Problemas de pareja
Entre el Deber y el Deseo: Un Choque de Luces
La atmósfera en Qward siempre era opresiva, cargada de una electricidad estática que sabía a ozono y a pánico metálico. Sin embargo, para Saint Walker, ese ambiente hostil se había convertido en un escenario recurrente de sus encuentros más... intensos. Arkillo no era un hombre de sutilezas, y su concepto de "tiempo de calidad" solía implicar arrastrar al Astoniano a algún rincón oscuro de la armería o a las cámaras de entrenamiento privadas mientras los reclutas gritaban de dolor en el piso de abajo.
Esa tarde, la urgencia de Arkillo era casi palpable. Había estado supervisando un ejercicio de combate cuerpo a cuerpo particularmente sangriento, y la visión de la violencia combinada con la presencia serena de Walker, que esperaba pacientemente en las sombras, había encendido un fuego en su sangre que ninguna meditación azul podría sofocar.
—¡Suficiente! —rugió Arkillo a sus subordinados, haciendo que el suelo de metal vibrara—. ¡Si no pueden mantener su guardia alta contra un simple constructo de miedo, no merecen este anillo! Entrenen hasta que sus pulmones colapsen. No quiero ser interrumpido.
El enorme guerrero de Monde se dio la vuelta, ignorando las miradas temerosas de sus alumnos, y se dirigió a su oficina privada: una habitación austera llena de armas trofeo y una gran silla de mando hecha de piedra negra. Walker ya estaba allí, observando un mapa holográfico del sector.
—Hermano Arkillo —dijo Walker, girándose con esa sonrisa que lograba desarmar incluso al más feroz de los Sinestro Corps—. Tu pasión por el entrenamiento es... admirable, aunque un poco ruidosa.
—Cierra la boca, Walker —gruñó Arkillo, cerrando la puerta con un golpe seco y activando el sello de energía—. Llevo horas pensando en cómo esa piel blanca tuya se vería bajo estas luces. Y te pedí que trajeras algo especial.
Walker suspiró, sintiendo el calor subir por su rostro. De su túnica azul extrajo una pequeña prenda de seda oscura que contrastaba violentamente con su pureza habitual.
—Realmente tienes una fijación con la vestimenta de los mundos primitivos —comentó Walker, aunque sus manos no dudaron en despojarse de su uniforme—. Pero si esto calma la tormenta en tu pecho, lo haré con gusto.
Arkillo se dejó caer en su silla de mando, su respiración volviéndose pesada mientras observaba al Astoniano quedar solo en aquella prenda mínima. Sus ojos rojos recorrieron cada centímetro de la complexión delgada y elegante de Walker.
—Siéntate aquí —ordenó Arkillo, señalando su propio rostro con un gesto de garra—. Quiero que tu esperanza me asfixie. Quiero sentirte encima de mí mientras te escucho rezar tus tonterías de paz.
Walker, con una audacia que solo Arkillo lograba despertar, se acercó. No había miedo en él, solo una devoción profunda. Se posicionó sobre el regazo del gigante, elevándose sobre él antes de descender con lentitud, sentándose directamente sobre el rostro de Arkillo, permitiendo que el guerrero sintiera su calor y su peso.
Arkillo soltó un gruñido ahogado de pura satisfacción, sus manos enormes apretando los muslos de Walker con una fuerza que dejaría marcas azules. El contraste era absoluto: la bestia del miedo siendo dominada, a su manera, por el santo de la esperanza.
Sin embargo, la paz —o la falta de ella— duró poco.
Un estruendo masivo sacudió la puerta de la oficina. No fue un golpe de un recluta, ni una llamada de Sinestro. Fue una explosión de energía esmeralda que arrancó la puerta de sus bisagras de cuarzo negro.
—¡Arkillo, maldito animal, sé que lo tienes aquí! —La voz de Kilowog resonó como un trueno de artillería pesada.
El Linterna Verde del sector 674 entró en la habitación como una tromba, su anillo brillando con una intensidad cegadora. Se detuvo en seco cuando su mirada cayó sobre la escena: Arkillo enterrado bajo la anatomía de un Saint Walker casi desnudo y muy sonrojado.
—¡Por los testículos de un Bolovax! —exclamó Kilowog, su rostro porcino contrayéndose en una mezcla de furia y asco—. ¡Walker! ¡Bájate de esa cosa ahora mismo!
Walker, en un despliegue de agilidad asombrosa, saltó del regazo de Arkillo y trató de cubrirse con los restos de su capa azul, su rostro ahora de un color violeta oscuro.
—¡Hermano Kilowog! —exclamó Walker, su voz temblando por primera vez en siglos—. Esto... esto no es lo que parece. Estábamos... intercambiando perspectivas sobre el equilibrio emocional.
Arkillo se puso en pie, su anillo amarillo lanzando chispas de furia. Sus colmillos estaban al descubierto y su pecho subía y bajaba con violencia.
—¡Gardner me dijo que eras un entrometido, pero esto es demasiado! —rugió Arkillo, dando un paso hacia el Linterna Verde—. ¡Vete de aquí antes de que te arranque esa nariz de cerdo y te la haga tragar!
Kilowog no retrocedió. Al contrario, dio un paso adelante, su construcción de anillo creando un martillo de guerra del tamaño de una nave pequeña.
—¿Intercambiando perspectivas? —Kilowog miró a Walker, y por un momento, la rabia se transformó en algo parecido al despecho—. Walker, te dije que este bruto no sabía tratar a alguien como tú. ¡Te dije que en Oa estarías más seguro!
—¿Seguro? —Arkillo soltó una carcajada sarcástica—. ¡Tú solo quieres que esté en Oa para poder meterlo en tu propia litera, pedazo de escoria verde! No creas que no sé lo que pasó en el sector 2814 durante la guerra contra los Manhunters.
Walker se interpuso entre los dos gigantes, levantando las manos en un gesto de paz desesperado.
—Hermanos, por favor. No hay necesidad de violencia. La luz azul nos enseña que...
—¡Cállate, Walker! —gritaron ambos al unísono.
Kilowog señaló a Arkillo con un dedo acusador.
—Él no te merece. Es un carnicero. Yo te he tratado con respeto, te he llevado a los mejores sintetizadores de comida de la Ciudadela. ¡Incluso te dejé usar mis herramientas de ingeniería!
—¡Oh, qué romántico! —escupió Arkillo—. Le enseñaste a apretar tornillos. Yo le enseño lo que significa sentirse vivo. Yo le doy lo que su anillo no puede: pasión pura y dura.
—¡Lo que le das es una infección intergaláctica! —rugió Kilowog, lanzando un puñetazo de energía verde que Arkillo bloqueó con un escudo amarillo.
La oficina de Arkillo se convirtió en un caos. Los dos guerreros más fuertes de sus respectivos cuerpos comenzaron a intercambiar golpes que habrían nivelado una ciudad. El verde y el amarillo chocaban, creando destellos de luz esmeralda y ámbar que hacían que Walker tuviera que protegerse tras la silla de piedra.
—¡Deténganse! —intentó Walker de nuevo—. ¡Kilowog, Arkillo! ¡Ambos son importantes para mí!
Kilowog se detuvo un momento, jadeando, mientras mantenía a Arkillo a raya con un campo de fuerza.
—¿Ambos? —preguntó Kilowog, su voz herida—. ¿Me estás diciendo que este... este saco de pulgas de Monde es lo mismo para ti que yo? Walker, compartimos noches de patrulla silenciosa. Te dejé ver mis planos de reconstrucción de Bolovax Vik.
—Y yo —intervino Arkillo, limpiándose un rastro de sangre de su labio— le dejé sentarse en mi cara mientras los Guardianes del Universo probablemente miraban por sus cámaras. ¡Eso es compromiso, cerdo verde!
Walker se cubrió el rostro con las manos, sintiendo que su dignidad se desintegraba más rápido que un planeta en un agujero negro.
—Kilowog, mi afecto por ti es profundo y lleno de gratitud por tu fuerza y tu guía —dijo Walker con suavidad—. Pero la naturaleza de Arkillo... su fuego... es algo que mi esperanza necesita para no volverse complaciente.
—¡Es un pervertido! —gritó Kilowog—. ¡Te hizo usar orejas de conejo, Walker! ¡Lo vi en los informes de inteligencia de Guy Gardner!
Arkillo rugió de risa.
—¡Y le quedaban de maravilla! ¿Qué le ofreces tú? ¿Una cena aburrida con los Guardianes hablando de estatutos y leyes?
—¡Le ofrezco honor! —Kilowog cargó de nuevo, esta vez embistiendo a Arkillo y atravesando la pared exterior de la oficina.
Ambos cayeron al patio central de entrenamiento, donde cientos de reclutas de los Sinestro Corps se detuvieron en seco para ver a su instructor pelear a puño limpio contra el legendario Kilowog.
—¡Miren esto! —gritó un recluta—. ¡El instructor está peleando por el azulito!
Walker salió volando tras ellos, su anillo azul brillando con una luz pálida pero constante. Sabía que si no intervenía, estos dos terminarían matándose o, peor aún, Sinestro y Hal Jordan aparecerían para pedir explicaciones.
—¡Basta ya! —La voz de Walker no fue un grito, sino una onda de choque de calma pura. Su anillo emitió una pulsación de esperanza tan fuerte que los constructos de ambos guerreros se disolvieron instantáneamente.
Kilowog y Arkillo quedaron de rodillas en el suelo, respirando con dificultad, sus anillos temporalmente inactivos por la sobrecarga de luz azul.
Walker descendió lentamente, aterrizando entre los dos. A pesar de estar apenas cubierto por la capa azul de Arkillo, su presencia era imponente.
—No soy un trofeo de guerra —dijo Walker, mirando primero a Kilowog y luego a Arkillo—. Soy un portador de la luz, igual que ustedes. Kilowog, tu lealtad y tu corazón son pilares de mi existencia. Arkillo, tu honestidad brutal y tu deseo me mantienen anclado a la realidad de los seres vivos.
Kilowog bajó la cabeza, avergonzado.
—Lo siento, Walker. Es solo que... ver a este tipo tocándote de esa manera... me vuelve loco.
Arkillo gruñó, aunque el brillo de odio en sus ojos había disminuido.
—No voy a disculparme por querer lo que es mío. Pero... —miró a Kilowog de reojo— admito que tienes un golpe derecho decente para ser un servidor de los hombrecillos azules.
Walker suspiró y extendió una mano a cada uno.
—Si realmente desean mi compañía, deben aprender que la esperanza no excluye a nadie. Pero si vuelven a pelear de esta manera, juro por la luz de Odym que me iré a meditar al sector 0 durante un siglo y no volverán a ver ni un centímetro de mi piel.
Ambos gigantes se tensaron ante la amenaza. Perder a Walker era la única cosa que realmente les causaba miedo a ambos.
—Está bien —gruñó Arkillo, aceptando la mano de Walker para levantarse—. Pero él se va de Qward ahora mismo.
—Me iré —dijo Kilowog, sacudiéndose el polvo del uniforme—, pero Walker viene conmigo a Oa el próximo fin de semana. Tenemos una... sesión de entrenamiento técnico pendiente.
Arkillo abrió la boca para protestar, pero Walker le lanzó una mirada de advertencia que lo hizo callar.
—Aceptable —dijo Walker—. Ahora, hermano Arkillo, por favor, ayúdame a encontrar mi uniforme. Creo que se quedó bajo los escombros de tu oficina.
Kilowog comenzó a alejarse volando, lanzando una última mirada sobre el hombro.
—¡Y Walker! —gritó el Linterna Verde—. ¡Tira ese disfraz de conejo a la basura! ¡Te conseguiré algo mucho mejor, como una armadura de gala de Bolovax!
Arkillo soltó un bufido de desprecio mientras veía desaparecer el rastro verde en el cielo negro de Qward.
—¿Armadura de gala? —se burló Arkillo, volviéndose hacia Walker—. Ese tipo no tiene imaginación. La próxima vez, Walker, vamos a probar algo que involucre cadenas de energía amarilla.
Walker simplemente cerró los ojos, pidiendo paciencia al universo.
—Todo estará bien, Arkillo —susurró el Astoniano, dejándose guiar de nuevo hacia las sombras—. Pero por el bien de mi cordura, espero que tu próxima idea no involucre a Guy Gardner mirando desde un arbusto.
Arkillo rió, un sonido profundo que resonó en todo el patio, mientras envolvía a su pequeño santo con un brazo protector, listo para continuar donde el Linterna Verde los había interrumpido, pero esta vez, asegurándose de que la puerta fuera mucho más resistente. Al final del día, el miedo y la esperanza seguían siendo una mezcla peligrosa, pero con un toque de verde, la situación se había vuelto, como mínimo, inolvidable.