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Reencarne como shenlong en dragón ball

El Susurro del Retorno y el Aroma de las Entrañas

El vacío interdimensional era el equivalente a un colchón de espuma viscoelástica para Damián. Allí, donde el tiempo no era más que una sugerencia abstracta y el espacio se doblaba bajo el peso de su propia existencia, el Dragón de Zafiro se permitía el lujo de no ser nada. No había gravedad que tensara sus músculos serpentinos, ni oraciones constantes que perforaran sus oídos.

Sin embargo, el Sistema era un despertador que no entendía de derechos laborales.

— [Sincronización con el flujo temporal de Lugnica completada] —la voz mecánica resonó en su mente, vibrando en sus escamas azules—. [Advertencia: El deseo detectado no es una petición formal a través de artefactos mágicos. Es una emanación de pura desesperación. El individuo está al borde de la ruptura del alma].

Damián soltó un bufido que generó una nebulosa de chispas plateadas en el vacío.

—Qué alegría —murmuró, estirando sus garras blancas—. Pasamos de bragas de seda a traumas existenciales. ¿No hay un mundo donde alguien desee simplemente que su pizza llegue caliente? Eso sí que podría respetarlo.

— [Anfitrión, la intensidad del deseo es proporcional a la recompensa. Si cumples esta petición, tu autoridad sobre el concepto del 'Tiempo' aumentará] —insistió el Sistema.

Damián entornó sus ojos plateados. El tiempo. Si lograba dominar el tiempo, tal vez podría hacer que sus siestas de cinco minutos duraran tres siglos sin que nadie lo molestara. Ese era un objetivo por el cual valía la pena mover un par de kilómetros de cola.

—Está bien, llévame allí. Pero ponme en modo "imponente". No quiero que ningún caballero con complejo de héroe intente usarme de práctica de tiro.

El espacio se rasgó. A diferencia del mundo de Goku, donde la energía era vibrante y cálida, este nuevo destino se sentía... pesado. El olor a ozono que siempre acompañaba a Damián fue reemplazado súbitamente por un hedor metálico a sangre, entrañas y el frío gélido de una noche que se negaba a terminar.

***

Reino de Lugnica. Un callejón oscuro y húmedo en las entrañas de la capital.

Subaru Natsuki estaba muriendo. No era la primera vez, pero el dolor nunca se volvía más fácil de digerir. Sus tripas se sentían como si alguien hubiera decidido jugar a la cuerda con ellas, y la frialdad de la muerte empezaba a subirle por las piernas. A su lado, la chica de cabello plateado, aquella que se había presentado como Satella —aunque él sabía que mentía—, yacía inmóvil.

—Yo... yo te salvaré... —susurró Subaru, perdiendo el enfoque de sus ojos.

Su deseo no era una oración a los dioses de ese mundo. Era un grito silencioso que desgarraba el tejido de la realidad, una voluntad tan terca y absurda que hizo que el Sistema de Damián vibrara como una campana golpeada por un mazo.

De repente, el tiempo se detuvo. Literalmente.

La gota de sangre que caía del abdomen de Subaru quedó suspendida en el aire. El viento dejó de silbar. La oscuridad del callejón no se disipó, sino que se espesó, volviéndose tan densa que parecía brea.

Entonces, el cielo sobre la capital de Lugnica se partió en dos.

No hubo nubes negras esta vez, sino una grieta de color azul eléctrico que iluminó los tejados de la ciudad. Desde esa fractura, una cabeza colosal emergió lentamente. No era el "Dragón Volcánico" de las leyendas de ese mundo. Era algo mucho más antiguo, más extraño y, sin duda, más perezoso.

Damián descendió, enroscando su cuerpo de zafiro alrededor de las torres de la ciudad, aunque para los habitantes —congelados en el tiempo— solo era una visión estática de terror divino. Se hizo pequeño, reduciendo su tamaño de varios kilómetros a apenas unos veinte metros para poder entrar en el estrecho callejón sin demoler las casas vecinas.

Sus escamas azules brillaban con una luz mortecina, proyectando sombras alargadas sobre el cuerpo agonizante de Subaru.

Damián miró al chico. Sus ojos plateados escanearon el alma del humano.

—Vaya desastre —dijo Damián, y su voz hizo que los ladrillos de las paredes vibraran—. Tienes un olor a oscuridad que me revuelve el estómago, chico. Y mira que he visto cosas raras en mi última vida.

El Sistema intervino.

— [El sujeto no puede responder. Está en el umbral de la muerte. ¿Deseas procesar el deseo de forma automática o prefieres una intervención directa?]

Damián se rascó el hocico con una garra, pensativo.

—Si lo dejo morir, volverá a empezar, ¿verdad? Ese es su "truco". Pero el Sistema dice que su deseo es detener este ciclo de dolor. Qué aburrido sería si solo lo curo y ya.

El dragón se acercó, su aliento frío rozando la mejilla de Subaru.

—Despierta, pequeño humano —ordenó Damián. Un destello de luz azul salió de sus ojos, forzando la conciencia de Subaru a mantenerse atada a su cuerpo destrozado—. No suelo dar servicios de atención al cliente a domicilio, así que siéntete honrado.

Subaru abrió los ojos de golpe, soltando un gemido ahogado. El dolor seguía ahí, pero estaba "pausado". Vio al dragón. Vio las escamas azules que parecían contener galaxias y los ojos que lo miraban con una mezcla de lástima y fastidio.

—¿Eres... un espíritu? —logró articular Subaru, con la boca llena de sabor a hierro.

—Soy el que concede los deseos —respondió Damián, acomodándose en el aire como si estuviera recostado en un sofá invisible—. He oído tu llanto desde el otro lado del velo. Quieres salvarla. Quieres que este momento no sea el final.

Subaru miró el cuerpo inerte de Emilia y luego volvió a mirar al dragón. Las lágrimas se mezclaron con la suciedad de su rostro.

—¡Sálvala! —gritó con las pocas fuerzas que le quedaban—. ¡No me importa lo que me pase a mí! ¡Sálvala a ella! ¡Cambia este destino de mierda!

Damián suspiró, un sonido que pareció el lamento de un violonchelo.

—Todos decís lo mismo al principio. "No me importa lo que me pase". Luego, cuando llega la factura, todos lloráis. Pero bueno, hoy me siento generoso. Ese aroma a "Retorno por Muerte" que llevas encima me molesta. Es como si alguien hubiera dejado comida fuera del refrigerador por un mes.

Damián elevó su cabeza hacia el cielo estático.

—Escucha bien, humano. No voy a simplemente curarla. Voy a reescribir este fragmento de tu historia. Pero como pago, tu leyenda y la mía estarán unidas. Cada vez que el mundo tiemble, recordarán que el Dragón de Zafiro estuvo aquí.

El cuerpo de Damián comenzó a brillar con una intensidad cegadora. Las siete esferas del dragón de su mundo original no estaban presentes, pero él mismo era el catalizador. Sus escamas se erizaron y una onda de choque de energía azul barrió el callejón, la ciudad y el reino entero.

— [Habilidad activada: Reescritura del Destino (Rango Menor)] —anunció el Sistema.

Subaru sintió que su cuerpo se elevaba. El dolor desapareció. La herida en su estómago se cerró, pero no solo eso; el tiempo comenzó a retroceder a una velocidad vertiginosa. Vio las sombras moverse hacia atrás, vio la sangre regresar a sus venas y vio a la mujer de la capa negra, la asesina, ser empujada hacia atrás por una fuerza invisible.

—¡FUERA DE AQUÍ! —rugió Damián.

No fue un grito físico, sino una orden a la realidad misma. La asesina, Elsa Granhiert, fue expulsada del callejón por una ráfaga de viento helado que la lanzó contra una pared a tres manzanas de distancia, dejándola inconsciente antes de que pudiera entender qué deidad había decidido interrumpir su "trabajo".

Cuando la luz se desvaneció, el callejón estaba en silencio. Emilia estaba de pie, parpadeando, confundida, con su mano extendida como si estuviera a punto de lanzar un hechizo que ya no era necesario. Subaru estaba arrodillado, respirando agitadamente, vivo y completo.

Y sobre ellos, flotando con una elegancia perezosa, estaba Damián.

—¿Qué... qué ha pasado? —preguntó Emilia, mirando al enorme ser azul—. ¿Puck? ¿Eres tú? No... tú no eres Puck.

Un pequeño gato espiritual emergió del cabello de la chica, con los pelos de punta y una expresión de terror absoluto.

—¡Ni de broma soy yo, Lia! —chilló Puck, escondiéndose detrás de su oreja—. ¡Eso es un Dragón Verdadero! ¡No, es algo más! ¡Su presencia está aplastando la atmósfera!

Damián bajó la cabeza, mirando a la medio elfa con aburrimiento.

—Demasiado ruido para ser tan pequeña —dijo el dragón—. He cumplido el deseo de este humano. El destino ha sido alterado. El precio ha sido pagado con su gratitud, aunque él aún no lo sepa.

Subaru se puso de pie, temblando. Miró a Emilia, sana y salva, y luego al dragón.

—¿Quién eres? —preguntó, con la voz quebrada—. ¿Por qué nos ayudaste?

Damián comenzó a brillar, su cuerpo volviéndose etéreo. El Sistema le estaba indicando que el portal de regreso estaba listo.

—Soy Shenlong —respondió, y por primera vez, hubo un rastro de una sonrisa humana en sus rasgos de dragón—. Pero puedes llamarme Damián si alguna vez nos volvemos a ver. Un consejo, chico: deja de morir. Es un hábito muy molesto y el olor me quita el apetito.

—¡Espera! —gritó Subaru—. ¡No te vayas! ¡Hay tantas cosas que no entiendo!

—Ese es el problema de los humanos —comentó Damián mientras su cola desaparecía en una grieta en el aire—. Siempre queréis entender. Yo solo quiero dormir. Disfrutad de vuestra vida extra. Me ha costado un esfuerzo de tres minutos, y pienso recuperarlos con una siesta de tres décadas.

Con un destello final de color zafiro, el dragón desapareció.

El cielo de Lugnica volvió a la normalidad. Las estrellas brillaban tranquilas, ajenas al hecho de que, por un momento, un ser de otro universo había jugado con los hilos de su existencia por pura pereza y un poco de curiosidad.

***

De vuelta en su dimensión de bolsillo, Damián se dejó caer sobre el vacío con un suspiro de satisfacción.

— [Misión cumplida] —informó el Sistema—. [Recompensa: Fragmento de la Autoridad del Tiempo obtenido. Evolución de Escamas: 5% completada. Fama multiversal aumentada].

Damián cerró los ojos, sintiendo cómo una nueva energía, más densa y compleja, se asentaba en sus músculos.

—Ese chico, Subaru... tiene una vida difícil por delante —murmuró el dragón para sí mismo—. Pero no es mi problema. Al menos por ahora. Sistema, no me despiertes a menos que el multiverso esté a punto de explotar. O si alguien encuentra una forma de enviarme comida de verdad a este lugar.

— [Entendido, Anfitrión. Entrando en modo de hibernación...]

Damián se enroscó, formando un círculo perfecto de color azul profundo. En su mente, la imagen de la cara de asombro de Subaru le provocó una pequeña chispa de diversión. Era mejor que la oficina. Mucho mejor que los correos electrónicos y los informes de ventas.

Ser un dios dragón multiversal tenía sus ventajas. Especialmente cuando podías mandar a volar a los villanos simplemente porque interrumpían tu descanso.

El Dragón de Zafiro se sumió en un sueño profundo, mientras en el mundo de Re:Zero, una nueva leyenda comenzaba a susurrarse en las tabernas: la leyenda del dragón azul que detuvo el tiempo para salvar a una chica de plata.

Damián no lo sabía aún, pero su nombre empezaba a resonar en los rincones más lejanos de la existencia. Y aunque él solo quería dormir, el multiverso tenía otros planes para su eterno guardián perezoso.