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Qhps Naruto era rescatado y entrenado por homelander, tras ser traicionado por Konoha

Reflejos de un Imperio: El Nacimiento del Cielo Divino

El amanecer sobre el cráter de lo que alguna vez fue la Aldea Oculta de la Hoja no trajo el canto de los pájaros, sino el rugido de motores de plasma y el martilleo rítmico de maquinaria pesada que desafiaba las leyes de la física ninja. Donde antes había madera, paja y piedra, ahora se alzaban vigas de acero reforzado con Compuesto V y cristales blindados que reflejaban la luz solar con una intensidad cegadora.

Naruto Uzumaki estaba de pie en una plataforma flotante, observando cómo los drones de tecnología Vought sobrevolaban las ruinas, nivelando el terreno con láseres de precisión. A su lado, Homelander, con su capa ondeando majestuosamente, mantenía las manos en la cintura, luciendo una sonrisa de satisfacción absoluta.

—Mira esto, Naruto —dijo Homelander, señalando la estructura central que se elevaba más allá de la altura de los antiguos rostros de piedra—. Ya no es una aldea. Es un monumento a nuestra superioridad. Un lugar donde los hombres jugarán a ser dioses porque nosotros se lo permitimos.

Naruto ajustó sus gafas oscuras. Su presencia emanaba una calma gélida que hacía que incluso los trabajadores de la construcción evitaran mirarlo a los ojos.

—Konoha era una prisión de madera —respondió Naruto con voz profunda—. Shin'en no Tenkūgakure será una fortaleza de acero. Aquí no habrá consejos de ancianos conspirando en las sombras, ni clanes que se midan por el linaje de sus ojos. Aquí, el único linaje que importa es el poder que nosotros otorgamos.

El cambio no era solo estético. La nueva aldea, la Aldea Escondida en el Cielo Divino, estaba siendo diseñada como una utopía tecnológica. Edificios que rozaban las nubes, sistemas de irrigación automatizados y una red de seguridad basada en satélites que hacían que cualquier técnica de espionaje ninja fuera obsoleta. Naruto se había encargado personalmente de que los sectores más pobres del antiguo País del Fuego fueran invitados a la nueva ciudad. Los desposeídos, los huérfanos de guerra y los ninjas renegados que huían de la injusticia de sus propias aldeas encontraban refugio en Shin'en no Tenkūgakure, siempre y cuando juraran lealtad absoluta al nuevo orden.

En la plaza central, frente a la nueva Torre del Cielo, una multitud de supervivientes y recién llegados se congregaba. Homelander se elevó en el aire, su voz proyectada por altavoces ocultos que hacían vibrar los huesos de los presentes.

—¡Gente del nuevo mundo! —gritó Homelander—. Las antiguas eras de sombras y hojas han terminado. Los Hokages fueron hombres que se escondieron tras muros de hipocresía. Yo no me esconderé. Acepto el título de Rokudaime, pero no seré su Hokage. Seré su Tenkage, la Sombra del Cielo. Y Naruto Uzumaki, el hombre que ustedes despreciaron, es mi mano derecha, el pilar sobre el cual este imperio se sostiene.

La multitud guardó silencio. No era el silencio del respeto, sino el del asombro y el miedo reverencial. Los antiguos monumentos de piedra de los Hokages permanecían allí, pero habían sido intervenidos: ahora, los rostros de Hashirama, Tobirama y los demás estaban flanqueados por estatuas colosales de Homelander y Naruto, recordándole a la historia quiénes eran los verdaderos dueños del presente.

Días después, la noticia de la transformación del País del Fuego llegó a oídos de las otras grandes naciones. La respuesta no tardó en llegar. Una delegación de los otros cuatro Kages solicitó una audiencia urgente. No venían a luchar; las noticias de la destrucción de la antigua Konoha y la humillación de los Sannin habían dejado claro que un enfrentamiento directo era un suicidio.

La reunión se llevó a cabo en el Gran Salón de Cristal de la Torre del Cielo. Homelander estaba sentado en un trono de metal líquido, mientras Naruto permanecía de pie a su derecha, con los brazos cruzados. A-Train y Queen Maeve montaban guardia en las puertas, mirando a los Kages con aburrimiento manifiesto.

Gaara, el Kazekage, fue el primero en hablar. Sus ojos se fijaron en Naruto, buscando algún rastro del amigo que una vez conoció, pero solo encontró un muro de indiferencia.

—Naruto... —comenzó Gaara, pero fue interrumpido de inmediato.

—Para ti, soy el Señor Uzumaki —dijo Naruto, sin siquiera mirarlo—. O simplemente, la Mano del Tenkage. El nombre de Naruto pertenece a una tumba que ustedes mismos cavaron.

Gaara bajó la mirada, dolido. A su lado, el Raikage, A, intentaba contener su temperamento, aunque sus músculos se tensaban bajo su túnica.

—Hemos venido a proponer una alianza —dijo el Raikage, su voz resonando en el salón—. El poder que ustedes poseen es innegable. El País del Rayo desea establecer tratados comerciales y de defensa mutua.

—Y no solo eso —intervino el Tsuchikage, Onoki, flotando a media altura—. Reconocemos que Shin'en no Tenkūgakure es ahora la potencia dominante. Como gesto de buena voluntad, las familias nobles de nuestras aldeas proponen uniones matrimoniales. Herederas de los clanes más prestigiosos de Iwa y Kumo están dispuestas a unirse a los señores de esta nueva aldea para asegurar la paz.

Homelander soltó una carcajada que hizo vibrar las paredes de cristal.

—¿Matrimonios? —preguntó Homelander, mirando a los Kages con desprecio—. ¿Creen que necesitamos sus genes mediocres para fortalecer nuestro linaje? Naruto y yo somos perfectos tal como somos. No buscamos alianzas, buscamos vasallos.

Naruto dio un paso adelante, y la presión de su chakra, mezclada con la energía del Compuesto V, hizo que los Kages tuvieran que esforzarse para mantenerse en pie.

—Escuchen bien —dijo Naruto—. No nos interesan sus propuestas de paz basadas en el miedo. Shin'en no Tenkūgakure no es una aldea ninja más. Es el centro del mundo. Si quieren sobrevivir, sus naciones deberán integrarse a nuestro sistema. Pagarán tributo, adoptarán nuestra tecnología y, lo más importante, entregarán a cualquier ninja que se oponga a nuestro orden.

—¿Nos estás pidiendo que nos rindamos sin luchar? —preguntó la Mizukage, Mei Terumī, mirando a Naruto con una mezcla de miedo y una extraña fascinación por su nueva apariencia.

—Les estoy ofreciendo la oportunidad de no desaparecer —respondió Naruto—. Miren a su alrededor. No hay corrupción aquí. No hay guerras civiles. Los pobres comen, los huérfanos son entrenados y el honor se mide por la lealtad, no por el nombre del clan. Hemos creado lo que ustedes nunca pudieron en mil años de guerras.

La reunión terminó con los Kages retirándose en silencio, abrumados por la escala de lo que habían presenciado. Sabían que el mundo ninja, tal como lo conocían, había muerto.

Esa tarde, Naruto caminó por los niveles inferiores de la aldea, donde los refugiados de las aldeas menores estaban siendo procesados. Vio a familias que antes vivían en la miseria ahora recibiendo ropa, comida y atención médica proporcionada por Vought.

—¿Te sientes bien, Naruto? —preguntó Queen Maeve, acercándose a él con una botella en la mano—. Has pasado de ser el paria a ser el rey.

—No soy un rey, Maeve —respondió Naruto, observando a un grupo de niños jugar cerca de una fuente termal artificial—. Soy el arquitecto de una justicia que nunca recibí.

—Es una forma elegante de decir que te has vengado de todos —dijo ella, tomando un trago—. Pero ten cuidado. Homelander no es alguien que comparta el escenario por mucho tiempo.

—Lo sé —dijo Naruto con una sonrisa enigmática—. Pero él me necesita para entender este mundo. Y yo lo necesito a él para destruirlo y volverlo a construir. Somos dos caras de la misma moneda.

Mientras hablaba, una figura se acercó desde las sombras. Era Shikamaru Nara, quien junto a Neji y otros pocos, se había unido a la nueva aldea para servir en los niveles administrativos bajos. Shikamaru se veía agotado, pero sus ojos mostraban una chispa de inteligencia que Naruto aún respetaba.

—Señor Uzumaki —dijo Shikamaru, haciendo una leve reverencia—. Los informes del sector norte están listos. La integración de los clanes renegados de la Lluvia ha sido un éxito. Aceptan al Tenkage como su único líder.

—Bien hecho, Shikamaru —dijo Naruto—. Sabía que tu intelecto sería útil aquí. ¿Cómo están los demás?

—Neji está entrenando a la nueva guardia aérea —respondió Shikamaru—. Lee está... bueno, Lee está tratando de entender cómo volar sin chakra, pero está entusiasmado. En cuanto a los otros... los que se quedaron en las ruinas...

—No me hables de ellos —lo cortó Naruto—. Ellos eligieron su bando. Ahora, su único propósito es servir de advertencia para el resto del mundo.

Naruto se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia la Torre del Cielo. A medida que ascendía, podía ver las luces de la ciudad encendiéndose, creando una constelación artificial que desafiaba a las estrellas. Shin'en no Tenkūgakure era una joya de acero en medio de un continente de barro.

En el despacho del Tenkage, Homelander estaba revisando los planos de expansión. El País del Fuego ya no existía; ahora era el Territorio del Cielo.

—Naruto, estaba pensando —dijo Homelander sin levantar la vista—. Deberíamos enviar a A-Train a las fronteras del País del Viento. He oído que hay algunos grupos de resistencia que todavía creen en la "Voluntad de Fuego". Quiero que los borre del mapa antes del desayuno.

—Ya me he encargado de eso, John —respondió Naruto, sentándose en una silla frente a él—. He enviado a un equipo de ninjas mejorados con el suero. Es mejor que el mundo vea que incluso sus propios métodos son inútiles contra nosotros.

Homelander levantó la vista y sonrió, una expresión llena de una camaradería oscura.

—Eres brillante, chico. A veces olvido que tienes esa mente estratégica de ninja.

—Aprendí de los mejores —dijo Naruto, refiriéndose irónicamente a sus antiguos enemigos—. Y también aprendí lo que pasa cuando dejas una brasa encendida. No cometeré ese error.

La noche cayó sobre la Aldea Escondida en el Cielo Divino. Mientras los antiguos amigos de Naruto sufrían en la pobreza de las ruinas o intentaban adaptarse a un mundo que los había dejado atrás, Naruto Uzumaki se alzaba en la cima de la civilización. Ya no era el jinchūriki, ni el huérfano, ni el demonio. Era el arquitecto de una nueva era, un ser que había trascendido el odio para convertirse en algo mucho más peligroso: un gobernante absoluto con la fuerza de un dios y el corazón de hielo.

El mundo ninja observaba con aliento contenido. Sabían que el próximo paso de Shin'en no Tenkūgakure no sería la diplomacia, sino la conquista total. Y bajo el mando del Tenkage Homelander y su mano derecha, Naruto, no había rincón del planeta donde la sombra del Cielo no pudiera alcanzar. La justicia del nuevo mundo era implacable, era tecnológica y, sobre todo, era inevitable. Naruto Uzumaki finalmente tenía el hogar que siempre quiso, pero lo había construido sobre las cenizas del que una vez amó, y no tenía la menor intención de mirar atrás.