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El eco de la comunicación silenciosa: Acero, pluma y voluntad

La horda de no-muertos no fue más que un breve estrépito de huesos rotos y escarcha bajo el poder de los Shura. En cuestión de minutos, el campo de batalla volvió a sumirse en un silencio pesado, solo interrumpido por el viento que silbaba entre las ruinas de la antigua capital. Shoko Komi, todavía abrazada a su libreta, observaba los restos congelados de lo que antes eran monstruos. Sus ojos seguían siendo dos grandes orbes de pánico, pero sus pies no se habían movido del sitio.

Uhak el Silencio Absoluto se acercó a ella. Su presencia era como un vacío en el aire; donde él caminaba, la magia moría y los sonidos parecían perder su fuerza. Se detuvo a unos pasos de Komi y la miró con esa expresión desprovista de toda emoción humana.

—Debemos movernos —dijo Uhak. Su voz era plana, un instrumento diseñado para dar órdenes o sentenciar destinos—. Este lugar atraerá a más carroñeros. Si te quedas atrás, morirás.

Komi asintió con tal violencia que sus cabellos oscuros latiguearon el aire. Rápidamente, abrió su libreta y escribió con trazos urgentes: "Iré con usted. Gracias por protegerme".

Uhak leyó el mensaje y, sin decir palabra, comenzó a caminar hacia el norte, donde las montañas se alzaban como colmillos negros contra el cielo purpúreo. Komi tuvo que trotar un poco para alcanzarlo. Era una imagen surrealista: un verdugo de mirada muerta, capaz de anular la realidad misma, seguido por una adolescente japonesa con uniforme escolar que intentaba desesperadamente no tropezar con los escombros.

Durante horas, no hubo conversación. Para Komi, esto era extrañamente reconfortante. En su mundo, el silencio solía ser una fuente de ansiedad, una presión social que la obligaba a intentar hablar sin éxito. Pero con Uhak, el silencio era la norma. Él no esperaba que ella dijera nada. Él no se sentía incómodo por su falta de voz. Por primera vez en su vida, Komi sentía que su incapacidad para comunicarse no era un defecto, sino una coincidencia con el entorno.

Sin embargo, el hambre y el cansancio físico empezaron a pasarle factura. Sus piernas temblaban. Uhak se detuvo frente a una cueva natural y se sentó en una roca.

—Descansa —ordenó él—. Mañana buscaremos a Toroa. Él conoce estas tierras mejor que nadie.

Komi se sentó en el suelo frío, sacó su libreta y escribió: "¿Por qué me ayuda? No soy una guerrera".

Uhak miró la libreta y luego a los ojos de Komi.

—En este mundo, todos gritan —respondió él, mirando hacia la oscuridad—. Gritan por poder, por dolor, por venganza. Tú no gritas. Tu silencio es... puro. No es el silencio de la muerte que yo provoco. Es el silencio de alguien que observa. Me resulta curioso.

Komi sintió un pequeño calor en el pecho. No era exactamente una amistad, pero era una conexión. Antes de dormir, sacó el último trozo de pan de yakisoba y, tras dudarlo un momento, lo partió a la mitad y le extendió una parte a Uhak. El guerrero miró la comida extraña como si fuera un artefacto antiguo. La tomó con cuidado y le dio un mordisco.

—Sabe a azúcar y a esfuerzo —comentó Uhak—. Es extraño.

***

Al amanecer, el paisaje cambió. El terreno se volvió escarpado y los bosques de árboles petrificados dieron paso a un desfiladero donde el aire vibraba con una tensión metálica. Allí, sentado sobre el tronco de un árbol caído, los esperaba Toroa del Paso de Montaña. El espadachín estaba afilando una de sus muchas hojas con una parsimonia que irradiaba peligro.

—Te tomó tiempo, Uhak —dijo Toroa sin levantar la vista—. La niña parece haber sobrevivido a la noche. Es un logro mayor de lo que parece en este reino.

Komi se escondió inmediatamente detrás de la capa de Uhak, asomando solo sus ojos. Toroa se levantó, su imponente figura proyectando una sombra larga sobre ella.

—Me pediste que te enseñe a sobrevivir —dijo Toroa, recordando la nota del día anterior—. Pero en Ishura, sobrevivir no es solo correr. Es saber cuándo golpear y cómo mantener la calma cuando la muerte te mira a los ojos. Tu miedo es evidente, Shoko Komi. Tu cuerpo vibra como una cuerda de laúd a punto de romperse.

Komi salió de su escondite, temblando, y escribió en su libreta: "Quiero aprender. No quiero que nadie más tenga que protegerme siempre".

Toroa soltó un susoplido que podría haber sido de aprobación.

—Bien. El primer paso es el equilibrio. No puedes blandir una espada si no puedes controlar tu propio centro. Tu ansiedad te desequilibra.

Los días siguientes fueron una tortura física para la joven. Toroa no tenía piedad. La obligaba a caminar sobre troncos delgados sobre precipicios, a mantener posturas de combate durante horas bajo la lluvia ácida y a esquivar piedras que él lanzaba con precisión quirúrgica.

—¡Concéntrate! —rugía Toroa—. ¡Si dejas que el pánico nuble tu vista, ya has perdido! ¡Usa tu silencio! ¡Conviértelo en un escudo!

Komi, con las palmas de las manos llenas de ampollas y el uniforme escolar sucio de barro y polvo, no se rindió. Cada vez que caía, se levantaba. Sus orejas de gato imaginarias aparecían y desaparecían frenéticamente, pero su mirada se volvía más nítida. Empezó a entender que el silencio de Toroa en el combate era una forma de concentración absoluta.

Una tarde, mientras Komi practicaba un movimiento básico de defensa con una rama de madera, una sombra mecánica oscureció el claro. Alus la Estrella Fugaz descendió con un estruendo metálico, sus tres brazos sosteniendo reliquias que brillaban con una luz mortecina.

—Veo que la flor de otro mundo intenta echar raíces en el cemento —dijo Alus con su voz resonante—. Toroa, tu entrenamiento es anticuado. Ella no tiene la fuerza física para ser una espadachina de leyenda.

Komi se tensó, bajando su rama de madera. Alus se acercó a ella, sus ojos de ave analizándola con una frialdad casi científica.

—Si quieres sobrevivir en este mundo, Shoko Komi, necesitas entender la tecnología y la magia de los objetos —continuó Alus—. La fuerza bruta se agota. El ingenio y las herramientas son eternos.

—Ella necesita una base, Alus —replicó Toroa, cruzándose de brazos—. Sin disciplina, los juguetes que le des serán su tumba.

—Entonces dividiremos su tiempo —decidió Alus, ignorando la protesta del espadachín—. Toroa le enseñará a mover el cuerpo. Yo le enseñaré a entender el entorno.

Komi estaba abrumada. Dos de los seres más poderosos del mundo estaban discutiendo sobre su educación. Rápidamente escribió en su libreta y la levantó en medio de ambos: "Por favor, no peleen por mí. Aprenderé de los dos".

Alus emitió un sonido metálico que recordaba a una risa.

—Tienes agallas, pequeña. Ven. Mira esto.

Alus extendió uno de sus brazos y le mostró una pequeña esfera de latón con inscripciones rúnicas.

—Esto es una brújula de éter. En este mundo, la realidad es inestable. Si aprendes a leer las vibraciones del aire, sabrás dónde aparecerá un portal o dónde se oculta un enemigo antes de que él sepa que tú estás ahí. Tú ya eres sensible al ambiente por tu timidez; solo tienes que canalizar esa hipersensibilidad.

Komi tomó la esfera. Estaba caliente y vibraba suavemente. Alus comenzó a explicarle las leyes de la trayectoria y la importancia de la observación. Komi escuchaba con una atención que rozaba la devoción. Tomaba notas en su libreta tan rápido que el papel parecía echar humo.

"Si el viento sopla desde el este y la esfera brilla en azul, hay una fluctuación mágica a quinientos metros", anotó Komi.

—Exacto —dijo Alus—. Eres rápida para la teoría.

El entrenamiento se convirtió en una rutina agotadora pero fascinante. Por las mañanas, Toroa la llevaba al límite físico, enseñándole a moverse con la gracia de un depredador y a usar su centro de gravedad para desviar ataques. Por las tardes, Alus la instruía en el uso de artefactos básicos y en la lectura del terreno. Incluso Uhak, que solía observar desde la distancia, intervenía a veces para enseñarle a Komi cómo "apagar" sus emociones en momentos de crisis, una técnica que él llamaba "El Vacío del Testigo".

Una noche, mientras descansaban alrededor de una pequeña fogata que no emitía humo (cortesía de las técnicas de ocultamiento de Alus), Komi se sintió con la confianza suficiente para escribir algo que le rondaba la cabeza.

Se acercó a Toroa, Alus y Uhak, y les mostró la libreta.

"¿Creen que algún día podré volver a mi casa?"

Hubo un silencio prolongado. Toroa miró el fuego. Alus ajustó uno de sus brazos mecánicos. Uhak simplemente no apartó la vista de la oscuridad.

—El portal que te trajo fue una anomalía masiva —dijo Alus finalmente—. No es algo que se pueda replicar con facilidad. Pero en este mundo existen reliquias de la Era de los Dioses que pueden manipular el espacio-tiempo. Si sobrevives al torneo, si logras convertirte en algo más que una víctima... quizás encuentres el camino.

—Pero para eso —añadió Toroa, mirándola con severidad pero sin malicia—, tienes que dejar de ser Shoko Komi, la chica que tiene miedo de saludar, y convertirte en Shoko Komi, la que camina entre los Shura.

Komi apretó la libreta contra su pecho. Sus ojos se humedecieron, pero no lloró. Recordó a Tadano, recordó a sus amigos en la escuela Itan, recordó las metas que se había propuesto. Si para volver a verlos tenía que aprender a luchar en un mundo de pesadilla, lo haría.

Se levantó, hizo una reverencia profunda ante sus tres maestros y escribió una última frase antes de retirarse a su tienda improvisada.

"Haré mi mejor esfuerzo. Por favor, sigan enseñándome".

—Es persistente —comentó Alus cuando Komi se alejó.

—Tiene la voluntad de los que no tienen nada que perder —dijo Toroa—. O de los que tienen demasiado que ganar.

Uhak no dijo nada, pero sus dedos rozaron el envoltorio del pan de yakisoba que aún guardaba en su bolsillo.

A lo lejos, el rugido de una bestia alada rompió el silencio de la noche, pero Komi ya no saltó del susto. Simplemente tomó su brújula de éter, verificó la dirección del viento y se preparó para el día siguiente. El camino para hacer cien amigos en Ishura acababa de empezar, y aunque sus amigos fueran monstruos, guerreros y máquinas, Shoko Komi no iba a dejar que el silencio tuviera la última palabra.