Naruto, luciendo un poco más mayor, con algunas líneas de expresión nuevas pero la misma sonrisa cálida, estaba tumbado en una hamaca gigante. A su lado, Sahara dormía plácidamente sobre una estera de bambú.

El joven Daichi, de unos diez años, estaba sentado cerca de ellos, concentrado en equilibrar piedras una sobre otra usando solo su voluntad.

—Oye, Daichi —dijo Naruto, abriendo un ojo y mirando a su hijo con orgullo—. Tu madre lleva durmiendo tres horas. Si logras poner esa última piedra sin que se despierte, te enseñaré el Rasengan de Gravedad.

—Es una oferta tentadora, papá —respondió el pequeño Daichi en un susurro, con una seriedad cómica para su edad—, pero si mamá se despierta y ve que estamos usando chakra cerca de su siesta, ambos terminaremos enterrados hasta el cuello en el jardín.

Sahara, en la pantalla, se movió un poco y murmuró algo sobre "cinco minutos más", mientras Naruto soltaba una carcajada silenciosa y le revolvía el pelo a su hijo.

En la sala de proyecciones, las capitanas estallaron en risas.

—¡Es idéntico a ti, Sahara! —gritó Shushu, señalando la pantalla—. ¡Hasta tiene tu misma forma de negociar el esfuerzo!

—Parece que Naruto ha encontrado a alguien que puede seguirle el ritmo de descanso —comentó Tenka con una sonrisa pícara—. Aunque ese chico parece tener mucha más disciplina que tú, Sahara.

Sahara no respondió de inmediato. Sentía un nudo extraño en la garganta. Ver a Naruto respetando su espacio, compartiendo su silencio y criando a un hijo que valoraba la estabilidad por encima del caos, le hacía sentir una paz que nunca creyó posible encontrar en una pareja.

—Es... agradable —admitió Sahara en voz baja—. Él no parece intentar cambiarme. Simplemente... se queda ahí, conmigo.

La visión volvió al campo de batalla. La amenaza había escalado. Un Shūki de nivel Dios, una entidad que parecía estar hecha de antimateria y que desintegraba todo lo que tocaba, había aparecido frente a Daichi. El joven guardián no retrocedió ni un centímetro.

—**Modo Sabio: Corazón de la Montaña** —anunció Daichi.

Marcas oscuras, como vetas de mármol, aparecieron en su rostro. Su piel adquirió un brillo metálico. El enemigo lanzó un rayo de desintegración pura, un ataque que habría borrado una ciudad entera. Daichi simplemente cruzó su bastón frente a él.

El ataque impactó, pero en lugar de desintegrarlo, la energía fluyó alrededor de él, siendo absorbida por el suelo a través de sus pies. Daichi era un pararrayos de destrucción, convirtiendo la energía enemiga en estabilidad para la tierra.

—**¡Arte Secreto: Juicio de la Placa Tectónica!** —rugió.

Golpeó el suelo con su bastón y el mundo se partió en dos. Dos inmensas paredes de roca y obsidiana se elevaron desde el abismo, atrapando a la entidad divina en una prensa geológica que se cerró con la fuerza de un continente en movimiento. No hubo explosiones brillantes, solo el sonido sordo y definitivo de la tierra reclamando lo que le pertenecía.

Cuando el polvo se asentó, Daichi estaba solo en el cráter, respirando con calma. Naruto y Sahara aparecieron en el horizonte, caminando hacia él. Naruto le dio un fuerte abrazo, levantándolo del suelo, mientras Sahara le ponía una mano en el hombro, dándole un asentimiento de aprobación que valía más que mil palabras.

—Buen trabajo, Daichi —dijo la Sahara de la pantalla—. Ahora, vamos a casa. Me duele todo de solo verte esforzarte tanto.

—Yo invito a los bollos de canela —añadió Naruto, guiñándole un ojo a su hijo.

La imagen se desvaneció lentamente. La sala quedó en un silencio respetuoso. Sahara Wakasa suspiró, frotándose los ojos, y por primera vez en toda la sesión, no parecía tener sueño.

—Bueno —dijo Sahara, con una voz un poco más clara de lo habitual—. Supongo que ese rubio no es tan malo después de todo. Si puede criar a un chico así y dejarme dormir la siesta... tal vez le dé una oportunidad si alguna vez aparece por aquí.

—Esa es la declaración más romántica que te he oído nunca, Sahara —se burló Yachiho, aunque todas sabían que la capitana de la Sexta Unidad hablaba en serio.

Ren Yamashiro se levantó, mirando la pantalla que ya empezaba a emitir un brillo especial, diferente a todos los anteriores. Esta vez no era un solo color, sino un arcoíris de energías que chocaban y se entrelazaban.

—Parece que hemos terminado con las visiones individuales —anunció la Comandante Suprema, su voz cargada de una nueva anticipación—. Observen. El destino no solo nos ha mostrado a nuestros hijos... nos va a mostrar de lo que son capaces cuando el mundo realmente llega a su fin.

La pantalla mostró un título que hizo que el corazón de todas las presentes diera un vuelco:

**FUTURO ESPECIAL: EL LEGADO DE LOS DIEZ — LA BATALLA POR EL MULTIVERSO**

—¿Los diez? —susurró Kyōka, apretando el puño—. ¿Quieres decir que todos ellos...?

—Todos —respondió la entidad que manejaba la sala, su voz resonando desde todas partes—. Akio, Hikari, Raiden, Mirai, Shin, Kaede, Sora, Daichi... y los dos que aún no han visto en detalle. Los diez hijos de Naruto Uzumaki, unidos contra la mayor amenaza que la existencia ha conocido jamás.

La sala se oscureció por completo, y una música épica, llena de tambores de guerra y coros celestiales, comenzó a sonar. Las capitanas de Mato se inclinaron hacia adelante. Ya no eran solo espectadoras de un futuro posible; estaban a punto de presenciar la culminación de un linaje que cambiaría el universo para siempre.

—¡Miren! —gritó Shushu, señalando hacia el centro de la proyección—. ¡Están todos ahí!

En la pantalla, diez siluetas se recortaban contra un sol moribundo. En el centro, Akio y Hikari lideraban la formación. A sus lados, el rayo de Raiden, el tiempo de Mirai, la gravedad de Shin, el hielo de Kaede, la fuerza de Sora y la solidez de Daichi creaban un frente de poder inimaginable.

—Por el nombre de nuestro padre —dijo la voz de Akio, resonando con la fuerza de diez mil soles—. ¡No dejaremos que este mundo caiga!

La batalla final estaba a punto de comenzar, y las madres de esos héroes observaban con el aliento contenido, comprendiendo finalmente que su unión con Naruto Uzumaki no era solo una cuestión de romance o política... era la salvación de todo lo que existía.