Qhps Naruto era rescatado y entrenado por homelander, tras ser traicionado por Konoha
El Legado del Trueno y la Sangre: Entre Dioses y Fantasmas
El vacío del espacio era el único lugar donde Naruto Uzumaki sentía que su poder no tenía límites. A miles de kilómetros sobre la atmósfera terrestre, flotando en el silencio absoluto, el joven rubio observaba la curvatura del planeta. Ya no vestía aquel naranja chillón que gritaba desesperación por atención. Ahora, su cuerpo de 1.76 metros, forjado en batallas que desafiaban la lógica, estaba envuelto en un traje de fibra táctica oscura con detalles en oro y una capa que ondeaba incluso donde no había aire, impulsada por su propia aura. Unas gafas de sol de alta tecnología ocultaban sus ojos, dándole un aire de desapego absoluto y una elegancia letal.
— Es hermoso, ¿verdad? —La voz de Homelander resonó en el comunicador de su oído, cargada de un orgullo casi paternal—. Todo esto es nuestro, Naruto. O lo será pronto.
Naruto asintió, ajustándose las gafas mientras veía cómo una flota de naves de una civilización intergaláctica, seres capaces de reducir planetas a polvo con cañones de antimateria, se desintegraba bajo el impacto de su velocidad. Habían pasado casi dos años desde su destierro. En ese tiempo, no solo había aprendido a ser un superhombre; se había convertido en el ejecutor personal de Homelander en conflictos que la humanidad ni siquiera podía imaginar.
— Son débiles, John —respondió Naruto, su voz ahora profunda y calmada—. Se creen dioses porque pueden destruir mundos desde la distancia, pero mueren igual que los humanos cuando les arrancas el corazón.
— Ese es mi chico —rio Homelander, volando hasta quedar a su lado y poniendo una mano pesada y afectuosa sobre su nuca—. Has superado todas mis expectativas. Has crecido, Naruto. Eres el hijo que siempre debí tener. Un verdadero heredero para este universo.
Mientras regresaban a la Tierra a una velocidad que encendía la atmósfera, Naruto sintió una extraña fluctuación en su interior. No era el Compuesto V, ni la energía cinética de su vuelo. Era el sello. Aquella prisión que ahora era un palacio mental de lujo gracias a sus nuevos poderes.
Esa noche, en la soledad de su suite privada en la Torre Vought, Naruto cerró los ojos y se sumergió en su propio subconsciente. Pero esta vez, no fue recibido por el paisaje de alcantarillas de su infancia, sino por un prado infinito bajo un sol eterno, un reflejo de su nuevo estatus. En el centro del prado, dos figuras lo esperaban.
— ¿Naruto? —La voz de la mujer tembló. Tenía el cabello rojo como la sangre y los ojos llenos de una angustia infinita—. ¿Eres tú, mi pequeño remolino?
Naruto se detuvo. Frente a él estaban Minato Namikaze y Kushina Uzumaki. Los ecos de sus padres, grabados en su chakra, lo miraban con una mezcla de horror y fascinación. Minato, el Cuarto Hokage, retrocedió un paso, analizando la figura imponente de su hijo: su altura, su musculatura perfecta, la frialdad en su mirada y, sobre todo, ese aura de poder que no se parecía en nada al chakra que él conocía.
— Papá. Mamá —dijo Naruto. Por un breve segundo, la máscara de frialdad se agrietó y una emoción humana, pequeña y dolorosa, asomó en sus ojos azules—. Han tardado mucho en aparecer.
— Naruto... ¿qué te ha pasado? —preguntó Minato, su voz llena de una tristeza profesional—. Ese poder... no es natural. Siento al Kyubi, pero está... está domesticado. Y ese hombre que te llama hijo... lo que te ha enseñado...
Naruto soltó una carcajada seca, una que carecía de cualquier rastro de la calidez que Kushina esperaba.
— Lo que me pasó fue Konoha, papá. Lo que me pasó fue tu aldea, esa que protegiste con tu vida y que decidió que yo era un monstruo apenas tuve la oportunidad de traer a su "preciado Uchiha" de vuelta. Me desterraron. Me cazaron como a un animal. Me condenaron a muerte.
Kushina se llevó las manos a la boca, sollozando. Intentó acercarse para abrazarlo, pero Naruto levantó una mano, deteniéndola con una barrera de energía invisible.
— No —dijo él—. No busco consuelo. He encontrado algo mejor: la verdad. John, el hombre que ustedes llaman Homelander, me salvó del lodo. Él me enseñó que no necesito el amor de los mediocres para ser grande. Me dio el poder para que nadie, nunca más, pueda ponerme una mano encima sin perderla.
— ¡Eso no es vida, Naruto! —gritó Minato—. ¡Ese hombre es un psicópata! Te está usando para sus propios fines. Estás perdiendo tu humanidad.
— Mi humanidad solo me trajo dolor —respondió Naruto, y sus ojos brillaron con el rojo carmesí del Kyubi fusionado con su visión de calor—. Ahora soy algo más. Soy un Dios entre hormigas. Y en poco tiempo, volveré a esa aldea. Pero no para ser Hokage. Voy a mostrarles el error que cometieron al intentar matar a su salvador.
— ¡Hijo, por favor! —suplicó Kushina—. ¡Todavía hay bondad en ti! ¡Recuerda quién eres!
— Sé exactamente quién soy —sentenció Naruto mientras su imagen empezaba a desvanecerse en el plano mental—. Soy el fin de su era. Adiós, fantasmas. Ya no los necesito para definirme.
Naruto despertó en su cama de seda, con la respiración agitada por un instante antes de recuperar su compostura de acero. Se levantó y caminó hacia el balcón, mirando hacia el este, donde el sol empezaba a salir sobre el océano.
Mientras tanto, en el mundo ninja, el ambiente era de terror absoluto. En la Tierra del Hierro, la reunión de los Cinco Kages se llevaba a cabo en un clima de tensión sin precedentes. No se hablaba de Akatsuki, ni de guerras entre aldeas. Se hablaba de las "Anomalías".
— ¡Es imposible! —golpeó la mesa el Raikage, A, haciendo que el hielo de la sala se agrietara—. ¡Nuestros espías informan de explosiones en la alta atmósfera que pueden verse desde el País del Rayo! ¡Seres que vuelan sin alas y destruyen montañas con solo mirarlas! ¡Esto no es ninjutsu!
— Mis sensores no detectan flujos de chakra convencionales en estos eventos —dijo Gaara, el Kazekage, con el rostro serio—. Es una energía pura, densa, casi divina. Y lo más preocupante es que se mueven a velocidades que ni siquiera el Hiraishin del Cuarto Hokage podría igualar.
Tsunade Senju, la Quinta Hokage, se mantenía en silencio, con las manos entrelazadas frente a su rostro. Se veía más vieja, más cansada. La culpa por lo sucedido con Naruto dos años atrás la carcomía en secreto, aunque en público mantenía la fachada de hierro. A su lado, Kakashi Hatake, ahora General de las fuerzas de Konoha, tenía el ojo Sharingan permanentemente activo, como si esperara un ataque en cualquier momento.
— Hemos recibido informes de una figura —dijo Tsunade con voz ronca—. Un joven que acompaña al hombre de la capa azul. Dicen que su poder es el más destructivo de todos. Algunos supervivientes de las fronteras dicen que usa gafas oscuras y que su presencia hace que el aire hierva.
— ¿Tienen alguna descripción física? —preguntó Onoki, el Tsuchikage.
— Es alto, de cabello rubio, pero ahí terminan las similitudes con cualquier shinobi conocido —respondió Kakashi—. Se mueve como si el mundo le perteneciera. No usa sellos. No usa armas. Es, en sí mismo, un arma de destrucción masiva.
— Debemos unirnos —sentenció Gaara—. Si estos seres deciden que nuestras naciones son su próximo objetivo, no habrá aldea que sobreviva. Ni siquiera la Alianza Shinobi será suficiente.
En ese momento, las puertas de la sala se abrieron de par en par. Un mensajero entró corriendo, pálido como un muerto.
— ¡Lady Hokage! ¡Señores Kages! ¡Ha aparecido un mensaje en el cielo sobre todas las aldeas! ¡Es... es increíble!
Los Kages salieron apresuradamente al balcón de la fortaleza nevada. Arriba, en el firmamento, las nubes habían sido moldeadas por una fuerza invisible. No era humo, era una distorsión del aire mismo que formaba palabras legibles en todos los idiomas del mundo.
"EL TIEMPO DE LOS REYES HA TERMINADO. EL TIEMPO DE LOS DIOSES COMIENZA EN TRES DÍAS. PREPAREN SU RENDICIÓN O SU FUNERAL."
Debajo del mensaje, una marca que hizo que a Tsunade se le detuviera el corazón: un remolino rojo, el símbolo de los Uzumaki, pero cruzado por una "V" estilizada y dorada.
— No puede ser... —susurró Kakashi, su mano temblando sobre su máscara—. No puede ser él. Lo vimos morir en el bosque... los informes decían que no sobreviviría a sus heridas...
— No murió, Kakashi —dijo Tsunade, y por primera vez, el miedo absoluto se reflejó en sus ojos—. Lo enviamos al infierno, y parece que ha vuelto para cobrarnos la entrada.
A miles de kilómetros, en la cubierta de un portaaviones volador de Vought que surcaba los cielos del continente ninja, Naruto observaba la reacción de las aldeas a través de un monitor. A su lado, Homelander bebía una copa de vino, riendo con ganas.
— Mira sus caras, Naruto. Mira ese pánico. Es mejor que cualquier droga, ¿verdad?
— Es justicia, John —dijo Naruto, ajustándose sus gafas cool, que reflejaban las luces de la sala de mando—. Durante años, ellos jugaron a ser dioses con mi vida. Ahora, yo voy a jugar con las suyas.
— ¿Estás listo para el reencuentro con tus "amigos"? —preguntó Homelander, dándole una palmada afectuosa en la espalda—. Recuerda lo que te enseñé. No dejes que sus lágrimas te ablanden. Son actores, todos ellos. Solo nosotros somos reales.
Naruto miró su propio reflejo en la pantalla. Su estatura, su porte, su mandíbula marcada y esa mirada que podía derretir el acero. Nadie en Konoha lo reconocería físicamente, pero su esencia, su odio y su poder serían inconfundibles.
— Sakura, Hinata, Sasuke... —susurró Naruto para sí mismo, y una sonrisa depredadora se dibujó en su rostro—. Espero que hayan aprovechado estos dos años. Porque el "demonio" que desterraron ya no existe. Solo queda el hombre que los pondrá de rodillas.
— ¡Ese es mi hijo! —gritó Homelander, levantando su copa—. ¡Por el nuevo orden! ¡Por la familia!
Naruto chocó su copa con la de su mentor. El sonido del cristal rompiéndose fue como el disparo de salida. En tres días, el mundo ninja conocería el verdadero significado del terror. No vendría de una bestia con colas, ni de un ninja renegado. Vendría del cielo, envuelto en una capa y con la fuerza de un sol enfurecido.
Naruto Uzumaki ya no buscaba el perdón de nadie. Buscaba la corona, y estaba dispuesto a construirla con los huesos de aquellos que alguna vez llamó hermanos. La cuenta regresiva para la caída de Konoha había comenzado, y esta vez, no habría héroes para salvarla. Solo habría supervivientes, si es que Naruto decidía mostrar misericordia, algo que Homelander le había enseñado que era el mayor de los pecados para un Dios.