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Qhps Naruto era convertido en un angel de Dios

El Despertar del Juicio: Sombras, Arrogancia y el Rugido de la Bestia

Tras la derrota de Neji, el estadio quedó sumido en un trance de incredulidad. El Arcángel Arashi, con una elegancia que trascendía lo humano, caminó hacia el muro de la arena. No saltó ni usó técnicas de parpadeo comunes; simplemente pareció deslizarse a través del aire hasta llegar a la posición de Miguel. Se sentó en el borde de la barandilla de piedra con una pierna cruzada sobre la otra, una postura de absoluta superioridad y calma que emanaba un aura de "admin" de la realidad misma. A su lado, Miguel permanecía como una estatua de mármol y oro, con los brazos cruzados y la capucha cubriendo sus ojos eternos.

Las miradas de los miles de espectadores, de los ninjas y de los señores feudales estaban clavadas en ellos. El aire alrededor de los dos encapuchados vibraba con una frecuencia tan alta que los insectos de Shino Aburame se negaban a acercarse a esa sección de las gradas.

— Ese poder... no es chakra —susurró Orochimaru desde su disfraz de Kazekage, con las manos temblando bajo sus mangas largas—. Es algo denso, puro... casi sólido.

En ese momento, Sasuke Uchiha, que había estado observando desde la entrada de los túneles tras su entrenamiento con Kakashi, no pudo contener su naturaleza. Su orgullo, herido al ver que el "perdedor" de su equipo ahora poseía un aura que hacía que su propio Sharingan doliera al intentar analizarla, lo impulsó a caminar hacia ellos con paso firme.

— ¡Oye! —exclamó Sasuke, deteniéndose frente a Arashi con una expresión de furia contenida—. ¡Tú! No sé qué clase de truco estás usando o dónde has estado escondido, pero exijo respuestas. ¿Cómo obtuviste ese poder? ¿Cómo te atreves a aparecer aquí y actuar como si fueras superior a un Uchiha?

Arashi no se movió. Ni siquiera giró la cabeza. Permaneció mirando hacia el centro de la arena como si Sasuke fuera una mota de polvo flotando en el viento. El silencio del arcángel fue el insulto más grande que el joven Uchiha había recibido en su vida.

— ¡Te estoy hablando, Naruto! —rugió Sasuke, activando su Sharingan de dos aspas y extendiendo una mano para sujetar el hombro de Arashi.

Antes de que sus dedos pudieran rozar la túnica blanca, el espacio pareció contraerse. En un parpadeo que desafió las leyes de la física, Miguel se interpuso entre ambos. El arcángel mayor era una cabeza más alto que Sasuke y su sola cercanía hizo que la temperatura del aire descendiera hasta casi congelar el aliento del chico.

— Tu arrogancia es una cadena que arrastras hacia el abismo, pequeño mortal —dijo Miguel. Su voz no era un grito, pero resonó en el pecho de Sasuke como el golpe de un mazo sobre un yunque—. Miras con ojos rojos y crees que ves la verdad, pero estás ciego a la gloria que tienes delante.

Sasuke retrocedió un paso, sintiendo que sus rodillas flaqueaban por primera vez en su vida debido al miedo puro.

— ¿Quiénes... quiénes son ustedes? —logró articular con dificultad.

— Somos los heraldos de aquel que te dio la vida y a quien tú ignoras con cada acto de soberbia —continuó Miguel, dando un paso hacia adelante, obligando a Sasuke a mirar hacia arriba—. Escucha bien, Uchiha: si persistes en este camino de odio y orgullo, tu alma no encontrará descanso. Tu destino no será la grandeza, sino el lago de fuego donde el gusano no muere y el fuego no se apaga. Arrepiéntete, o perecerás en tu propia oscuridad.

Sasuke quedó helado. La sangre pareció retirarse de su rostro, dejándolo pálido como un cadáver. Los ninjas cercanos, incluyendo a Sakura e Ino que se habían acercado para "apoyar" a su ídolo, sintieron que el alma se les escapaba del cuerpo ante las palabras de Miguel. Eran palabras cargadas de una autoridad que ningún Kage poseía.

— ¡Naruto! —gritó Sakura desde la distancia, con voz temblorosa—. ¡Dile a tu amigo que se detenga! ¡No puedes tratarnos así! ¡Somos tus amigos, somos el Equipo Siete!

Arashi finalmente habló, aunque no se levantó de su posición.

— El Equipo Siete murió en un hospital de Konoha y en un banco de parque bajo la sombra de la hipocresía —dijo Arashi. Su voz era melódica pero gélida—. No hay amigos aquí. Solo hay pecadores y el juicio que se avecina.

En las alturas del palco, Kakashi Hatake no pudo soportarlo más. Bajó de un salto y se acercó a su antiguo alumno, con el ojo visible lleno de una mezcla de dolor, confusión y una pizca de miedo.

— Naruto... —dijo Kakashi, tratando de suavizar su tono—. Entiendo que estés molesto. Lo que dije en el hospital... fue para motivarte a buscar tu propio camino, aunque admito que fui duro. Pero esto... este cambio... no es propio de ti. Hablemos como maestro y alumno.

Arashi giró la cabeza lentamente. Por primera vez, Kakashi pudo ver parte del rostro bajo la capucha: una piel perfecta que emitía una luz tenue y unos ojos que parecían contener el cielo entero.

— ¿Maestro? —Arashi soltó una risa corta, que sonó como cristales rompiéndose—. Usted me dijo que yo era una piedra común que nunca sería un diamante. Me dijo que no valía su tiempo porque no tenía clan ni talento. Pues bien, Hatake, he encontrado a un Maestro que no mira el linaje, sino la pureza del espíritu. Y ante Su presencia, incluso tú no eres más que polvo. No me hables de vínculos que tú mismo cortaste con el filo de tu desprecio.

Kakashi retrocedió como si hubiera sido golpeado físicamente. El dolor en las palabras de Arashi no era el de un niño herido, sino el de un juez dictando una sentencia indiscutible.

En ese momento, un escuadrón de ANBU apareció rodeando la zona, seguidos por Hiruzen Sarutobi, Jiraiya, Tsunade y el falso Kazekage. El ambiente en el estadio se había vuelto tan pesado que los combates se habían detenido momentáneamente.

— Naruto, por favor —dijo Hiruzen, con su voz de abuelo cansado—. Debemos hablar de esto en privado. El consejo, los Sanin y nuestro invitado, el Kazekage, exigen una explicación sobre tu... nueva naturaleza.

Arashi se puso de pie, alcanzando su altura de 1.70 metros que, por alguna razón, parecía dominar a todos los presentes.

— Este no es el lugar adecuado para las verdades que porto, Hiruzen —respondió Arashi—. Pero no se preocupen. El momento de la revelación total está cerca. Continúen con sus juegos. El destino de esta aldea se decidirá antes de que el sol se ponga.

Sin decir más, Arashi y Miguel volvieron a sus posiciones, ignorando las preguntas y las demandas. Los combates se reanudaron por orden de un Hokage visiblemente perturbado. Orochimaru, oculto tras la piel del Kazekage, decidió retrasar el inicio de la "Operación Destrucción de Konoha". Necesitaba observar más. Esos dos individuos eran variables que no figuraban en sus planes, y su instinto de supervivencia, perfeccionado tras años de experimentos prohibidos, le gritaba que tuviera cuidado.

Los enfrentamientos prosiguieron. Shino venció a Kankuro por abandono, y Temari demostró su superioridad sobre Shikamaru, aunque este último se rindió tras mostrar su genio táctico. Finalmente, llegó el combate más esperado: Sasuke Uchiha contra Gaara del Desierto.

Sasuke, impulsado por una rabia ciega tras su humillación ante los arcángeles, luchó con una ferocidad inaudita. Usó el Chidori, la técnica que Kakashi le había enseñado, logrando penetrar la defensa absoluta de Gaara. Sin embargo, ver su propia sangre desencadenó la inestabilidad mental del Jinchūriki de la Arena.

— ¡Madre... quiere tu sangre! —rugió Gaara, mientras su rostro comenzaba a transformarse, cubriéndose de arena y revelando el ojo amarillento y rasgado del Shukaku.

El poder del Ichibi comenzó a filtrarse, creando una presión de chakra maligno que aterrorizó a los civiles. Sasuke, agotado por el uso del Chidori y el sello maldito que comenzaba a quemarle el cuello, fue golpeado brutalmente por un brazo de arena gigante. Voló por los aires, estrellándose contra el muro de la arena, escupiendo sangre. Gaara, completamente fuera de sí, se preparaba para aplastarlo.

— ¡Muere! —gritó Gaara, su brazo de arena transformándose en una garra monstruosa.

— Suficiente —la voz de Arashi resonó en todo el estadio como una campana de bronce.

Antes de que la garra tocara a Sasuke, Arashi apareció en el centro de la arena. No hubo rastro de movimiento, simplemente "estaba" allí. Extendió una mano hacia la garra de arena y, al contacto, la arena se desintegró en polvo inerte, cayendo al suelo como si hubiera perdido toda su energía.

Gaara rugió y lanzó otro ataque, pero Arashi se movió con una fluidez divina. En un parpadeo, apareció frente al pelirrojo. Colocó dos dedos sobre la frente de Gaara, justo encima del kanji de "Amor".

— Duerme, pequeña bestia —susurró Arashi—. No tienes lugar en presencia de la luz.

Una explosión de energía blanca y azul emanó de los dedos de Arashi, penetrando no solo el cuerpo de Gaara, sino su propio paisaje mental. Dentro del subconsciente del chico, donde el Shukaku rugía tras las rejas de su sello, una figura de luz colosal apareció. Era Arashi, pero en su forma verdadera de arcángel, con seis alas y una espada flamígera.

El Shukaku, el gran mapache de arena, se encogió de miedo, ocultándose en el rincón más oscuro de la mente de Gaara.

— ¡Piedad! —chilló el demonio de una cola—. ¡Esa luz quema!

— Quédate en las sombras, criatura de polvo —ordenó Arashi en el plano mental—. No volverás a atormentar a este niño.

Con un sello de luz divina, Arashi reforzó la prisión del Shukaku, sumergiéndolo en un sueño profundo y pacífico que Gaara nunca había conocido. En el mundo real, los ojos de Gaara se cerraron y su cuerpo, liberado de la transformación de arena, cayó suavemente en los brazos de Arashi. El arcángel lo depositó en el suelo con una ternura que contrastaba con la frialdad que había mostrado a los de Konoha.

Ese fue el momento.

Orochimaru, al ver que su "arma" principal, el Ichibi, había sido neutralizada con tanta facilidad, supo que no podía esperar más. Si no actuaba ahora, perdería la oportunidad de capturar a Sasuke o destruir a Hiruzen.

— ¡Ahora! —gritó el falso Kazekage, lanzando una bomba de humo.

Plumas blancas comenzaron a caer del cielo: un Genjutsu masivo de sueño. Al mismo tiempo, los ninjas del Sonido y de la Arena, que estaban infiltrados entre la multitud, se quitaron sus disfraces y comenzaron el ataque. Explosiones resonaron en las murallas de la aldea mientras las invocaciones de serpientes gigantes de Orochimaru atravesaban las defensas exteriores.

La invasión de Konoha había comenzado oficialmente.

— ¡Protejan al Hokage! —gritaron los ANBU, mientras se lanzaban al palco principal.

Arashi permaneció en el centro de la arena, con la túnica blanca ondeando suavemente a pesar de que no soplaba viento. Miguel apareció a su lado, desenvainando una espada de luz que hizo que el cielo se iluminara como si fuera mediodía.

— El pecado ha dado a luz a la destrucción, Arashi —dijo Miguel, mirando el caos que se desataba a su alrededor—. Las sombras se mueven.

Arashi miró hacia el palco, donde Orochimaru revelaba su verdadera identidad y atrapaba al Tercer Hokage en una barrera de cuatro puntos. Luego miró a los civiles que corrían despavoridos y a los ninjas de Konoha que luchaban por sus vidas.

— Que así sea —dijo Arashi, y su voz se elevó por encima del estruendo de la guerra—. Padre, permíteme ser el escudo de los que no tienen culpa y la espada contra los que buscan la ruina.

Arashi se quitó la capucha. Su cabello rubio brilló con la intensidad de una estrella y su rostro, ahora completamente visible, irradiaba una santidad que obligó a los ninjas del Sonido cercanos a soltar sus armas y cubrirse los ojos.

— Miguel, ocúpate de las serpientes en las murallas —ordenó Arashi—. Yo me encargaré de la serpiente que se oculta en el trono.

Con un estallido de luz que sacudió toda la aldea, Arashi se elevó hacia el cielo, dejando tras de sí un rastro de plumas doradas. La invasión de Konoha acababa de encontrarse con un obstáculo que ni los hombres ni los demonios podían superar: la justicia del Altísimo personificada en el niño que una vez despreciaron. Al final del día, la aldea de la Hoja comprendería que el perdón es un regalo, pero el juicio es una promesa que siempre se cumple.