Pura
Entre el lienzo y el abismo
La luz del amanecer en Nueva Orleans siempre tenía un matiz dorado y decadente, pero para Kira, cada mañana era una nueva oportunidad para encontrar belleza en lo cotidiano. No había vuelto a ver al hombre del parque, al menos no de la forma en que Elijah le había advertido. Sin embargo, el destino tenía una manera curiosa de entrelazarse con la inocencia.
Elijah se había vuelto más sombrío, más presente si cabe. Sus visitas nocturnas eran constantes, y aunque Kira amaba sentir su presencia protectora, percibía la tensión en sus hombros, una rigidez que ni siquiera sus caricias lograban disolver del todo. Él creía haberla puesto a salvo tras una muralla de promesas, pero olvidaba que las murallas no sirven de nada contra alguien que sabe cómo hacerse invitar a pasar.
Kira caminaba por la Rue Dumaine, cargando una pequeña bolsa con pasteles de canela. De repente, el aroma de la pintura al óleo y la trementina inundó sus sentidos. En una esquina, frente a un caballete desgastado, estaba él. Niklaus no lucía como el monstruo que Elijah describía; vestía una camisa de lino con las mangas remangadas, manchada de carmesí y ocre, y su mirada estaba perdida en el lienzo.
—Es un color triste para un día tan brillante —dijo Kira, deteniéndose a su lado sin poder evitarlo. Su naturaleza sociable y su incapacidad para guardar rencor la hacían olvidar las advertencias de "Jah-Jah" ante la visión de alguien creando arte.
Klaus se tensó por un segundo, pero al girarse, su expresión se suavizó en una máscara de encanto magnético. Sus ojos azules, tan parecidos y a la vez tan distintos a los de Elijah, la recorrieron con una fascinación que rozaba la devoción.
—La tristeza es la madre de la verdadera belleza, amor —respondió Klaus, dejando el pincel a un lado—. Pero tienes razón. Quizás este cuadro necesitaba un poco de la luz que tú llevas contigo.
Kira sonrió, una expresión tan pura que Klaus sintió un pinchazo de algo que no había experimentado en siglos: duda. Había planeado acercarse a ella para atormentar a su hermano, para demostrarle que nada era intocable, pero al verla allí, con sus ojos heterocromáticos brillando bajo el sol, algo en su interior se agitó. No era solo deseo de posesión; era una sed de esa paz que ella irradiaba.
—Elijah dice que eres peligroso —admitió ella con una franqueza desarmante—. Pero yo solo veo a alguien que intenta decir algo y no encuentra las palabras, así que usa colores.
Klaus soltó una carcajada seca, pero sus ojos permanecieron fijos en ella.
—Elijah siempre ha sido un hombre de muchas palabras y poca imaginación. Me llamó Niklaus, supongo. O "el híbrido", si estaba de mal humor.
—Me dijo que te llamabas Nik —respondió ella, acercándose un paso más—. Pero Nik suena muy serio. Como un trueno. Tú pareces más... travieso. Te llamaré Niki.
Klaus se quedó mudo. "Niki". Nadie, en mil años de existencia, se había atrevido a llamarlo así. Sus enemigos lo llamaban Rey, sus hermanos Niklaus, y sus víctimas, muerte. Pero aquel nombre, pronunciado con esa dulzura infantil, le pareció el sonido más subversivo y encantador que jamás hubiera escuchado.
—Niki —repitió él, saboreando el nombre—. Es ridículo. Absolutamente ridículo. Me encanta.
Durante las semanas siguientes, se forjó un vínculo prohibido. Mientras Elijah creía que Kira estaba a salvo en su burbuja, Klaus se filtraba en sus tardes. No la corrompía con violencia ni con sangre; la corrompía con atención. Le enseñaba a mezclar colores, le contaba historias de ciudades antiguas (omitiendo las hogueras que él mismo había encendido) y escuchaba sus risas como si fueran música sacra. Klaus, el gran destructor, se encontraba a sí mismo protegiendo el camino de Kira de cualquier otro vampiro o amenaza, no por deber, sino porque la idea de que alguien más empañara su pureza le resultaba intolerable.
Se había enamorado. No de la forma obsesiva y destructiva en que solía hacerlo, sino con una desesperación silenciosa que lo asustaba. Ella era el único lugar en el mundo donde no era un monstruo.
Pero el secreto estalló una tarde de lluvia.
Elijah llegó a la mansión Mikaelson con un ramo de flores frescas para Kira, planeando visitarla antes de que oscureciera. Sin embargo, al entrar en el salón, encontró a Klaus sentado frente a la chimenea, sosteniendo un pequeño boceto a carboncillo. Era el rostro de Kira, capturado con una precisión dolorosa: su sonrisa, la chispa de sus ojos de distinto color, la inclinación de su cuello.
Elijah dejó caer las flores. El sonido del cristal de un jarrón rompiéndose fue como un disparo en la habitación.
—Te advertí, Niklaus —la voz de Elijah era un susurro que hacía vibrar las paredes—. Te dije que no te acercaras a ella.
Klaus no se levantó. Siguió mirando el dibujo con una expresión de extraña melancolía.
—Es fascinante, ¿verdad? —dijo Klaus, ignorando la amenaza—. La forma en que te mira. La forma en que me mira a mí. Ella no ve el rastro de cadáveres que dejamos atrás, Elijah. Ella ve... esperanza.
—¡Ella es mía! —rugió Elijah, lanzándose hacia su hermano con una velocidad cegadora. Lo estampó contra la mesa de roble, rompiéndola en mil pedazos—. ¡Tú no sabes lo que es el amor! Solo sabes destruir lo que yo valoro. La has engañado, la has usado para llegar a mí.
Klaus se deshizo del agarre de su hermano con una fuerza igual de brutal y se puso en pie, con los ojos brillando en un amarillo lobuno.
—¡Te equivocas! —gritó Klaus—. Al principio sí, era por ti. Quería ver qué era eso tan sagrado que el "Noble Elijah" escondía bajo siete llaves. Pero ahora... ahora mataría a cualquiera que se atreviera a entristecerla. Incluso a ti, hermano.
Elijah retrocedió, su pecho subiendo y bajando con una furia contenida.
—Ella es pura, Niklaus. Tú eres oscuridad. La marchitarás.
—¿Y tú no? —escupió Klaus con una sonrisa amarga—. Tú te escondes en su habitación como un fantasma, fingiendo que no eres el hombre que limpia la sangre de sus puños antes de acariciarle el cabello. Yo, al menos, le muestro mi pasión. Ella me llama "Niki", Elijah. Me mira y no tiene miedo.
Elijah sintió un golpe en el estómago. El apodo. Ella le había dado un apodo a Klaus, tal como lo había hecho con él. El territorio sagrado de su intimidad había sido invadido.
—No permitiré que esto continúe —dijo Elijah, recuperando su máscara de frialdad, aunque sus ojos prometían una guerra—. Kira no es un premio que puedas reclamar en uno de tus berrinches. Ella es mi redención.
—Y es mi luz —replicó Klaus, dando un paso al frente, desafiante—. No voy a dar marcha atrás. Por primera vez en mil años, he encontrado algo que no quiero romper. Me he enamorado de ella, Elijah. Y sé que tú también.
El silencio que siguió fue más pesado que cualquier estallido de violencia. Los dos hermanos más poderosos de la historia se miraban fijamente, reconociendo en el otro la misma determinación inquebrantable. Ninguno cedería. Ninguno se alejaría.
—Ella no puede saber lo que somos —dijo Elijah finalmente, su voz cargada de una advertencia letal—. Si alguno de los dos permite que la realidad de nuestro mundo la toque, el otro se encargará de que sufra eternamente.
—En eso estamos de acuerdo —asintió Klaus, aunque su mirada seguía siendo astuta—. Pero no creas que voy a dejarte el camino libre. Ella decidirá. Aunque sospecho que tu caballerosidad aburrida no podrá competir con lo que yo puedo ofrecerle.
—Tu arrogancia será tu ruina, Niklaus. Ella busca paz, no el caos que tú llevas tatuado en el alma.
Elijah salió de la habitación sin mirar atrás, pero su mente era un torbellino. Sabía que la presencia de Klaus cerca de Kira era como poner una llama junto a la pólvora. Tenía que protegerla más que nunca, pero ahora el enemigo estaba dentro de su propia casa, compartiendo su misma sangre y su misma obsesión.
Esa noche, Elijah entró por la ventana de Kira. Ella estaba esperándolo, sentada en la cama con un libro en el regazo. Al verlo, sus ojos se iluminaron, pero rápidamente notó la sombra en el rostro de su "Jah-Jah".
—Estás muy serio hoy —dijo ella, estirando la mano para que él se acercara.
Elijah se sentó a su lado, tomando su mano pequeña y cálida entre las suyas, que siempre estaban un poco más frías.
—Kira... he sabido que has estado viendo a Niklaus de nuevo —dijo él, tratando de mantener la voz suave.
Kira bajó la mirada, un poco avergonzada.
—Él es bueno, Elijah. Me enseña a pintar. Me cuenta historias de caballeros y castillos. Me llama "amor". Es un poco intenso, pero tiene un corazón que sufre mucho. Lo llamo Niki. ¿Te molesta?
Elijah sintió una punzada de celos tan aguda que tuvo que cerrar los ojos para no mostrar su verdadera naturaleza.
—Me preocupa tu seguridad, Kira. Te lo he dicho antes, el mundo es peligroso.
—Pero tú estás aquí —respondió ella, dándole un besito en la mejilla—. Y Niki también prometió cuidarme. Me siento la chica más afortunada del mundo. Tengo a mis dos caballeros.
Elijah la abrazó, escondiendo su rostro en el hueco de su cuello. "Sus dos caballeros". Ella no tenía idea de que sus dos caballeros eran los monstruos más temidos de la creación, y que estaban a punto de desgarrar la ciudad —y el uno al otro— por el derecho a estar a su lado.
Mientras tanto, en la oscuridad del jardín, Klaus observaba la silueta de ambos a través de la ventana. Tenía un pincel en la mano y un pequeño trozo de papel. Empezó a dibujar a Kira, pero esta vez, en el dibujo, ella no estaba sola. Estaba rodeada de espinas y rosas, un símbolo de la belleza protegida por la violencia.
—Ella no es solo tuya, hermano —susurró Klaus al viento de la noche—. Es el equilibrio que nos hace falta. Y no voy a dejar que te la quedes solo para ti.
La pureza de Kira Montgomery se había convertido en el campo de batalla de una guerra milenaria. Elijah lucharía con nobleza y protección asfixiante; Klaus lucharía con pasión y una devoción salvaje. Y en medio de ellos, Kira seguía sonriendo, acariciando el cabello de Elijah y pensando en el próximo color que usaría con Klaus, sin saber que su luz era lo único que mantenía a raya el apocalipsis en Nueva Orleans.
La guerra por el corazón de la chica del sauce llorón no había hecho más que empezar, y ninguno de los dos Mikaelson estaba dispuesto a perder la única cosa que los hacía sentir humanos. Ella era sagrada, era pura, y ahora, era el objeto de un deseo compartido que amenazaba con quemarlo todo.