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Qhps Naruto era rescatado y entrenado por homelander, tras ser traicionado por Konoha

Reflejos de Acero y Sangre: El Despertar del Nuevo Dios

La cima del rascacielos Flatiron, en una Manhattan que parecía existir en un plano de realidad ajeno a las Naciones Ninja, vibraba con una energía opresiva. Naruto Uzumaki, o lo que quedaba de aquel niño que una vez soñó con ser Hokage, observaba el horizonte de cristal y metal. A su lado, Homelander mantenía una mano firme sobre su hombro, una presión que ya no era de consuelo, sino de posesión.

— Míralos, Naruto —dijo Homelander, señalando hacia abajo, donde los humanos comunes parecían hormigas—. Son hormigas. Y las hormigas no cuestionan al que tiene el poder de aplastarlas. Te traicionaron porque te tenían miedo, pero te odiaron porque no sabías cómo usar ese miedo a tu favor.

Naruto no parpadeó. Sus ojos azules ahora tenían un brillo antinatural, una mezcla del rojo volcánico de Kurama y la luz eléctrica de los poderes que Homelander le había ayudado a despertar mediante el Compuesto V y un entrenamiento psicológico devastador.

— Ya no me importa su amor, John —respondió Naruto, llamando a su mentor por su nombre real, un privilegio que solo él poseía—. La aprobación es para los débiles. Yo solo quiero que, cuando escuchen mi nombre, sus corazones se detengan.

Homelander sonrió, una expresión llena de dientes y una arrogancia divina. En los últimos meses, no solo le había enseñado a volar a velocidades hipersónicas o a disparar ráfagas de calor por los ojos; le había destrozado el alma para reconstruirla a su imagen. Había alimentado su narcisismo, convenciéndolo de que su linaje Namikaze y Uzumaki, sumado al Kyubi, lo convertían en el único ser digno de gobernar.

— Eso es, muchacho. Eres un producto de Vought ahora, el mejor que jamás hayamos diseñado, aunque no nacieras en un tubo de ensayo —dijo Homelander, caminando hacia el bar de la suite de lujo—. Ven, quiero que saludes a los demás. Es hora de que el mundo sepa que el "Demonio de Konoha" ha evolucionado.

Naruto caminó con una elegancia depredadora. En la sala principal del rascacielos, los Siete lo esperaban. Black Noir permanecía en las sombras, silencioso; Queen Maeve bebía con una mirada de hastío, y A-Train revisaba su reflejo con nerviosismo. Naruto los miró a todos con un desprecio que habría horrorizado a su antiguo yo. Ya no eran sus compañeros; eran subordinados, piezas en un tablero que él y Homelander dominaban.

— ¿Este es el chico? —preguntó Maeve, arqueando una ceja—. Parece que ha crecido.

— Es más que un chico —gruñó Kurama desde el interior de la mente de Naruto. El zorro ya no estaba sellado tras rejas de hierro; Naruto había roto el sello voluntariamente, fusionando su voluntad con la de la bestia. Kurama, alimentado por el mismo odio y el conocimiento de siglos que ahora compartía libremente con Naruto, era el motor de su nueva divinidad—. Es el fin de todo lo que conocieron.

De repente, una alarma estridente resonó en toda la base de Manhattan. Las pantallas gigantes que rodeaban la sala se encendieron, mostrando imágenes satelitales de una devastación absoluta en las fronteras entre el País del Fuego y el País del Viento. Una figura pequeña, envuelta en una capa roja y una máscara de tela tosca, estaba reduciendo aldeas enteras a cenizas.

— Parece que tenemos competencia —comentó Homelander, sus ojos brillando con un rojo amenazante—. Ese pequeño engendro, Brightburn... ha estado causando problemas en las naciones ninja. Cree que es el único depredador en el bosque.

Naruto sintió una punzada de excitación. Su narcisismo exigía ser el único centro de atención, el único poder absoluto.

— Yo me encargaré —dijo Naruto. Su voz era un susurro gélido—. Él cree que es un monstruo. Yo le enseñaré lo que es un Dios.

Sin esperar respuesta, Naruto se lanzó por el ventanal de cristal, rompiéndolo en mil pedazos. No usó sellos de manos. No necesitó chakra para impulsarse. Voló. El estallido sónico que dejó atrás sacudió el Flatiron Building mientras cruzaba el océano en segundos, dirigiéndose hacia el continente ninja que una vez llamó hogar.

El encuentro ocurrió sobre las ruinas de una ciudad fronteriza. Brandon Breyer, el niño conocido como Brightburn, flotaba sobre un cráter de cadáveres, con su máscara manchada de sangre. Al ver a Naruto llegar, el niño ladeó la cabeza, emitiendo un zumbido electrónico de sus ojos.

— Tú... —la voz de Brandon era distorsionada—. Tú no eres de aquí.

— Soy el dueño de este mundo, pequeño parásito —respondió Naruto, descendiendo lentamente hasta quedar a su altura—. Y estás ensuciando mi propiedad.

La batalla comenzó con un estallido que se sintió en las cinco grandes aldeas. En Konoha, Tsunade y Jiraiya sintieron el temblor de la tierra y miraron hacia el horizonte con pavor. El choque de sus puños creó ondas de choque que nivelaron bosques enteros.

Brightburn era rápido, pero Naruto era un prodigio del combate. Combinando la fuerza física sobrehumana de Homelander con la percepción sensorial de Kurama y las técnicas ninja de alto nivel que el zorro le había revelado, Naruto dominó el encuentro. Brandon disparó sus rayos de calor, pero Naruto los interceptó con sus propios ojos, creando una colisión de energía solar que iluminó el cielo nocturno como si fuera mediodía.

— ¡Muere! —gritó Brandon, lanzándose como un proyectil.

— Patético —susurró Naruto.

En un movimiento que desafiaba la física, Naruto activó el manto de chakra de Kurama mezclado con su aura de superhumano. Atrapó a Brandon por el cuello en pleno vuelo y lo estampó contra el suelo con tal fuerza que la corteza terrestre se fracturó por kilómetros. El mundo entero, desde los señores feudales hasta los criminales de Akatsuki, observaron en sus esferas de cristal y radares cómo una nueva fuerza de la naturaleza humillaba a la amenaza que creían imbatible.

Naruto hundió su mano en el pecho de Brandon, no para matarlo, sino para reclamar su esencia. Gracias a los experimentos de Vought y los secretos prohibidos de los Uzumaki que Kurama le dictaba, Naruto comenzó a absorber la energía alienígena del niño. El conocimiento de las estrellas, la tecnología de otro mundo y la crueldad pura de Brightburn fluyeron hacia él.

Brandon se desplomó, sin fuerzas, su máscara arrancada por la mano de Naruto. El rubio observó el trofeo de tela roja y sonrió.

— Eres fuerte —dijo Naruto, mirando al niño derrotado—. Pero te falta disciplina. Te falta un propósito.

Brandon, tosiendo sangre, lo miró con un miedo que nunca había sentido.

— ¿Quién... eres?

— Soy el que te dará un lugar en el nuevo orden —Naruto extendió una mano, pero no para ayudarlo a levantarse, sino como un soberano que ofrece servidumbre—. Únete a mí y a Homelander. Juntos, haremos que este planeta sea nuestro patio de recreo. Las naciones ninja, Vought, todos... se arrodillarán.

Brandon miró la mano y luego el rastro de destrucción que Naruto había dejado. Por primera vez, reconoció a un superior. Aceptó la mano.

Horas después, Naruto regresó a la base en Manhattan, llevando a Brandon a su lado y la máscara de Brightburn colgada de su cinturón como un trofeo de caza. Homelander lo esperaba en el tejado, aplaudiendo con una alegría casi infantil.

— ¡Eso es lo que quería ver! —exclamó Homelander, abrazando a Naruto por los hombros—. ¡Dominación total! ¿Viste cómo temblaban? ¡Los satélites captaron a tu antiguo maestro, Kakashi, mirando al cielo con puro terror! ¡Creen que el Kyubi ha vuelto, pero no tienen ni idea de que es algo mucho más grande!

Naruto miró hacia la dirección donde se encontraba Konoha. Ya no sentía tristeza por la traición de Sakura o el desprecio de Hinata. Solo sentía una profunda e inquietante indiferencia, el tipo de indiferencia que un humano siente por un insecto antes de pisarlo.

— Kakashi... Jiraiya... —Naruto pronunció los nombres como si fueran ceniza en su boca—. Pronto iré a verlos. Pero no para pedir explicaciones.

— ¿Ah, no? —preguntó Homelander con curiosidad.

— No —respondió Naruto, y sus ojos brillaron con una luz roja tan intensa que las nubes sobre Nueva York se dispersaron—. Iré a cobrar la deuda. Y el interés se pagará con la extinción de su preciada voluntad de fuego.

Kurama rugió de risa en su interior. El chico que quería ser amado había muerto en el Valle del Fin. Lo que quedaba era un narcisista perfecto, un dios con el poder de un demonio y la moral de un psicópata. Naruto Uzumaki finalmente era libre, y el mundo pronto aprendería que la libertad de un dios es la esclavitud de los hombres.

— Bebe algo, Naruto —dijo Homelander, pasándole una copa de cristal—. Mañana, empezaremos el plan para tomar Konoha. Quiero ver sus caras cuando vean que su "demonio" es ahora su dueño.

Naruto tomó la copa y miró su reflejo en el cristal. No vio al niño de la ropa naranja. Vio a un hombre con una capa que ondeaba al viento, un ser que no necesitaba a nadie, porque él era el centro del universo.

— Que así sea —sentenció Naruto—. Que el mundo arda para que yo pueda gobernar sobre las cenizas.