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Regina Vibes

Poder Rosa y Táctica de Guerra

El sol de Beacon Hills se filtraba por las ventanas del gimnasio, pero no era el brillo natural lo que cegaba a los presentes, sino el resplandor del nuevo imperio que Reah Gorge estaba construyendo. Si el primer día había sido una declaración de intenciones, el segundo era una ocupación militar en toda regla, solo que con mucho más estilo y un aroma embriagador a perfume francés.

Reah estaba de pie sobre la mesa del cronometrador, observando el caos organizado que había desatado. Llevaba un conjunto que hacía que el código de vestimenta de la preparatoria pareciera una sugerencia lejana y olvidada: un mini top blanco que apenas cubría lo necesario, una minifalda rosa tan corta que desafiaba las leyes de la gravedad y su inseparable chaqueta de cuero rosa descansando sobre sus hombros como una capa real. En sus manos sostenía un boceto del que sería el nuevo uniforme de las animadoras.

—Es demasiado corto, Reah —dijo Lydia Martin, acercándose con una ceja levantada y una mezcla de admiración y escepticismo—. Quiero decir, me encanta el concepto, el rosa chicle es mi color, pero el director Thomas va a tener un aneurisma si ve a diez chicas saltando en algo que tiene menos tela que un pañuelo de bolsillo.

Reah bajó la mirada hacia Lydia. La pelirroja era la única en toda la escuela que no parecía intimidada, lo cual le ganaba puntos de respeto inmediatos. Reah saltó de la mesa con la gracia de un gato, aterrizando perfectamente sobre sus tacones de aguja de doce centímetros sin siquiera tambalearse.

—Lydia, querida —dijo Reah, ajustándose un mechón de su cabello rubio platino—, el director Thomas está más preocupado por los misteriosos agujeros en el campo de lacrosse que por el largo de una falda. Además, el uniforme es aerodinámico. Menos tela significa menos resistencia al viento durante los saltos mortales. Es ciencia.

—Es una distracción —intervino una voz sarcástica desde la entrada.

Stiles Stilinski entró al gimnasio cargando una pila de carpetas y, como era de esperar, un café latte de vainilla con leche de almendras. Se detuvo en seco al ver el atuendo de Reah. Sus ojos recorrieron las largas y contorneadas piernas de la chica, subieron por la minifalda y se perdieron un momento en la zona de su abdomen tonificado antes de encontrarse con sus ojos azules, que brillaban con diversión.

—Llegas dos minutos tarde, Stiles —sentenció Reah, arrebatándole el café de la mano sin dejar de mirarlo—. Y espero que esa carpeta contenga la información que te pedí, no tus teorías sobre el Triángulo de las Bermudas o lo que sea que ocupes en tu tiempo libre.

Stiles tragó saliva, tratando de recuperar su compostura.

—En realidad, he hecho un análisis exhaustivo —dijo él, abriendo la carpeta con un gesto dramático—. Aquí tienes la lista de los jugadores de lacrosse. Scott es el capitán, obviamente, tiene el mejor promedio de anotación y, según las encuestas que he realizado en mi cabeza, el mejor cabello después de que se corta el pelo. Luego está Isaac, que tiene esa mirada de "perro abandonado" que vuelve locas a las chicas, y Danny, que es básicamente el alma del equipo.

Reah hojeó los papeles mientras tomaba un sorbo de su café.

—Interesante —murmuró ella—. Pero necesito más que estadísticas, Stiles. Necesito saber quiénes son los líderes, quiénes tienen drama entre ellos y, lo más importante, quién es el más fácil de manipular para que el equipo haga una entrada coreografiada en el próximo partido.

—¿Una entrada coreografiada? —Stiles soltó una carcajada nerviosa—. Reah, son jugadores de lacrosse, no bailarines de Broadway. Si intentas que hagan algo que no sea correr y golpearse, probablemente terminen en el hospital.

Reah se acercó a él, invadiendo su espacio personal. El olor a rosas y cuero nuevo envolvió a Stiles, quien sintió que el gimnasio se volvía repentinamente muy pequeño.

—Tú subestimas mi capacidad de persuasión —susurró ella, rozando el brazo de Stiles con la punta de sus dedos perfectamente manicurados—. Y sobre lo de ser una distracción... tienes razón. Ese es exactamente el punto. Si el equipo contrario está demasiado ocupado mirando nuestras faldas, Scott tendrá el camino libre hacia la portería. Es estrategia militar envuelta en satén.

—Eres... aterradora —admitió Stiles, aunque su sonrisa delataba que no le importaba en absoluto—. Brillante, pero aterradora.

—Dime algo que no sepa —respondió ella con un guiño.

Reah se volvió hacia el grupo de chicas que esperaban sus órdenes. El gimnasio estaba lleno de jóvenes que, apenas veinticuatro horas antes, no habrían soñado con tocar un pompón, pero la presencia de Reah era magnética. Ella no solo era popular; era una fuerza de la naturaleza.

—¡Muy bien, escuchen! —gritó Reah, y su voz resonó en las vigas del techo—. El uniforme oficial será rosa y blanco. Sí, es corto. Sí, es ajustado. Si alguna tiene un problema con mostrar sus piernas, la puerta está ahí. Aquí no solo venimos a animar, venimos a controlar la narrativa de esta escuela. Quiero precisión, quiero fuerza y quiero que cada vez que sonrían, parezca que están a punto de comprar la empresa de sus padres.

—¡Reah! —gritó el Entrenador Finstock, entrando al gimnasio con su silbato colgando y su habitual cara de pocos amigos—. ¡Gorge! ¿Qué es este alboroto? ¡Los chicos necesitan el campo de práctica y tú tienes a la mitad de la población femenina ocupando mis gradas!

Reah se giró con una sonrisa que habría derretido un glaciar, pero que en el caso del Entrenador, solo lo hizo parpadear confundido.

—Entrenador Finstock, justo a quien quería ver —dijo Reah, caminando hacia él con el paso firme de una modelo en la pasarela de Milán—. Estaba explicándole a mi equipo que el éxito de las animadoras está directamente ligado a la moral del equipo de lacrosse. He decidido que haremos prácticas conjuntas los viernes.

Finstock abrió la boca para protestar, pero Reah continuó sin darle respiro.

—Además, he conseguido un patrocinio privado para renovar las protecciones del equipo. Rosa suave con detalles en negro, muy elegante. Los chicos se verán más grandes, más intimidantes.

—¿Rosa? —preguntó Finstock, horrorizado—. ¡El equipo no va a usar rosa, Gorge! ¡Es... es...!

—Es el color del poder en la psicología moderna, Entrenador —intervino Stiles, tratando de ayudar (o quizás solo viendo hasta dónde llegaba el caos)—. El rosa distrae al oponente, reduce su agresividad mientras que nosotros mantenemos la ventaja táctica. Es como... como una granada de humo visual.

Finstock miró a Stiles, luego a Reah, y finalmente a las chicas que empezaban a practicar una formación.

—¡Está bien! —gritó el Entrenador, lanzando sus manos al aire—. ¡Si ganamos el primer partido, pueden vestir a Greenberg de bailarina si quieren! ¡Gorge, no me hagas arrepentirme de esto!

Finstock se alejó refunfuñando sobre cómo la escuela se estaba volviendo "demasiado estética" para su gusto. Reah soltó una risita triunfal y se volvió hacia Stiles.

—Buen trabajo, Stilinski. Quizás después de todo sí sirvas para algo más que para traerme café.

—Oh, no sabes de lo que soy capaz —respondió Stiles, recuperando su tono astuto—. Pero hablando de "servir para algo", hay algo que deberías saber. Este pueblo tiene... capas. Y no me refiero a capas de ropa de diseñador.

Reah arqueó una ceja, su expresión volviéndose seria por un momento. Llevó a Stiles hacia un rincón más privado, cerca de las colchonetas de gimnasia.

—He notado las miradas, Stiles —dijo ella en voz baja—. Scott y tú se comunican sin hablar. Allison parece una cazadora de sombras y esa chica, Malia, camina como si estuviera lista para morder a alguien en la yugular. No soy una rubia tonta que solo piensa en el brillo de labios. Sé que algo pasa aquí.

Stiles sintió un escalofrío. La inteligencia de Reah era afilada, capaz de cortar a través de cualquier fachada.

—¿Y si te dijera que este pueblo es un faro para lo sobrenatural? —preguntó Stiles, observando su reacción—. ¿Que hay cosas en el bosque que no son animales y que nosotros somos los únicos que nos interponemos entre ellos y el resto de la escuela?

Reah se quedó en silencio, procesando la información. No mostró miedo, ni duda. Simplemente se ajustó la chaqueta de cuero rosa y miró hacia el campo de lacrosse a través de las ventanas.

—Entonces —dijo ella finalmente—, supongo que mi escuadrón de animadoras tendrá que ser algo más que una cara bonita. Si vamos a estar en el centro del huracán, mejor que estemos bien vestidas y preparadas para pelear.

—¿No vas a salir corriendo? —preguntó Stiles, sorprendido—. La mayoría de la gente cuerda lo haría.

—Stiles, he sobrevivido a las rebajas de la Quinta Avenida y a las juntas de accionistas de mi padre —respondió Reah con una sonrisa gélida pero encantadora—. Un par de lobos o lo que sea que tengan aquí no van a arruinar mi tercer año. Pero si voy a ayudar, quiero estar informada. Quiero nombres, amenazas y, sobre todo, quiero saber cómo encajo yo en todo esto.

—Encajas siendo la distracción más brillante que este pueblo ha visto jamás —dijo Stiles con sinceridad—. Nadie va a mirar al bosque si tú estás en el centro del campo con una minifalda rosa y una coreografía perfecta.

Reah se rió, un sonido dulce que hizo que el corazón de Stiles diera un vuelco.

—Me gusta cómo piensas, Stilinski. Ahora, vete. Tengo que enseñarles a estas chicas cómo hacer una pirámide humana sin romperse las uñas. Y Stiles...

Él se detuvo y la miró.

—Mañana quiero un té matcha. La leche de almendras me está dando acidez.

Stiles sonrió y negó con la cabeza mientras salía del gimnasio. Reah Gorge era un problema, un problema sofisticado, mandón y absolutamente fascinante.

Mientras tanto, en el centro del gimnasio, Reah retomó el mando.

—¡Muy bien, chicas! —exclamó, aplaudiendo—. ¡Desde arriba! Y recuerden, si no sienten que sus piernas son lo más importante en esta habitación, no lo están haciendo bien. ¡Uno, dos, tres, arriba!

La visión de Reah era clara. Beacon Hills estaba a punto de cambiar. Ya no era solo el territorio de los hombres lobo y los cazadores; ahora era el territorio de una reina que vestía de rosa y no aceptaba un "no" por respuesta.

Al caer la tarde, Reah caminaba hacia su coche en el estacionamiento. El repiqueteo de sus tacones era el único sonido en el aire fresco. Se detuvo un momento al sentir una presencia cerca del linde del bosque. No se asustó. Se limitó a sacar su teléfono, miró su reflejo en la pantalla apagada para comprobar que su labial seguía perfecto y luego miró hacia las sombras.

—Sé que estás ahí —dijo Reah con voz firme, sin una pizca de temor—. Y más te vale que no ensucies mi coche con pelos de lobo. Acabo de mandarlo a encerar.

Una figura se movió entre los árboles, unos ojos brillaron momentáneamente en la oscuridad antes de desaparecer. Reah soltó un suspiro de aburrimiento, subió a su descapotable y arrancó el motor. Tenía una lista de reproducción de pop perfecta para el camino a casa y una lista de planes para dominar la escuela que no incluían ser la víctima de nadie.

Porque Reah Gorge no era una animadora más. Era la nueva arquitecta del destino de Beacon Hills, y lo iba a construir todo sobre una base de tacones de aguja y una voluntad de hierro.

Esa noche, Stiles no pudo dormir. Su tablero de investigación, lleno de hilos rojos y fotos de monstruos, tenía ahora una nueva adición: una foto de Reah Gorge entrando al instituto el primer día. Debajo, Stiles había escrito con rotulador: "Alfa Rosa. Peligro: Altamente adictiva".

El tercer año no solo iba a ser peligroso; iba a ser fabuloso. Y mientras Reah Gorge tuviera un par de tacones de repuesto y una chaqueta de cuero rosa, Stiles sabía que, de alguna manera, todo el caos valdría la pena. La guerra por Beacon Hills había comenzado, y la primera batalla se ganaría con pompones, faldas cortas y una inteligencia que nadie vio venir.