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Pura

Fuego en la sangre, hielo en el alma

La tregua entre los hermanos Mikaelson era un cristal fino, vibrante y propenso a estallar ante el menor susurro. Durante meses, Nueva Orleans fue testigo de un milagro silencioso: Elijah y Klaus compartiendo un mismo espacio, un mismo propósito y, para asombro de los ancestros que observaban desde el vacío, un mismo afecto. Habían llegado a un acuerdo tácito, una diarquía de protección sobre Kira Montgomery. Elijah era su ancla, el hombre que le leía poesía y le aseguraba que el mundo podía ser un lugar de honor; Klaus era su fuego, el artista que le mostraba la pasión oculta en las sombras y la hacía reír con su ingenio afilado.

Para Kira, la vida se había convertido en un cuento de hadas donde dos príncipes de eras distintas competían por su sonrisa. Ella, en su infinita pureza, no cuestionaba por qué nunca envejecían, ni por qué la ciudad parecía apartarse cuando ellos caminaban por el Barrio Francés. Solo sabía que se sentía amada, completa y, sobre todo, segura.

Pero la naturaleza humana es una traidora persistente, y la fragilidad de la carne es algo que ni siquiera el poder de un Original puede doblegar por completo.

Todo comenzó una tarde bajo el sauce llorón. El aire estaba inusualmente pesado, cargado de una humedad que presagiaba tormenta. Kira, que solía ser una fuente inagotable de energía suave, dejó caer su carboncillo sobre la manta. Su piel, habitualmente de un tono porcelana saludable, lucía translúcida, casi grisácea.

—¿Kira? —Elijah, que estaba sentado a su lado revisando unos documentos, dejó todo de lado al instante. Su instinto protector se disparó como un resorte—. Estás pálida, amor.

—Solo tengo un poco de frío, Jah-Jah —susurró ella, intentando sonreír, pero sus labios temblaron—. Es extraño, hace un calor sofocante, ¿verdad?

Elijah le tocó la frente y retiró la mano como si se hubiera quemado. Estaba ardiendo. En mil años, Elijah había visto imperios caer y plagas asolar continentes, pero el calor que emanaba de la chica lo llenó de un pavor desconocido.

—Niklaus —llamó Elijah, sin levantar la voz, sabiendo que su hermano estaba pintando a pocos metros, oculto tras unos arbustos.

Klaus apareció en un parpadeo, su expresión divertida desvaneciéndose al ver el rostro de Elijah. Se arrodilló al otro lado de Kira y le tomó el pulso. Su rostro se endureció.

—Su corazón va demasiado rápido, Elijah. Es una fiebre galopante.

—Llevémosla a casa —ordenó el mayor, tomándola en brazos con una delicadeza que contrastaba con la urgencia de sus movimientos.

Lo que siguió fueron cuarenta y ocho horas de un descenso al abismo. La casa de Kira, que solía ser un refugio de paz, se transformó en un hospital improvisado impregnado del olor a medicina y desesperación. Los mejores médicos de Luisiana, traídos bajo la coacción de Klaus y la elegante pero firme insistencia de Elijah, entraban y salían de la habitación con rostros sombríos.

—Es una infección viral agresiva, caballeros —dijo el último doctor, un hombre canoso que temblaba bajo la mirada gélida de los dos hermanos—. No responde a los antibióticos. Su sistema inmunológico está... colapsando. Si la fiebre no baja en las próximas horas, sus órganos empezarán a fallar.

Klaus lo agarró por el cuello de la bata, sus ojos brillando con un oro letal.

—¡Arréglalo! —rugió—. Tienes toda la ciencia de este siglo estúpido a tu disposición. ¡Haz que sane!

—Niklaus, suéltalo —intervino Elijah, aunque su propia voz era un hilo de acero a punto de romperse—. No sabe lo que hace. Lárgate, médico. Antes de que pierda la paciencia.

El hombre huyó sin mirar atrás. Klaus golpeó la pared, dejando una grieta profunda en el yeso.

—¡Podemos darle nuestra sangre, Elijah! —exclamó Klaus, girándose hacia la cama donde Kira deliraba, moviendo la cabeza de un lado a otro—. Un poco de sangre de híbrido y estará corriendo por el parque en diez minutos.

—¡No! —Elijah se interpuso entre Klaus y la cama, con una autoridad que detuvo al híbrido en seco—. Sabes lo que eso significa. Su cuerpo está demasiado débil. Si muere con nuestra sangre en su sistema, se convertirá en lo que somos. La destruiremos, Niklaus. Su pureza, su alma... todo lo que amamos de ella se marchitará en la sed de sangre. No permitiré que la conviertas en un monstruo para salvar tu propio dolor.

—¡Prefiero que sea un monstruo a que sea un cadáver! —gritó Klaus, con lágrimas de rabia en los ojos—. ¡Mírala! Se nos escapa entre los dedos.

—Aún no —dijo Elijah, tratando de recuperar la compostura mientras se acercaba a Kira. Ella soltó un quejido lastimero, llamándolos en sueños.

—Jah-Jah... Niki... hace calor... por favor, apaguen el fuego...

Esa voz, tan pequeña y rota, rompió el corazón de ambos hombres. Elijah le retiró el cabello empapado en sudor de la frente. Sus ojos heterocromáticos estaban entreabiertos, pero nublados por la inconsciencia.

—Tenemos que bajarle la temperatura manualmente —sentenció Elijah—. Los medicamentos no funcionan. El agua fría es nuestra última opción antes de tomar una decisión definitiva.

Klaus asintió, tragándose su orgullo y su furia. Juntos, la llevaron al baño principal de la mansión Montgomery. Era una estancia amplia, de mármol blanco, que ahora se sentía fría y hostil. Klaus empezó a llenar la bañera con agua helada, añadiendo cubos de hielo que traía a supervelocidad.

Elijah, con manos temblorosas que habían arrancado corazones sin dudar, comenzó a despojar a Kira de su camisón de seda húmedo. No había lujuria en sus movimientos, solo una reverencia sagrada. Para él, ella seguía siendo esa joya de cristal que debía proteger del mundo.

—Ayúdame, Niklaus —pidió Elijah.

Klaus se acercó y, entre los dos, la sumergieron en el agua helada. El choque térmico hizo que Kira soltara un grito ahogado y abriera los ojos de par en par, aunque su mirada seguía sin enfocar.

—¡No! ¡Frío! —sollozó ella, intentando salir de la bañera. Sus pequeñas manos empujaban el pecho de hierro de los originales—. ¡Por favor, duele!

—Lo sé, amor, lo sé —susurró Klaus, metiéndose parcialmente en la bañera con ella, ignorando que su ropa cara se arruinaba. La sostuvo por la espalda, manteniendo su cabeza fuera del agua mientras ella temblaba violentamente—. Tienes que aguantar. Niki está aquí. No te voy a soltar.

Elijah se arrodilló al borde, sosteniendo las manos de Kira, permitiendo que ella le clavara las uñas en la piel mientras el frío calaba en sus huesos humanos.

—Mírame, Kira —ordenó Elijah con una voz que pretendía ser un ancla en medio de su tormenta—. Concéntrate en mi voz. Estás a salvo. Solo estamos bajando el fuego. Quédate conmigo.

—Elijah... —murmuró ella, sus dientes castañeando—. ¿Me voy a morir?

—Nunca —intervino Klaus con una ferocidad aterradora—. No te daré permiso para hacerlo. ¿Me oyes, pequeña loba? Tienes que luchar.

Pasaron los minutos, que se sintieron como siglos. El agua, antes cristalina, ahora parecía absorber la enfermedad de Kira. Los dos hermanos, enemigos durante gran parte de su milenaria existencia, estaban allí, unidos por el cuerpo frágil de una mortal. Elijah usaba una esponja para mojarle los hombros y el cuello, mientras Klaus le susurraba historias de arte y batallas al oído, intentando mantener su mente despierta.

—¿Recuerdas el sauce, Kira? —decía Klaus, con la mejilla apoyada contra la de ella—. Cuando te recuperes, te llevaré a Italia. Pintaremos las colinas de la Toscana. Te compraré todos los vestidos de seda que desees. Solo tienes que seguir respirando.

Kira empezó a calmarse, pero no porque la fiebre hubiera cedido, sino porque sus fuerzas se estaban agotando. Su cabeza cayó sobre el hombro de Klaus.

—Estoy... cansada —susurró—. Quiero dormir un ratito, Jah-Jah.

—No cierres los ojos, Kira —suplicó Elijah, sintiendo una grieta en su máscara de nobleza—. Por favor, mantente despierta por mí. Por nosotros.

Elijah miró a Klaus. Por primera vez en siglos, no había rivalidad en sus ojos, solo un entendimiento mutuo de que estaban a punto de perder lo único que los mantenía unidos a su humanidad.

—Si no mejora en diez minutos —dijo Klaus en un susurro cargado de fatalidad—, lo haré, Elijah. No me importa si me odias. No me importa si ella me odia cuando despierte y sienta el hambre. No la dejaré ir al vacío.

Elijah miró el rostro pálido de Kira. Su pureza era su mayor tesoro, pero verla así, tan cerca de la extinción, lo hacía dudar de todos sus principios. ¿Qué valor tenía la pureza en una tumba?

—Si lo haces —respondió Elijah, su voz quebrada—, lo haremos juntos. Compartiremos la carga de su transformación. Pero esperemos... un poco más. Ella es fuerte. Su alma es más fuerte que este cuerpo.

Klaus asintió, apretando a Kira contra su pecho. En ese baño de mármol, rodeados de agua helada y el silencio de una noche que se negaba a terminar, los dos monstruos más temidos de la historia rezaron a dioses en los que no creían por la vida de una chica que los llamaba por apodos infantiles.

De repente, Kira soltó un suspiro largo y profundo. Su cuerpo dejó de temblar de esa forma errática. Elijah le tomó la temperatura de nuevo.

—Está bajando —dijo, y por primera vez en dos días, una chispa de esperanza iluminó su rostro—. La fiebre está cediendo, Niklaus.

Klaus cerró los ojos, apoyando la frente contra la nuca de Kira, dejando escapar un suspiro que sonó casi como un sollozo contenido.

—Gracias —susurró el híbrido, aunque no sabía exactamente a quién le hablaba.

La sacaron del agua y la envolvieron en toallas calientes. Elijah la llevó de vuelta a la cama, donde la arropó con una devoción casi religiosa. Se quedaron allí, uno a cada lado de la cama, vigilando su respiración, que ahora era lenta y regular.

Horas después, cuando los primeros rayos del sol empezaron a filtrarse por las cortinas, Kira abrió los ojos. Miró a la izquierda y vio a Elijah, impecable a pesar del cansancio, sosteniendo su mano. Miró a la derecha y vio a Klaus, con la ropa arrugada y el cabello desordenado, observándola con una intensidad que le quemaba.

—Hola —susurró ella, su voz apenas un hilo—. He tenido un sueño muy extraño. Estaba en un océano de hielo y dos ángeles me sostenían para que no me hundiera.

Klaus soltó una risa ronca, frotándose los ojos.

—Ángeles, ¿eh? Te dije que su imaginación era peligrosa, Elijah.

Elijah se inclinó y besó la frente de Kira, que ahora estaba fresca y suave.

—No eran ángeles, Kira. Solo dos hombres que no pueden imaginar un mundo donde tú no estés.

Kira sonrió, extendiendo sus manos para tocar a ambos.

—Gracias, Jah-Jah. Gracias, Niki.

Elijah y Klaus intercambiaron una mirada por encima de la cama. La crisis había pasado, pero ambos sabían que algo había cambiado para siempre. El secreto de Kira ya no era solo una posesión de Elijah, ni un desafío para Klaus. Era su centro. Habían estado a punto de perderla y eso les había recordado lo que eran: seres capaces de una violencia infinita, pero también de un amor que desafiaba la muerte.

—Duerme, amor —dijo Klaus, levantándose para cerrar las cortinas y protegerla de la luz—. Estaremos aquí cuando despiertes.

—Siempre —añadió Elijah.

Mientras Kira se sumergía en un sueño reparador, los dos hermanos salieron al balcón. El aire de Nueva Orleans volvía a oler a jazmín y a vida.

—Sabes que esto no cambia nada, hermano —dijo Klaus, aunque su tono carecía de la mordacidad habitual—. Sigo pensando que mi sangre es la mejor opción para su futuro.

—Y yo sigo pensando que su humanidad es lo que la hace especial —respondió Elijah, ajustándose los puños de la camisa—. Pero hoy... hoy estoy agradecido de que estés de mi lado, Niklaus.

Klaus sonrió de lado, mirando hacia el horizonte donde el sol se alzaba triunfante.

—No te acostumbres, Elijah. Pero por ella... por ella puedo fingir que soy el caballero que ella cree que soy. Un poco más de tiempo.

Elijah asintió, compartiendo el silencio de la mañana. Habían salvado la pureza de Kira una vez más, no de un enemigo externo, sino de la propia fragilidad de la vida. Y mientras ella siguiera respirando, los monstruos de Nueva Orleans tendrían un motivo para seguir buscando la luz, aunque fuera solo en los ojos heterocromáticos de la chica que los llamaba por nombres que nadie más se atrevía a pronunciar.