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rencarnando en bokuno hero academia

El Tablero de las Ambiciones y el Aroma de la Grandeza

La mañana en Musutafu poseía una frescura engañosa. Para cualquier otro joven de diecinueve años, el día comenzaba con el aroma del café y la preocupación por los exámenes universitarios. Para Kairo, cada amanecer era una evaluación de su propio progreso. Se encontraba en el gimnasio privado que había alquilado con los fondos obtenidos de ciertos "trabajos" en el submundo sobrenatural, realizando una serie de flexiones verticales sobre una sola mano. Su cuerpo, una obra maestra de eficiencia atlética, no temblaba.

— Noventa y ocho, noventa y nueve... cien —murmuró, descendiendo con una agilidad felina.

El sudor le recorría la espalda, marcando la musculatura definida que no era solo estética, sino el resultado de años de supervivencia. Se pasó una toalla por el cabello gris plateado y se miró en el espejo. Sus ojos azul grisáceo estaban más afilados que de costumbre. La breve interrupción de ayer por parte de los demonios renegados y la presencia de Aizawa habían encendido una chispa que llevaba tiempo gestándose en su interior.

— *Estás pensativo, Kairo* —la voz de Albion resonó con su habitual elegancia gélida—. *La mirada de ese héroe profesional te ha dejado un sabor amargo.*

Kairo bebió agua, sintiendo el líquido frío bajar por su garganta.

— No es amargura, Albion. Es claridad —respondió mentalmente—. Este mundo está obsesionado con los "Símbolos". All Might es el pilar que sostiene un techo que ya está crujiendo. Pero yo no nací para ser un pilar que sostiene el peso de otros. Nací para ser el que está por encima de todo.

— *¿El más fuerte?* —Albion soltó una risa corta, una vibración que Kairo sintió en sus huesos—. *Es una ambición solitaria, compañero. Muchos portadores de la Longinus han muerto buscando esa cima.*

— Entonces no buscaron lo suficiente —Kairo se puso una camiseta de tirantes negra que acentuaba sus hombros—. No quiero ser el más fuerte solo por el poder bruto. Quiero ser el estándar. Quiero que cuando alguien piense en la perfección, mi nombre sea lo primero que cruce su mente. Y para lograr eso, necesito más que solo fuerza. Necesito influencia, recursos y... un círculo que sea digno de mi posición.

Kairo salió del gimnasio y caminó hacia la universidad. En el camino, notó cómo las miradas de las mujeres se posaban sobre él. Era algo a lo que se había acostumbrado: su altura, su porte seguro y ese aire de misterio que lo rodeaba eran imanes naturales. Sin embargo, su mente analítica ahora lo veía desde una perspectiva diferente. Si iba a construir un imperio, si iba a ser el ser supremo de esta realidad, no caminaría solo.

Al llegar al campus, la atmósfera estaba cargada con el chisme sobre el incidente de la tarde anterior en las canchas. Kairo caminaba por los pasillos con las manos en los bolsillos, ignorando los susurros, hasta que una figura se interpuso en su camino.

Era una joven de tercer año, conocida por su belleza y su Quirk de manipulación de feromonas, que solía tener a la mitad del equipo de baloncesto a sus pies.

— Nagi-kun —dijo ella, con una sonrisa coqueta y los ojos brillando con una intención evidente—. Me han dicho que estuviste genial ayer en las canchas. Algunos dicen que asustaste a unos villanos tú solo. ¿Es cierto?

Kairo se detuvo. La miró de arriba abajo, no con lujuria, sino con la frialdad de quien evalúa una pieza en un tablero. Era hermosa, sí, pero su poder era superficial, basado en el engaño químico.

— Escuchaste mal —respondió Kairo con voz monótona—. Solo hubo un malentendido con unos tipos de fuera. Nada que deba importarte.

La chica parpadeó, sorprendida por la falta de reacción ante su Quirk. No sabía que la voluntad de un portador de Longinus, forjada en batallas contra seres ancestrales, era inmune a trucos biológicos de bajo nivel.

— Oh, qué modesto —ella dio un paso más cerca, intentando tocar su brazo—. Quizás podrías contarme los detalles en una cena esta noche. Mi padre tiene contactos en agencias de héroes, podría ayudarte a conseguir una licencia provisional si...

Kairo la interrumpió, su mirada volviéndose un poco más intensa, lo suficiente como para que ella retrocediera instintivamente.

— No busco atajos, y mucho menos patrocinadores —dijo él, rodeándola sin perder el paso—. El tipo de poder que yo busco no se otorga con una licencia de plástico.

Mientras se alejaba, Albion intervino.

— *Esa hembra humana tiene un potencial genético interesante, pero su espíritu es débil. ¿Es ese el tipo de compañía que buscas para tu "reino", Kairo?*

— No seas absurdo, Albion —pensó Kairo, entrando en el aula de táctica deportiva—. No busco simples conquistas. Si voy a tener mujeres a mi lado, serán las mejores. Reinas, guerreras, mujeres cuya ambición iguale la mía o cuyo poder sea un complemento perfecto para mi visión. Un harem no es solo una colección de rostros bonitos; es una estructura de poder. En este mundo de dones, hay mujeres con capacidades que los héroes desperdician en patrullas mediocres. Yo les daré un propósito real.

La clase transcurrió con normalidad para los demás, pero para Kairo fue un ejercicio de estrategia. Analizaba a cada estudiante, cada perfil de Quirk que se mencionaba en los ejemplos. Su objetivo de ser el más fuerte no se limitaba a derrotar a All Might o a All For One; se trataba de reescribir las reglas del juego.

Al terminar la jornada, Kairo se dirigió a una zona menos transitada de la ciudad, un parque industrial abandonado donde solía practicar el control de su Sacred Gear. Sabía que alguien lo seguía desde que salió de la universidad. No era el andar pesado de un matón, ni el sigilo profesional de Aizawa. Era algo más... refinado.

Se detuvo frente a un almacén de techos altos y se giró.

— Puedes salir. He sentido tu rastro desde hace tres kilómetros —dijo Kairo, cruzándose de brazos.

De entre las sombras de una grúa oxidada, emergió una mujer. Vestía un traje de oficina elegante que no lograba ocultar una figura atlética y peligrosa. Sus ojos eran de un color violeta oscuro y su cabello negro caía en una cascada perfecta. Kairo la reconoció de inmediato: era una enviada de una de las facciones de demonios con las que había tenido roces en el pasado.

— Kairo Nagi... o debería decir, el Vanishing Dragon de este siglo —dijo ella con una reverencia que tenía un tinte de burla—. Mi señor ha quedado impresionado por cómo despachaste a los renegados ayer. Fue... eficiente.

— No estoy interesado en cumplidos de los Gremory ni de ninguna otra casa —replicó Kairo, sintiendo cómo el guantelete blanco empezaba a materializarse en su brazo izquierdo de forma latente—. Si vienes a pedirme que me una como "peón" de alguien, te sugiero que te vayas antes de que decida dividir tu energía vital a la mitad.

La mujer soltó una carcajada melodiosa.

— ¿Un peón? No, Kairo. Sabemos que no eres alguien que acepte órdenes. Pero el mundo está cambiando. Los héroes de este mundo son ciegos a la verdadera guerra que se avecina entre lo sobrenatural y lo humano. Mi propuesta es diferente. Información a cambio de... cooperación futura.

Kairo dio un paso hacia ella, acortando la distancia en un parpadeo. La mujer no se movió, aunque sus pupilas se dilataron por la sorpresa ante su velocidad base. Kairo levantó su mano derecha y, con un gesto audaz, tomó un mechón de su cabello, deslizándolo entre sus dedos.

— Cooperación es una palabra muy débil —susurró Kairo, su voz bajando a un tono barítono que hizo que la mujer se estremeciera levemente—. Yo no coopero con facciones. Yo las lidero o las destruyo. Si tienes información, dámela porque quieres estar en mi bando cuando el polvo se asiente. Porque te aseguro algo... no habrá un segundo lugar en este mundo para cuando yo termine.

La enviada, que normalmente trataba con demonios de alto rango con total arrogancia, se encontró incapaz de apartar la mirada. Había algo en los ojos de Kairo, una mezcla de confianza absoluta y una ambición tan vasta que resultaba aterradora y, extrañamente, embriagadora.

— Eres... muy diferente a los anteriores portadores de Albion —admitió ella, su respiración volviéndose un poco más pesada—. Ellos estaban obsesionados con la lucha contra el Dragón Rojo. Tú... tú pareces estar obsesionado con todo el tablero.

— El Rojo es solo un obstáculo más —dijo Kairo, soltando su cabello—. Mi ambición no se limita a una rivalidad milenaria. Quiero este mundo, el tuyo y cualquier otro que se cruce en mi camino. Y quiero a las mejores piezas de mi lado. Tú pareces inteligente. Piénsalo.

La mujer dio un paso atrás, recuperando su compostura, aunque sus mejillas conservaban un ligero rubor.

— Me llamo Selene —dijo ella, recuperando su tono profesional pero con un brillo nuevo en los ojos—. Te traeré los informes sobre los movimientos de la Liga de Villanos y su conexión con el tráfico de Sacred Gears artificiales. Considéralo una muestra de... buena fe.

Selene desapareció en un círculo mágico carmesí, dejando tras de sí un leve aroma a jazmín y azufre.

Kairo se quedó solo en el almacén. El silencio fue roto por el zumbido de su Sacred Gear, que ahora brillaba con una intensidad azulada.

— **[DIVINE DIVIDING]** —anunció la voz de Albion.

Las alas blancas estallaron desde su espalda, iluminando el recinto abandonado con una luz que parecía purificar la suciedad del lugar. Kairo se elevó unos metros sobre el suelo, sintiendo el inmenso poder fluyendo por sus venas.

— ¿Lo viste, Albion? —preguntó Kairo, observando sus propias manos cubiertas por la armadura blanca—. El miedo mezclado con la admiración. Ese es el primer paso.

— *Eres un individuo peligroso, Kairo* —respondió el dragón con un tono que casi parecía de aprobación—. *No solo buscas el poder, buscas la devoción. El Juggernaut Drive se alimenta de la voluntad del usuario. Si tu voluntad es tan grande como para querer reclamar todo lo que ves... quizás realmente seas el primero en dominarme por completo.*

— No solo te dominaré a ti, Albion —Kairo miró hacia el techo del almacén, como si pudiera ver a través de él hacia el cielo estrellado—. Dominaré este sistema de héroes mediocres. Construiré un lugar donde los fuertes no tengan que pedir permiso para existir. Y en la cima de ese imperio, estaré yo, rodeado de las mujeres más poderosas y hermosas que este mundo pueda ofrecer. No por vanidad, sino porque el ser más fuerte merece lo mejor que la existencia puede proveer.

Kairo cerró los puños, y una onda de choque de energía blanca se expandió desde él, haciendo vibrar las paredes de concreto. La energía era tan pura que por un momento, las nubes sobre Musutafu se dividieron, dejando pasar la luz de la luna de forma directa sobre el almacén.

— Mañana tengo entrenamiento de baloncesto —dijo Kairo, aterrizando suavemente mientras su armadura se desvanecía—. Debo mantener las apariencias un poco más. Pero el juego ya ha comenzado.

Se sentó en el suelo, entrando en un estado de meditación profunda. En su mente, ya no veía jugadas de baloncesto. Veía mapas, perfiles de héroes como Mirko, Mt. Lady, e incluso heroínas en formación como las de la Academia U.A. Personas con potencial, personas con fuego.

— El harem del Rey Blanco —murmuró para sí mismo con una sonrisa fría—. Un nombre ambicioso para un futuro inevitable.

Kairo sabía que el camino hacia la cima absoluta estaría manchado de sangre y lleno de desafíos. Pero con la mente de un estratega de élite, el cuerpo de un atleta y el poder de un Dios Dragón, no había duda en su corazón. En un mundo donde todos aspiraban a ser héroes, él aspiraba a ser el dueño del destino.

Y mientras el sueño lo reclamaba esa noche, la imagen de las alas blancas dividiendo el cielo se repetía en su mente. No era solo un poder; era su derecho de nacimiento en esta segunda vida. El Blanco que Divide el Destino no se conformaría con menos que el universo entero a sus pies.