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La Danza de la Guadaña y el Susurro del Pájaro

El tiempo en el mundo de Ishura no se medía en días de clase o estaciones escolares, sino en la cantidad de sangre derramada y el desgaste del acero. Shoko Komi ya no era la misma joven que cayó del cielo con el uniforme impecable. Su falda estaba reforzada con cuero de wyvern, sus movimientos eran fluidos como el agua de un manantial de montaña y su mirada, aunque conservaba esa timidez intrínseca, poseía ahora la nitidez de un halcón antes de la caza.

Toroa del Paso de Montaña la observaba desde lo alto de un risco. Komi estaba abajo, en el centro de un claro, practicando formas de combate. Pero no sostenía una rama de madera.

—Es el momento —sentenció Toroa, descendiendo de un salto que no hizo ruido al aterrizar—. Has aprendido a moverte, a respirar y a convertir tu ansiedad en una tensión cinética. Pero un guerrero sin su herramienta es solo un cadáver que aún camina.

Komi se detuvo y lo miró, sus orejas de gato imaginarias se alzaron con curiosidad. Toroa desató un fardo largo envuelto en telas bendecidas que llevaba a la espalda. Al desenrollarlo, un frío sepulcral emanó del objeto. Era una guadaña de hoja negra, curva como una luna nueva y grabada con runas que parecían latir con una luz violeta.

—Esta es la Guadaña de la Luna Silente —dijo Toroa con solemnidad—. No es un arma de fuerza bruta, sino de precisión y flujo. Se alimenta del silencio de quien la empuña. Para otros, es pesada e inmanejable; para ti, que habitas en el vacío de las palabras, será ligera como una pluma.

Komi extendió sus manos temblorosas. Al rozar el mango de madera de ébano, sintió una conexión eléctrica. No era un arma que incitaba a la violencia, sino una que exigía respeto. La levantó con una gracia que sorprendió incluso a Toroa; la guadaña parecía una extensión de sus propios brazos largos y elegantes.

—Impresionante —resonó una voz metálica desde el cielo.

Alus la Estrella Fugaz descendió, levantando una cortina de polvo. Sus tres brazos mecánicos repiquetearon mientras se acercaba. En uno de ellos, sostenía un objeto pequeño, una esfera de metal intrincado que emitía un zumbido constante.

—Toroa te ha dado el acero, Komi. Yo te daré la ventaja táctica —dijo Alus—. Este es el Pájaro Tembloroso, una de mis reliquias menores, pero invaluable. Es un autómata de reconocimiento vinculado a tu sistema nervioso.

Alus colocó la esfera sobre el hombro de Komi. El objeto se transformó, desplegando alas de metal líquido y un ojo de cristal carmesí. El Pájaro Tembloroso emitió un gorjeo electrónico y se posó con delicadeza, enviando pulsos de información directamente a la mente de Komi: la posición de cada insecto en el claro, la dirección del viento y las fluctuaciones de energía a kilómetros a la redonda.

Komi, abrumada por los regalos, sacó su libreta, que ahora tenía las esquinas desgastadas y manchas de viaje.

"Es demasiado. No sé si soy digna de estas cosas. Pero las cuidaré con mi vida".

—No se trata de dignidad —dijo Alus, mirando al horizonte—. Se trata de supervivencia. Vamos a movernos. He detectado una firma de energía masiva hacia el Gran Glaciar del Norte. Algo se ha despertado, y si queremos que llegues al centro del tablero, necesitamos aliados que no solo caminen por la tierra.

El viaje hacia el norte fue una prueba de fuego. Komi, escoltada por dos de los seres más temibles de Ishura, se enfrentó a patrullas de los Nuevos Principados y a bestias mutadas por el éter. En cada encuentro, la joven demostraba su progreso. No gritaba consignas de guerra; se deslizaba entre los enemigos como una sombra, la guadaña trazando arcos de silencio que desarmaban y neutralizaban antes de que el oponente pudiera reaccionar. El Pájaro Tembloroso le advertía de cada flecha y cada hechizo, permitiéndole esquivar con una elegancia casi coreográfica.

Sin embargo, el frío del norte era distinto a cualquier cosa que Komi hubiera imaginado. El aire quemaba los pulmones y la nieve era tan densa que ocultaba el cielo.

—Estamos cerca —murmuró Toroa, su mano siempre cerca de la empuñadura de su espada—. Siento una presión en el pecho. Es el aura de un dios.

—No es un dios —corrigió Alus, sus sensores chispeando—. Es el Invierno de Escarcha.

De repente, el suelo tembló. Una montaña de nieve se alzó frente a ellos, revelando una forma colosal que eclipsaba la luz del sol. Lucnoca el Invierno de Escarcha, el dragón legendario cuya sola respiración podía congelar un reino entero, los observaba con ojos que eran pozos de hielo milenario.

—Alus... Toroa... —La voz de Lucnoca no era un sonido, era una vibración que sacudía los huesos—. ¿Por qué traen a esta criatura de carne y silencio a mis dominios? ¿Acaso buscan que la convierta en una estatua de cristal eterno?

Komi se quedó paralizada. El miedo, ese viejo conocido, intentó apoderarse de ella. Pero entonces, sintió el peso de la guadaña en su mano y el calor del Pájaro Tembloroso en su hombro. Recordó las lecciones de Uhak sobre el vacío.

Dio un paso adelante. Sus compañeros se tensaron, pero no la detuvieron. Komi no levantó su arma. En lugar de eso, guardó la guadaña en su espalda y, con dedos entumecidos por el frío, sacó su libreta.

Escribió durante un largo minuto, mientras Lucnoca exhalaba una nube de vapor gélido que cubrió a la joven de escarcha. Komi no retrocedió. Terminó de escribir y levantó la libreta con ambos brazos, alzándola hacia el ojo gigantesco del dragón.

"Señora Lucnoca. He oído que usted es la criatura más solitaria de este mundo porque nadie puede soportar su frío. Yo también sé lo que es estar rodeada de gente y sentirse en un desierto de hielo. No vengo a luchar. Vengo a pedirle que sea mi amiga".

Hubo un silencio absoluto. Alus preparó sus reliquias, temiendo una reacción violenta. Toroa contuvo el aliento.

Lucnoca se inclinó, su enorme hocico acercándose a centímetros de Komi. La ráfaga de aire que salió de sus fosas nasales casi derriba a la chica, pero ella se mantuvo firme, con la libreta en alto y los ojos grandes y honestos fijos en el dragón.

—¿Amistad? —preguntó Lucnoca, y por primera vez, su voz no parecía un terremoto, sino un susurro melancólico—. Los mortales suelen pedirme poder, o me ruegan clemencia. Nadie me ha pedido compañía. ¿Sabes lo que significa ser amiga de un dragón del frío, pequeña Shoko Komi?

Komi asintió vigorosamente. Volvió a escribir rápidamente:

"Significa que no tendré frío si mi corazón está cerca del suyo. Y significa que usted ya no tendrá que estar sola en la tormenta".

Lucnoca emitió un sonido que parecía el crujido de un glaciar rompiéndose. Era una risa, una risa triste y antigua.

—Eres una anomalía, ciertamente. Los Shura que te acompañan ven en ti un arma o un experimento. Pero yo veo algo que no existía en Ishura desde hace eones: una voluntad que no busca destruir, sino conectar.

El dragón se encogió, su forma física comprimiéndose mediante una magia ancestral hasta convertirse en una figura humanoide, una mujer alta de piel pálida como la nieve y cabellos que parecían hilos de diamante, vestida con túnicas de escarcha.

—Me uniré a tu viaje, Shoko Komi —dijo la forma humana de Lucnoca, caminando hacia ella con una elegancia soberana—. No porque me interesen las guerras de los hombres, sino porque quiero ver cómo termina la historia de la chica que quiso hacer cien amigos en un mundo de asesinos.

Alus y Toroa se miraron, estupefactos. Habían reclutado al arma de destrucción masiva más poderosa del continente con un trozo de papel y un sentimiento honesto.

—Bueno —dijo Alus, guardando sus armas—. Supongo que eso resuelve el problema del transporte y la defensa pesada.

—Es increíble —añadió Toroa, negando con la cabeza—. Komi, tienes un talento para el caos diplomático que me asusta.

Komi, al darse cuenta de que Lucnoca estaba ahora a su lado y era oficialmente su "amiga", sintió que sus orejas de gato aparecían con una intensidad vibrante. Estaba tan feliz que empezó a temblar de nuevo, pero esta vez no era de miedo.

Sacó su libreta y escribió una nota para sus tres acompañantes mientras empezaban a caminar de regreso hacia las tierras centrales.

"Ya tengo tres amigos. Bueno, cuatro si cuento al Pájaro Tembloroso. Solo me faltan noventa y seis".

Lucnoca leyó la nota por encima del hombro de Komi y arqueó una ceja de cristal.

—Vas a necesitar mucha más tinta y papel, pequeña —dijo la dragona con una media sonrisa—. Porque para conseguir los otros noventa y seis, vamos a tener que cruzar el infierno mismo.

Komi asintió con determinación, ajustó la correa de su guadaña y comenzó a caminar. A su izquierda, el guerrero más hábil; a su derecha, el ingenio mecánico más avanzado; y detrás, el invierno encarnado. El mundo de Ishura aún no lo sabía, pero la comunicación silenciosa de Shoko Komi estaba a punto de cambiar las reglas del juego para siempre.

Mientras se alejaban, el Pájaro Tembloroso sobre su hombro emitió un gorjeo melodioso, como si él también estuviera de acuerdo en que, en un mundo de gritos, el silencio era la nota más fuerte de todas.