Regina Vibes
Lazos Rosas y Colmillos de Peluche
El gimnasio de la preparatoria Beacon Hills se había transformado en el cuartel general de una revolución estética. El olor a sudor y cera de madera había sido reemplazado por una fragancia persistente a peonías y laca para el cabello de alta gama. En el centro de la pista, Reah Gorge supervisaba el ensayo con la mirada crítica de un general de cinco estrellas, aunque su uniforme de guerra consistiera en un top de seda rosa pastel, una minifalda de tablas blanca y unos tacones de aguja que hacían que Scott y Stiles se preguntaran si sus tobillos estaban hechos de titanio.
—¡No, no y no! —exclamó Reah, haciendo sonar sus palmas con un golpe seco que detuvo la música—. Erica, si vas a caer de ese salto, hazlo con la elegancia de un cisne moribundo, no como una bolsa de patatas cayendo de un camión. La estética es lo único que nos separa de los animales, chicas. Literalmente.
Desde las gradas, un grupo de jugadores de lacrosse observaba la escena con una mezcla de asombro y timidez. Entre ellos, Isaac Lahey parecía haber olvidado cómo parpadear. Estaba sentado con su uniforme de entrenamiento, con los rizos rubios algo alborotados y una expresión que Stiles solo podía describir como "completamente hipnotizado".
—Isaac, se te va a caer la baba en el suelo y alguien se va a resbalar —susurró Stiles, dándole un codazo al rubio—. Y créeme, si Reah se resbala por tu culpa, te enterrará en una fosa común decorada con purpurina.
Isaac no se movió. Sus ojos claros seguían cada movimiento de Reah, desde la forma en que su chaqueta de cuero rosa se balanceaba sobre sus hombros hasta la precisión con la que señalaba con su uña perfectamente manicurada.
—Es increíble —murmuró Isaac, con la voz un poco ronca—. Mira cómo controla la habitación. No necesita rugir para que todos le tengan miedo... o respeto.
—O devoción religiosa —añadió Scott, sentándose al otro lado de Isaac—. Stiles tiene razón, amigo. Estás muy pillado.
Reah, como si tuviera un radar para la atención masculina, giró la cabeza hacia las gradas. Sus ojos azules se entrecerraron con diversión al captar la mirada de Isaac. Con una sonrisa lenta y sofisticada, se despidió de las chicas con un gesto de la mano y caminó hacia los jugadores, el repiqueteo de sus tacones marcando un ritmo dominante sobre la madera del gimnasio.
—Vaya, vaya —dijo Reah al llegar frente a ellos, apoyando una mano en su cadera—. El comité de bienvenida de los cachorros está aquí. ¿No deberían estar practicando cómo no perder contra Devenford Prep este viernes?
Stiles se aclaró la garganta, tratando de recuperar su habitual verborrea.
—Estábamos... eh... analizando la aerodinámica de tus saltos, Reah. Pura investigación científica para el beneficio del deporte escolar.
Reah ignoró a Stiles y fijó su mirada directamente en Isaac. El chico, que usualmente era capaz de enfrentarse a cazadores y monstruos sin retroceder, sintió que sus orejas se calentaban bajo la intensa inspección de la rubia.
—Tú —dijo Reah, señalando a Isaac—. Te he visto en los pasillos. Siempre con esas bufandas y esa expresión de que el mundo te debe una explicación.
Isaac tragó saliva, tratando de formular una frase coherente.
—Solo... me gusta estar cómodo —logró decir—. Y, por cierto, el ensayo fue... fue brillante.
Reah soltó una risita cristalina y se inclinó hacia adelante, reduciendo la distancia entre ellos. El aroma a rosas caras inundó los sentidos de Isaac, haciendo que su lobo interno, normalmente alerta y defensivo, soltara un metafórico suspiro de satisfacción y se echara a dormir a sus pies.
—Eres adorable —dijo ella, extendiendo una mano para pasar un dedo por uno de los rizos de Isaac—. Tienes esa mirada de que, si te diera un trozo de chocolate, me seguirías a todas partes. Eres como un lobo tierno, ¿verdad?
Stiles soltó un bufido que intentó camuflar como una tos, mientras Scott miraba al techo intentando no reírse. Isaac, por su parte, se quedó petrificado, con el corazón latiendo tan fuerte que estaba seguro de que Reah, con su extraña percepción, podía escucharlo.
—¿Lobo tierno? —repitió Isaac, con la voz una octava más aguda de lo normal.
—Exacto —confirmó Reah, volviendo a su postura erguida y dándole un golpecito juguetón en la nariz—. Un lobo tierno y despeinado. Necesitas un corte de pelo, pero te queda bien ese aspecto de "acabo de salir de una tormenta de nieve". Ven conmigo.
Isaac se levantó mecánicamente, como si estuviera bajo un hechizo.
—¿A dónde? —preguntó.
—A ayudarme a llevar las cajas de los nuevos pompones a mi coche —ordenó Reah, dándose la vuelta sin esperar respuesta—. Son de un material sintético especial y pesan más de lo que mis hombros están dispuestos a soportar hoy. Muévete, lobo tierno. Los tacones no esperan a nadie.
Isaac lanzó una mirada de auxilio a sus amigos, pero Scott solo le dio una palmada en la espalda y Stiles le hizo un gesto de "adiós" con la mano.
—Disfruta de tu esclavitud rosa, Lahey —se burló Stiles en voz baja.
Mientras caminaban hacia el estacionamiento, Isaac mantenía una distancia respetuosa, cargando dos cajas grandes que, en realidad, no pesaban nada para alguien con su fuerza, pero que manejaba con cuidado extremo como si contuvieran cristal fino. Reah caminaba delante de él, su silueta recortada contra el sol de la tarde, pareciendo una aparición de una revista de moda que se había perdido en un pueblo de mala muerte.
—¿Por qué me llamas así? —preguntó Isaac de repente, rompiendo el silencio.
Reah se detuvo junto a su descapotable rosa brillante y se giró, apoyándose en la puerta del conductor.
—¿Lobo tierno? Porque es lo que eres —respondió ella, quitándose las gafas de sol para revelarle esos ojos azules que parecían saberlo todo—. Tienes mucha fuerza contenida, Isaac. Lo huelo en ti. Pero también tienes una necesidad desesperada de que alguien te diga que estás haciendo un buen trabajo. Eres leal, eres protector y, bajo toda esa fachada de chico problemático, eres extrañamente dulce.
Isaac dejó las cajas en el suelo, sintiéndose expuesto.
—No sabes nada de mí, Reah. Soy... complicado.
—Todos en este pueblo son complicados, cariño —dijo ella, acercándose y arreglándole el cuello de la camiseta de entrenamiento—. Pero yo soy experta en simplificar las cosas. Tú me proteges de las cosas feas que acechan en la oscuridad, y yo me aseguro de que tu vida tenga un poco más de estilo y mucho menos drama existencial. Es un trato justo, ¿no crees?
Isaac la miró, fascinado por la seguridad que desprendía. No era solo arrogancia; era una confianza absoluta en su propio valor.
—¿Crees que necesito que me cuides? —preguntó él con una sonrisa tímida.
—Creo que necesitas a alguien que no te tenga miedo y que sepa exactamente qué hacer con alguien como tú —respondió Reah, acariciándole la mejilla con el dorso de la mano—. Ahora, mete esas cajas en el maletero. Y mañana, asegúrate de llevar esa bufanda azul que combina con tus ojos. El rosa es mi color, pero el azul es definitivamente el tuyo.
—Sí, jefa —murmuró Isaac, haciendo lo que le pedía.
—Lobo tierno —corrigió ella con un guiño antes de subir al coche—. Nos vemos mañana, Isaac. No llegues tarde a ver mi práctica. Necesito a alguien que me atrape si decido hacer algo arriesgado.
Reah arrancó el motor y salió del estacionamiento dejando una estela de fragancia floral. Isaac se quedó allí parado, mirando cómo el coche desaparecía, con una sonrisa boba en la cara que no pudo borrar en toda la tarde.
Cuando regresó al loft de Derek esa noche, Isaac todavía estaba en una especie de trance. Derek lo miró desde la mesa, donde estaba revisando unos mapas.
—Hueles a rosas y a desesperación —dijo Derek sin levantar la vista—. ¿Qué te ha pasado?
—He conocido a una chica —respondió Isaac, dejándose caer en el sofá.
—¿La chica nueva de la que Scott y Stiles no dejan de hablar? ¿La que convenció al entrenador de que el rosa es un color táctico? —preguntó Derek, finalmente levantando la vista con una ceja arqueada.
—Se llama Reah —dijo Isaac, cerrando los ojos—. Y dice que soy su lobo tierno.
Derek guardó silencio durante un largo minuto, procesando la información.
—Estamos perdidos —susurró el Alpha, volviendo a sus mapas—. Si esa chica ha logrado domesticar a Isaac en menos de cuarenta y ocho horas, lo próximo será que nos obligue a todos a usar uniformes de satén.
—No sería tan malo —murmuró Isaac para sí mismo, recordando la suavidad de la mano de Reah en su mejilla—. Ella dice que el azul me queda bien.
Al día siguiente, la escuela era un hervidero de rumores. Reah había decidido que el pasillo principal era su pasarela personal y, para sorpresa de todos, Isaac Lahey caminaba a su lado, cargando sus libros como si fueran reliquias sagradas. Ella vestía un conjunto de cuero rosa pálido con una falda tan corta que el subdirector casi se atraganta con su café al verla pasar, pero nadie se atrevió a decir nada. No cuando Reah caminaba con esa autoridad y cuando Isaac, con los ojos brillando con una advertencia silenciosa, estaba justo detrás de ella.
Stiles y Scott los observaban desde sus casilleros.
—Mira eso —dijo Stiles, señalando con la cabeza—. Ha pasado de ser un beta torturado a ser el guardaespaldas personal de Regina George versión Beacon Hills. Es brillante. Ella tiene el cerebro y el estilo, y él tiene los músculos y la lealtad. Son la pareja más aterradora y mejor vestida de la historia.
—¿Crees que ella sabe lo de nosotros? —preguntó Scott con preocupación—. Lo de ser hombres lobo.
—Scott, esa chica sabe hasta lo que desayunó el director esta mañana —respondió Stiles—. Ayer me dijo que este pueblo tenía "capas". No es tonta. Simplemente ha decidido que, si va a vivir en un pueblo lleno de monstruos, ella va a ser la que tenga el mejor cabello y el guardaespaldas más fuerte.
En ese momento, Reah se detuvo frente a ellos. Miró a Stiles, luego a Scott y finalmente a Isaac.
—Stiles, mi té matcha estaba un poco frío hoy. Que no vuelva a ocurrir —dijo con una sonrisa que era mitad advertencia, mitad encanto—. Y Scott, dile a Allison que necesito hablar con ella sobre el diseño de las flechas. El plateado está bien, pero el oro rosa sería mucho más impactante visualmente.
—¿Oro rosa? —repitió Scott, parpadeando.
—Confía en mí, Scott. Es el futuro —sentenció Reah. Se giró hacia Isaac y le acomodó la bufanda azul que, efectivamente, él se había puesto esa mañana—. Vámonos, lobo tierno. Tenemos una clase de historia en la que pretendo no prestar ninguna atención, y necesito que me resumas los puntos importantes después.
—Lo que tú digas, Reah —respondió Isaac, siguiéndola sin rechistar.
Mientras se alejaban, Reah soltó una pequeña risa y entrelazó su brazo con el de Isaac. A pesar de su actitud de reina de hielo y su obsesión por la moda, había algo en la forma en que miraba al chico que delataba una vulnerabilidad oculta. Reah no buscaba solo poder; buscaba un lugar donde pudiera ser ella misma, con sus tacones y su rosa, sin tener que disculparse por ser más inteligente que todos los demás. Y en Isaac, había encontrado al compañero perfecto: alguien lo suficientemente fuerte para protegerla y lo suficientemente dulce para quererla.
—¿Sabes? —dijo Reah mientras subían las escaleras—, he estado pensando que el equipo de lacrosse necesita una mascota. Algo con clase. Pero por ahora, creo que contigo tengo suficiente.
Isaac sonrió, una sonrisa de verdad que iluminó su rostro.
—Haré lo que sea, siempre que me sigas llamando así.
Reah se detuvo un momento, se puso de puntillas y le dio un beso rápido en la mejilla, dejando una marca de labial rosa pastel.
—Eres mi lobo tierno, Isaac. Y nadie toca a lo que me pertenece.
Stiles, que los veía desde lejos, suspiró y cerró su casillero.
—Definitivamente, el rosa es el nuevo negro en Beacon Hills. Y nosotros solo estamos viviendo en el mundo de Reah Gorge.
La preparatoria Beacon Hills nunca volvería a ser la misma. Entre los ataques de criaturas antiguas y los dramas de adolescentes, una nueva fuerza se había alzado. Una fuerza que no usaba garras, sino tacones de aguja, y que había demostrado que, a veces, la mejor forma de sobrevivir a la oscuridad era iluminándola con el brillo más intenso y sofisticado del mundo. Reah Gorge había llegado para quedarse, y con su lobo tierno a su lado, el tercer año prometía ser una pasarela de poder, estilo y, sorprendentemente, un poco de amor verdadero envuelto en seda rosa.