Qhps Naruto era convertido en un angel de Dios
El Juicio de las Alas: El Retorno del Heraldo
En las extensiones infinitas del Tercer Cielo, donde el cristal se funde con el fuego del espíritu, el tiempo es una melodía compuesta por la voluntad del Altísimo. Para el mundo de los ninjas, apenas habían transcurrido veinticinco días desde la desaparición del "niño zorro". Para el Arcángel Arashi, antes conocido como Naruto Uzumaki, ese tiempo se había traducido en ciento veinticinco mil días de servicio, batalla y ascensión.
Bajo la tutela del Arcángel Miguel, Arashi había liderado legiones contra las sombras que acechaban en las fronteras de la creación. Su estatura ahora alcanzaba los dieciocho metros, una torre de luz y armadura de oro puro que hacía temblar los cimientos de la maldad. Sin embargo, una llamada resonó en el centro de su ser, una vibración proveniente del Trono de Zafiro.
— Arashi, Miguel, acercaos —la voz del Padre era un susurro que contenía el peso de todas las galaxias.
Ambos arcángeles se postraron, sus alas —seis en Arashi, resplandecientes como supernovas— cubriendo sus rostros en señal de reverencia.
— Padre, aquí estamos —dijo Miguel, su voz como el sonido de muchas aguas.
— El mundo de los hombres en el sector de las Naciones Elementales se tambalea —sentenció el Creador—. La hipocresía ha colmado la copa. La aldea que una vez te albergó, Arashi, se prepara para un espectáculo de vanidad mientras una serpiente se oculta en su seno. ¿Deseas descender? ¿Deseas mostrarles una fracción de la verdad que ahora custodias?
Arashi levantó la vista. Sus ojos ya no eran humanos; eran dos focos de luz eléctrica blanca que veían el pasado, el presente y el futuro.
— Si es tu voluntad, Padre —respondió Arashi con una calma que helaba el aire—. Que vean que la piedra que desecharon los constructores se ha convertido en la piedra angular del juicio.
— Id, pues —dijo Dios—. Llevad una legión. Vigilad a los justos y señalad a los malvados.
En un milisegundo celestial, el cielo sobre Konoha no cambió de color, pero un peso invisible cayó sobre la aldea. Los animales se callaron de golpe y los ninjas más sensibles sintieron un escalofrío que les recorrió la columna vertebral. Una legión de ángeles, invisibles al ojo mortal, se posicionó en puntos estratégicos, rodeando la aldea como un anillo de fuego sagrado.
— Dispersaos —ordenó Miguel a la legión—. Que ningún demonio o sombra actúe sin que lo sepamos. Si alguien intenta dañar a un inocente, intervenid.
Arashi miró hacia las puertas de la aldea. El odio que una vez sintió se había evaporado, reemplazado por una indiferencia divina que era mucho más aterradora. Para evitar el pánico masivo, Arashi concentró su esencia. Sus seis alas se plegaron y se desvanecieron en una dimensión de luz; su estatura de dieciocho metros se redujo hasta los 1.70 metros, una forma más manejable pero cargada de una densidad de poder que hacía que el suelo bajo sus pies vibrara levemente.
Se cubrió con una túnica blanca de tela celestial y una capucha profunda que ocultaba su rostro, dejando solo a la vista su boca y sus manos. En su espalda, bordada en hilo de plata que parecía vivo, destacaba una cruz. Miguel hizo lo mismo, ocultando su gloria tras un ropaje similar.
Esa misma noche, en los callejones oscuros de la aldea, el inspector Hayate Gekko se encontraba acorralado. El ninja de la arena, Baki, y sus aliados se preparaban para silenciarlo tras haber descubierto los planes de la invasión.
— Es una lástima, ninja de la Hoja —dijo Baki, alzando su espada de viento—. Pero aquí termina tu historia.
Antes de que el golpe descendiera, el tiempo pareció congelarse. Una luz blanca, tan pura que dolía, estalló entre ellos.
— La sangre del inocente clama justicia —dijo una voz que no parecía humana.
En un parpadeo que ningún ojo ninja pudo seguir, Arashi apareció frente a Baki. Con un solo movimiento de su mano, la espada de viento se desintegró en partículas de luz. El arcángel golpeó el pecho del ninja de la arena con la palma abierta, no para matarlo, sino para expulsar la oscuridad de sus pulmones. Baki y sus hombres salieron disparados contra las paredes, quedando inconscientes instantáneamente, sus redes de chakra selladas por una energía que no era de este mundo.
Miguel, con una rapidez similar, tomó al herido Hayate.
— Tu hora no ha llegado —susurró el arcángel.
En un instante, Hayate fue depositado en una cama del hospital, sus heridas cerradas por un toque de luz, antes de que los médicos pudieran notar la presencia de los visitantes.
Al día siguiente, el estadio de los Exámenes Chunin estaba a rebosar. El aire estaba cargado de expectación y una tensión política que se podía cortar con un cuchillo. En el palco principal, el Tercer Hokage, Hiruzen Sarutobi, se sentaba junto al Kazekage, sin saber que el hombre tras la máscara era Orochimaru. Cerca de ellos, Jiraiya y Tsunade observaban con preocupación.
— Jiraiya, ¿todavía nada? —preguntó Tsunade, cruzada de brazos.
— Ni rastro, Tsunade —respondió el ermitaño con voz sombría—. Es como si Naruto se hubiera desvanecido de la existencia. He buscado por todas las naciones, pero su rastro de chakra desapareció por completo hace un mes.
En las gradas, los antiguos compañeros de Naruto hablaban con desdén.
— Es obvio que el miedoso no vendrá —comentó Sakura, ajustándose los guantes—. Se dio cuenta de que no es más que un estorbo y huyó. Sasuke-kun, en cambio, sí que mostrará lo que es un verdadero ninja.
— Es una pena —añadió Ino—. Neji lo habría puesto en su lugar, aunque supongo que ahorrarle la humillación pública es lo mejor para él.
Kakashi Hatake, apoyado contra una pared, leía su libro, aunque sus ojos buscaban constantemente en la multitud. Sentía una punzada de culpa que se negaba a admitir, pero la descartaba pensando en el "potencial" de Sasuke.
— Naruto Uzumaki contra Neji Hyuga —anunció Genma, el examinador, en el centro de la arena—. ¡Que los participantes bajen!
Neji saltó a la arena con una arrogancia gélida, activando su Byakugan de inmediato.
— El destino ya ha decidido este combate —declaró Neji—. El perdedor ni siquiera se ha atrevido a aparecer.
Pasaron los minutos. El murmullo de la multitud se convirtió en abucheos. Los aldeanos gritaban insultos hacia el "chico demonio", llamándolo cobarde. Genma suspiró y miró el reloj.
— Bueno, debido a la ausencia del participante Naruto Uzumaki... —Genma comenzó a levantar la mano para señalar la descalificación—, queda eliminado por...
En ese milisegundo, algo cambió. La presión atmosférica en el estadio aumentó drásticamente. No fue un estallido de chakra, sino una presencia de autoridad que obligó a todos a guardar silencio absoluto.
Antes de que la mano de Genma terminara de subir, una mano enguantada en seda blanca y metal dorado la sujetó con la firmeza de una montaña.
Nadie lo vio llegar. Ni siquiera los Jōnin de élite, ni el Hokage, ni Orochimaru. Simplemente, dos figuras encapuchadas estaban allí, en el centro de la arena. El que sostenía la mano de Genma emanaba una calma que resultaba aterradora.
— Ya estoy aquí —dijo la figura. Su voz era profunda, vibrante, cargada de una sabiduría y un poder que hicieron que los vellos de todos los presentes se erizaran—. No es necesario descalificarme.
Genma retrocedió, sintiendo que su propio corazón latía con dificultad ante la cercanía de aquel individuo.
— ¿Quién... quién eres? —preguntó el examinador, tartamudeando—. ¿Eres Naruto Uzumaki?
La figura encapuchada asintió lentamente. Arashi soltó la mano de Genma y se giró hacia el palco del Hokage. Aunque su rostro estaba oculto, Hiruzen sintió que aquellos ojos invisibles le atravesaban el alma, juzgando cada uno de sus pecados y omisiones.
— ¿Naruto? —susurró el Hokage, poniéndose de pie—. ¿Eres tú de verdad?
— Naruto Uzumaki es un nombre que pertenece al pasado —respondió Arashi, y su voz llegó a cada rincón del estadio sin necesidad de gritar—. Pero para los fines de este juego de hombres, aceptaré el llamado.
Neji Hyuga dio un paso adelante, con las venas alrededor de sus ojos hinchadas por el Byakugan.
— ¡No me mientas! —rugió Neji—. ¡Tu flujo de chakra es inexistente! ¡No eres más que un impostor usando algún truco de invisibilidad! ¡El destino dice que Naruto es un fracasado, y tú no te pareces en nada a él!
Arashi se giró hacia Neji. Bajo la capucha, sus ojos brillaron con un destello de luz eléctrica blanca que hizo que el Byakugan de Neji se nublara por un instante.
— Hablas de destino como si conocieras los hilos que tejen el universo, pequeño Hyuga —dijo Arashi con una pizca de lástima divina—. Pero solo ves lo que se te permite ver.
En las gradas, el silencio era sepulcral. Sakura estaba boquiabierta, incapaz de reconocer a aquel ser imponente como el chico ruidoso que ella despreciaba. Kakashi había cerrado su libro, su Sharingan girando frenéticamente tratando de analizar a los dos encapuchados, pero solo veía un vacío de luz blanca que su ojo no podía comprender.
Miguel, la otra figura encapuchada, se retiró hacia la pared de la arena, cruzándose de brazos. Su sola presencia allí hacía que los guardias de la unidad ANBU se sintieran como niños jugando con palos.
— ¿Estás listo, examinador? —preguntó Arashi, volviendo su atención a Genma.
— S-sí... —respondió Genma, tragando saliva y saltando hacia atrás para ganar distancia—. ¡Comiencen!
Neji no esperó. Se lanzó hacia adelante con la técnica de las Sesenta y Cuatro Palmas, buscando cerrar los puntos de presión de aquel extraño individuo.
— ¡Ocho Trigramas: Sesenta y Cuatro Palmas! —gritó Neji, sus manos moviéndose como ráfagas de viento.
Arashi no se movió. Ni siquiera adoptó una postura de combate. Permaneció allí, con las manos ocultas bajo sus anchas mangas, mientras los golpes de Neji impactaban en lo que parecía ser una barrera invisible de luz a milímetros de su túnica. Cada vez que la mano de Neji tocaba el aura de Arashi, un sonido de campanas celestiales resonaba en el estadio, y una pequeña descarga eléctrica lanzaba hacia atrás los dedos del Hyuga.
— Dos palmas... cuatro palmas... ocho palmas... —Neji seguía golpeando, su desesperación creciendo al ver que sus ataques, que deberían haber destruido los órganos internos de cualquier hombre, ni siquiera arrugaban la tela de la túnica de su oponente.
— Tu técnica se basa en la interrupción del flujo —dijo Arashi mientras Neji terminaba su secuencia, exhausto y con las manos temblando—. Pero no puedes cerrar lo que no es de este mundo. Mi energía no fluye por canales de carne, sino por la gracia del Creador.
Arashi levantó una mano. No fue un golpe rápido, fue un movimiento lento y majestuoso. Un solo dedo se extendió hacia la frente de Neji.
— ¿Quieres hablar de destino, Neji Hyuga? —preguntó Arashi—. El destino es la voluntad de Dios, y hoy, su voluntad es que abras los ojos.
Un destello de luz blanca brotó de la punta del dedo de Arashi. No hubo explosión, solo una onda de choque de paz y poder que levantó el polvo de toda la arena y obligó a los espectadores a cubrirse los ojos. Cuando la luz se disipó, Neji estaba de rodillas, llorando desconsoladamente, no de dolor, sino porque en ese segundo de contacto, Arashi le había permitido ver una fracción de la gloria celestial, mostrándole que su "jaula" era una mota de polvo comparada con la inmensidad de la creación.
— El combate ha terminado —dijo Arashi, mirando a Genma, quien estaba petrificado.
Todo el estadio permaneció en un silencio de muerte. El niño que todos habían llamado demonio, el huérfano sin clan, acababa de derrotar al genio de los Hyuga sin siquiera esforzarse, rodeado de un aura que hacía que incluso los más valientes quisieran postrarse.
Arashi miró hacia el palco donde Kakashi y Sakura lo observaban con terror y asombro. Bajo la capucha, una sonrisa serena se dibujó en sus labios. El juicio de Konoha apenas estaba comenzando, y el Arcángel Arashi no había hecho más que desplegar la primera de sus alas.