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Primera vez.

La Disciplina del Deseo

El aire gélido de la azotea de la U.A. golpeó los rostros de Tenya y Junko mientras salían por la puerta metálica, cargando el pesado maletín del telescopio. Sus respiraciones aún estaban ligeramente agitadas, y el rubor en las mejillas de Junko no se debía únicamente al frío nocturno. Se habían vestido a una velocidad récord, ajustando uniformes y alisando cabellos rebeldes con manos temblorosas, tratando de borrar cualquier rastro de la intensidad que acababan de compartir en la habitación del delegado.

—¡Lamentamos la tardanza! —exclamó Tenya con su habitual tono autoritario y sus gestos robóticos de brazos, aunque Junko notó un ligero temblor en su voz—. ¡El mecanismo de calibración del eje azimutal estaba atascado y requería una revisión minuciosa para asegurar una observación óptima!

—Sí, eso... —añadió Junko, evitando la mirada de Ashido y Kaminari, quienes los observaban con curiosidad—. Iida-kun es muy... meticuloso con sus herramientas. Ya saben cómo es.

Afortunadamente, la atención de la Clase 1-A volvió rápidamente al cielo cuando una ráfaga de meteoritos cruzó el firmamento, dejando estelas plateadas sobre el horizonte. Durante casi una hora, el grupo disfrutó del espectáculo, pero para Tenya e Iida, el cosmos palidecía en comparación con la electricidad que seguía recorriendo sus venas. Cada vez que sus manos se rozaban al ajustar el lente, o cuando sus hombros chocaban accidentalmente, una chispa de deseo contenido amenazaba con romper la fachada de normalidad.

Cuando la última estrella fugaz desapareció y los estudiantes comenzaron a retirarse a sus dormitorios, Tenya esperó a que el pasillo estuviera semivacío. Con un movimiento rápido y decidido, impropio de su usual cautela, tomó a Junko por la muñeca. No hubo palabras de cortesía esta vez. La arrastró por el pasillo hacia su habitación, cerrando la puerta con un clic seco y definitivo en cuanto entraron.

Junko se sintió de repente pequeña. La timidez, esa que solía ocultar tras su máscara de rebeldía y sarcasmo, afloró con fuerza. Se quedó de pie cerca de la puerta, jugueteando con el dobladillo de su camiseta, mientras Tenya se quitaba las gafas y las dejaba sobre el escritorio con una firmeza que la hizo estremecer.

—Tenya... —susurró ella, con la voz quebrada—. ¿Estás bien?

Él se giró. Sus ojos, usualmente severos y analíticos, ardían con una intensidad depredadora. Se acercó a ella con pasos lentos, acorralándola contra la madera de la puerta.

—No hemos terminado, Junko —dijo él, su voz ahora era un barítono bajo y cargado de una posesividad que ella nunca habría imaginado en el recto delegado—. La primera vez fue para conocerte. Ahora quiero que entiendas cuánto te deseo realmente.

Sin esperar respuesta, Tenya sepultó su rostro en el cuello de Junko. Sus labios no eran suaves como antes; eran exigentes, casi voraces. Comenzó a succionar y morder la piel delicada de su hombro y su cuello, dejando marcas violáceas que ella no podría ocultar fácilmente al día siguiente. Junko soltó un jadeo, echando la cabeza hacia atrás mientras sentía el calor de la boca de Tenya marcándola.

—Eres tan hermosa, Junko... —le susurró al oído, su aliento caliente enviando escalofríos por su columna—. ¿Me dejas... me dejas ser sucio contigo? Quiero