¿Qué te gusta de mí?
El martillo de la voluntad y el silencio del corazón
—¿Me vas a decir que no te gusta el color, Fushiguro? Porque si es así, tu sentido de la estética está más muerto que las maldiciones que exorcizamos.
Nobara Kugisaki sostenía un vestido de seda color carmesí frente a ella, moviéndolo con una elegancia que contrastaba violentamente con las bolsas de compras que colgaban de los brazos de Megumi. Habían pasado dos semanas desde aquella conversación en las escaleras del colegio, y desde entonces, Nobara se había propuesto una misión personal: no dejar que Megumi olvidara ni por un segundo que ella era, por definición propia y confirmación de él, su "tipo ideal".
—Es un vestido rojo, Kugisaki —respondió Megumi con un suspiro, ajustando el peso de las bolsas—. No tengo una opinión formada sobre el espectro cromático de tu guardarropa. Solo quiero sentarme.
—¡Es "Rojo Empoderamiento", idiota! —exclamó ella, devolviendo la prenda al estante con un gesto dramático—. Pero claro, ¿qué se puede esperar de alguien que viste de azul oscuro y negro todos los días de su vida? Eres tan predecible.
Nobara lo miró de reojo, disfrutando de la pequeña mueca de fastidio que cruzó el rostro de su compañero. Durante esos catorce días, ella no había dado tregua. Cada vez que Megumi intentaba sumergirse en su lectura o buscaba la soledad de los jardines, ella aparecía. A veces era para obligarlo a juzgar su nuevo maquillaje, otras para recordarle que su "carácter inquebrantable" hoy estaba especialmente brillante, y la mayoría de las veces, simplemente para invadir su espacio personal hasta que él se ponía visiblemente tenso.
Ella sabía lo que estaba haciendo. Nobara Kugisaki no era alguien que se conformara con una validación intelectual. Quería que Megumi diera el paso. Quería escucharlo decir las palabras que su orgullo le impedía pronunciar, no como una respuesta a una pregunta de Todou, sino como una declaración hacia ella.
—Oye —dijo Nobara, deteniéndose frente a un escaparate de zapatos, aunque su reflejo estaba fijo en él—. ¿Te das cuenta de que llevamos dos semanas saliendo casi a diario?
—Tú me arrastras, Kugisaki. No es como si tuviera opción cuando amenazas con martillear mis llaves si no te acompaño —replicó Megumi, aunque no había veneno en sus palabras.
—Podrías decir que no. Podrías invocar a tus perros y huir —ella se giró, cruzándose de brazos—. Pero no lo haces. Te quedas. Cargas mis bolsas. Escuchas mis quejas sobre el pueblo y sobre Maki-san. ¿Por qué?
Megumi desvió la mirada hacia una fuente cercana en el centro comercial. El silencio se prolongó, y por un momento, el bullicio de la gente pareció desvanecerse.
—Porque eres tú —dijo finalmente, en voz baja—. Y porque... no es tan terrible como parece.
Nobara sonrió para sus adentros. "Poco a poco, Fushiguro", pensó. Estaba ganando terreno. El carácter inquebrantable de Megumi estaba encontrando su punto de quiebre, y ella iba a ser el mazo que derribara esa pared.
—"No es tan terrible". Vaya, qué romántico —se burló ella, reanudando la marcha hacia la salida—. Vamos, muévete. Tengo hambre y tú vas a pagar el sushi. Es el impuesto por ser tan aburrido.
—No soy tu banco personal, Kugisaki.
—Eres mi "tipo de compañero que carga bolsas" —replicó ella con una mirada chispeante—. No te quejes.
El camino de regreso al Colegio Técnico de Magia fue más silencioso. El sol comenzaba a ocultarse tras los edificios de Tokio, tiñendo el cielo de un violeta profundo. Al llegar a las puertas de la institución, la atmósfera cambió. La seguridad del recinto siempre traía consigo el recordatorio de que eran soldados en una guerra invisible, pero esa noche, para Nobara, el aire se sentía eléctrico por razones muy distintas.
Caminaron hacia los dormitorios, pero antes de llegar a la entrada de los varones, Nobara se detuvo en seco bajo la sombra de un gran cerezo que aún no florecía.
—Fushiguro —llamó, con un tono que no admitía bromas.
Megumi se detuvo y dejó las bolsas en el suelo, frotándose las muñecas marcadas por las asas.
—¿Ahora qué? Si vas a pedirme que te ayude a ordenar tu habitación, la respuesta es no.
—No es eso —ella se acercó, reduciendo la distancia entre ellos hasta que el aroma de su perfume, ese que él ya reconocía como parte de su entorno cotidiano, lo envolvió—. Llevo dos semanas recordándote quién soy. Llevo dos semanas siendo la mujer de carácter inquebrantable que dijiste que te gustaba.
Megumi tragó saliva, sintiendo que el espacio se volvía peligrosamente pequeño.
—Kugisaki, ya hablamos de esto...
—No, no hablamos de nada —lo interrumpió ella, clavando sus ojos naranja en los azules de él—. Hablamos de conceptos. De ideales. Pero yo no soy un concepto, Fushiguro. Estoy aquí. Soy real. Y sé que eres un tipo que piensa demasiado, que analiza cada sombra antes de dar un paso. Pero esto no es una misión. No hay una técnica maldita que descifrar.
Ella dio un paso más, obligándolo a retroceder hasta que su espalda chocó contra el tronco del árbol. Nobara apoyó una mano en la madera, justo al lado de la cabeza de Megumi, atrapándolo.
—Dilo —exigió ella en un susurro—. Di lo que has estado guardando bajo esa cara de indiferencia durante estas dos semanas. Si soy tu tipo, si de verdad crees que soy esa persona... ¿qué vas a hacer al respecto? ¿Vas a dejar que el tiempo pase hasta que una maldición nos mate a ambos?
Megumi sintió que el corazón le martilleaba contra las costillas. No era miedo. Era una presión interna, una necesidad de soltar el lastre de su propia reserva. Miró a Nobara: su cabello corto despeinado por el viento, la determinación feroz en su mirada, la pequeña cicatriz en su mano por el uso constante del martillo. Ella era hermosa, sí, pero era su fuerza lo que lo desarmaba. Su negativa absoluta a ser cualquier cosa que no fuera ella misma.
—No es tan fácil para mí como lo es para ti —dijo Megumi, su voz apenas un hilo—. Tú lanzas tus sentimientos como si fueran clavos. Yo... yo tiendo a enterrarlos para que no estorben.
—Pues desentiérralos —ordenó ella—. Ahora mismo.
Megumi cerró los ojos un segundo, buscando aire. Cuando los abrió, la distancia entre sus labios y los de ella era casi inexistente. Podía sentir el calor que emanaba de Nobara.
—Me gustas, Nobara —soltó de repente, con una brusquedad que lo sorprendió incluso a él—. No porque encajes en una descripción que le di a un idiota como Todou. Me gustas porque no me dejas en paz. Porque me obligas a mirar el mundo cuando yo solo quiero cerrar los ojos. Porque eres insoportable, egocéntrica y ruidosa... y aun así, no puedo imaginarme estar en este colegio si tú no estuvieras caminando dos pasos por delante de mí.
Nobara se quedó congelada. Había esperado una confesión, pero la honestidad cruda de Megumi la golpeó con más fuerza de la que había previsto. El "inquebrantable" Fushiguro acababa de romperse frente a ella, mostrándole un interior lleno de una vulnerabilidad que él no le mostraba a nadie más. Ni siquiera a Itadori o a Gojo.
—Vaya... —susurró ella, y por primera vez en mucho tiempo, sus mejillas se tiñeron de un rojo que no era maquillaje—. Te tomó bastante tiempo, Fushiguro.
—¿Estás satisfecha ahora? —preguntó él, tratando de recuperar algo de su dignidad, aunque su respiración seguía siendo irregular.
Nobara sonrió, pero no era la sonrisa burlona de siempre. Era algo más suave, más real.
—Casi —dijo ella.
Sin darle tiempo a reaccionar, Nobara acortó los últimos milímetros. No fue un beso tímido ni sacado de un cuento de hadas. Fue un beso como ella: decidido, intenso y un poco rudo. Sus labios se presionaron contra los de Megumi con una urgencia que reclamaba todo lo que él acababa de admitir.
Megumi se quedó rígido por una fracción de segundo, sus manos suspendidas en el aire, antes de que el instinto y el deseo contenido vencieran a su timidez. Sus dedos se cerraron sobre la cintura de la chaqueta de Nobara, atrayéndola más hacia él, respondiendo al beso con una intensidad que hizo que a ella se le escapara un pequeño suspiro contra su boca.
El mundo exterior —las misiones, las maldiciones de grado especial, el peso de los clanes y el destino del mundo— dejó de existir. Solo quedaba el contacto de sus labios y el latido desbocado de dos corazones que, por fin, habían encontrado su ritmo.
Cuando Nobara se separó, lo hizo lentamente, dejando que sus frentes permanecieran unidas. Megumi tenía el rostro completamente encendido, una imagen que ella guardaría en su memoria como su trofeo más preciado.
—Eso —dijo ella, recuperando su tono triunfal— fue mucho mejor que cualquier respuesta lógica que pudieras dar.
Megumi ocultó su rostro en el hueco del cuello de Nobara, suspirando con una mezcla de alivio y vergüenza.
—Te odio, Kugisaki.
—Mientes —rio ella, pasando sus dedos por el cabello puntiagudo de él—. Me adoras. Y ahora, como mi novio oficial de carácter inquebrantable, vas a recoger esas bolsas y me vas a llevar a cenar. Y nada de sushi barato. Quiero el set de lujo.
Megumi se separó, mirándola con una expresión de resignación, pero sus ojos brillaban con una calidez que antes no estaba allí.
—Acabo de declararme y ya estás pensando en cómo vaciar mi billetera.
—Es parte del paquete, Fushiguro. Acéptalo.
Él se agachó para recoger las bolsas de compras, sintiendo que, a pesar del cansancio y del asalto emocional que acababa de sufrir, el peso ya no le molestaba. Nobara caminó hacia el edificio de los dormitorios, balanceando sus manos y tarareando una melodía alegre. Se detuvo un momento y miró hacia atrás, extendiendo su mano hacia él.
—¿Vienes o qué?
Megumi caminó hacia ella y, sin decir nada, entrelazó sus dedos con los de ella. Sus manos eran diferentes: las de él eran largas y pálidas; las de ella, un poco más pequeñas pero firmes y decididas.
—Voy —respondió él.
Mientras caminaban bajo la luz de las farolas del colegio, Nobara no dejó de hablar. Le contó sus planes para el próximo domingo, le recordó que Itadori probablemente se burlaría de ellos hasta el cansancio y le advirtió que si Gojo-sensei intentaba meterse en su relación, ella misma le clavaría un clavo cargado de energía maldita en sus dulces caros.
Megumi solo escuchaba, asintiendo de vez en cuando, con una pequeña sonrisa que se negaba a desaparecer. Nobara Kugisaki era, sin duda, una fuerza de la naturaleza. Era ruidosa, era exigente y tenía una voluntad que podía doblar el acero.
Y era, exactamente, lo que él necesitaba para sentirse vivo en un mundo que se empeñaba en rodearlos de muerte.
—Oye, Fushiguro —dijo ella antes de entrar al edificio.
—¿Qué pasa ahora?
—Tuviste razón en algo —ella se puso de puntillas y le dio un rápido beso en la mejilla—. Tienes muy buen gusto.
Megumi negó con la cabeza, sintiendo que el calor volvía a sus orejas.
—Entra ya, Kugisaki.
Ella entró riendo, dejando a Megumi solo en el pasillo por un momento. Él miró su mano, la misma que ella había sostenido hace unos segundos, y luego miró hacia el cielo nocturno. El carácter inquebrantable no se trataba de no sentir, se dio cuenta. Se trataba de tener el valor de sentirlo todo, incluso cuando daba miedo, y seguir adelante.
Con un suspiro de paz que no había sentido en años, Megumi Fushiguro caminó hacia su habitación. La batalla contra las maldiciones continuaría al día siguiente, pero esa noche, la victoria era suya. Y tenía el nombre de una chica que no aceptaba un "no" por respuesta.