Qhps Naruto era rescatado y entrenado por homelander, tras ser traicionado por Konoha
El Retorno del Dios Castigador: La Verdad Tras el Velo de Ceniza
El silencio en Konoha era tan denso que podía cortarse con un kunai. Tras el mensaje celestial que había aparecido tres días atrás, la Quinta Hokage había convocado a toda la población al gran anfiteatro frente a la oficina del Hokage. Aldeanos, genin, chunin y los jōnin de élite estaban allí, con rostros pálidos y ojeras profundas.
Tsunade Senju se adelantó al balcón. A su lado, Jiraiya parecía haber envejecido diez años en una semana. Kakashi, Sakura, Hinata y el resto de los antiguos compañeros de Naruto estaban en la primera fila, con el corazón latiendo con fuerza ante la incertidumbre.
—¡Escuchen todos! —la voz de Tsunade, amplificada por chakra, retumbó en las paredes de la aldea—. Hace dos años, cometimos un error que marcará nuestra historia para siempre. Desterramos y condenamos a muerte a Naruto Uzumaki.
Un murmullo de odio surgió de la multitud civil, pero Tsunade los silenció con un golpe que agrietó el mármol del barandal.
—¡Silencio! —rugió ella—. Nos mintieron. El consejo y Danzo ocultaron la verdad. Naruto Uzumaki no era un demonio. Era el hijo de Minato Namikaze, el Cuarto Hokage, y de Kushina Uzumaki. Él era el héroe que mantenía a raya al Kyubi para que nosotros pudiéramos dormir tranquilos. Lo tratamos como basura mientras él cargaba con el sacrificio de su padre por nosotros.
El silencio que siguió fue absoluto. Sakura se tambaleó, llevándose las manos a la boca. Hinata sintió que el mundo se desvanecía; el hombre al que había llamado "asco" era el hijo del héroe que ella tanto decía admirar. Los murmullos de "hijo del Cuarto" se extendieron como un incendio forestal, transformando el odio en un terror frío y pegajoso.
—Y ahora —continuó Tsunade, con lágrimas rodando por sus mejillas—, ese niño ha vuelto. Pero ya no es el Naruto que conocimos. Se ha convertido en algo que escapa a nuestra comprensión.
De repente, el cielo se tiñó de un azul eléctrico y el aire comenzó a vibrar con un zumbido que hacía sangrar los oídos. Una explosión sónica sacudió los cimientos de Konoha, derribando puestos de venta y haciendo que los ninjas se pusieran en guardia.
Desde las nubes, una figura descendió a una velocidad que el ojo humano no podía seguir. Se detuvo a veinte metros sobre la multitud, flotando con una arrogancia divina. Era Naruto. Pero no el niño del chándal naranja. Era un hombre imponente, vestido con un traje táctico oscuro que resaltaba su musculatura perfecta, una capa negra que ondeaba con una energía propia y unas gafas de sol que le daban un aire de indiferencia absoluta.
A su derecha, Homelander descendió lentamente, con su capa de barras y estrellas brillando bajo el sol, y a su izquierda, figuras como Queen Maeve y A-Train se posicionaron en el aire, mirando a los ninjas como si fueran insectos interesantes bajo un microscopio.
—Vaya, vaya —la voz de Naruto, amplificada por una tecnología que nadie en la aldea comprendía, llenó el valle—. Parece que la vieja borracha finalmente decidió contarles el cuento de hadas. Lástima que el final sea una tragedia.
—¡Naruto! —gritó Sakura desde abajo, con lágrimas en los ojos—. ¡Lo sentimos! ¡No lo sabíamos! ¡Por favor, baja y hablemos, todo puede volver a ser como antes!
Naruto ladeó la cabeza y se quitó lentamente las gafas de sol. Sus ojos no eran azules; eran de un color zafiro eléctrico con un anillo carmesí que giraba lentamente. Su mirada se posó en Sakura con tal desprecio que la chica cayó de rodillas, sollozando.
—¿Como antes, Sakura? —Naruto sonrió, una expresión que no llegaba a sus ojos—. ¿Te refieres a cuando me llamaste monstruo mientras yo sangraba por protegerte? ¿O cuando me golpeabas por el simple hecho de existir? —Se giró hacia Hinata, quien estaba junto a Kiba—. ¿O quizás como cuando tú, Hinata, me dijiste que te daba asco antes de besar a este perro frente a mí?
—Naruto-kun... yo... —balbuceó Hinata, temblando violentamente.
—No me llames así —la interrumpió Naruto, y su voz provocó una onda de choque que rompió los cristales de las casas cercanas—. Ese Naruto murió en el lodo. El hombre que ven ahora es un Dios. Y he venido a ver si su "Voluntad de Fuego" arde tan bien como sus edificios.
Homelander soltó una carcajada y puso una mano en el hombro de Naruto.
—Míralos, hijo. Son tan patéticos. ¿De verdad estos son los que te daban miedo? —Homelander miró a Tsunade—. Tú debes de ser la jefa. Tienes buen aspecto para ser una anciana, pero tu gestión de recursos humanos es... decepcionante.
—¡Lárguense de mi aldea! —gritó Jiraiya, invocando su chakra y preparándose para entrar en Modo Sabio—. ¡Naruto, detén esta locura! ¡Este no eres tú!
Naruto desapareció. En un microsegundo, estaba frente a Jiraiya, sujetándolo del cuello con una sola mano. La velocidad fue tal que ni siquiera Kakashi con su Sharingan pudo ver el movimiento.
—¿El "Ero-sennin" quiere darme lecciones de moral? —susurró Naruto al oído de su antiguo maestro—. Tú, que me dejaste solo durante años. Tú, que me miraste con frialdad cuando me desterraron. —Naruto apretó el agarre, y el sonido de las vértebras de Jiraiya crujiendo resonó en todo el anfiteatro—. Eres un hipócrita, viejo. Y los hipócritas no tienen lugar en mi mundo.
Naruto lanzó a Jiraiya contra el monumento de los Hokages. El impacto fue tan brutal que la cabeza de piedra del Tercer Hokage se desmoronó por completo.
—¡Naruto, basta! —gritó Kakashi, activando su Chidori—. ¡Si tengo que detenerte por la fuerza, lo haré!
Naruto aterrizó suavemente en el suelo, frente a su antiguo equipo. Kakashi, Sakura y los demás se lanzaron al ataque. Kiba y Akamaru saltaron con su Colmillo sobre Colmillo, pero Naruto ni siquiera se movió. Simplemente dejó que el ataque impactara en su pecho. El resultado fue devastador: Kiba salió despedido con los huesos de los brazos destrozados, como si hubiera chocado contra una montaña de diamante.
—¿Eso es todo? —preguntó Naruto, bostezando—. John, creo que me sobreestimaste. Estos ninjas son aburridos.
—Bueno, entonces diviértete un poco, muchacho —dijo Homelander desde el aire, cruzándose de brazos con una sonrisa sádica—. Enséñales lo que pasa cuando se juega con un producto de Vought.
Naruto miró a Kakashi, quien corría hacia él con el Raikiri en la mano. Cuando el rayo estaba a centímetros de su rostro, Naruto simplemente sopló. Una ráfaga de aire supercongelante salió de sus pulmones, congelando el brazo de Kakashi y el suelo bajo sus pies en un instante. El jōnin de élite quedó atrapado en una estatua de hielo, con los ojos abiertos por el pánico.
—¡Maldito demonio! —gritó un aldeano desde la multitud, lanzando una piedra—. ¡Vete de aquí!
Naruto se giró hacia la multitud. Sus ojos comenzaron a brillar con una luz roja intensa.
—¿Demonio? —dijo Naruto con una calma aterradora—. Aún no han visto nada.
Dos haces de luz roja pura salieron disparados de los ojos de Naruto. El calor era tan intenso que el aire mismo se incendió. El rayo cortó la multitud, no para matar a todos, sino para trazar una línea de fuego y destrucción que vaporizó la oficina del Hokage en un segundo. Los gritos de terror llenaron la aldea mientras la gente corría en todas direcciones.
—¡Piedad! —suplicó Tsunade, cayendo de rodillas—. ¡Haz lo que quieras conmigo, pero deja a la aldea en paz!
Naruto se acercó a ella y la levantó de la barbilla.
—La piedad es para los débiles, Tsunade. Y tú me enseñaste que en Konoha, los débiles son desechados. —Naruto miró a su alrededor, viendo a sus antiguos "amigos" temblando de miedo—. Shikamaru, Neji, Lee... ustedes fueron los únicos que no me odiaron. Por eso, les daré una opción. Arrodíllense ante mí y ante Homelander, y quizás vivan para ver el nuevo amanecer. El resto... el resto descubrirá por qué el sol quema.
—¡Jamás! —gritó Neji, activando su Byakugan—. ¡Aunque seas el hijo del Cuarto, no tienes derecho a esto!
Naruto suspiró, una señal de decepción.
—El destino, Neji. Tú siempre hablabas de él. Bueno, tu destino hoy es ver cómo todo lo que amas se convierte en cenizas.
En ese momento, A-Train comenzó a correr por las calles de la aldea a velocidades supersónicas, creando ondas de choque que derribaban edificios enteros solo con pasar. Queen Maeve aterrizó entre los ninjas de élite, rompiendo cuellos y destrozando armaduras como si fueran de papel.
Homelander bajó y se situó al lado de Naruto, observando el caos con satisfacción.
—Es un buen comienzo, Naruto. Pero creo que les falta un poco de... espectáculo.
Naruto asintió. Elevó sus manos hacia el cielo y comenzó a concentrar una cantidad de chakra y energía solar tan inmensa que el cielo se oscureció. Una esfera de energía negra y dorada, una mezcla de una Bijudama y la energía pura de un superser, comenzó a crecer sobre Konoha.
—Hace dos años, me fui de aquí llorando —dijo Naruto, y su voz se escuchó en cada rincón del País del Fuego—. Hoy, me voy con una sonrisa. Pero antes, quiero que sientan el peso de su traición.
Naruto lanzó la esfera hacia el centro de la aldea. El impacto no fue una explosión inmediata, sino una onda de presión que aplastó cada edificio, cada árbol y cada esperanza. En cuestión de segundos, la majestuosa Konoha quedó reducida a un cráter humeante, con solo unos pocos edificios en pie donde Naruto había decidido, por puro capricho, no golpear.
Entre las ruinas, los supervivientes se arrastraban, cubiertos de polvo y sangre. Sakura lloraba sobre el cuerpo inconsciente de Sasuke, quien ni siquiera había tenido tiempo de despertar para ver quién lo había derrotado. Hinata estaba abrazada a un Kiba moribundo, mirando con horror la figura de Naruto que flotaba sobre ellos, impecable, sin una sola mancha de polvo en su traje.
Naruto descendió una última vez, quedando frente a una Tsunade herida y una Sakura destrozada.
—Esto no es el final —dijo Naruto, poniéndose de nuevo sus gafas de sol—. Esto es solo la notificación de desalojo. Konoha ahora es una provincia de Vought. Y yo soy su gobernador. Mañana, empezaremos la reconstrucción. Y cada piedra que se levante, se hará en mi nombre y en el de mi padre, a quien ustedes tanto deshonraron.
—¿Por qué...? —susurró Sakura—. ¿Por qué nos haces esto?
Naruto se detuvo y la miró por encima de sus gafas. Por un momento, ella vio al niño que solía sonreír, pero la imagen se desvaneció rápidamente bajo una máscara de crueldad absoluta.
—Porque puedo —respondió Naruto—. Y porque, como dijo mi mentor, es divertido ser un Dios.
Homelander soltó una carcajada y rodeó a Naruto con el brazo mientras ambos se elevaban hacia su portaaviones volador, que ahora se cernía sobre el cráter de la aldea como un buitre gigante.
—Buen trabajo, hijo —dijo Homelander mientras ascendían—. Mañana les enseñaremos a cantar nuestro himno.
Naruto no respondió. Miró hacia abajo, hacia las ruinas de su pasado, y no sintió nada. Ni alegría, ni tristeza. Solo la fría y satisfactoria sensación de que, por primera vez en su vida, él tenía el control total. El rubio ruidoso había muerto, y en su lugar, un titán de acero y odio se alzaba sobre el mundo ninja. La era de los shinobi había terminado; la era de los Superiores acababa de comenzar, y el sol que salía sobre el horizonte ya no era el de la Voluntad de Fuego, sino el reflejo dorado de la capa del nuevo Dios de Konoha.