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Primera vez.

La Disciplina del Deseo

—Eres tan hermosa, Junko... —le susurró al oído, su aliento caliente enviando escalofríos por su columna—. ¿Me dejas... me dejas ser sucio contigo? Quiero hacerte cosas que no están en ningún manual, cosas que me han tenido sin dormir desde que empezamos a estudiar juntos.

Junko sintió que las piernas le flaqueaban. El Tenya Iida que tenía delante no era el delegado estricto que gritaba en los pasillos sobre el uniforme correcto; era un hombre desatado, cuya pasión contenida durante meses estaba estallando con la precisión de una máquina perfectamente engrasada. Ella asintió, incapaz de articular palabra, atrapada entre la timidez de su cuerpo y el deseo ardiente de su mente.

—Dime que sí, Junko. Necesito oírlo —insistió él, bajando una de sus manos grandes y firmes para apretarle el glúteo con fuerza, pegándola contra su erección que se sentía rígida a través de la tela del pantalón.

—Sí, Tenya... por favor —gimió ella, enredando sus dedos en el cabello azul oscuro de él, tirando un poco para obligarlo a mirarla.

Él no perdió un segundo. Con una mano comenzó a levantar la camiseta de Junko mientras con la otra le acariciaba el rostro con una devoción casi religiosa. Susurró contra su boca palabras que la hicieron sonrojarse hasta la raíz del cabello: descripciones detalladas de lo que quería hacerle a su cuerpo, de cómo quería oírla gritar su nombre mientras la poseía sin piedad. La dicción de Tenya era perfecta incluso para las obscenidades, lo que las hacía sonar doblemente excitantes.

Mientras la desvestía, sus labios nunca dejaron los de ella. Eran besos húmedos, profundos, con lenguas que se entrelazaban en una lucha por el dominio. Tenya bajó sus manos hacia los pechos pequeños de Junko, amasándolos con una urgencia que contrastaba con su habitual caballerosidad. Sus pulgares rozaban los pezones, endureciéndolos, mientras soltaba un gruñido de satisfacción al sentir cómo ella vibraba bajo su tacto.

—Te voy a preparar, Junko. Quiero que estés tan desesperada por mí que no puedas pensar en nada más —murmuró él.

La hizo girarse y la apoyó contra la puerta. Con una agilidad propia de un héroe, Tenya se deshizo de su propio pantalón y calzoncillo, pero no se detuvo para desvestirse del todo. La urgencia era demasiada. Metió la mano por debajo de la falda que ella aún llevaba a medio bajar, encontrando su intimidad ya empapada. Sus dedos largos y fuertes comenzaron a trabajar con una técnica que delataba su inteligencia: él sabía exactamente dónde presionar, cómo girar, cómo llevarla al límite.

—¡Ah! Tenya... —exclamó ella, arqueando la espalda, sintiendo cómo el placer la inundaba.

—Shh... —le siseó él al oído, mordiéndole el lóbulo—. No queremos que Bakugo o Midoriya vengan a preguntar qué pasa, ¿verdad? Aunque me encantaría que todos supieran que eres mía.

Él continuó masturbándola, usando su otra mano para apretar sus pechos, mientras le decía al oído lo mucho que le gustaba verla así de desarmada. La timidez de Junko se desvanecía ante la intensidad de Iida. Él la hizo darse la vuelta de nuevo y, con una facilidad pasmosa debido a su diferencia de tamaño y a la fuerza de sus brazos entrenados, la levantó en vilo.

Junko rodeó instintivamente la cintura de Tenya con sus piernas, sintiendo los poderosos músculos de sus muslos —donde residían sus motores— tensarse como cuerdas de acero. Él la sostenía con una sola mano bajo sus glúteos firmes, mientras con la otra buscaba a tientas en el bolsillo de su pantalón tirado en el suelo un preservativo. Lo colocó con una eficiencia mecánica, sin romper el contacto visual con ella.

—Sujétate fuerte, Junko —le advirtió con voz ronca.

Se posicionó y, con un empuje decidido, se hundió en ella por completo. El grito de Junko fue ahogado por el beso de Tenya. Estar de pie, suspendida por su fuerza, hacía que la penetración fuera increíblemente profunda. Ella sentía cada centímetro de él, la plenitud llenándola de una manera que la hacía sentir pequeña y protegida, pero a la vez intensamente deseada.

—Eres tan estrecha... —jadeó Tenya, comenzando a moverse. Sus embestidas eran potentes, rítmicas, ascendentes. Sus brazos no temblaban; la sujetaba como si fuera el tesoro más valioso del mundo mientras la follaba con una ferocidad que la dejaba sin aliento—. ¿Te gusta así? ¿Sientes cómo te reclamo?

—¡Sí! ¡Más, Tenya, más! —suplicó ella, golpeando su cabeza contra la puerta en cada envite.

El sudor comenzó a perlar sus cuerpos. El contraste entre la piel pálida de Junko y los brazos bronceados y musculosos de Tenya era una imagen que él guardaría en su memoria para siempre. Él la subía y bajaba, usando la gravedad a su favor, haciendo que ella se estremeciera con cada choque de sus pelvis. El placer era tan gráfico, tan tangible, que Junko sentía que sus sentidos iban a colapsar.

Finalmente, tras una serie de estocadas rápidas y profundas que hicieron que el mundo de Junko estallara en colores, ambos llegaron al clímax. Tenya soltó un rugido sordo contra su cuello, apretándola contra sí mientras su semilla quedaba contenida en el látex, sintiendo las contracciones de ella abrazándolo por dentro.

Pero Tenya no estaba satisfecho. No todavía.

Sin dejar que sus pies tocaran el suelo por mucho tiempo, la llevó directamente hacia la cama. El orden milimétrico de las sábanas desapareció en un instante cuando la lanzó sobre el colchón, boca abajo.

—Tenya... espera... —intentó decir ella, recuperando el aliento.

—No hay tiempo para esperar, Junko —respondió él, su voz cargada de una nueva oleada de deseo—. Aún no he terminado de mostrarte lo que un hombre disciplinado puede hacer cuando pierde el control.

Se colocó detrás de ella, arrodillado. La vista de las caderas anchas de Junko y su cintura pequeña desde ese ángulo era demasiado para su autocontrol. Sin previo aviso, Tenya levantó la mano y descargó un azote firme sobre su glúteo derecho. El sonido del impacto resonó en la habitación, seguido por el jadeo de sorpresa de ella.

—¡Tenya! —exclamó, pero no había racha de queja en su voz, sino una invitación.

Él repitió el gesto en el otro lado, dejando marcas sonrosadas que contrastaban con la blancura de su piel. Luego, se inclinó sobre ella, atrapando sus manos sobre la almohada y mordiéndole los hombros, dejando marcas de dientes que se sumarían a los chupones de su cuello. Sus manos viajaron hacia adelante, apretando sus pechos con fuerza, marcándolos también con sus dedos.

—Vas a llevar mi marca mañana, Junko. Todos verán que el delegado tiene un lado que solo tú conoces —le susurró, su voz volviéndose cada vez más oscura.

Se puso un nuevo preservativo con la misma presteza que antes y la penetró por detrás de un solo golpe. Junko soltó un grito que enterró en la almohada. Esta posición permitía a Tenya llegar aún más profundo. Él se movía con una fuerza bruta, sus manos abandonando sus pechos para sujetarla por las caderas, clavando sus dedos en su piel mientras la golpeaba rítmicamente.

—Mírame —le ordenó.

Ella giró la cabeza lo suficiente como para verlo. Tenya tenía el cabello revuelto y la mirada perdida en la lujuria. Él metió dos de sus dedos en la boca de Junko, y ella, entendiendo la orden implícita, comenzó a succionarlos mientras él la follaba con una intensidad que rozaba lo salvaje. El sonido de sus cuerpos chocando, el roce de la piel y los gemidos ahogados creaban una sinfonía de absoluta entrega.

—Eres mía, Junko. Di que eres mía —exigía él entre embestidas, aumentando la velocidad hasta que el movimiento era casi un borrón de pura energía física.

—¡Soy tuya! ¡Tenya, soy tuya! —gritó ella, perdiendo toda la timidez, entregándose al caos que él estaba provocando en su cuerpo.

Tenya la azotó una última vez, un golpe cargado de afecto y posesividad, antes de alcanzar su segundo clímax. Se derrumbó sobre ella, cubriendo su espalda con su pecho sudoroso, respirando con dificultad. El silencio volvió a la habitación, pero era un silencio vibrante, cargado del peso de lo que acababa de ocurrir.

Poco a poco, el delegado volvió a emerger. Tenya se retiró con cuidado, se deshizo de la protección y buscó una toalla limpia para limpiar a Junko con una delicadeza que derretía el corazón. La cubrió con la sábana y se acostó a su lado, atrayéndola hacia su pecho musculoso.

—Lamento si fui... demasiado intenso —dijo él, su voz recuperando algo de su formalidad, aunque su mano acariciaba con ternura el hombro que acababa de morder—. Es solo que, contigo, todas mis reglas parecen no tener sentido.

Junko se acurrucó contra él, sintiendo el latido errático de su corazón.

—No te disculpes, Tenya —susurró ella con una sonrisa traviesa, a pesar del cansancio—. Si esta es la forma en que el delegado rompe las reglas, creo que voy a empezar a portarme muy mal a partir de ahora.

Tenya soltó una carcajada baja y le besó la frente. Sabía que al día siguiente tendría que volver a ser el ejemplo de la clase, el chico de las gafas y los gestos rectos. Pero bajo ese uniforme, llevaría el secreto de la rebeldía de Junko, y ella llevaría en su piel las marcas de un orden que se había rendido ante la pasión más absoluta. En la U.A., las estrellas seguían su curso, pero en esa habitación, dos mundos opuestos habían encontrado el equilibrio perfecto entre el control y el éxtasis.