Problemas de pareja
Entre el Miedo y la Devoción: El Asedio a Odym
El sector 2682, hogar de los Linternas Azules, solía ser el rincón más silencioso y pacífico de la creación. Sus vientos olían a incienso y flores de cristal, y el murmullo de sus ríos era una canción de cuna para el alma. Sin embargo, esa mañana, la atmósfera de Odym vibró con una frecuencia discordante. Un rastro de energía amarilla, densa y cargada de una intención depredadora, rasgó el cielo cerúleo como una cicatriz de fuego.
Saint Walker estaba en medio de una lección de meditación con un grupo de jóvenes iniciados. Su voz, suave y rítmica, guiaba a los novatos hacia el centro de su propia esperanza.
—Recuerden —decía Walker, con las manos entrelazadas tras su espalda—, que la luz azul es la más poderosa, pero también la más sutil. No requiere fuerza, solo fe. Todo estará...
Un estruendo sónico interrumpió su frase. Una figura masiva aterrizó a pocos metros, levantando una nube de polvo y pétalos azules. Los iniciados retrocedieron, sus anillos brillando con una luz defensiva, pero Walker solo suspiró, una mezcla de resignación y un calor involuntario subiendo por su cuello.
—¡Walker! —rugió Arkillo, poniéndose en pie. Su armadura negra y amarilla goteaba estática. Su sola presencia parecía absorber la luz del entorno—. Deja de perder el tiempo con estos renacuajos. Tengo asuntos urgentes que requieren tu... supervisión.
Walker hizo una señal a sus alumnos para que se retiraran. Los pequeños linternas, confundidos pero obedientes, se alejaron volando, lanzando miradas de reojo al monstruoso guerrero que parecía querer devorar a su maestro con la mirada.
—Hermano Arkillo —dijo Walker, recuperando su compostura y caminando hacia él con esa elegancia etérea que tanto irritaba y excitaba al guerrero de Monde—. Tu llegada ha sido algo... impetuosa. Estábamos en medio de una comunión espiritual.
Arkillo dio un paso hacia adelante, invadiendo el espacio personal de Walker hasta que sus pechos casi se tocaron. La diferencia de tamaño era cómica, pero el aire entre ellos estaba cargado de una tensión que nada tenía que ver con el combate.
—Al diablo con la comunión —gruñó Arkillo, bajando la voz hasta convertirla en un vibrato que Walker sintió en la base de su columna—. Llevo tres días en Qward escuchando los gritos de los reclutas y el parloteo de Sinestro. Necesito algo real. Te necesito a ti, ahora mismo.
Walker parpadeó, sus ojos brillantes fijos en los orbes rojos y sedientos de su pareja.
—Arkillo, por favor —susurró el Astoniano, mirando alrededor para asegurarse de que nadie estuviera cerca—. Estamos en terreno sagrado. Hay un protocolo, un tiempo para cada cosa...
—Mi protocolo es este —interrumpió Arkillo. Con un movimiento rápido, rodeó la cintura de Walker con un brazo musculoso y lo atrajo hacia sí con una fuerza posesiva—. He hecho un hueco en mi agenda de entrenamiento. Tengo exactamente dos horas antes de que tenga que volver para romperle las costillas a un nuevo recluta de Korugar. Vamos a los bosques de cristal. Ahora.
Walker sintió que su rostro se teñía de un azul violeta intenso. El contraste entre la brutalidad de las palabras de Arkillo y la forma en que su mano, a pesar de las garras, lo sostenía con una firmeza que lo hacía sentir extrañamente seguro, era abrumador.
—¿Y qué esperas encontrar en los bosques, hermano? —preguntó Walker, aunque ya conocía la respuesta.
Arkillo se inclinó, rozando con sus colmillos la delicada piel de la oreja de Walker.
—Espero encontrarte a ti, sin ese uniforme, usando nada más que el pequeño regalo que te envié desde el sector 2814 —susurró el Yellow Lantern—. Ese que tiene las orejas largas y blancas.
Walker cerró los ojos, soltando un gemido ahogado que intentó disfrazar como un suspiro de oración.
—Arkillo... eso es... es una vestimenta de un animal de la Tierra. No tiene sentido metafísico. Es humillante.
—No es humillante si me hace querer arrodillarme ante ti solo para arrancártelo con los dientes —replicó Arkillo con una honestidad brutal—. No me hagas repetirlo, Walker. Mi paciencia es menor que la de un Red Lantern con rabia.
Sin esperar respuesta, Arkillo activó su anillo y envolvió a ambos en una burbuja de energía amarilla, despegando hacia las profundidades de los bosques de cristal de Odym.
Minutos después, se encontraban en un claro oculto, donde los árboles de cuarzo refractaban la luz en mil arcoíris. El silencio era absoluto, roto solo por la respiración pesada de Arkillo. El guerrero soltó a Walker, quien se alisó el uniforme con manos temblorosas.
—¿Realmente insistes en esto? —preguntó Walker, tratando de mantener su dignidad—. ¿No podemos simplemente... sentarnos y hablar sobre cómo el miedo puede ser transmutado en coraje?
—Ya hemos hablado demasiado —dijo Arkillo, comenzando a despojarse de sus guanteletes—. Durante meses he escuchado tus sermones. He sido paciente. He intentado ser el compañero "espiritual" que querías. Pero soy un Sinestro Corps, Walker. Mi naturaleza es reclamar lo que deseo. Y te deseo tanto que me duele el pecho.
Arkillo sacó un pequeño paquete de un compartimento de su cinturón y se lo lanzó. Walker lo atrapó en el aire. Dentro, una pieza de encaje blanco y una diadema con orejas de conejo brillaban bajo la luz de Odym.
—Póntelo —ordenó Arkillo. Sus ojos rojos ardían con una intensidad que habría hecho temblar a un planeta entero, pero que a Walker solo le provocaba un estremecimiento de anticipación prohibida.
—Esto no es propio de un Santo —murmuró Walker, aunque sus dedos ya estaban desabrochando el cuello de su uniforme azul.
—Para mí, eres un dios —dijo Arkillo, su voz suavizándose por un breve instante—. Pero incluso los dioses deben ser adorados de formas... carnales.
Con una lentitud tortuosa, Walker se despojó de sus ropas. Su piel blanca y pálida parecía brillar con luz propia contra el suelo de cristal. Arkillo se quedó inmóvil, su respiración deteniéndose por completo. Ver a Saint Walker así, vulnerable pero sereno, era la única cosa en el universo que realmente lograba calmar la furia de su sangre.
Cuando Walker terminó de colocarse la ridícula prenda —que apenas cubría lo necesario y resaltaba su complexión delgada y elegante— y se puso la diadema de orejas blancas, el contraste fue tan erótico como absurdo. El líder de los Blue Lanterns, el símbolo de la esperanza universal, estaba allí parado, sonrojado hasta la punta de sus pies, vestido como una fantasía humana de mal gusto.
—¿Estás... satisfecho ahora? —preguntó Walker, su voz apenas un susurro.
Arkillo no respondió con palabras. Se lanzó hacia adelante, derribando a Walker sobre el lecho de musgo azulado. El peso del enorme alienígena era inmenso, pero Walker lo recibió con los brazos abiertos, permitiendo que el miedo y la fuerza de Arkillo lo envolvieran.
—Eres lo más hermoso que he visto en todos los sectores —gruñó Arkillo, enterrando su rostro en el cuello de Walker—. Y voy a asegurarme de que no olvides este momento ni en mil encarnaciones.
—La esperanza... —comenzó Walker, soltando un grito ahogado cuando las manos de Arkillo comenzaron a explorar su cuerpo con una urgencia feroz— la esperanza dice que serás gentil, hermano mío.
—La esperanza te ha mentido hoy —respondió Arkillo, sus garras rozando con cuidado pero con firmeza el encaje blanco—. Hoy solo hay deseo.
Lo que siguió fue una tormenta de sensaciones que desafiaba la calma de Odym. Arkillo era rudo, sus movimientos cargados de una pasión que bordeaba la violencia, pero en cada mordisco, en cada apretón, había una devoción absoluta. Walker, por su parte, se entregó por completo. Descubrió que, bajo su fachada de paz eterna, existía un hambre que solo la oscuridad de Arkillo podía saciar. Sus gritos, lejos de ser de miedo, eran de una liberación que nunca había encontrado en la meditación.
Las orejas de conejo terminaron tiradas a un lado, olvidadas en el suelo de cristal, mientras los dos linternas se perdían el uno en el otro. El amarillo y el azul se mezclaban en un resplandor verde esmeralda que iluminaba el claro, una tregua perfecta entre dos fuerzas opuestas.
Horas más tarde, cuando el sol de Odym comenzaba a descender, Arkillo se encontraba sentado, apoyado contra un árbol de cristal, con Walker descansando entre sus piernas, envuelto en la capa amarilla del guerrero.
—Tendré que volver —dijo Arkillo, pasando una mano enorme por la cabeza alargada de Walker con una ternura sorprendente—. Sinestro sospechará si me quedo más tiempo "patrullando" este sector.
Walker levantó la vista, sus ojos serenos de nuevo, aunque sus labios estaban ligeramente hinchados.
—Vuelve a tu deber, Arkillo. Pero recuerda lo que te dije. El equilibrio es necesario.
Arkillo soltó una carcajada ronca.
—El equilibrio es lo que acabamos de hacer, pequeño santo. Aunque sospecho que la próxima vez querrás que use yo algún disfraz de la Tierra. Ese Gardner mencionó algo llamado "enfermero".
Walker se tapó la cara con las manos, su risa suave resonando en el claro.
—Por favor, no. No creo que el universo esté preparado para ver a un Sinestro Corps vestido de enfermero. Ten un poco de piedad por mi vista.
Arkillo se puso de pie, ayudando a Walker a levantarse. Lo miró por última vez, grabándose la imagen de su pareja despeinada y marcada por su posesión.
—La piedad no es lo mío —dijo Arkillo, dándole un último beso brusco—. Prepárate para la próxima semana. He oído que en la Tierra celebran algo llamado "Halloween". Ya tengo un par de ideas.
Walker observó cómo la estela amarilla desaparecía en el firmamento. Se quedó allí un momento, recogiendo sus ropas y la lencería blanca con una sonrisa pequeña y secreta.
—Todo estará bien —susurró para sí mismo, ajustándose el anillo azul—. Pero ciertamente, la esperanza va a necesitar mucha paciencia con ese hombre.
Mientras caminaba de regreso al templo, Walker se dio cuenta de que su caminar era un poco más lento de lo habitual, y que el dolor en sus caderas era un recordatorio constante de la intensidad de Arkillo. Él, el santo de la paz, había encontrado su ancla en el ser más violento de la galaxia. Y, aunque nunca lo admitiría en voz alta frente a sus discípulos, estaba deseando ver qué ridículo disfraz traería Arkillo la próxima vez. Porque en el fondo, entre el miedo y la esperanza, había descubierto que el amor era la fuerza más caótica y maravillosa de todas.