¿Qué te gusta de mí?
El peso de la ausencia y el eco de la sinceridad
La enfermería del Colegio Técnico de Magia de Tokio siempre olía a una mezcla estéril de desinfectante, alcohol y el aroma terroso de las hierbas medicinales que Shoko Ieiri cultivaba en pequeñas macetas cerca de la ventana. Era un santuario de calma en medio del caos que solía rodear a los hechiceros de grado especial. A Shoko le gustaba el silencio, o al menos eso se decía a sí misma para ignorar cómo la quietud a veces pesaba más que el ruido de una batalla.
Esa tarde, sin embargo, el silencio estaba cargado de una energía residual. Hacía apenas una hora, Nobara y Megumi habían pasado por el pasillo exterior, creyéndose solos. Shoko, apoyada contra el marco de la puerta abierta de su oficina con un cigarrillo apagado entre los labios, había escuchado cada palabra. La franqueza brutal de Kugisaki y la honestidad vulnerable de Fushiguro la habían hecho sonreír de una forma que rara vez se permitía. Era refrescante ver que, a pesar de la oscuridad que los rodeaba, esos niños aún tenían espacio para buscarse, para definirse, para querer ser algo más que herramientas de exorcismo.
"Un carácter inquebrantable", había dicho Fushiguro.
Shoko exhaló un suspiro, aunque no estaba fumando. La frase se le quedó grabada. Se preguntó cuántas personas en su vida habían poseído esa cualidad. Ella misma había tenido que forjar una voluntad de hierro para sobrevivir a los años en que sus compañeros de clase eran el centro de su mundo, antes de que el mundo decidiera romperlos en pedazos.
Unos pasos largos y rítmicos, mucho más pesados que los de los estudiantes, resonaron en el pasillo. Shoko enderezó la espalda y guardó el cigarrillo en el bolsillo de su bata blanca. Solo había una persona que caminaba con esa mezcla de arrogancia y despreocupación absoluta.
— Shoko, me han dicho que me buscabas con urgencia —dijo Satoru Gojo, entrando en la habitación sin llamar.
Llevaba su venda negra habitual cubriendo sus ojos, pero la sonrisa ladeada en su rostro indicaba que estaba de buen humor. Se dejó caer en una de las sillas giratorias de la oficina, girando sobre sí mismo como si fuera un niño en una sala de juegos en lugar del hechicero más fuerte del mundo en una morgue encubierta.
— Necesito que revises estos informes de las últimas misiones de Itadori —mintió Shoko con fluidez, extendiendo una carpeta sobre el escritorio—. Hay discrepancias en el consumo de energía maldita que anotó Nanami y lo que tú mencionaste en el último entrenamiento.
Gojo detuvo su giro y tomó la carpeta, hojeándola con una rapidez sobrenatural.
— Ah, eso. Yuuji todavía está aprendiendo a no desperdiciar energía en movimientos innecesarios. Es un diamante en bruto, pero a veces brilla demasiado pronto —respondió él, dejando los papeles a un lado—. ¿Solo era eso? Parecías... pensativa cuando entré.
Shoko lo observó. Satoru Gojo era un enigma envuelto en infinito. A pesar de los años, de haber crecido juntos, de haber compartido las pérdidas más dolorosas, a veces sentía que solo conocía la superficie de ese hombre. ¿Qué pasaba por la mente del hechicero que lo veía todo pero que rara vez permitía que alguien lo viera a él?
Impulsada por el eco de la conversación que había escuchado entre Megumi y Nobara, Shoko decidió que no quería quedarse con la duda. Si los chicos podían ser honestos bajo el sol del atardecer, ella podía serlo bajo las luces fluorescentes de su clínica.
— Satoru —dijo ella, cruzándose de brazos y apoyándose en el escritorio—. Estaba pensando en algo que escuché hace un rato. Una conversación entre tus alumnos.
Gojo inclinó un poco la cabeza, curioso.
— ¿Megumi y Nobara? Son entretenidos, ¿verdad? Tienen ese fuego de la juventud que tanto me gusta fomentar.
— Fushiguro definió su tipo de mujer ideal —continuó Shoko, ignorando el comentario—. Dijo que buscaba a alguien con un carácter inquebrantable. Alguien que no se dejara doblegar por este mundo.
Gojo soltó una risita suave.
— Típico de Megumi. Siempre buscando la solidez en un mar de incertidumbre. Es una buena respuesta. Muy madura para su edad, aunque un poco aburrida, ¿no crees?
Shoko dio un paso hacia adelante, invadiendo ligeramente el espacio de Gojo, tal como Nobara había hecho con Megumi. La diferencia era que entre ellos había décadas de historia compartida, de silencios cómodos y de tragedias no mencionadas.
— ¿Y tú, Satoru? —soltó ella, lanzando la primera bomba—. ¿Qué tipo de mujer te gusta a ti?
El silencio que siguió fue absoluto. Gojo, que siempre tenía una respuesta rápida, un chiste o una burla preparada, se quedó inmóvil. La pregunta era inusual, casi fuera de lugar en su dinámica. Se conocían desde los quince años, y aunque habían compartido innumerables noches de estudio, misiones y funerales, rara vez hablaban de deseos personales.
Gojo se llevó una mano a la barbilla, fingiendo una profunda reflexión.
— Vaya, Shoko. ¿A qué viene esta curiosidad repentina? ¿Estás planeando buscarme una cita? Porque te advierto que soy un hombre muy ocupado y muy, muy caro de mantener.
— Contesta, Satoru. No me des tus respuestas de relaciones públicas.
Gojo suspiró, y por un momento, su postura se relajó. La tensión en sus hombros desapareció y su sonrisa se volvió menos performática.
— No lo sé, la verdad —admitió, rascándose la nuca—. No es algo en lo que piense a menudo. El físico es... irrelevante cuando puedes ver los átomos de las personas. Supongo que, si tuviera que elegir, me gustaría alguien capaz de soportarme.
Shoko arqueó una ceja.
— ¿Soportarte? Eso es una lista muy corta de personas.
— Exactamente —dijo él, ampliando su sonrisa—. Alguien que no se deslumbre por el "Seis Ojos". Alguien que conozca al Satoru idiota que olvida comprar recuerdos y al Satoru que carga con el peso de ser el más fuerte, y que no huya de ninguno de los dos. Alguien que tenga suficiente fuerza propia para no ser aplastado por mi presencia, pero suficiente paciencia para quedarse cuando me pongo imposible.
Shoko sintió un latido extraño en su pecho. La descripción era vaga, y sin embargo, se sentía increíblemente específica. Había pocas personas en el mundo que hubieran visto todas esas facetas de Gojo y que siguieran a su lado por elección propia, no por deber.
— Una persona resistente, entonces —murmuró ella.
— Podrías decirse que sí. Alguien que no se rompa si me acerco demasiado.
Shoko guardó silencio un momento, procesando la respuesta. Podía ver a Nobara en la descripción de Megumi, y ahora, de manera inevitable, se veía a sí misma en las palabras de Satoru. Ella lo había soportado durante quince años. Había curado sus heridas cuando era joven, había fumado en silencio a su lado cuando Suguru se fue, y seguía siendo la única persona a la que él permitía entrar en su espacio personal sin previo aviso.
Decidió que, si iba a hacer esto, lo haría hasta el final. No era propio de ella retroceder.
— Entonces, Satoru —dijo ella, bajando el tono de voz, volviéndolo más íntimo—, ¿qué te gusta de mí?
La segunda bomba impactó con mucha más fuerza que la primera. Gojo dejó de girar la silla por completo. Se enderezó, y aunque la venda ocultaba sus ojos, Shoko pudo sentir su mirada fija en ella, intensa y analítica. El aire en la enfermería pareció volverse más denso, como si el Infinito de Gojo se hubiera expandido para envolverlos a ambos.
— Shoko... —comenzó él, y su voz ya no tenía rastro de burla.
— Me soportas más que nadie —continuó ella, dando un paso más, quedando justo frente a él—. Conozco al Satoru idiota y al Satoru dios. He visto lo que el mundo te ha hecho y lo que tú le has hecho al mundo. Y aquí sigo. Así que, según tu propia lógica, encajo en tu descripción. ¿Qué ves cuando me miras a mí?
Gojo se levantó lentamente. Su altura siempre era imponente, pero en ese momento, se sentía como una montaña frente a ella. Sin embargo, Shoko no retrocedió. Ella era la roca que el mar no podía mover.
— Lo que me gusta de ti, Shoko —dijo él, y su voz era un susurro grave que vibró en el aire—, es que eres el único lugar en el que no tengo que ser el más fuerte.
Shoko parpadeó, sorprendida por la honestidad del comentario.
— Contigo, no hay expectativas —continuó Gojo, dando un paso hacia ella, rompiendo la barrera de la cortesía profesional—. Eres la única persona que queda de los días en que todo era más simple. Me gusta tu pragmatismo. Me gusta que no me pidas nada más que ser yo mismo, incluso cuando "yo mismo" es un desastre. Y me gusta que, a pesar de todo el horror que ves en esa mesa de autopsias, tus manos nunca tiemblan.
Gojo levantó una mano, dudando por una fracción de segundo antes de rozar con sus dedos el mechón de cabello castaño que caía sobre la cara de Shoko.
— Eres inquebrantable, Shoko. De una manera distinta a la que Megumi ve en Kugisaki. Lo tuyo es una resistencia silenciosa. Eres el ancla que evita que me pierda en el cielo.
Shoko sintió un nudo en la garganta que no esperaba. Siempre se había visto a sí misma como la espectadora, la que se quedaba atrás para recoger los pedazos mientras los demás luchaban y morían. Escuchar de labios de Satoru que su presencia era lo que lo mantenía unido a la tierra era una revelación que la desarmaba.
— Eres un sentimental cuando te lo propones, Satoru —dijo ella, intentando recuperar su tono cínico, aunque su voz sonó un poco quebrada.
— Solo contigo —respondió él, y su mano bajó desde su cabello hasta su mejilla, dejando que sus dedos descansaran allí un momento—. Así que, si me preguntas si eres mi tipo... bueno, supongo que siempre has sido el estándar con el que comparo al resto del mundo. Y nadie ha estado a la altura.
Shoko cerró los ojos, disfrutando del calor de su mano. Era una confesión extraña, muy propia de ellos, cargada de subtexto y de años de cosas no dichas. No había promesas de amor eterno, ni declaraciones dramáticas, pero había algo mucho más sólido: reconocimiento mutuo.
— Deberías volver al entrenamiento —dijo ella finalmente, aunque no se alejó—. Itadori probablemente ya habrá destruido medio bosque si Gojo-sensei no está vigilando.
Gojo soltó una carcajada suave y retiró la mano, recuperando su aura de invencibilidad y alegría fingida.
— Tienes razón. Ese chico es un peligro sin supervisión. Pero, Shoko...
Él se detuvo en la puerta y se giró. Por un momento, levantó ligeramente su venda, dejando que uno de sus ojos azules, brillantes como una supernova, la mirara directamente.
— Gracias por preguntar. A veces olvido que alguien todavía quiere saber la respuesta.
Cuando Gojo salió de la enfermería, el silencio volvió a reinar, pero ya no se sentía pesado. Shoko se sentó en su escritorio y, esta vez, sí encendió el cigarrillo. Observó el humo elevarse en espirales perezosas hacia el techo.
Afuera, el sol se había ocultado por completo, dejando paso a la noche estrellada de Tokio. Shoko sonrió para sí misma. Nobara tenía razón; a veces, ser directa era la única forma de obtener la verdad. Y la verdad era que, en ese mundo roto y lleno de maldiciones, ellos dos, los supervivientes de una generación perdida, todavía tenían algo inquebrantable a lo que aferrarse.
No era amor en el sentido convencional, ni era una descripción de un ideal de belleza. Era algo más profundo, algo forjado en el dolor y mantenido por la lealtad.
— Un carácter inquebrantable... —susurró Shoko al vacío, dejando escapar el humo—. Tienes buen gusto, Fushiguro. Pero tu maestro tiene uno mejor.
Se quedó allí, en la penumbra de su santuario, sintiéndose, por primera vez en mucho tiempo, completamente vista. Y mientras el eco de los pasos de Gojo se desvanecía en la distancia, Shoko supo que, pasara lo que pasara, ella seguiría siendo el ancla. Porque incluso el hombre que podía tocar el infinito necesitaba un lugar al que volver, y ella siempre estaría allí, con sus manos firmes y su voluntad de hierro, esperando en el silencio.